Pensar en crisis

marzo 13th, 2013

Por supuesto las crisis –y la actual tiene un alcance negativo difícil de prever– estremecen a las sociedades. Pero si son bien analizadas y tratadas pueden servir de vacuna contra males mayores. Pero el día a día, la sorpresa sobre sorpresa y el escándalo sobre escándalo, no permiten analizarlas con perspectivas a medio y largo plazo.

El Centro de Estudios de la Defensa Nacional (Ceseden) viene trabajando desde hace años en el estudio de los conflictos y las guerras, en las causas que las provocaron y en sus consecuencias. Tiene el Centro la virtud de conjugar pensamiento e investigación –yo creo que es uno de los mejores «think tanks» de España– con la enseñanza que imparte en las Escuelas de Estado Mayor y de Altos Estudios de la Defensa, a los que recientemente ha incorporado acertadamente el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Todo cabe, todo se conjuga en el viejo caserón de Castellana 61 en Madrid, en cuya sede acaba de presentarse una monografía, la 132, bajo el título «Valores y Conflictos; aproximación a la crisis». En este estudio llevan trabajando desde hace dos años tres profesores universitarios –Amando de Miguel, Jesus Martínez Paricio y Benjamín García Sanz– junto a tres militares en activo Vicente Hueso, coronel del Ejército del Aire; Andres González Martín, teniente coronel del Ejército de Tierra y el capitán de fragata Federico Aznar de la Armada, a quienes tuve el honor de coordinar en esta última fase.

La novedad de esta publicación está en la celeridad del Servicio de Publicaciones de la Defensa y el cambio del formato de su portada para hacerlo más atractivo al gran público. Porque se pretende «abrir» la edición presentándola en ambientes universitarios y en ciudades inicialmente comprometidas como Barcelona, Cartagena o Mahón. Es precisamente uno de los ponentes –Benjamín García Sanz– quien más ha insistido en la necesidad de que la reflexión «salga del cuartel».

Desde el comienzo de nuestras reflexiones estuvieron presentes las consecuencias de otras crisis , especialmente la de 1929. No creíamos al principio que con el tiempo aparecerían tantos factores comunes, convencidos de que el Estado de Bienestar paliaría sus graves quiebras sociales. Y así ha sido, en general. Pero la corrupción es común en tiempos de crisis de valores, como también lo son las resoluciones suicidas adoptadas por problemas económicos, sin llegar a las estadísticas del 29. Pero debemos admitir que sobre el actual momento no pesan aquellos movimientos herederos insatisfechos del resultado de la Primera Guerra Mundial, que sin preocuparse de analizar sus «lecciones aprendidas» se lanzaron al abismo de otra Gran Guerra que arrancó con las civiles de España y Grecia a mediados de los 30 y no culminó hasta 1945. Constatamos que de ésta sí se obtuvieron experiencias, si bien no definitivas, sí suficientes para asegurar no caer en una tercera.

Sobre el fenómeno guerra –que queramos o no queramos existe– giran unos principios reflejados en dos máximas. La clásica del «si quieres la paz prepara la guerra» («si vis pacem para bellum»), sobre la que se articulan los conceptos de legítima defensa, de seguridad territorial, incluso el de disuasión. A mediados del siglo pasado Gaston Bouthoul y sus discípulos de la Escuela de Polemología propusieron otra, variando el texto y el concepto clásico por un «si quieres la paz, estudia la guerra». Era la aplicación de las ciencias sociales al mismo fenómeno. No obstante entre el «prepara» y el «estudia» no hay tanta distancia.

Sea lo que sea, lo que quiero decir es que el análisis de los conflictos –causas que los desencadenaron y sus consecuencias– merece el estudio y la reflexión sin necesidad de descuidar la preparación, fundamental para actuar oportunamente en tiempo y lugar.

No busca otra cosa el Ceseden juntando a oficiales expertos en preparar la guerra, con sociólogos que llevan años estudiando los conflictos humanos, contrastando con jóvenes alumnos sus puntos de vista, apoyados en estadísticas y encuestas, buceando vía ciencias sociales lo que hay en el interior del alma de una sociedad.

Todos sabemos cómo nos encontramos en España: crisis de instituciones, crisis en la ética, crisis de opinión. Generalizamos a destajo; extendemos manchas de corrupción a todo un cuerpo social, cuando hay una parte importante de nuestra sociedad, que Amando De Miguel llama estacionaria, que es abnegada, trabajadora y honesta. Y un trozo importante de ella que ha sufrido la herida viva del terrorismo sigue luchando por la dignidad de unos testimonios, viendo como la indiferencia –contra ella se rebela el trabajo del teniente coronel Andrés González Martín– invade lentamente nuestra olvidadiza opinión pública. Para nada pretende el trabajo militarizar a nuestra sociedad. Sólo apunta a que los hombres y mujeres de los ejércitos pueden aportar unos valores –responsabilidad, puntualidad, sobriedad, disponibilidad– que sin ser exclusivos, ayuden a su sociedad en difíciles momentos de falta de referentes, de falta de confianza, incluso de falta de ilusiones.

No pretendemos más.

Publicado en “La Razón” el 27 de febrero de 2013

La nueva «Grandeur»

febrero 23rd, 2013

Lo resumía recientemente en estas mismas páginas Luis del Val con su habitual maestría, bajo el título «defender la civilización». Reflexionaba, fija su mirada, sobre la fotografía de una militar francesa –digna, bella, labios fruncidos– a su llegada al aeropuerto de Bamako la capital de Mali: «Menos mal que a la angustia de esta chica con su macuto y su agitación a la espalda, le acompaña la dignidad de su país, Francia, que sabe que la decadencia comienza cuando el miedo y la irresolución sustituyen al temple y la valentía».

