Archive for agosto, 2013

Y también fue soldado

jueves, agosto 22nd, 2013

Nos lo dejó escrito Calderón de la Barca, otro soldado de Infantería: «Si es honrado, pobre y desnudo un soldado, tiene mayor calidad que el más galán y lucido; porque aquí a lo que sospecho, no adorna el vestido al pecho, que el pecho adorna el vestido».

Honrado y pobre, con lo justo para pagar una residencia de mayores, ha muerto a los 87 años el general Emilio Alonso Manglano, el que fue director del CESID entre mayo de 1981 y 1995. No entraré a valorar los años en que estuvo tan ligado a nuestra historia reciente desde la responsabilidad de la dirección de unos Servicios, que modernizó, transformó y abrió en tiempos no precisamente fáciles.

Quiero recurrir al soldado, el que con sentido de la responsabilidad no exenta de enormes sacrificios, acepta misiones –y las cumple de la mejor forma que sabe– y que a su salida como teniente de la Academia de Infantería en 1948 poco podía imaginar. Pero ya elige un puesto de «riesgo y fatiga» como es el Tercio Duque de Alba, II de la Legión con base en Ceuta. De allí, junto a otros oficiales legionarios formarán la Primera Bandera Paracaidista en 1953. De la Legión extraen estos oficiales ideario, ilusión, empuje. A ello añadirán los conceptos del vértigo y del riesgo, junto a la eficacia en combate de unas tropas que querían aprovechar las experiencias de las unidades aerotransportadas de la Segunda Guerra Mundial. Fui testigo de lo que nos legaron estos oficiales, cuando me incorporé a su misma Bandera en 1963.

Su hoja de servicios detalla otros destinos y cursos, pero las unidades paracaidistas marcarán su carácter y su destino. El primer indicio de su firme carácter surge en 1959, cuando pide la baja de la Escuela de Estado Mayor para incorporarse junto a sus compañeros de la Primera Bandera a las Operaciones de Ifni. Para muchos, que sabían lo difícil que es el ingreso en la referida Escuela, era como un «suicidio militar» que colapsaría su carrera. No le importa. Prioriza estar en unas fuerzas que reciben su bautismo de fuego con alto coste de sangre. No le gusta a nuestra sociedad hablar de estas operaciones en las que se sacrificaron junto a tropas profesionales magníficos soldados de reemplazo, porque huímos del reconocimiento al sacrificio y al heroísmo, de los que no huyó Emilio Alonso Manglano.

Y lo reencontramos otra vez en 1981 en unidades paracaidistas –se había transformado aquella primitiva Agrupación de Banderas en Brigada– como Jefe de Estado Mayor con el grado de teniente coronel. El golpe del 23 de febrero marcará el resto de su vida. Aquel día se mantiene firme, claros los parámetros en los que se mueve un soldado. En ausencia de su general, contacta con Francisco Laína que preside el gabinete de emergencia que integra a Secretarios de Estado y Subsecretarios. «La Brigada –le dice– está con el Rey, con la Constitución y con el Gobierno». ¿Qué hubiera pasado si aquel día el teniente coronel Manglano hubiese mantenido otra actitud?

Bien lo valoró el presidente del Gobierno Calvo Sotelo, al nombrarle en mayo director del CESID, actual CNI.

Durante 14 años se dedicó a transformar el Servicio dando entrada a personal civil y a mujeres. Innovador, consiguió un prestigio internacional para el centro difícil de borrar. Firmó más de 140 convenios con servicios exteriores, incluida la KGB soviética, en lo que fue una primera relación con un servicio occidental. Casado con una ciudadana norteamericana –Susan Lord Williams– con la que tuvo dos hijos, nos aproximó como nadie a los servicios americanos, en tiempos en que se cerraba el ciclo de guerras en Centroamérica, en el que se transformaba el mapa de Europa con la caída del Muro de Berlín.

Pero todo girará en torno a la mayor preocupación que sigue –y en mi opinión– precipita el golpe del 23-F: ETA.

Vive el período más virulento de la banda asesina, sufre ante el sacrificio de tantas víctimas inocentes, acompaña en sus despedidas a muchos de sus compañeros de armas. Perseguirá a ETA no sólo en suelo patrio, sino en Francia y en Iberoamérica. Managua, La Habana, Bayona, San Juan de Luz, forman parte de su particular teatro de operaciones.

Por supuesto, un servidor del Estado como él cometerá errores. Pero también carga con errores de otros, tanto de superiores como de subordinados. Y los afronta con sentido de la responsabilidad. La caída política de su ministro de Defensa, Julián García Vargas le arrastra a él. El hombre que ha servido con fidelidad, el líder, el emprendedor, el respetado en foros internacionales, debe defenderse ante una Audiencia Provincial, ante el Supremo y ante el Constitucional que finalmente dictó una resolución absolutoria. Tampoco tenía como ahora, nada que perder, más que su honor . ¡Vaya nuestro sencillo homenaje al director, que fue también un buen soldado!

