No es el momento (I)

Varios «radares avanzados» orientados sobre Defensa anuncian una drástica reducción de cuadros de mando y tropas en los Ejércitos, en lo que denomina una vez mas «racionalización de estructuras y supresión de lo prescindible». Eso sí, añadiendo la archiconocida coletilla de que «no afectará a la operatividad de las fuerzas». Mi mensaje de hoy no va dirigido sólo a los actuales responsables del Ministerio. Les conozco bien porque conviví con ellos cerca de cuatro años. Sé de sus capacidades y de su honestidad. Sólo creo que les ha faltado coraje para relevar a personas de fervientes lealtades al régimen que nació el 11-M. Ángel Acebes no explicó suficientemente a los ministros actuales su amarga experiencia con los mandos de la Policía que no relevó a tiempo.

Hoy debo dirigirme más especialmente a quienes han reducido el presupuesto del Ministerio a cotas tercermundistas, mientras encuentran medios para salvar bancos, para enjugar cuantiosas deudas autonómicas, para sufragar a partidos políticos y sindicatos. La seguridad no es sólo incumbencia del Ministerio de Defensa. Sus responsables actuales son sólo depositarios temporales de su administración, por supuesto legitimada por una opción política que ganó unas elecciones. La seguridad es de todos, y por tanto, del Gobierno de todos. ¡Ya tuvimos otros ministros que quisieron suprimir a la Guardia Civil y a la Legión! Lo recordaba hace unos días viendo las emocionantes imágenes de Málaga y de la Legión ante su Cristo de la Buena Muerte. En próxima Tribuna me referiré al eco mediático de este acto, centrado en el Cristo de Palma Burgos, al que aún denominamos Cristo de Mena.

¿Reducciones? En otros momentos quizás diría sí. Hoy digo respetuosamente, no. Basta leer las crónicas que vienen de Cataluña. Imagino la sonrisa de un conocido líder de doble lenguaje al conocer la noticia. Ya nos esquilmó todo lo que pudo en el pacto del Majestic, firmado con Rato en el 96. Ahora pedirá eliminar totalmente nuestra presencia en el Principado. ¡Al tiempo! Ya han leído las primeras declaraciones de uno de los trece expertos designados para formar el flamante «Consell per a la Transició Nacional de Catalunya». Sólo ve al Ejército como amenaza a un proceso al que van lanzados. Basta con estar atentos a lo que se mueve en torno a ETA en Noruega, en París o en el propio País Vasco. Y basta con comprobar las prácticas de determinadas izquierdas, habituales cuando pierden unas elecciones: pancartas, manifestaciones, plataformas, huelgas. Ahora añaden los ataques personales a viviendas, al lanzamiento de basuras, al acoso mediático, al griterío. Ojo que del escrache al tiro a la barriga de aquellos que quemaron el Cristo de Mena en los años treinta no hay tanta distancia. Demasiadas veces hemos contado lo que vivimos en Yugoslavia. ¿Alguien puede asegurar hoy que se acabará esta legislatura de forma ordenada? ¿Es completamente descartable un golpe de estado semejante al del 11-M, tras una crisis real o provocada?

Las Fuerzas Armadas, que no tienen nada que ver ni con los sinvergüenzas que han saqueado ciertos bancos y cajas, ni con los administradores públicos que han actuado en beneficio privado, ni con los desbarajustes de unas autonomías que han hecho la guerra por su cuenta, ni con unos gobernantes incapaces y corruptos que han dejado al país en quiebra, pagan ahora los platos rotos. Alguien cree que basta con recordar a las gentes de armas aquella estrofa de Calderón de la Barca –«Aquí la más principal/ hazaña es obedecer,/ y el modo como ha de ser,/ es ni pedir ni rehusar»– para que disciplinados y callados asuman las decisiones políticas. Tengo claro que Calderón se refería al mundo de la milicia, no al de la política.

En tiempos en los que el propio Enrique Rojas dice que «España está ardiendo» y que nuestra sociedad actual ha producido «seres humanos cada vez más endebles, frágiles, inestables, resbaladizos y sin criterios sólidos», nosotros queremos reducir a los seres más fuertes, endurecidos, estables, seguros de sí mismos, leales servidores públicos y con criterios apoyados en valores, de la propia sociedad. «Tiempos de extravío, de masas de gentes a la deriva», termina ratificando el psicólogo sevillano. Y a una de las instituciones que pueden proporcionar nortes, referencias y áncoras, se la esquilma. Ya lo intentaron otros. Las reducciones de este tipo entrañan disputas y recelos entre ejércitos que harán todo lo posible para endosar el mayor peso de la crisis sobre los otros. Se producirán desencuentros entre promociones y dentro de ellas entre compañeros. Los anunciados «amplios cupos de reserva para cuadros de mando» no serán más que hervideros de descontentos, recriminadores vitalicios, críticos con quienes permanecerán. Se romperá la debida cohesión, ante la cínica sonrisa de unos pocos. Y ya saben a lo que conduce una falta de cohesión. No. No es el momento.

Publicado en “La Razón” el 4 de abril de 2013

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