François Hollande prometió en su campaña electoral un «no a la guerra», pero en su momento ha sabido reaccionar como responsable hombre de estado. Y si destaco en él una virtud, es que ha sabido rodearse de gente valiosa. Conozco a algunos de sus generales, sé de su formación y experiencia. Aprendieron de sus mayores los fracasos de Indochina y de Argelia. Conservan un amplio conocimiento y respeto por el África francófona.

De ahí, que cuando estalló el conflicto en Mali, el pulso de Hollande –para sorpresa de muchos– no temblase. Vino a decir, «sé que no cumplo con lo prometido, pero hago lo que tengo que hacer». La frase nos suena.

Constato esta nueva etapa de «grandeur» francesa y me alegro. No es la imperialista de Napoleón I que nos invadió, ni siquiera la remanente de su sobrino Napoleón III que a cambio de un diploma honorífico de «gran potencia» nos embarcó en aventuras como la de Cochinchina o la de México.

Tampoco es la Francia que junto a Inglaterra se repartió el continente africano, dejándonos a nosotros un quebrado y levantisco rincón que nos dio no pocos problemas.

Tampoco es la virtual «grandeur» con que De Gaulle intentó reanimar la maltrecha alma francesa herida por la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía de sobra el general que no había tanto resistente como afloró en 1945, pero lo consiguió aun a costa de enfrentarse con sus libertadores norteamericanos, de echar el Cuartel General de la OTAN de Saint-Germain-en-Laye, desde entonces en Bruselas. Aun a costa de su enorme esfuerzo nuclear que certificaba con la «force de frappe», su autonomía disuasoria.

No deja de ser curioso, repasando esta evolución, que hoy en Tarfaya, nuestra antigua Villa Bens, bautizada así en homenaje al capitán Francisco Bens, Mohamed VI y Hollande se asocien para montar el mayor parque eólico de África, capaz de producir 350 megavatios. Como también no deja de ser curioso que Siemens monte los enormes autogeneradores en las playas de El Aaiun. Es decir, que las zonas desérticas y ventosas que nos concedieron las grandes potencias como resto en el reparto de Africa, son hoy potenciales focos de riqueza.

Hollande gobierna una República en la que los programas de la izquierda y los de la derecha se confunden, muy al estilo norteamericano y, me atrevo a decir, muy al estilo inglés. Vemos a una izquierda menos dogmática alejada de los viejos planteamientos doctrinarios del Partido Comunista francés e incluso de las utopías del mayo de 1968. Esta República tiene fundamentos sólidos apoyados en una amplia clase media, pero sobre todo en una base cultural y en una educación no fragmentada en taifas como aquí. Así conservan referentes claros como el patriotismo, su himno nacional, su bandera –«les couloirs»–,su herencia histórica resumida en tres palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Por supuesto es inconcebible que silben en un estadio a su Marsellesa, cuando aquí sí sucede, cuando no nos atrevemos siquiera a ponerle letra a nuestra Marcha Real.

Todo este bagaje lo han exportado y lo siguen transmitiendo.

En Mali han dado un ejemplo valiente de liderazgo y de responsabilidad. Han demostrado habilidad diplomática en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la Unión Africana y en la propia Europea. Y no digamos cómo ha reaccionado su opinión pública. Aquí hubiéramos montado otro festival goyesco con pegatinas y pancartas pregonando el «no a la guerra». Menos mal que no se han enterado de que tenemos un Hércules por aquellos andurriales. El apellido del C-130 lleva a alguna confusión y despiste.

Hoy el eje Madrid-París nos parece más próximo y en mi opinión es fundamental y no sólo para acabar con los rescoldos ensangrentados de ETA. Entre la Europa rigurosa –en muchos sentidos con razón– y la Europa que necesita una reactivación económica con tintes sociales, estar junto a esta Francia es positivo para nosotros.

Es otra «grandeur», pero más cercana. Yo me atrevo a decir que más sana que las históricas. Ellos han sabido aprender de sus errores. Ellos viven con mayor intensidad la confluencia de culturas diferentes. Ellos saben que hoy, sin esfuerzos comunes no se llega a ningún sitio y que sólo una fuerte base cultural y social puede sostener al Estado de Derecho contra las agresiones. ¡Es su «grandeur»!

Publicado en “La Razón” el 20 de febrero de 2013


Papeles pintados

febrero 15th, 2013

Al buen coronel agregado militar de la Embajada de Nicaragua en Madrid le conocíamos como «chino» Quant. Habíamos coincidido en su país en 1990, él como comandante de una región militar cuya cabecera estaba en Nueva Guinea, yo como responsable de la desmovilización de 6.000 efectivos de la «contra nicaragüense» concentrados en un pueblo de su jurisdicción, El Almendro, en el marco de la Misión de Naciones Unidas para Centroamérica (Onuca). De allí nació una leal amistad.

Antes de dejar su destino diplomático en Madrid, me hizo llegar una bella tela representando un árbol típico de su país –el Palo de Maliche– plasmado a espátula en un paisaje de Estelí, ciudad del norte nicaragüense. El donante y autor era Byron González, pintor reconocido en Holanda y en Alemania , que quería «lavar» una trama de falsificación de documentos que nos dio serios problemas a quienes servíamos tres años después en El Salvador, en otra misión de Naciones Unidas (Onusal).