Publicado en “La Razón” el 10 de julio de 2013

Los riesgos del reformador

jueves, agosto 22nd, 2013

Siento un extraño afecto hacia las personas que sistemáticamente son vapuleadas por los medios de comunicación o que «encienden» redes sociales que descalifican o insultan, muchas veces a escondidas tras cobardes anonimatos o pseudónimos. Me gusta profundizar en el porqué empujado por un elemental sentido de defensa hacia quienes reciben los zarpazos de la «jauría humana» cuando no son terroristas, ni asesinos, ni hacen caja en paraísos fiscales con el dinero de todos. Sólo gestionan lo que nuestra Constitución llama «poderes públicos», territorio en el que caben luchas partidistas, labores de zapa e incluso operaciones de acoso y derribo.

Al ministro Wert vienen dándole desde hace meses en los dos carrillos en cuanto abre la boca. Y debo reconocer que encaja bien los golpes, no sólo del enemigo, sino también de las tropas propias, con una abierta sonrisa. Llegó a un Ministerio complejo en el que priorizó Educación por encima de sus otras responsabilidades en Cultura y Deportes, vista la situación de alarma a que había llegado nuestro sistema educativo, por una parte desparramado en 17 autonomías, por otra, atendido por un colectivo sensible y reivindicativo, en un tránsito complejo entre el carácter vocacional de la profesión al meramente ocupacional según la conocida tesis de Charles Moskos. Con altas cotas de abandono escolar, con obsesiva tendencia a la titulación por encima de la formación práctica, con una tasa de desempleo juvenil del 57% y con un largo etcétera, nos situamos –Pisa, Shanghái– a la cola de los países de nuestro entorno, aunque nuestro gasto medio por alumno sea un 15% superior.

Pero, a pesar de la capacidad de trabajo del ministro, de su carácter dialogante y de su flexibilidad por corregir el rumbo, recibe por babor y por estribor, sin echarle la culpa a otros, como suele ser frecuente en el mundo de la política. Como dicen nuestras Ordenanzas, «sin excusarse en males innecesarios o supuestos a las fatigas que le corresponden». Pero como también es ministro de Cultura y Deportes está obligado a asistir a actos multitudinarios –Teatro Real, campos de futbol, museos–, donde se enfrenta con demasiada frecuencia a esta «jauría humana» por supuesto anónima, agazapada en la masa.

No entro a valorar –no sé, no puedo– sus posibles errores. Todo el que hace algo se equivoca. Pero quiero entender que cuando señala unas cifras para acceso a becas, busca la eficiencia, el esfuerzo y el compromiso, totalmente compatibles con los principios de igualdad de oportunidades y de justicia social. Jose María Marco analizaba recientemente (LA RAZÓN, 28 de Junio), con la brillante claridad que preside su pensamiento. las dos perspectivas. Por una parte, apunta que un becario «debería ser consciente de que está recibiendo un beneficio a costa del esfuerzo de los demás y que la confianza que el resto de la sociedad deposita en él, le va a comprometer durante los siguientes años», lo que le obliga al esfuerzo. En cambio, el marxismo considera la beca «como un acto de justicia social que viene a enmendar una situación de desigualdad; desde esta perspectiva no valen apelaciones a la razón o a la ética; el sistema es injusto por naturaleza y en sólo caben medidas de redistribución, sea cual sea el coste que representen». «Sea cual sea el coste». Wert ha presupuestado 1.160 millones en 2013, cuando en 2006 se presupuestaron 657. No caben aquí, por lo que veo, apelaciones a la razón. Como tampoco creo que pensase discriminar «a los hijos de los trabajadores, exigiendo esfuerzos a quienes menor renta tienen», como se dijo en sede parlamentaria. Constituye un derecho constitucional la igualdad de oportunidades. En la mente del reformador debe presidir el principio de «ayúdame a ayudarte» o de «ayúdate a que te ayudemos», porque los tiempos no están para alegrías y despilfarros presupuestarios. Pero venimos de una cultura de la subvención en la que los valores del esfuerzo y del sacrificio no contaban.

Me gustaría dar al sufrido ministro un modesto aliento de apoyo. Por una parte, las estadísticas son importantes, pero es importante extraer de ellas lo positivo. España produce médicos, ingenieros, arquitectos, abogados –porqué no, militares– de muy alta calificación profesional. No sé si salen de este 36% que se gradúa en las universidades sin perder un curso y con buenas notas o del 19% que acabaron sus estudios con notas «raspadas», incluso repitiendo curso. Cuidado que de aquí también salen buenos profesionales. No será el ministro Wert el primer reformador al que quieren lanzar a la hoguera. Imagino las veces que se arrepiente de haberle dicho sí a su antecesor en el Ministerio, Mariano Rajoy. Pero si en conciencia cree que debe reformar, que dialogue, que escuche, que retoque, que rectifique si es preciso, pero que reforme. «Decidir es seleccionar; seleccionar es renunciar», incluso al aplauso, querido ministro.


