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Gentes de armas

viernes, mayo 17th, 2013

La última encuesta del Centro de Estudios Sociológicos (CIS) lo resumía claramente: «Los militares y policías triplican en valoración a los políticos y son los únicos que aprueban». Y ciertamente ante un 1,83 concedido a los partidos , la Guardia Civil obtenía un 5,71 de valoración, la Policía Nacional un 5,56 y los Ejércitos y la Armada un 5,21.

En una primera impresión, constituye un justo motivo de orgullo para las «gentes de armas» que ven reconocido el valor de su trabajo, su abnegación y entrega vocacional al servicio de su comunidad. Pero en una segunda mirada debe entristecernos el bajo nivel con que valoramos a quienes legitimamos con nuestro voto y son responsables –en Gobierno o en oposición– de nuestra vida política. El líder mas valorado justo alcanza el 3,96 y hay ministros que no alcanzan el 2. El Gobierno es valorado con un 2,42 y nuestro Parlamento, en el que tenemos depositada nuestra soberanía, un 2,53.

Me atrevo a repetir aquellas frases que pronunció Ortega y Gasset en sede parlamentaria un 13 de Mayo de 1932:

«Ahí tenemos ahora a España toda tensa y fija en nosotros; pero no nos hagamos ilusiones: fija su atención, no su entusiasmo». Cuando recomienda en el mismo discurso:

«Es preciso que el Parlamento se resuelva a salir de sí mismo, de este fatal ensimismamiento…. que ha sido causa de que una gran parte de la opinión le haya retirado la fe y le escatime la esperanza».

Asumamos que el difícil momento invite más al «rejón de castigo» en las encuestas que al halago estimulante, y que una forma de indignación se manifieste en las bajas valoraciones.

Pero el análisis invita a una segunda reflexión. Me refiero al vuelco de la opinión pública respecto a las gentes de armas. Los que vivimos la Transición sabemos cómo se nos valoraba: siempre en la zona de descenso. Y había quien buscaba algo más que el simple descenso. Faltó poco para disolver a la Guardia Civil bajo la teórica idea de crear un solo cuerpo policial, escondiendo resentimientos particulares y rompiendo un modelo que en Francia, –Gendarmerie– y en Italia –Carabinieri– han proporcionado estimulantes resultados y necesarios equilibrios de poderes. Tampoco olvidemos que la primera Agrupación de la Legión que mandamos a Bosnia, embarcaba rumbo a Split con la amenaza de una orden ministerial que la disolvía. ¡Luego los disolventes se enamorarían, al conocerles, de quienes querían disolver! Hemos vivido durante años –aún quedan resquicios– que ante errores y accidentes, quienes acababan procesados eran los uniformados, eximidos de falta sus responsables políticos. Hemos sufrido el ataque inmisericorde de cineastas y guionistas. Siempre ha sido rentable y gratuito en la réplica, presentar a un militar colérico, autoritario y déspota o a un guardia civil perverso y torturador o a un policía desgreñado e inmoral. Se ha pretendido socavar la faceta vocacional del servicio a la comunidad con caricaturas, estereotipos y mentiras siempre negativas. He repetido cien veces que me da envidia el cine americano que normalmente asocia al hombre de armas –militar o policía– con el sacrificio, la reflexión, la valentía o el honor. Y cuando alguno de ellos se sale de la norma, siempre aparece un «asuntos internos» o un superior que corrige al desviado. Es decir, dejan claro que en una sociedad de orden, se castiga a quien vulnera la norma. Y se le castiga con la máxima inmediatez, compatible con las garantías jurídicas del denunciado. No se le juzga a los 14 años como en Barcelona.

En realidad, aquí se sigue la misma pauta disciplinaria. Porque el cinco y pico de valoración también incluye errores que todos cometemos. El último informe de la Fiscalía Togada correspondiente a 2012 habla de 701 procedimientos penales instruidos a militares y guardias civiles sometidos a su jurisdicción, de los cuales 132 corresponden a sumarios, 144 a diligencias preparatorias y 425 a diligencias previas. Para mí es enormemente positivo que el descenso de delitos y faltas sea de un 57% respecto a 2010.

Si tuviese que hacer balance de la encuesta del CIS, diría que hoy la sociedad valora la disciplina, el orden, la sobriedad, la responsabilidad, la vocación y el servicio, por encima de otras alternativas. Pero esto no debe conformarnos. Todos debemos arrimar el hombro para que el nivel de valoraciones que se reconoce en las gentes de armas, se extienda a toda nuestra clase dirigente y a nuestro tejido empresarial y sindical. Es decir que se amplíe la confianza, el crédito, la buena opinión, a cuantas personas sirven a la sociedad. Las hay, y muchas. Se trata de recomponer este tejido social por el que deberíamos trabajar todos. Por supuesto bajo la capa de seguridad que nos proporcionan unas personas a las que acabamos de reiterar nuestra confianza: las gentes de armas.

Publicado en “La Razón” el 9 de mayo de 2013

«Oigo, patria, tu aflicción»

viernes, mayo 17th, 2013

La palabra y el concepto de «patria» no pasan –hoy 2 de Mayo– por sus mejores momentos, cuando precisamente entrañan algo tan nuestro como ser «la tierra de nuestros padres». Parece que además de cainitas queramos renegar de nuestros mayores. Mal camino. Hoy conmemoramos los 205 años de aquel trágico día en que un alcalde de pueblo –Móstoles– y un grupo de jóvenes oficiales –Daoiz, Velarde, Ruiz– arrastraron al pueblo español a un levantamiento contra el invasor «de las tierras de sus padres», apelando al patriotismo: «… hasta que España sucumba, no pisará vuestra tumba la planta del extranjero» (1). También a este valor acaba de referirse sabia y acertadamente Jaime Lamo de Espinosa, antiguo ministro de Adolfo Suárez y de José Calvo Sotelo. Constata el actual estado de desazón social porque «hemos perdido el sentimiento de los objetivos comunes, la ilusión colectiva», y reclama a los líderes políticos «que sean capaces de una acción verdaderamente patriótica». Apela al patriotismo como fórmula de integración, de sacrificio, de esfuerzo, de compromiso. Algo así como se nos recuerda a militares y guardias civiles en las fachadas de nuestros cuarteles. Resalto el concepto de «todo». El mismo todo por la patria que asumieron aquellos héroes populares y oficiales el 2 de mayo de 1808 y que muchos pagaron con su vida. «Y al suelo le falta tierra para cubrir tanta tumba»(1).