¿Qué había pasado? Cuando el proceso de reinserción del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) salvadoreño, se daba por resuelto, estalló –Mayo 1993– en el barrio de Santa Rosa de Managua todo un arsenal de armas y pertrechos que el FMLN –o gentes de uno de sus grupos– había ocultado, en lo que en dura carta del secretario general de la ONU calificó de atentado contra su propia honorabilidad y contra la de la propia organización. En el entramado de aquel «drugstore» terrorista no podían faltar etarras, que sin más preámbulos, la presidenta nicaragüense Violeta Chamorro pasaportó para España en avión militar. No me detendré en el inventario de armas que quedaron al descubierto tras la explosión. Representó casi el 20% del total del arsenal que entregó el FMLN en cumplimiento de los acuerdos de paz. La embajada norteamericana estaba obsesionada con 19 misiles tierra aire y con la procedencia de pasaportes vírgenes supuestamente sustraídos de sus oficinas federales. Los 269 pasaportes usados –muchos españoles– procedían de robos a turistas en La Habana; pero respecto a los otros 40 vírgenes –USA, Gran Bretaña, Alemania Italia y EL Salvador– no había forma de determinar su procedencia. Naciones Unidas no tenía medios para hacerlo y sufrió no pocas críticas que soportamos estoicamente. No podíamos imaginar que eran documentos tan bien falsificados. Byron –mi amigo del cuadro del Palo de Maliche– junto a otros nicaragüenses con indiscutibles capacidades pictóricas, había sido formado en la Alemania comunista para desempeñar estos menesteres. Plena Guerra Fría en la que Cuba y Nicaragua representaban la punta de lanza contra el imperialismo norteamericano. Byron realmente era un artista. Y demostró ser buena gente al reconocer que nos había «puteado».

La historia esta llena de otros ejemplos de falsificaciones que han provocado verdaderas crisis cuando no, guerras.

El Círculo de Bellas Artes de Madrid presenta estos días una muestra del pintor húngaro Elmyr de Hory, otro «figura» que copió a un montón de clásicos como Modigliani y que incluso consiguió que Picasso autentificase como propio un cuadro pintado por él, lo que una vez descubierto revolucionó el mercado de obras de arte. Huído de la dictadura soviética se refugió en nuestra hermana Ibiza. Perseguido en Francia como falsificador, conoció repetidas veces la cárcel pitiusa. Pero, incluso encerrado en ella, montaba festivales con la «jet» del momento, Errol Flynn, Laurence Oliver y Orson Welles incluidos. Su final, digno de un último telón de ópera, correspondió a lo que había sido su vida . Simuló un suicidio para enternecer a las autoridades españolas que estaban a punto de extraditarle a Francia. O bien falló en su cálculo de dosis de pastillas o bien le falló alguien amante y cercano, que no puso todo su empeño en llevarlo a un hospital para un lavado de estómago. Quería falsificar su propia muerte y falló.

Yo no puedo saber si unas fotocopias de documentos contables que han salido a la luz recientemente son reales o son obras de un «artista» como Byron o como Elmyr. Vivimos tiempos en que parece imposible conocer la verdad, en que incluso dudamos de ella. Es el mayor daño moral que nos han hecho una panda de bribones: la pérdida de fe, la duda total, la pérdida de referentes. Es como si todas las brújulas del mundo hubiesen enloquecido por un fenómeno magnético y no supiésemos realmente dónde está el Norte. Porque realmente estamos desnortados, palabra que sabiamente recoge nuestro lenguaje popular.

Unos falsificaron en el marco de una «guerra fría» entre dos potencias –USA y URSS– y quizá obedecían a ciertos estímulos sociales o políticos. Otros falsificaron buscando claros beneficios económicos, sin descartar el morboso encanto de engañar a expertos y coleccionistas. Pero todos nos hicieron vivir en la mentira de unos pasaportes o de unos lienzos. Igual que ahora con unas cuentas. ¿Cuándo sabremos la verdad?

Publicado en “La Razón” el 13 de febrero de 2013

Guerras y ética

febrero 15th, 2013

Kimbolton es una ciudad del condado de Cambridgeshire situada al este de Inglaterra. Para los españoles, el nombre es significativo: en su castillo murió prisionera–todo coraje y resistencia ética– Catalina de Aragón, la repudiada esposa de Enrique VIII.

Un 20 de diciembre de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, despegaba de un aeródromo militar ubicado en esta ciudad un pesado cuatrimotor B-17 norteamericano. Su misión era bombardear una fábrica de aviones alemanes situada en Bremen. Componían la tripulación, entre pilotos, navegantes y artilleros, diez hombres mandados por un joven teniente, Charles L. Brown.

Consiguieron realizar su misión, pero las defensas antiaéreas alemanas les habían causado serios daños. Había muerto un artillero y seis de los otros tripulantes estaban heridos. Morro y fuselaje del avión estaban seriamente dañados, dos motores habían sido alcanzados y de los dos restantes sólo uno mantenía su potencia. Cuando superando estas dificultades ponían rumbo a la base inglesa más cercana, detectaron la presencia de un caza alemán en cola. Todos pensaron que había llegado su momento, cuando el aparato enemigo se situó en paralelo y no atacó. Se miraron los pilotos, el alemán hizo un gesto con la mano, viró y desapareció. El B-27 llegó como pudo a Norfolk, 250 millas más al noroeste. El teniente contó lo ocurrido a sus superiores, mas estos decidieron ocultar aquel acto de humanidad. Pero Charlie Brown no lo pudo olvidar. Tras años de búsqueda, a finales de los ochenta localizó al piloto alemán, Franz Stigler, viviendo en Vancouver, Canadá. Después de cruzarse cartas y llamadas telefónicas se reencontraron en 1990. El lector puede imaginar la emoción del momento.

«¿Por qué no nos derribaste?» El piloto alemán explicó que cuando se puso en su cola y los tenía en el punto de mira para disparar sólo vio un avión que a duras penas se mantenía en el aire, sin defensas y con la tripulación malherida. No era ningún honor derribarle; era como abatir a un paracaidista en el aire. Stigler tenía clara una máxima ética: «Para sobrevivir moralmente a una guerra, se debía combatir con honor y con humanidad; de no ser así, no serían capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días». Durante años, compartieron su experiencia. En 2008 con pocos meses de diferencia, fallecieron de sendos ataques al corazón. Franz Stigler tenía 92 años y Charlie Brown, 87.

Esta emocionante historia me la manda un amigo lector. Nunca podré pagar los apoyos en ejemplos e ideas que me facilitan mis lectores, en un intento de apoyar la línea de esta tribuna. Por supuesto también llegan críticas, que respeto y valoro. Constituyen mi «toma de tierra» con la realidad. A todos les debo el estímulo que necesito para seguir escribiendo, porque hay días en que uno preferiría esconderse bajo las alas y no ver, ni oir, ni sentir.

