Emprendedores

La iniciativa tomada por LA RAZÓN de dar impulso en un Foro a las expectativas creadas por el anteproyecto de la Ley de Emprendedores, me parece no sólo acertada sino oportuna y necesaria. Y aunque no sea territorio de mi especialidad, sí me atrevo a adentrarme en él. Porque las generaciones en repliegue debemos volcar nuestras experiencias y esfuerzos en dejar la guardia en el momento del relevo, mejor de cómo la encontramos. El futuro está en manos jóvenes que luchan por abrirse camino en medio de una crisis, con ganas, con riesgos, con preparación y con honrada ambición. Son conscientes de que hay que ser persistentes, que todos cometemos errores, que de los fracasos se aprende y que el buen líder no es el que quiere destacar entre mediocres, sino el que asume que muchos de sus subordinados son mejores en determinados campos, que enriquecen por tanto el proyecto común. Y que nada de todo esto sirve, si no se tiene ilusión.

No entraré en temas de gestión, impuestos, financiación, internacionalización o comercios electrónicos. Sí, soy consciente que España representa un 2% de la economía mundial y que somos el séptimo país inversor del mundo. Y que a emprender se aprende emprendiendo y que el error es positivo como proceso fundamental para el aprendizaje.

Yo he vivido en un mundo –el de la milicia– de emprendedores: en sistemas tácticos, en ahorros energéticos, en redes de comunicaciones, en nuevas tecnologías, en eficiencias. No. No son los ejércitos maquinas inamovibles como algunos han querido presentarlos. Por ello intentaré adosar a la iniciativa del Foro algunos conceptos que pueden ayudar a forjar una buena generación de emprendedores, señalando unos «puntos de soldadura» –comunes a militares y civiles– que considero esenciales:

1. Puntualidad. Deben dar a todos sus actos, desde el primer día, la máxima puntualidad, que no es otra cosa que el respeto al tiempo de los demás. Dejar minutos de cortesía esperando a unos no deja de ser una descortesía con quienes han procurado ser puntuales.

2. Horarios. Deben ajustarse progresivamente a los que regulan el mercado de trabajo en Europa. No creo que ningún médico aconseje el almuerzo a las tres de la tarde, ni que sea bueno salir del trabajo pasadas las siete, casi de noche. El Cuartel General de la OTAN en Bruselas en plena guerra de Bosnia seguía con su horario normal de fin de jornada sobre las cuatro de la tarde. Por supuesto que quedaban guardias y servicios y más de un responsable cargaba con horas extraordinarias. Pero la organizada maquinaria permitía que un trabajo de calidad y responsabilidad, fuese compatible con la atención a la familia, al ocio, o las relaciones sociales. Es cuestión de buena organización.

3. Respeto a la palabra dada. Hay que recuperar el sentido de la responsabilidad y la confianza en el apretón de manos de nuestros abuelos. A un compromiso adquirido, sólo se puede responder de una forma, cueste lo que cueste: cumpliéndolo.

4. Honrada ambición. Por supuesto el emprendedor debe ser ambicioso. No obstante, esta ambición debe tener sus límites, mejor acotados en el campo de la ética, pero a falta de ésta, desarrollados con un sentido práctico y real. Si tuviésemos que añadir una agravante a las múltiples condenas por escándalos económicos que vive nuestra actual sociedad, sería la de la desmesurada ambición, que en nuestro decir popular llamamos «avaricia que rompe el saco». Ninguno de los procesados tenía la menor necesidad vital y disfrutaba de comodidades superiores a la media de los ciudadanos. Es complicado comprender cómo algunos necesitan «Picassos» en un baño, blindar habitaciones en su casa a prueba de bandas kosovares, o acumular sabrosas cuentas en Suiza que no podrán disfrutar. Tenían todo y quisieron más, a costa de todos.

5. Hacerse querer y respetar de sus subordinados. Precisamente por este orden. El magistrado Enrique López que deja esta Tribuna de la que tanto hemos aprendido, se refería en su escrito de despedida (lunes 10) a que «es preferible ser amado a ser temido» recogiendo el pensamiento de Cicerón. «El que teme sólo espera el momento adecuado para desquitarse», sentencia.

Cada una de estas recomendaciones tiene su específico trato en nuestras Ordenanzas Militares. Tampoco sería malo que a la vez que se interpreta a Sun Tsu en el mundo empresarial, también se acudiese a las enseñanzas de nuestras reglas de conducta que contienen sabias reflexiones sobre comportamientos humanos. Espero y deseo que estas nuevas generaciones de emprendedores obtengan el premio que merece su esfuerzo y no repitan las malas praxis que vivimos cada día. Mejor si lo hacen por principios éticos. Pero a falta de estos, háganlo simplemente por un sentido práctico. A la larga no tiene ningún encanto repasar balances, por positivos que sean, en Soto del Real.

Publicado en “La Razón” el 12 de junio de 2013


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