No pido tanto, aunque también hoy el momento sea dramáticamente delicado y cuando no veo más salida que un rearme moral haciendo nuestra aquella reflexión de Kennedy: «No te preguntes que puede hacer EE UU por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por EE UU». Este rearme moral, este patriotismo, o llámenle como quieran, debe ser de todos: Gobierno, oposición, comunidades autónomas, ayuntamientos, sindicatos, poder económico y empresarial, universidad, autonomías, Iglesia, … Por supuesto, también incluyo a quienes nos han defraudado, a quienes nos han saqueado, a quienes nos han decepcionado.

No son iguales todas las responsabilidades, pero todos necesitamos salir de la crisis. Y no sólo podemos obrar al eco de los acuerdos de los consejos de ministros de los viernes. Tras ellos cargamos toda la culpa sobre un Gobierno, como si él sólo tuviese la posibilidad de salvarnos. Tras la rueda de prensa habitual, vienen el llanto y el crujir de dientes, las réplicas y contrarréplicas, las descalificaciones reglamentarias, el pesimismo, el miedo. Decía recientemente el escritor Bernardo Atxaga que «todo lo que genera negatividad nos hipnotiza, nos paraliza». Y necesitamos todo menos paralizarnos.

El pacto hoy debe ser total, no sólo político, y el compromiso más urgente de reducir las cifras del paro debe dar lugar a corresponsabilizar a pymes, ayuntamientos, comunidades de propietarios y vecinos, clubes deportivos, fundaciones, cofradías, colegios y por supuesto, grandes empresas. El paro no es sólo un grave problema económico. Es un problema de dignidad de la persona. Pero todos debemos arrimar el hombro. Con las estadísticas de paro juvenil, de fracaso escolar y de mala calidad de la enseñanza, creo que las protestas de los enseñantes deberían tener más carácter de «huelgas a la japonesa» que de encubiertos y sucesivos puentes vacacionales. Siempre recordaré una celebración de la fiesta nacional en Suiza: la hacen trabajando. Es decir, transmiten a su sociedad que su bienestar y su cultura se apoyan en el esfuerzo, en el sacrificio y en la laboriosidad.

Momentos difíciles. Y no sólo aquí. Veremos en un año y medio las promesas que haya podido cumplir el nuevo gobierno italiano. Por supuesto, le deseamos suerte. Su estabilidad también es nuestra estabilidad. Pero un país que ha tenido que recurrir a la nominación de un presidente para su República, de 87 años, ya representa a una sociedad en fuerte crisis.

Tiempos de resistencia. Resistir es vencer, dice la máxima. Pero no es fácil hacerlo cuando parte importante de la sociedad exige más, critica sin conocer todos los mimbres que armoniza un estado, exige liderazgo cuando ella misma no quiere mas líderes que los de los escándalos de cama, los que alimentan bodas y divorcios exprés, o que son capaces de colocar un balón entre unas redes ante miles y miles de fanatizados seguidores.

Realmente, «oigo, patria, tu aflicción» (1). A los que resisten, les pido que sepan escuchar lo que se dice en la calle. Estoy seguro de que son sensibles al dolor de mucha gente. Pero que mantengan el pulso firme ante las críticas si honestamente hacen lo que tienen que hacer.

Marcos Zapata (2) resumía con alma de poeta un momento como éste:

«¿Que no cede el ataque ni un minuto?

¿Que a todo trance buscan tu fracaso?

¿Que te cansa el luchar…? ¡No lo disputo!

Mas oye, amigo, este refrán de paso:

¡Se apedrean las plantas que dan fruto!

¿Quién del árbol estéril hace caso?»(2)

(1) Bernardo López García (1840-1877): «¡Dos de Mayo!»

(2) Marcos Zapata (1845-1913): «Ladrar a la luna»

Publicado en “La Razón” el 2 de mayo de 2013

Citas en Barcelona

domingo, abril 28th, 2013

No recuerdo si es en «Amiel» o en su «Don Juan» donde Marañón reconocía que lo mejor de las citas amorosas está en el «antes de, cuando se sube en el ascensor». No puedo dejar de reconocer que siempre aterrizo en Barcelona con la ilusión del amante de D. Gregorio. La cita se debía esta vez a una invitación del Centro de Estudios Internacionales para hablar sobre Liderazgo y Responsabilidad Individual. De la mano de dos entusiastas profesoras universitarias –Helena Torroja y Sonia Güell–, debía exponer ante una treintena de alumnos de alta formación en grados e idiomas. Los encontré inquietos intelectual y socialmente por la situación en que se encuentra un tramo importante de nuestra sociedad, falto de horizontes, falto de referentes, falto de líderes, en resumen.

Es difícil hablar del mito del auriga de Sócrates –el querer y el deber–, del arrastre carismático de un Churchill –sangre, sudor y lágrimas– o de la visión de un Adenauer o de un Schumann, capaces de cerrar el ciclo de dos guerras mundiales, dando a Europa estabilidad y sentido, cuando hoy no sienten ellos atracción ni por programas ni por personas que ilusionen y que arrastren. Palpé estas carencias en personas mucho mejor formadas que las equivalentes en edad de mi generación. Sólo les pedí que terminásemos las pasadas dos horas de encuentro con una palabra: esperanza. No puedo interpretar ahora el sentido de sus sonrisas. Pero la cita respondió a lo esperado. Escuché. Aprendí. Luego llamé al ascensor de vuelta buscando a mi otra amante, la ciudad. Necesitaba otear su horizonte cultural y social. San Jorge llenaba las calles de rosas y literatura. Constaté la oferta de la oficial vía soberanista: el «Manual per a la Independencia», de Dolors Feliu, hasta el «Camí sense retorn», de Tian Riba, pasando por «Quatre vies per a la independència», del corresponsal de TV3 Martí Anglada, comparando los modelos de Estonia, Letonia, Eslovaquia y Eslovenia, obviando sabiamente referirse a Bosnia, país que bien conoció durante sus dos guerras civiles. No entro en las valoraciones de estos ensayos. Pero en otro ámbito si llegó a mis manos un documento más cercano a mi condición de soldado. Se trata de un amplio informe elaborado a primeros de este mes por el CEEC, Centro de Estudios Estratégicos de Cataluña, denominado «La futura Força de Defensa de Catalunya». El análisis del documento merecería un seminario en el que interviniesen politólogos, militares, economistas y psicólogos. No me atrevo a citar a otros, porque tras la lógica de algunas aseveraciones –«La política de defensa no es una cuestión accesoria para un Estado, sino que es capital para su existencia»– le endosa a su sociedad el gasto de un 1,5% de su PIB a fin de garantizar desde las corrientes de suministro de productos energéticos hasta la custodia de infraestructuras de puertos, aeropuertos, transportes terrestres y ferroviarios, AVE (sic), autopistas y fronteras. Preocupan al ponente o a los ponentes la proliferación de armas de destrucción masiva, el terrorismo internacional, los conflictos regionales de Cachemira, Corea o Grandes Lagos, los estados fallidos como Somalia o Liberia, la delincuencia organizada y un largo etcétera.