Utilizo este ejemplo cuando nuestra sociedad, sometida a presiones de guerras políticas y sociales, necesita que le hablen de confianza, de fe, de gestos positivos. Hoy, el que pilla un avión maltrecho sin discusión lo remata. Esto de combatir con honor y humanidad queda para los sermones dominicales, a pesar de que amplios sectores de nuestra sociedad dan ejemplo de humanidad cada día. ¿Serán capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días los que han corrompido nuestro sistema político? Tristemente me temo que sí. Encontrarán buenos abogados y refugios en paraísos fiscales, cuando hablan sin pudor de millones de euros, olvidando que más de media España afortunada que tiene trabajo o está jubilada subsiste con sueldos inferiores a los mil euros.

Todos en la vida pilotamos alguna vez familias y proyectos; todos bombardeamos y sufrimos ataques; todos sabemos lo que son heridas físicas y morales; todos sabemos ponernos en cola del enemigo; todos sabemos disparar, tocar y hundir. Sólo un resorte moral, la ética, nos permitirá obrar bien en cada situación, tomar decisiones con dignidad de conciencia.

Hace unos días, con motivo de unas jornadas dedicadas a las enfermedades raras celebradas en Menorca, nos daba una lección de ética Xavi Torres, un conocido medallista paraolímpico nacido con discapacidades en nuestra hermana Mallorca. Nos contó las veces que ha tenido que decidir entre la inacción y la dejadez refugiado en sus limitaciones y el coraje y pundonor para sobreponerse a ellas.

Todos nos enfrentamos constantemente a disyuntivas. Y nuestras decisiones entrañan renuncias. Stigler renunció, a lo mejor, a una condecoración o a una barra más en su palmarés de aviones abatidos. ¿Cuántas horas dedicó metido en el agua Xavi Torres antes de ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92?

No hay otro camino, hoy, que el del coraje y la resistencia ética. Por mucho que los prostituyan, prevalecerán. Pero realmente estamos en guerra .Y las guerras hay que ganarlas.

Publicado en “La Razón” el 8 de febrero de 2013


Cien mil

febrero 4th, 2013

Podrían ser los euros distraídos en el último caso de corrupción política. Pero no. En nuestra historia reciente hablamos tristemente de cantidades muy superiores.

Nos suena más al número de franceses que al mando del Duque de Angulema nos hicieron la gracia de consolidar la monarquía de Fernando VII, pocos años después de que los ciudadanos de las Españas peninsular y americana, se dejasen la piel luchando contra Napoleón, en defensa de una patria en la que la monarquía seguía siendo considerada un pilar fundamental. Fueron los Cien Mil hijos de San Luis. No hay acuerdo sobre si eran más o eran menos. Da igual. El efecto disuasorio se consiguió, e iniciamos una década (1820-1830) que intentó borrar las libertades que recogía la Constitución de Cádiz de 1812, a la que no hubo más remedio que apellidar “ominosa”.

De la estrategia disuasoria referida a multiplicar el número de combatientes hay muchos ejemplos en la historia militar. Queipo de Llano en la Sevilla de julio de 1936, hizo desfilar a unos mismos legionarios, primero a pie, cabra al frente; luego en camión cómodamente sentados; luego a caballo tras una rápida requisa en la zona. Poco faltó para hacerles desfilar de nazarenos, pero “la caló” y la fecha no lo aconsejaron. No obstante, el efecto disuasorio fue inmediato, como bien conoce el lector.

Cien mil. Nos referimos a la Ley de Unidad de Mercado que intenta poner fin a la metástasis legislativa que ha sufrido nuestro país desde la Transición. Con razón decía un magnífico editorial de este periódico: “mientras las leyes aprobadas por los “lander” alemanes durante los últimos 30 años –fusión de dos estados incluida– no superan las once mil, las dictadas en España en el mismo tiempo son cien mil. Es decir, que hemos legislado diez veces más que una república federal más extensa y con el doble de población. Pero hay otra consecuencia y no sólo cuantitativa. Con tanta ley, nunca habían proliferado tanto los escándalos económicos, nunca la sensación de corrosivo fraude generalizado se había impregnado en nuestra vida social. Yo creo que desconfiamos incluso de los honestos, que los hay y muchos. Una portada de periódico o dos minutos de telediario pueden presentarnos flujos y reflujos de escándalos sin fin. Tras uno que afecte a un partido, aparecerá otro del contrario; si se ataca a una conducta, siempre hay excusa para decir que es un ataque político. No se sabe si es revancha o desquite o es simplemente una información veraz y trabajada. Pero hasta de estas informaciones, también desconfiamos. La sociedad piensa que lo primero que hay que conseguir es que el ladrón de bienes públicos devuelva inmediatamente lo robado, no a los catorce o dieciséis años. Y más de uno piensa que habrá que acabar como en algún país oriental en que se asocia al ladrón con la mano amputada. Aquí no darían abasto las ortopedias.

Además, entre la maraña de las cien mil normas, vegetan jurisprudencias del Supremo y del Constitucional, disposiciones transitorias y adicionales, leyes de acompañamiento de los presupuestos, que constituyen verdaderos laberintos jurídicos. Se modifica y se vuelve a modificar de acuerdo con la opción política del momento y se abandona la buena práctica de refundir en un solo texto, cerrado a fecha concreta, porque sencillamente no se da abasto. Y el más listo , el que sabe extraer de una ley “porque la hicimos nosotros” lo que puede beneficiarle a él o a su partido, saca los réditos que quiere. Y, a poco que pueda, pasará del negocio público al privado.

El Derecho romano nos transmitió una sentencia sabia: “Plurimae leges, corruptíssima republica”. Es decir, “mucha ley, corrupción en la cosa pública”. Todos tenemos parte de responsabilidad en este Estado. Por supuesto unos más que otros. Otros, que no han hecho mas que trabajar, cumplir y servir a su sociedad, no a servirse de ella.