Publicado en “La Razón” el 3 de julio de 2013

El canal que puede ser

jueves, agosto 22nd, 2013

Para quienes hemos vivido en Nicaragua –lo que equivale a decir que la queremos– la noticia de que se reabre el proyecto de apertura de un canal entre el Caribe y el Pacífico nos alegra. La concesión a un grupo chino con sede en Hong Kong, recientemente aprobada por el Parlamento de Managua, representaría una inversión de 40.000 millones de dólares, cuatro veces lo que representa el PIB del país. No hace falta precisar los beneficios que representaría. Tampoco deben extrañar las reacciones que pueden llegar del Canal de Panamá.

Colón no fue consciente de la existencia de un nuevo océano, el Pacífico. Pero sí lo fue Felipe II en la segunda mitad del siglo XVI, que ya buscó vías de comunicación con el Virreinato de Perú y con las Filipinas. Se pensó en el istmo de Tehuantepec, hoy México, en Nueva Granada –hoy Panamá– y en la propia Nicaragua.

Pero no sería hasta mediados del XIX cuando se desarrollaron proyectos técnicamente asumibles. Panamá ofrecía un terreno más angosto. Nicaragua ofrecía un mejor clima y la posibilidad de utilizar su excepcional red hidrográfica. Para el lector, no necesariamente conocedor, resumiremos que el proyecto tiene como centro el Lago Nicaragua (8.000 Kms cuadrados, 32 metros sobre el nivel del mar) que «desagüa» en el Atlántico a través de los 190 Kms del río San Juan, la puerta de entrada de los conquistadores españoles y de cuantos exploradores, piratas y comerciantes penetraron en Nicaragua. A medio camino de su curso, un castillo español –el de la Concepción– custodiaba su paso. Un joven Nelson y muchos otros invasores fueron derrotados ante sus muros. Por el oeste, en cambio, el Lago se ve cerrado por el istmo de Rivas, de 30 a 40 millas de ancho y que habrá que franquear para acceder al Pacífico.

Ya en 1849 se creaba la American Atlantic and Pacific Ship Canal Company, apoyada en un exclusivo acuerdo entre Nicaragua y EE UU al que se opuso Gran Bretaña, que exigió (Tratado Clayton-Bulwer) compartir su posible uso, a cambio de retirarse de la ciudad de San Juan y abandonar el protectorado que ejercía sobre la Mosquitia, en la denominada Costa Atlántica nicaragüense.

Entre 1850-1851, el coronel Childs redactó un primer proyecto que sirvió de base a otros trabajos del Comodoro Lull (1872-1873) y sobre todo a los del ingeniero de la armada norteamericana Aniceto Garcia Berrocal, un hombre nacido en nuestra Cuba, considerado uno de los mejores expertos del mundo en temas de canalización. A un coste de 50 millones de dólares, Berrocal preveía varias represas y 7 esclusas. Ya incluía el sustituir por un canal el último tramo del río San Juan debido a la excesiva sedimentación de su lecho en la época de lluvias. A punto de estallar la guerra con España, una expedición encabezada por el almirante Walker, con 100 ingenieros y el respaldo de la Navy, llegó a Nicaragua en 1897 para desarrollar el proyecto. El presupuesto se elevaba a 118 millones, se diseñaban 10 esclusas, una gran represa en el río San Juan, más un ferrocarril de 100 millas que facilitaría las obras.

Mientras, Francia se les adelantó encomendando el proyecto de un canal en Panamá a Fernando Lesseps, que ya había construido el de Suez entre 1859 y 1869. En el istmo panameño se contaba con un ferrocarril transoceánico inaugurado en 1855. Los trabajos comenzaron a buen ritmo pero a costa de grandes sacrificios humanos. Se calcula en 20.000 los hombres que murieron a consecuencia de enfermedades tropicales. Este trágico dato y las consecuencias de la crisis provocada por la derrota francesa ante Prusia en la guerra de 1870, hicieron fracasar el proyecto, que se abandonaría en 1880.

Otra guerra, la hispano-norteamericana de 1898, aconsejó reabrirlo. Y llegó de la mano de dos personajes: Theodore Roosvelt, que antes de ser presidente fue viceministro de Marina, y del almirante Mahan, un reconocido estratega que relacionó el poder de un país con su potencial naval. Su obra «La influencia del poder marítimo en la Historia» es un clásico en todos los centros de estudios navales. Aunque llegó a tiempo para el combate de Santiago de Cuba, el acorazado «Oregon» tardó 67 días en incorporase al Caribe desde su base de San Francisco. Con un canal hubieran bastado tres semanas. Pudo ser esencial. Aprendieron la lección.

No se había abandonado la ruta nicaragüense, pero la elección de Panamá era clara. Roosvelt contó con los servicios de un buen politécnico francés, que ya trabajó con Lesseps (Bunau- Varilla) y resolvió los plazos de concesión del Gobierno colombiano, que expiraban en 1903, «apoyando» –muy al estilo «yankee»– una revolución interna que independizó Panamá de Colombia.

Lo demás es historia. Panamá se abriría en 1914 a punto de comenzar otra guerra, la Primera Guerra Mundial. Para Nicaragua quedaba «el canal que no fue». Hoy, puede convertirse en el «canal que puede ser».

Publicado en “La Razón” el 26 de junio de 2013