Trata del artículo 42.3 del Tratado de la Unión Europea –«Todos los estados miembros pondrán a disposición sus capacidades militares»– dando su integración como un hecho. Luego sistematiza la forma de acogerse al artículo 5º del Tratado del Atlántico Norte, el que les garantizaría el paraguas de la defensa colectiva. Denuncia «por motivos estrictamente políticos» el que Cataluña carezca de industrias de defensa –cita a Navantia, Indra, Airbus, y Santa Bárbara– confiando la formación y desarrollo de sus estructuras a programas norteamericanos –Joint Commander Program Team– o de Reino Unido –British Military Advisory Training Team–. Termina cuantificando unas Fuerzas Terrestres, Navales y Aéreas de 25.000 efectivos entre fuerzas profesionales y reservistas voluntarios, dotadas de una «gran capacidad de proyección e interoperatividad». «No adoptar un modelo de defensa propia –concluye– sería traicionar la larga lucha por la libertad; una vez conseguida ésta, no podemos dejar en manos de otros nuestra defensa, que no es otra cosa que la garantía de nuestra existencia».

Regresaba a mi mar y a mi isla con sabor agridulce. ¡Siempre hay algo que falla en las citas! Por una parte no sólo respeto la libertad de expresar ideas, sino que valoro el ensayo sea cual sea su punto de vista. Pero tampoco estaba seguro de si me encontraba frente a unos magníficos comerciales que saben vender como nadie sus productos en el lugar y momento oportunos, o si como muy bien describía en estas mismas páginas Pedro Alberto Cruz, bajo este soberanismo, latía todo un sentimiento de inseguridad. O, incluso, si esta cultura oficial escondía un totalitarismo selectivo y discriminatorio. Mi avión aterrizaba. Con él, mis confundidos sentimientos.

Publicado en “La Razón” el 25 de abril de 2013

Prim y la Monarquía útil

domingo, abril 28th, 2013

La Sociedad Bicentenario General Prim que impulsa la conmemoración del 200 aniversario del nacimiento del General de Reus (1814-2014) ha organizado, entre otras muchas actividades, dos ciclos de conferencias referidas a su figura como militar y como político. El primero se celebró en la sede madrileña del Instituto de Historia y Cultura Militar y el segundo acaba de finalizar en Barcelona contando con la magnífica hospitalidad del «Cercle», su Círculo Ecuestre. Diferentes especialistas han «entrado» en la fascinante vida de Prim desde diferentes perspectivas: su etapa de formación militar en plena Guerra Carlista, sus primeros pasos parlamentarios, sus misiones en el exterior (Marruecos, Puerto Rico, Crimea, México y Francia), su etapa como Jefe de Gobierno, sin olvidar al Prim de Reus, el entorno familiar y social que vivió en aquella ciudad, la segunda en importancia entonces de Cataluña.

Este ciclo, programado en octubre de 2012 por los historiadores María José Rubio y Emilio de Diego, finalizaba con una conferencia bajo el título «Prim. La monarquía útil» que se asignó a José María Michavila. Poco imaginaba el ex ministro, letrado del Consejo de Estado, pero sobre todo entusiasta y preparado Profesor de Historia Contemporánea, como se estaría pendiente de sus palabras un 11 de Abril de 2013. El conferenciante se ciñó a su compromiso como historiador, buen conocedor del mundo en el que se movió Prim, su vida parlamentaria, la evolución de su pensamiento, el sentido práctico de su política, su liderazgo popular, sus dotes de comunicador. De vez en cuando salpicaba la conferencia con detalles relacionados con su vida como fue su relación con Lincoln, también asesinado como él a sus 56 años. Consideró el momento actual como de fin de un ciclo histórico que se inició en el Congreso de Viena de 1814, que puso fin a las guerras de Napoleón. Precisamente, este año nacía Prim y Beethoven escribía su sinfonía «Gloriosa», nombre que luego daría el General junto a Serrano y Topete a la Revolución de 1868 aquella que nació al grito de «¡Viva España con honra!»

Para Prim la Monarquía era una carta de presentación de nuestra nación en el exterior y la consideraba útil porque era una tradición en España que garantizaba estabilidad y orden. Resaltó Michavila que las monarquías fueron útiles para acabar con la esclavitud y con los señores feudales. Luego lo fueron para asentar la democracia como en Noruega, Holanda o España. «El tema es que la monarquía tiene que ser útil –resaltó–. En España lo ha sido a lo largo de la difícil Transición y de los años que la siguieron. El que haya un Jefe del Estado apartidista y que la Institución sea estable, es bueno».

Asumió que «estamos en un momento de incertidumbre» en el que hacen falta nuevos pactos de convivencia. Se remontó a 1812 para hablar de un primer aunque efímero consenso . Y fue repasando las épocas en que éste se ha logrado y los resultados positivos obtenidos. Se detuvo especialmente en la Restauración ligada a la figura de Antonio Cánovas del Castillo –asesinado como Prim– y muy especialmente en los Pactos de la Moncloa logrados por la hábil política de Adolfo Suárez. Dejó no obstante claro que los españoles se unen más fácilmente para quitar, para romper, que para sumar y unir. Criticó que tradicionalmente «el gran olvidado de España es el pueblo» y que Prim fue un líder que lo tuvo en cuenta dedicando muchas horas al diálogo y al entendimiento en un proyecto común. «Cuando matan a Prim en 1870, matan la posibilidad de consenso». Lo había logrado especialmente al redactar la Constitución de 1869, considerada la primera constitución democrática de nuestro pasado más reciente. También asesinaron a esta Constitución quienes urdieron y materializaron el atentado de la calle del Turco, aquella fría tarde madrileña de un 27 de Diciembre de 1870. Y hasta hace cinco meses, nada recordaba en aquel lugar el trágico atentado. Reconozcamos que como pueblo somos olvidadizos, desagradecidos, iconoclastas, poco amantes de nuestra propia historia a la que tradicionalmente manipulamos o despreciamos. Gran mérito de la Sociedad del Bicentenario el perpetuar con una placa aquel triste suceso. ¡Pero se han necesitado 142 años para reconocerlo!