Ya que hemos citado a Alemania, recuerdo una de las claves de su estabilidad política y social sin llegar a la necesidad de cortar manos: la separación de poderes. Incluso su Tribunal Supremo está físicamente lejos de Berlín. Mientras en España el Poder Judicial esté claramente contaminado por los otros dos poderes –Ejecutivo y Legislativo–, las sentencias serán eternamente recurribles, los procesos largamente diluidos con la excusa de la seguridad jurídica. La pirámide judicial constituida por jueces y fiscales dependientes de quien les nombró, carece de la libertad necesaria para juzgar. ¡Es todo el sistema el que hay que reconstruir! Bien lo saben cientos de buenos jueces –no necesariamente con estrella– que trabajan día a día impartiendo justicia.

No es cuestión de llevarse el Supremo al Caminomorisco de Marañón. Es cuestión de tomarse en serio, cómo refundimos con eficacia, cien mil leyes.

Publicado en “La Razón” el 1 de febrero de 2013

Fronteras

enero 30th, 2013

Reconozco que cuando me iniciaba en el estudio de los atlas geográficos me gustaban las fronteras rectilíneas y de grandes dimensiones. Me parecía que las divisiones entre estados estaban mejor definidas que las serpenteantes fronteras fluviales o las jalonadas por inaccesibles picos montañosos.

Con el tiempo comprendí que aquellas divisiones procedían de repartos coloniales o de impetuosos procesos de descolonización, incluso del capricho de exploradores o de obscuros intereses económicos. Entrañaban, por una parte, romper lazos humanos entre poblaciones autóctonas que con el tiempo se rebelarían o emanciparían. Por otra desconocían que en el subsuelo de aquellas extensas estepas o desiertos aparecerían con los años y con nuevas tecnologías, inesperados yacimientos de gran riqueza en forma de minas o de pozos de petróleo o de gas.

En nuestro Sáhara Occidental una generación de españoles vivimos los dos ejemplos. Por una parte asumíamos que un «ligero error» en la medición de un meridiano, había incluido las Salinas de Iyil en la Mauritania francesa y que, por casualidades de la vida , en la franja hurtada a España, apareció la mina de hierro más rica del Africa Occidental.

En otro aspecto, en Bu Craa, la mina situada al sur de El Aaiun la capital del territorio que fue provincia española, se explotaba a cielo abierto una veta rica en fosfatos y nos convertimos en rivales del lobby mundial que controlaba sus precios. Nuestro Gobierno había apostado fuerte por ella. Pero, a la larga, fue una de las causas de la pérdida del Sáhara y en cierto sentido de la diáspora de su población autóctona. Resumo: no siempre la riqueza entraña paz.

Vivimos estos días el drama de un Estado fallido como es Mali y la reacción inmediata de un grupo terrorista procedente de Libia contra una instalación de gas ubicada en Argelia. Es decir, el conflicto que lleva larvado años entre estas fronteras de difícil definición, afecta a tres países, involucra a Francia, a las Naciones Unidas, a la Unión Africana, a la Unión Europea ,a EE UU, a Alemania, a España –dependiente del gas de Argelia–, y hiere a otros –Japón, Filipinas, Noruega– cuyos nacionales fueron utilizados como rehenes y asesinados sin más juicio y delito que el de ser occidentales.

El estudio actual de la frontera entre estos tres países nos lleva a una primera pregunta: ¿Quién puede controlar estos extensos territorios y los movimientos de su población nómada, que no ha asumido más límites que los que leen en las estrellas ? De ahí que contaminados o utilizados por movimientos y personas procedentes de Libia o de Afganistán o reclutados por la internacional yihadista, hayan creado un pseudo estado que hace del terrorismo extorsión, financiación y medio de acción política.

La soberanía de las naciones entraña el control de su territorio y por supuesto de sus fronteras entre otras funciones fundamentales. Bien sé que no es fácil, pero este control es necesario. Es mucho más caro –ya lo va siendo– no hacerlo.

El fin de las guerras que asolaron Centroamérica en los ochenta –Nicaragua, El Salvador, Guatemala– se inició con un acuerdo firmado por todos los presidentes del istmo en Esquipulas, la bella ciudad guatemalteca que guarda orgullosa un Cristo donado por Felipe II. Declararon sencillamente que «ningún país alimentaria la guerra en el país hermano».

Fue esencial, porque entre ellos quedaban zonas fronterizas sin definir –los bolsones– procedentes del proceso de descolonización y de la propia aridez de los terrenos, muchos de ellos selváticos. Pero en ellos acampaban los movimientos insurgentes, ya fuese la «contra» nicaragüense, el FMLN salvadoreño o la URNG guatemalteca.

Tenemos otros ejemplos más cercanos: ETA creció cuando encontró permeabilidad en la frontera francesa y organizaba cómodamente sus santuarios en territorio galo.

Recientemente también vimos cómo las FARC buscaban cobijo tras la frontera ecuatoriana. No les tembló el pulso ni al entonces presidente Uribe, ni a su ministro de defensa Santos, que le sucedió en el Palacio Mariño. Hoy ya están negociando en La Habana.

Vuelvo preocupado a Malí. Hablamos de un país de extensión dos veces y media la de la Península. ¿Pueden cubrir 2.500 soldados franceses o los 3.000 de la Unión Africana que se preparan para desplegar, la seguridad de un país tan extenso? ¿Pueden garantizar el control de sus fronteras? ¿Pueden rehacer un Estado producto de un golpe militar, sin un esqueleto legislativo, judicial y de seguridad que lo sostenga? Reconozcamos que sólo Francia , bien apoyada por la comunidad internacional, puede intentarlo.

Un primer paso para «fijar» a Al Qaeda en el desierto común del Sahel, pasa necesariamente por controlar fronteras y los movimientos insurgentes. Colapsar sus fuentes de financiación, especialmente las provenientes de la droga y –por supuesto– de los secuestros. Ya sabemos en España lo que nos costó recuperar a tres cooperantes barceloneses. Uno de los racimos de Al Qaeda domina el Sahel. El reto es grande.

Publicado en “La Razón” el 24 de enero de 2013

El flanco sur: Mali

enero 30th, 2013

A los escenarios asiáticos –Irak y Afganistán– nos llevaron nuestros aliados norteamericanos. A la destrucción de Yugoslavia fuimos nosotros mismos, los europeos, los indecisos y los corresponsables y ahora, tras la falsa primavera de los países ribereños del Mediterráneo, nos damos cuenta de que al sur de sus extensas fronteras, hierven graves problemas de seguridad que, seguramente, nos afectarán. Nuestra vigente Directiva de Defensa Nacional de julio 2012 nos lo advierte: «No puede olvidarse que la seguridad de España y la plena estabilidad mediterránea solo se logrará si su entorno inmediato, Oriente Medio y el Sahel, se mueven en la dirección adecuada».

Ahora ha estallado un problema que se mantenía larvado y que no queríamos ver entre nuestras preocupaciones: Mali. Problema de «amenaza para la paz y la seguridad internacionales», según la Resolución 2085 del Consejo de Seguridad de 20 de diciembre de 2012, problema de opinión pública y de decisiones políticas más que delicadas.

Todos conocemos las diferencias entre las promesas electorales y las responsabilidades de gobierno. El presidente francés, Hollande, se ha visto obligado –en mi opinión con razón– a intervenir: «Está en juego la existencia misma de este estado, la seguridad de su población, incluidos los 6.000 residentes franceses, en lo que es una amenaza no sólo para Francia sino también para Europa». Quien ahora esgrime un demagógico y desgastado «no a la guerra» es el ex primer ministro Dominique de Villepin. ¡Cosas de la política!

Francia ha demostrado una vez más que tiene a sus Fuerzas Armadas como instrumento eficaz y sin complejos de su política exterior, que sabe calibrar y asumir riesgos y es consecuente con sus aliados, especialmente los que forman la francofonía. Ha maniobrado bien en el Consejo de Seguridad, obteniendo una clara autorización. Ha conseguido los iniciales apoyos diplomáticos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y España y ha sido consciente de que una fuerza internacional como la definida por Naciones Unidas, aún bajo el paraguas del Capítulo VII de la Carta, puede tardar meses en formarse y desplegar cuando la situación sea irreversible. Todos están de acuerdo en que los temas africanos deben ser resueltos por los propios africanos, pero las intenciones muchas veces no bastan. No obstante hoy, Burkina Faso presta un apoyo importante. Argelia permite sobrevuelos, Nigeria y Senegal ya despliegan fuerzas junto a las francesas en la capital Bamako y en el estratégico aeropuerto de Sévaré, situado en el centro del territorio donde se une la rebelde zona norte semidesértica, poblada sólo por 2 de sus 15 millones de habitantes, con el sur del país. Porque estamos hablando de un país de extensión dos veces y medio la superficie de España (1.230.000 Kms.cuadrados). Todas las distancias, todas las superficies conquistadas o perdidas, todos los tiempos, deben ser considerados con esta amplísima óptica territorial.

No son nuevas las rebeliones de los tuaregs del norte que ya consiguieron abiertos estatutos políticos en los ochenta. El problema procede de la contaminación que han sufrido estos movimientos por grupos yihadistas especialmente procedentes de Argelia y de Libia, que han hecho del Sahel un santuario de Al Qaeda y de otros grupos que utilizan el terror como instrumento de acción política.

La crisis actual procede de marzo-abril de 2012, en que parte del Ejército dio un golpe de Estado suspendiendo la constitución del país. La intervención de la comunidad internacional propició la formación de una Autoridad de Transición con Traoré como presidente interino, que debía convocar elecciones y aprobar una nueva carta. Pero en diciembre dimitió el primer ministro y se disolvió el Gobierno en un claro ejemplo de lo que puede constituir un Estado fallido. Ello alentó a los movimientos del norte que rompiendo treguas y pactos conseguidos por gestiones de la comunidad internacional, conquistaron la ciudad de Konna, situada en el centro del país y a unos 600 kms de la capital. Éste ha sido el desencadenante de la crisis actual.

El viernes 11 el Consejo de Seguridad pedía el despliegue urgente de una fuerza internacional, cuando Francia ya movía sus peones y recuperaba Konna. Imagino toda la trastienda diplomática en Nueva York, en Washington, en Bruselas y especialmente –junto a la operativa– en París. Nadie explica el papel de Romano Prodi, enviado especial del secretario general para el Sahel en el desarrollo de estos acontecimientos.

Éste es el escenario, éste es el reto. Mali hereda un proceso de descolonización precipitado de los años sesenta, una conformación del país artificial, unas fronteras extensísimas, indefinidas y permeables con Argelia y con Libia que le han «exportado» movimientos yihadistas. Tiene unas riquezas –es el tercer productor de oro de África– que acaban en manos de pocos y una extensión que dificulta su gobernabilidad. Todos los mimbres para constituir un Estado fallido.

Y aunque no lo parezca, por supuesto, afecta a nuestra propia seguridad. Ya veremos.

Publicado en “La Razón” el 16 de enero de 2013

La hidra de la corrupción

enero 13th, 2013

Si hay un fenómeno que ha lastrado tristemente nuestra Transición, es el de la corrupción, especialmente en su versión política. No sé cuántos casos hay abiertos hoy en España ni hasta qué año nos avergonzaremos del uso que han hecho unos pocos del poder. Dieciséis se ha tardado en llevar a juicio a los responsables de un perverso sistema de financiación de un partido catalán. Al final, ¿para qué tantos años? Por supuesto, nuestro Código Penal recoge todas sus figuras delictivas, pero parece que no son suficientes. Incluso las Naciones Unidas lo relacionan con la violación de los derechos humanos. En su convención de octubre de 2003 declaran que «el tráfico de influencias o en forma de obtener favores ilícitos a cambio de dinero o de otras formas constituye una vulneración de los DDHH por cuanto entraña violación del derecho de igualdad ante la Ley».