Apeló por último Michavila a la necesidad de generar confianza. «¿Dónde hay empleo? En países donde hay confianza», incluida la confianza en su clase política. Y se desconfía de ésta cuando –quizás– sea más necesaria que nunca. Por supuesto, no todos los políticos son corruptos. Hay muchos españoles con honra. «Recrearse en la venganza no produce Patria», señaló, por último, y puso ejemplos recientes de ensañamientos mediáticos que luego no tuvieron una misma respuesta judicial. ¿Quién repone el daño moral?

Si tuviese que resumir en pocas palabras la magnífica lección de José María Michavila, diría: regeneremos la España con honra, que lo demás se nos dará por añadidura. Prim sigue siendo útil.

Publicado en “La Razón” el 18 de abril de 2013

No es el momento (y II)

domingo, abril 28th, 2013

Por supuesto soy sensible a los ecos de los «radares avanzados» de los que hablaba el pasado jueves día 4. Importantes para mí los procedentes de cuadros en la reserva o retiro, desprendidos de ambiciones personales o económicas. Aún más, los testimonios que llegan de tierras lejanas, de hombres y mujeres que viven día a día sobre terreno hostil con esfuerzo, sacrificio, separación e incertidumbre.

Y reconozco los esfuerzos que se están haciendo desde el Ministerio. Hoy mismo se constituye en el Congreso la subcomisión encargada de abordar la imprescindible reforma de la Ley de la Carrera Militar. Porque no todo reajuste debe ceñirse sólo a aspectos presupuestarios. Unos malos planes de enseñanza militar pueden tener efectos más perniciosos que un déficit económico, ya que pueden romper el arma más valiosa de un Ejército, su capital humano, quebrando la vocación de sus miembros, rompiendo su cohesión.

De los problemas presupuestarios que arrastra desde hace años la vida de las Fuerzas Armadas, se ocupó recientemente el general intendente (R), Francisco Pérez Muinelo en dos magníficos trabajos publicados por la revista «Atenea». En ellos demuestra que los factores de política industrial que guiaron a los distintos gobiernos a decidir contratos de Defensa primaron sobre las propias necesidades de los ejércitos. Pone como ejemplos el contrato de las Fragatas F-100 que intentó mitigar la crisis de la construcción naval o el de los helicópteros Tigre, sustitutivos de los requeridos norteamericanos Apache, con tal de facilitar la discutible instalación en Albacete de una planta del fabricante Eurocopter. Es decir, que decisiones políticas han podido lastrar los presupuestos necesarios o requeridos. Pero, como comprenderá el lector, todo tiene sus pros y contras. Pero, también hoy, debe obrarse en consecuencia.

Porque hay otros gastos no imputables a los ejércitos y a la Armada que podrían reconsiderarse.

Uno. Me preocupa el concepto de «enajenación de inmuebles aunque sean patrimonio histórico». ¿Qué ayuntamiento o autonomía puede hoy adquirir patrimonio histórico? Pronto veríamos cómo se degradaban instalaciones conservadas durante décadas. Anoto una posible solución que ya se utiliza con el patrimonio de la Iglesia. ¿No puede convenir Defensa con Cultura unas partidas para custodia de su patrimonio histórico, sin necesidad de mermar su propio presupuesto?

Dos. El propio Órgano Central del Ministerio debe asumir reducciones. Un ejemplo. Muchos nos seguimos preguntando qué necesidad había de crearse una Secretaria General de Política de Defensa hecha sólo a medida de una persona lista y ambiciosa?

Tres. Vuelvo al alma de la Institución. Me refiero nuevamente al desembarco de la Legión en un barco de la Armada en Málaga, la liturgia alrededor del Cristo de la Buena Muerte y las imágenes de adhesión a un sencillo rito que dieron la vuelta al mundo. Y casi a coste cero, a diferencia de las bien remuneradas campañas publicitarias que contrata Defensa repitiendo hasta aburrir, que nuestros uniformados son los más altos, más buenos y más solidarios que pueblan la tierra.

Las fotografías y reportajes de Málaga no sólo dieron la vuelta al mundo. Llegaron de muy diversas formas a parte de los sectores más jóvenes de los que deben salir vocaciones. A cuantas más vocaciones, mejor selección. Y de la selección saldrá el capital humano. La alternativa de Málaga es el «guetto», es encerrarnos en nosotros mismos.

Podría decir lo mismo de los Reservistas, este valiosísimo capital humano, hoy arrinconado y desmotivado también por limitaciones presupuestarias.

Cuatro. Hay un último punto que nunca puede faltar: la reducción de generales y almirantes. Redúzcase si es necesario, pero no sólo para buscar el aplauso. Un general no es más que un nivel 30 en la Administración del Estado. Estos niveles proliferan en otros ministerios entre funcionarios y políticos con menos años de servicio y menos conocimientos. Con otra diferencia: los uniformados no consolidan el nivel; lo pierden cuando pasan a retiro e ingresan en el Régimen General de la Seguridad Social como cualquier hijo de vecino a quien se le han retenido durante años determinadas cantidades.

Cinco. Podría hablar de otros gastos que se imputan a Defensa y que corresponden a otros ministerios. Sin entrar a discutir ahora la decisión de crear la Unidad Militar de Emergencias a consecuencia de la desastrosa gestión del incendio de Guadalajara, y teniendo en cuenta que todas las Fuerzas Armadas están a disposición del Gobierno ante cualquier emergencia, el coste de la unidad debería corresponder al Ministerio del Interior, al igual que el Ayuntamiento de París paga a su Brigada de Sapeurs Pompiers desde los tiempos de Napoleón III. También influyó esta Unidad en la decisión del Gobierno de crear la UME. Vuelvo a la idea fuerza de mi tribuna anterior. No deben pagar sólo las Fuerzas Armadas desajustes anteriores y presentes. Va con ello nuestra seguridad y la de nuestros hijos.

Publicado en “La Razón” el 11 de abril de 2013

No es el momento (I)

domingo, abril 28th, 2013

Varios «radares avanzados» orientados sobre Defensa anuncian una drástica reducción de cuadros de mando y tropas en los Ejércitos, en lo que denomina una vez mas «racionalización de estructuras y supresión de lo prescindible». Eso sí, añadiendo la archiconocida coletilla de que «no afectará a la operatividad de las fuerzas». Mi mensaje de hoy no va dirigido sólo a los actuales responsables del Ministerio. Les conozco bien porque conviví con ellos cerca de cuatro años. Sé de sus capacidades y de su honestidad. Sólo creo que les ha faltado coraje para relevar a personas de fervientes lealtades al régimen que nació el 11-M. Ángel Acebes no explicó suficientemente a los ministros actuales su amarga experiencia con los mandos de la Policía que no relevó a tiempo.

Hoy debo dirigirme más especialmente a quienes han reducido el presupuesto del Ministerio a cotas tercermundistas, mientras encuentran medios para salvar bancos, para enjugar cuantiosas deudas autonómicas, para sufragar a partidos políticos y sindicatos. La seguridad no es sólo incumbencia del Ministerio de Defensa. Sus responsables actuales son sólo depositarios temporales de su administración, por supuesto legitimada por una opción política que ganó unas elecciones. La seguridad es de todos, y por tanto, del Gobierno de todos. ¡Ya tuvimos otros ministros que quisieron suprimir a la Guardia Civil y a la Legión! Lo recordaba hace unos días viendo las emocionantes imágenes de Málaga y de la Legión ante su Cristo de la Buena Muerte. En próxima Tribuna me referiré al eco mediático de este acto, centrado en el Cristo de Palma Burgos, al que aún denominamos Cristo de Mena.

¿Reducciones? En otros momentos quizás diría sí. Hoy digo respetuosamente, no. Basta leer las crónicas que vienen de Cataluña. Imagino la sonrisa de un conocido líder de doble lenguaje al conocer la noticia. Ya nos esquilmó todo lo que pudo en el pacto del Majestic, firmado con Rato en el 96. Ahora pedirá eliminar totalmente nuestra presencia en el Principado. ¡Al tiempo! Ya han leído las primeras declaraciones de uno de los trece expertos designados para formar el flamante «Consell per a la Transició Nacional de Catalunya». Sólo ve al Ejército como amenaza a un proceso al que van lanzados. Basta con estar atentos a lo que se mueve en torno a ETA en Noruega, en París o en el propio País Vasco. Y basta con comprobar las prácticas de determinadas izquierdas, habituales cuando pierden unas elecciones: pancartas, manifestaciones, plataformas, huelgas. Ahora añaden los ataques personales a viviendas, al lanzamiento de basuras, al acoso mediático, al griterío. Ojo que del escrache al tiro a la barriga de aquellos que quemaron el Cristo de Mena en los años treinta no hay tanta distancia. Demasiadas veces hemos contado lo que vivimos en Yugoslavia. ¿Alguien puede asegurar hoy que se acabará esta legislatura de forma ordenada? ¿Es completamente descartable un golpe de estado semejante al del 11-M, tras una crisis real o provocada?

Las Fuerzas Armadas, que no tienen nada que ver ni con los sinvergüenzas que han saqueado ciertos bancos y cajas, ni con los administradores públicos que han actuado en beneficio privado, ni con los desbarajustes de unas autonomías que han hecho la guerra por su cuenta, ni con unos gobernantes incapaces y corruptos que han dejado al país en quiebra, pagan ahora los platos rotos. Alguien cree que basta con recordar a las gentes de armas aquella estrofa de Calderón de la Barca –«Aquí la más principal/ hazaña es obedecer,/ y el modo como ha de ser,/ es ni pedir ni rehusar»– para que disciplinados y callados asuman las decisiones políticas. Tengo claro que Calderón se refería al mundo de la milicia, no al de la política.

En tiempos en los que el propio Enrique Rojas dice que «España está ardiendo» y que nuestra sociedad actual ha producido «seres humanos cada vez más endebles, frágiles, inestables, resbaladizos y sin criterios sólidos», nosotros queremos reducir a los seres más fuertes, endurecidos, estables, seguros de sí mismos, leales servidores públicos y con criterios apoyados en valores, de la propia sociedad. «Tiempos de extravío, de masas de gentes a la deriva», termina ratificando el psicólogo sevillano. Y a una de las instituciones que pueden proporcionar nortes, referencias y áncoras, se la esquilma. Ya lo intentaron otros. Las reducciones de este tipo entrañan disputas y recelos entre ejércitos que harán todo lo posible para endosar el mayor peso de la crisis sobre los otros. Se producirán desencuentros entre promociones y dentro de ellas entre compañeros. Los anunciados «amplios cupos de reserva para cuadros de mando» no serán más que hervideros de descontentos, recriminadores vitalicios, críticos con quienes permanecerán. Se romperá la debida cohesión, ante la cínica sonrisa de unos pocos. Y ya saben a lo que conduce una falta de cohesión. No. No es el momento.

Publicado en “La Razón” el 4 de abril de 2013

Un jueves diferente

jueves, abril 4th, 2013

Junto con el Corpus y la Ascensión, forma uno de los tres jueves que «brillan más que el sol» en el decir popular. Además, marca el cambio de tendencia de la semana conmemorativa de la pasión de Cristo. A partir de este día, tras la Cena, vendrá la delación, la traición, el lavado de manos, la condena y la muerte. Todo condensado lo conmemoramos en medio de un fervor popular que no han podido borrar repetidos intentos marxistas o relativistas. Pero al final de los días santos se llegará a la Gloria, a la Resurrección. Pasamos, en unos días, de la muerte a la vida .