Mariano José de Larra (1809-1837) el sensible testigo de su tiempo, desengañado del liberalismo de Martínez de la Rosa y de Mendizábal, «pues sólo habían servido para beneficiar a limitados sectores sociales», volvería a denunciar hoy una extendida corrupción difícil de conocer por el alcance de sus tentáculos y cuyo peor efecto es una generalizada desazón, una sensación de desconfianza de todos contra todos.

Por supuesto, no acuso a una mayoría de nuestra sociedad que es honesta, incapaz de quebrar un orden social por mor de la riqueza adquirida ilegalmente. Hace unas semanas un empleado del servicio de limpiezas de Palma de Mallorca recogió una cartera conteniendo mas de seis mil euros. Imagino el estado de ahorros del buen funcionario, pero en su fuero interno no apareció la duda. Sabía que aquello no era suyo , que perjudicaba a otro y devolvió la cartera.

Pero hay otra gente que no actúa igual, gente especialmente nociva, que utiliza el poder como baza. Y a pesar de nuestro buen sistema judicial, tenemos la sensación de que no se ataja con la debida contundencia. ¿Cuántos casos llevan más de dieciséis años? ¿Cuántos sobre financiación de partidos se han archivado? ¿Quién pagará la corrupción de Unió?

Lo más triste es que nuestra sociedad, que ha hecho del dinero un dios, adula, venera, a las personas que ostentan, que exhiben, que escandalizan con las riquezas que han conseguido entre el lodo de la corrupción. La misma sociedad que denostará e insultará al denunciado cuando el primer telediario anuncie su imputación o detención. Entonces –incluso– prejuzgará.

Larra nos hablaba de los nuevos caciques de pueblo reverenciados por el alcalde, el cura y por el cabo de la Guardia Civil. Hoy los caciques visten y se mueven en otros ámbitos. Pero son los mismos. Con guante blanco gestionan recalificaciones urbanísticos, blanquean o divierten fondos, utilizan su «prestigio» político para dirigir gabinetes asesores, o servicios jurídicos marcados por la etiqueta: «si lo quieres conseguir, dirígete a él». Son verdaderos conseguidores, cuando un elemental código ético debería impedirles trabajar en temas técnicos o jurídicos de los que han sido responsables políticos.

Por supuesto, la corrupción se extiende en más formas, las corruptelas. Y no son todas económicas. Tristemente constatamos la permanencia del «derecho de pernada» medieval, mucho más cruel hoy, cuando las condiciones de falta de trabajo obligan a buscarlo de cualquier forma. No me refiero a las relaciones consentidas –pagadas o gratuitas–, ni siquiera a las inclinaciones sexuales. Me refiero a las que el Código Penal define como abuso de poder por razón de cargo, capaces de contaminar todo el tejido social.

De otras corruptelas no se libra ningún trozo de nuestra sociedad. Uno de mis lectores me alerta con lealtad de la existencia de casos tanto en Fuerzas Armadas como en la Guardia Civil. Para nada mi desconocimiento entraña ocultación. Pero son casos individuales o de grupos determinados y estoy seguro de que recibirán respuesta penal rápida y contundente. No dejan de ser corruptelas los «días para asuntos propios» conseguidos por ciertos colectivos en convenios en los que se priorizaban derechos sobre deberes. Como no duden que se esconden corruptelas entre algunos de los que se oponen a la privatización de la gestión de ciertos centros de salud, porque ven perder las comisiones de laboratorios o verán restringidos sus flexibles horarios laborales que comparten con centros privados o de enseñanza.

Si queremos extraer «lecciones aprendidas» de la actual crisis, hay que atajar con todos los medios –Justicia, comunicación, enseñanza– la perversa hidra de la corrupción que nos acompaña en nuestro tránsito democrático desde los primeros días de la Transición. No creo que nadie pueda cuantificar su coste económico. Pero su verdadero coste es social, rompe la cohesión, quiebra el concepto de unidad de bien común.

Contundencia , rapidez y ejemplaridad serán las mejores armas contra esta corrupción que, y al final, nos puede romper.

Publicado en “La Razón” el 9 de enero de 2013


Compañeros de armas

enero 13th, 2013

En Menorca, desde donde escribo – y S.M. lo sabe perfectamente–, la Pascua Militar tiene un significado especial. La instituyó su ilustrado antepasado Carlos III en conmemoración a la conquista de la Isla tras la segunda dominación inglesa.

Celebraremos los 300 años de la firma de los Tratados de Utrech, que inicialmente convirtieron a la Balear Menor en dominio inglés. Gibraltar queda como residual testigo de las nefastas consecuencias de aquella Guerra de Sucesión que nos dividió y que aún hoy alguien quiere perpetuar. Con prudente léxico pero con referencias que todos hemos entendido, S.M ha repetido con otras palabras lo que adelantó ante las Cortes un 27 de diciembre de 1978 en la presentación de la Constitución: «Si hemos acertado en lo principal y lo decisivo, no debemos consentir que diferencias de matiz o inconvenientes momentáneos debiliten nuestra firme confianza en España y en la capacidad de los españoles para profundizar en los surcos de la libertad». Por supuesto no caerán hoy las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil en «absurdas provocaciones».

Han pasado 35 años. El esbelto monarca de entonces acaba de cumplir 75 y ha precisado de dos muletas para cumplir su promesa de «estar con sus compañeros de armas». Imagino las tribulaciones de su equipo médico que debe apechugar con recuperaciones a fecha fija, de indiscutible riesgo para su prestigio profesional. Ha recordado a los 12 fallecidos en acto de servicio, muchos en alejadas tierras y la gesta del Regimiento de Caballería Alcántara, máximo exponente del sacrificio humano. Luego ha apelado al necesario esfuerzo para, en un marco de carencias presupuestarias, mantener las capacidades que garanticen nuestra fuerza de disuasión. Necesitamos sentir, las gentes de armas, que este «esfuerzo» se comparta. Porque no existe una percepción clara de que quienes han contribuido a esta crisis, que puede incidir en la seguridad, paguen sus faltas de honestidad. ¡Ni un caso de corrupción entre los uniformados!