¡Cuántas vivencias llenan el recuerdo de las semanas santas de nuestras vidas! ¡Cuántos cambios en nuestras costumbres! No obstante, se mantienen unas raíces populares que no han variado, dada la profundidad del mensaje que sostienen. Desde la atalaya de mis años, da igual que lo conmemore entre el modesto silencio de los cofrades de mi Mahón o que recuerde el brillante cortejo de los Legionarios del Cristo de la Buena Muerte en Málaga. Pasaban el mismo mensaje unas misioneros italianas que cuidaban huérfanos y discapacitados a consecuencia de la guerra, en una montaña donde se veneraba –se venera– a la Virgen de Medjugorje, a quienes se agregaba en cuanto podía un buen «pater» Alomar de una agrupación de tropas paracaidistas, empeñada en consolidar, no sin esfuerzo y sacrificio, la paz en Bosnia Herzegovina. El mismo mensaje que me transmitieron con indescriptible emoción unas mujeres miskitas de cultura cristiana morava, cuando un Sábado de Gloria –nuestro actual Domingo de Pascua– en Mocorón, un pueblo alejado y entrañable del norte de Honduras, cantaban en distinta lengua pero con el mismo tono y la misma alegría el «deixem lo dol» –dejemos el duelo– como el que cantan gozosas las gentes de los pueblos de Menorca.

Éste es el mensaje que cierra la Semana Santa: el de la esperanza, el de la nueva vida que llega con la primavera. El que sobrepone la vida sobre la muerte.

Y este año, vivimos un Jueves Santo diferente debido al testimonio extraordinario de dos personas, dos papas. Uno –Benedicto XVI– por haber tenido la valentía y el coraje de reconocer que ya no podía transmitir esperanza a un mundo convulso, quebrado por el abandono de valores. Otro –Francisco– llegado de lejos, no previsto por curias ni cancillerías, hijo de la emigración y de una sociedad convulsa como la argentina, hija de populismos, dictaduras y frentes populares, pero capaz de transmitir un mensaje nuevo de esperanza: «No os la dejéis robar», ha repetido insistentemente a los jóvenes.

Dos papas que unidos se abrazan, rezan juntos, ceden protocolos. Ejemplo de fraternidad. No necesitarán hablar a la muchedumbre desde los balcones de Castel Gandolfo. Bastará una imagen, verlos arrodillados juntos, sin protocolos, en una modesta capilla muy alejada del esplendor de la Sixtina. Imágenes que irradian respeto, modestia, responsabilidad.

El Papa Francisco ha querido decirnos desde el primer día –superado aquel emocionado y lógico pasmo al ver a la muchedumbre en la plaza del Vaticano– «no creáis que yo no he pasado penurias familiares»;»no creáis que yo no sé de lo que es capaz el ser humano, sea montonero o sea de una Escuela de Máquinas». Y ha sabido conservar una sonrisa cuando la presidenta de su país le ha pedido mediación para recuperar las Malvinas. ¡Pero si ya vivió una breve y dramática ocupación! ¡Pero si su poder es sólo moral! Señora: sé que las Malvinas bien valen una misa, pero esto es Roma, no Nueva York, la sede del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En medio de esta Semana Santa, en medio de un tiempo en el que parece que nada es justo ni certero, en el que hemos perdido la fe en las instituciones, en la que sospechamos –pienso que erróneamente– que todos los políticos y servidores públicos han prostituido su vocación de servicio a la sociedad, en la que no llegamos a distinguir si hay un Judas entre doce o entre dos o tres, aparece un Papa con los zapatos cansados, que obvia elementales normas de seguridad y arriesga su propia integridad. Porque sabe que hay fanáticos, que hay locos, que hay asesinos a sueldo, que hay traidores.

Como lo sabía Cristo, también con sandalias de pescador cansadas y que sabía que no podía fiarse de la escolta de un Pedro más cercana a la momentánea deserción que al encadenamiento con la suerte de su Maestro. El canto de un gallo le llevaría al más doloroso de los remordimientos: el causado por el abandono a un amigo. De la muerte a la vida en Semana Santa. De la desazón a la esperanza, el mensaje del Papa, Francisco. ¡Con buen viento navega la barca de Pedro!

Publicado en “La Razón” el 27 de marzo de 2013

Oscuridad e indiferencia

miércoles, marzo 27th, 2013

«No nos mata sólo la oscuridad, sino también la indiferencia» (Miguel de Unamuno).

Escribí unas reflexiones la pasada semana con motivo de recordar la trágica jornada del 11 de marzo de 2004 en el que asesinaron a 191 inocentes e hirieron a otros tantos, algunos de ellos aún hospitalizados o arrastrando secuelas tras nueve años de dolor. Fue un día que cambió nuestro destino como pueblo. Pasamos de ser un país solvente y respetado, a ser hoy una sociedad que a duras penas sale de una quiebra económica pero sobre todo moral.

Y lo malo es que aún desconocemos el porqué de aquella masacre: si era una venganza por la foto de las Azores y por el compromiso con los Estados Unidos en Iraq; si fue consecuencia de las maniobras de Carod-Rovira en Perpiñán pactando con ETA, o si se encadenaron sucesivos fallos de los servicios de inteligencia. Quizás fue la conjunción de todo, con algo más que no alcanzo a concebir. Recuerde el lector cómo el asesinato de Kennedy o el de nuestro general Prim siguen sumidos aún en la oscuridad. Claro crimen de Estado, desencadenado con trágica contundencia en un momento clave, que paralizó los resortes del Estado de Derecho que no reaccionaron, o reaccionaron mal ante lo imprevisible. Ello permitió la usurpación inmediata de la voluntad popular, valiéndose de una serie de maniobras bien urdidas por desleales y bien explotadas en determinados medios de comunicación.

Rompe el alma comprobar cómo se han diluido responsabilidades , esquivado la búsqueda de la verdad ante un crimen cometido contra el tramo más débil de nuestra sociedad, como es el que está obligado a viajar en trenes de cercanías a las siete de la mañana. El riesgo formaba parte de la vida de Kennedy , de Prim o de cuantos dirigentes han asumido a lo largo de la historia responsabilidades de gobierno. Pero para nada debía incluir a aquellas gentes sencillas que habían salido de Alcalá o de El Pozo.

Rompí lo escrito, porque al dolor respondía con indignada acritud, algo que procuro no transmitir a mis lectores. Necesitaba enfriar juicios de valor, esperando que los actos que conmemorarían la masacre el mismo 11-M, transmitirían un mensaje de unidad y de respeto. Y no fue así. Un merecido reconocimiento a todos cuantos se dejaron la piel en cuidar a los heridos y dar digno trato a los fallecidos celebrado en la Puerta del Sol sólo contó con representaciones oficiales y con la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Su valiente presidenta se preguntaba aquel día: «¿acaso es normal que no estemos todos unidos?». Y no lo estaban. Otros andaban con sindicatos y oposición por otros lares, como si las víctimas hubieran sido seleccionadas y distribuidas por sus inclinaciones sindicales o partidistas.

Pero si triste es la oscuridad, no lo es menos la indiferencia. Durante estos días se discute sobre la «doctrina Parot» y su influencia en la condena impuesta a una cincuentena larga de presos etarras y a otros condenados por graves delitos que acumulaban largas penas y años de prisión. Pues en determinados sectores de nuestra sociedad contaminados durante largos años, prevalece un concepto de buenismo y justificación, cuando ETA –que utiliza interesadamente a sus presos como baza– ni ha entregado sus armas, ni ha renunciado abiertamente a utilizar el terrorismo como instrumento de acción política.

Y nuestra opinión pública, que en 2004 consideraba en un 74% al terrorismo como una de sus preocupaciones, hoy debido a la angustia de las nuevas prioridades, sólo lo considera en un 1,3%. ¡Demasiado olvido, cuando hay tantas personas que aún llevan el dolor a flor de piel y sólo piden que se respete con dignidad a los sacrificados por el terrorismo, ya fuesen uniformados, ya fuesen concejales o simples militantes de una opción política, ya fuesen simples ciudadanos! Porque ETA sembró el dolor por toda España.

Con indiferencia sabemos encontrar justificación a nuestras cómodas posturas: «son varias asociaciones de víctimas y no están unidas»; «ETA ya no mata»; «han aceptado una vía política»; «un grupo de mediadores –bien remunerados– conduce el proceso de paz».

Como aceptamos fríamente que un 11-M que cambió completamente nuestra vida y del que pagaremos sus consecuencias durante años, agazapados moralmente tras los 35.000 años de condena impuestos a Jamal Zougam y a Trashorras. Como si los miles de años permitan sofocar el dolor de tantas gentes, que hoy sólo saben que no se utilizó Goma-2 en la masacre, pero no conocen exactamente el porqué del suicidio colectivo de siete supuestos terroristas en un piso de Leganés, ni tienen confianza en una sentencia de la Audiencia Nacional, que contenía una fuerte carga de contaminación política y no poco protagonismo mediático de su principal responsable judicial.

Oscuridad e indiferencia. ¡No cambiamos, don Miguel!

Publicado en “La Razón” el 20 de marzo de 2013

Venezuela: Realidad y mito

sábado, marzo 16th, 2013

Mañana viernes los restos del difunto presidente venezolano Hugo Chávez serán retirados del Museo Histórico, adjunto a la Academia Militar en la que se formó como cadete. Días densos para el pueblo venezolano, continuación de unos meses de incertidumbre no exentos de ocultismo y que teóricamente se dilucidarán mirando al futuro, en las elecciones del próximo 14 de abril.

Mucho se ha escrito sobre la herencia política y social que deja Chávez, y no entraré en ella. Solo me detendré –preocupado– por el papel del Ejército, hoy y mañana.

He tenido muchos contactos con varias generaciones de militares venezolanos. Con tres de ellos compartí dos años en la Escuela de Estado Mayor de Madrid entre 1973 y 1975 y debo decir que eran unos oficiales vocacionales, muy bien preparados e inteligentes. Mi siguiente encuentro fue en Honduras en el marco de la Misión de Naciones Unidas para Centroamérica (Onuca), que mandaba el general español Agustín Quesada. La terquedad y sentido de la realidad de Quesada había conseguido que un batallón de paracaidistas venezolanos –por supuesto con armas– reforzasen al grupo de observadores que debíamos desmantelar a sandinistas y «contras» nicaragüenses que llevaban años en guerra, armados solo con una boina azul, una resolución del Consejo de Seguridad y una copia de los Acuerdos de Esquipulas cosidos con alfileres. El Venbat (Venezuela Batallón) dio la fuerza coercitiva que necesitaba la misión. Recuerdo la llegada a Toncontín, el aeropuerto de Tegucigalpa, en sucesivas oleadas de aviones Hércules C-130 a finales de abril de 1990. No olvidaremos los nombres de aquellos mandos –Barboza, Contreras, Héctor D’Armas, Jaime Puig, Raúl Torres…– En cuestión de días estaban distribuidos sus casi 500 efectivos. Custodiaban nuestros almacenes; destruían las armas confiscadas o entregadas, nos proporcionaban una indispensable seguridad. Soy testigo de su difícil trabajo en la Mosquitia Hondureña, y especialmente en El Almendro, una zona situada al sur de Nicaragua donde se desmovilizaron más de 6.000 «contras». Sin ellos nada se hubiera podido hacer.

Pero, dos años después, nos enteramos de que estas mismas fuerzas paracaidistas habían dado un golpe de Estado en su base de Maracay. Al frente, un desconocido teniente coronel, Hugo Chávez, se rebelaba contra el segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez. Al parecer éste había dado una orden clara: «Péguenle un tiro», que alguien no cumplió. Allí nació el mito de un ser mitad creyente, mitad iluminado, convencido de estar tocado por la fortuna. Tras dos años de cárcel, el siguiente Gobierno de Rafael Caldera lo indultó. Pero en este tiempo de condena, los oficiales que se habían levantado, sin responsabilidades directas, fueron pasaportados fuera del país a otra misión de Naciones Unidas, esta vez en El Salvador. Nuevo reencuentro con otras caras, bajo el mando de otro general español, Víctor Suanzes, que mandaba la División Militar y el testimonio de más de doscientos oficiales españoles que sirvieron junto a ellos en la misma. No cito nombres porque no sé cuál es su situación actual. Eran excelentes oficiales. Debo confesar que entre las fuerzas paracaidistas ha existido siempre, y creo sigue existiendo, una cierta confabulación. Esto de andar de vez en cuando por las alturas, sin más defensas que el propio valor (o la propia inconsciencia) y la confianza en una preparación dura, nos aleja de la realidad. De hecho, la oración del paracaidista español comienza con un tuteo casi de camarada cuando invoca al «Señor Dios y jefe nuestro, ante el puesto que elegimos voluntariamente, venimos a ti…». Y en lo que aquí queda como alegato místico, en Chávez alcanzó cotas elevadísimas. Llegó a sentirse no solo hijo predilecto de Fidel, sino que sintió cómo Simón Bolívar «quería hablarle», cuando lo exhumó intentando descubrir su envenenamiento. Ahora Maduro ha insinuado el mismo discurso del veneno, por supuesto norteamericano, e interpretado también sus deseos: «He hablado con él; me ha dicho lo que quiere que hagamos; no ha muerto, sino que vive en el alma de nuestro pueblo».