Por supuesto éstos serán también ejemplo de unidad –se emplea este nombre para definir las formaciones militares – de generosidad – S.M. ha recordado los esfuerzos de este verano en el control de incendios – y de valentía – vean lo que pasa día a día sobre la ruta Lithium en Afganistán –. ¡Puede estar seguro de ellos! ¡Largos años entre sus leales compañeros de armas, Señor!

El aplauso

enero 13th, 2013

La palabra procede del latín «applaudere» y se define como «expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido». Es una forma no verbal de comunicación de masas, indicadora de la opinión media del grupo. En Roma se contrataba a personas para aplaudir en algunos actos. Y todos sabemos lo que significa la palabra francesa «claque», hoy muy empleada en programas televisivos.

Del aplauso se hace hoy abuso. Se aplaude hasta en ciertos entierros. Los teatros de Berlín prohíben los aplausos durante el espectáculo y antes de la bajada del telón. ¡Serios estos alemanes!

Interesada y demagógicamente ciertos medios y redes sociales han difundido la imagen del actual Capitán General de Barcelona –hoy rebautizado por un ministro vergonzante como Inspector General– presente en el acto de toma de posesión de Artur Mas como president de la Generalitat. La fotografía corresponde al final del acto y recoge en primer plano al Ministro Montoro y al ex President Montilla aplaudiendo sin convicción, de oficio, mirando cada uno a un horizonte indeterminado. Detrás de ellos, digno, mirada penetrante, aparentemente relajado, el General se mantiene inmóvil. No aplaude.

Imagino todo lo que pasaba por su cabeza. Conozco lo que es cruzar entre una muchedumbre vocinglera y amenazante atrincherada en el anonimato. Lo he conocido en Barcelona y en un pueblo del Magdalena Medio colombiano. Pero otros generales lo han conocido en Granada o en Palma de Mallorca. Y se han plantado.

Desconozco en cambio lo que es llegar a un acto institucional en el que la imagen de S.M el Rey, que lo es constitucionalmente de todos los españoles y además Jefe de las Fuerzas Armadas, esté tapada con una cortina negra. Tampoco sé lo que es escuchar, cara a cara, de frente, frases disolventes y/o excluyentes. ¡La palabra y el incierto e imprevisible eco de sus interpretaciones, mi General!

Siempre he repetido que los miles de españoles que ayudaron a pacificar la ex Yugoslavia regresaron vacunados de nacionalismo excluyente. Muchos recordamos que unas palabras pronunciadas por el líder político de los serbios en Bosnia-Herzegovina Radovan Karadzic, fueron interpretadas por Ratko Mladic en una macabra operación de «limpieza étnica» que asesinó en Srebrenica a más de seis mil bosnio-musulmanes. No hablamos de las Cruzadas. Hablamos del año 1995 y de un pueblo situado al este de Sarajevo, supuestamente protegido por tropas holandesas de Naciones Unidas. Eso si, se mataba, se quemaba en fosas comunes, porque redimían lo que Mitchael Ignatief denomina «el honor del guerrero» de sus antepasados.¡ Sus antepasados de la Primera Guerra Mundial! Es decir salvaban honores a ochenta años vista! ¡Ya es memoria histórica!

¡Cuidado con las palabras que las carga el diablo!

¿Y pretenden que un General aplauda en estas circunstancias, como las que vive la Generalitat?

He defendido a Cataluña y a muchas de sus gentes por tierra, mar y aire. Tengo allí a entrañables amigos. Si tuviese que priorizar lealtades, sé bien donde las señalaría. He trabajado con empresas serias, con ONG,s responsables, puntuales y sacrificadas; he conocido altos niveles de cultura y generosidad en donaciones.

Ellos sí merecen el aplauso.

Pero reconozco que hoy, manoseada a sabiendas la Historia, convertida la política en finca privada de unos pocos, el panorama general es distinto. Me hiere ver que quienes mienten, saben que mienten y lo hacen y transmiten sólo en provecho propio. ¡Es tan fácil decirle a la gente que mejorará su nivel de vida cuando se libren del yugo expoliador de los demás españoles!

Espero que esta tribuna no anime a iniciativas que ya actuaron en otros casos. Por supuesto yo –que como jubilado no represento ni al Ministerio ni a las Fuerzas Armadas– asumo los cariñosos insultos que me llegarán de un muy buen construido fanatismo. También aparecerán los mismos rasgadores de vestiduras que exigirán al Ministro el cese o arresto del General. Son los mismos que pidieron –y consiguieron– la cabeza del General Mena cuando en una Pascua Militar celebrada en la Capitanía de Sevilla, predijo preocupado lo que vive hoy su compañero de Barcelona. La puso complacido sobre bandeja de plata el ministro de turno, cuando todos conocíamos la catadura moral del denunciante, personaje de doble discurso, famoso en Barcelona por la persecución inmisericorde a la que ha sometido a sus inmediatos círculos laborales femeninos. Porque la corrupción en Cataluña no ha sido sólo económica.

Un último apunte debo precisar. Los militares habitualmente no aplaudimos. Si es ante superiores menos, porque sería considerado un acto de sumisión. Y si aplaudimos, es porque nos consideramos ciudadanos libres y en uso de esta libertad lo hacemos cuando queremos. No hay reglamento que diga lo contrario.

La Historia dice que se esconden más deslealtades y traiciones tras un falso aplauso, que tras un leal y respetuoso silencio. El que hizo suyo el Capitán General de Barcelona.

Publicado en “La Razón” el 2 de enero de 2013