¿Qué será de este pueblo sin Chávez? ¿Cuál será la evolución del Ejército sin su presidente comandante? García Márquez cuenta que éste relacionaba su caudillismo con los benéficos de un escapulario que siempre portaba, herencia centenaria de su bisabuelo materno –el coronel Pedro Pérez Delgado–, otro de sus héroes tutelares.

Pero vuelvo al Ejército venezolano. No hemos visto a sus generales gimiendo como los norcoreanos, pero han adquirido compromisos muy fuertes con una ideología política. Son demasiada «columna vertebral», lo que nunca da a la larga buenos beneficios democráticos. Es la sociedad la que debe convertirse en protagonista. Sociedad que debe abandonar prácticas viscerales y milagreras para dirigirse resueltamente a reconstituir una clase media, a ahorrar pensando en el mañana, a reinvertir. Eva Perón, el Che, el propio Fidel ahora el comandante Chávez, ya son historia. Venezuela necesita presente y futuro. Su Ejército bien lo sabe.

Publicado en “La Razón” el 13 de marzo de 2013

Cortinas de humo

miércoles, marzo 13th, 2013

De sobra conocemos su significado. De sobra sabemos que son de uso corriente. Y no son nuevas las intenciones, aunque sí lo sean los medios empleados. Desde que los hombres pueblan la Tierra –ya sean estrategas, políticos, invasores, defensores, policías o ladrones– han ocultado, han intentado engañar, han sabido difuminar la realidad. Y como nos enseñó Ortega, «cada realidad ignorada prepara su propia venganza». No lo duden, la realidad ignorada seguirá así, por los siglos de los siglos.

A media tarde del último día de febrero una prestigiosa y conocida cadena de radio ubicada en Barcelona me requirió con cierta urgencia para una entrevista. ¿El motivo? En el faldón de la portada de un periódico de tirada nacional aparecían las supuestas declaraciones de un general en la reserva y solicitaban mi opinión. Desconocía completamente el tema, pedí «munición» a la propia emisora y analicé el motivo del interés periodístico. Lo primero que aprecié es que las palabras habían sido expuestas el 8 de febrero –es decir, hacía 20 días– en un club gastronómico y social de Madrid.

Mi primera reflexión fue clara: cortina de humo. En tiempos en que las noticias circulan casi a la velocidad de la luz en las redes sociales, los 20 días me parecían una eternidad. Pero aquel día se había producido una importante escisión en un partido político nacional y se imponían multas a diputados acusados de indisciplina. Era más que necesario desviar la atención. Y las palabras de un general –aun alejado del mando de tropas– hablando del articulo 8.1 de la Constitución, interpretadas en la Cataluña actual, siempre son buenas sustitutas de los problemas reales. Ya lo decía Max Scheller: «el hombre es el único ser viviente capaz de decir “no” a la realidad».

Las cortinas de humo físicas han sido empleadas reiteradamente en la guerra. Recuerden aquellos campos del Marne o de Sedan en la Primera Guerra Mundial, donde densas masas de humo ocultaban despliegues, avances, asentamientos de armas. El objetivo era amagar, desconcertar, engañar al enemigo, porque la cortina de humo oculta, desfigura, opaca, diluye, crea miedo y desconfianza. No se sabe que hay detrás de ella. Sólo se dispersará cuando un buen viento sea propicio, pero se mantendrá densa cuando las condiciones de humedad la fijen cruelmente al terreno. Todo lo contrario de la transparencia.

¿A dónde quiero llegar?

Hoy los ejércitos son una de las instituciones más valoradas de España. Sin descartar problemas individuales –no dejan de ser un trozo vivo de la sociedad– no arrastran ningún escándalo financiero, ni asoma en ellas ningún brote de corrupción. Y si hay delitos o faltas son corregidas con contundencia y prontitud. No a los catorce años. Los militares retirados –y en parte los que se encuentran en la reserva sin mando directo sobre tropas– tienen sus propias opiniones y en un país en que cualquier zascandil se atreve a opinar sobre la cuadratura del círculo debe respetarse en ellos su libertad de expresión. Pero ciertamente hay un código ético que nos obliga a ser mas que prudentes. ¡Bastantes problemas tiene la sociedad para añadirles uno nuevo! Lo malo es que ésta no distingue entre los militares en activo, con responsabilidades y mando sobre tropas, de los que por edad estamos «cumplidos» o en fase de estarlo. Si nuestra sociedad estuviese bien asentada culturalmente, dueña de opiniones fuertemente basadas en principios y valores, interpretaría las declaraciones individuales, por discrepantes que fueren, como las de un señor con nombre y apellidos. Pero aquí se generaliza y se empaqueta todo con la etiqueta «El Ejército dice», cuando realmente el Ejército, prudente, responsable, disciplinado, no ha dicho nada.

No somos el único colectivo que debe hacer de la prudencia un arma. ¡Menuda se la montan a la Iglesia católica cuando un cura se equivoca! Me duelen estas posturas.

Sé que difícilmente tendrán eco mis palabras, cuando me viene a la cabeza aquel pensamiento del clásico: «Los esfuerzos inútiles lo único que producen es melancolía». Quizás adolezca de ella, cuando veo la realidad de España y compruebo la mínima falta de valores en muchas personas que influyen en la opinión pública, expertos en el insulto y en la descalificación, mercenarios a sueldo por cualquier cortina de humo que les paguen, aun a costa de romper cohesiones, universalizar y desvirtuar opiniones, inquietar a su sociedad y manosear la verdad.

William Blake decía respecto a ella: «Estad siempre dispuestos a hablar con franqueza, con la verdad por delante, y evitareis la compañía de hombres ruines». Y ruines los hay.

En lenguaje de la calle resumiría diciendo que cada palo aguante su vela. No metan a los ejércitos en los berenjenales políticos que han montado. Resuelvan sus corrupciones con transparencia y presteza.

¡No nos tiendan cortinas de humo!

Publicado en “La Razón” el 6 de marzo de 2013