Citas en Barcelona

No recuerdo si es en «Amiel» o en su «Don Juan» donde Marañón reconocía que lo mejor de las citas amorosas está en el «antes de, cuando se sube en el ascensor». No puedo dejar de reconocer que siempre aterrizo en Barcelona con la ilusión del amante de D. Gregorio. La cita se debía esta vez a una invitación del Centro de Estudios Internacionales para hablar sobre Liderazgo y Responsabilidad Individual. De la mano de dos entusiastas profesoras universitarias –Helena Torroja y Sonia Güell–, debía exponer ante una treintena de alumnos de alta formación en grados e idiomas. Los encontré inquietos intelectual y socialmente por la situación en que se encuentra un tramo importante de nuestra sociedad, falto de horizontes, falto de referentes, falto de líderes, en resumen.

Es difícil hablar del mito del auriga de Sócrates –el querer y el deber–, del arrastre carismático de un Churchill –sangre, sudor y lágrimas– o de la visión de un Adenauer o de un Schumann, capaces de cerrar el ciclo de dos guerras mundiales, dando a Europa estabilidad y sentido, cuando hoy no sienten ellos atracción ni por programas ni por personas que ilusionen y que arrastren. Palpé estas carencias en personas mucho mejor formadas que las equivalentes en edad de mi generación. Sólo les pedí que terminásemos las pasadas dos horas de encuentro con una palabra: esperanza. No puedo interpretar ahora el sentido de sus sonrisas. Pero la cita respondió a lo esperado. Escuché. Aprendí. Luego llamé al ascensor de vuelta buscando a mi otra amante, la ciudad. Necesitaba otear su horizonte cultural y social. San Jorge llenaba las calles de rosas y literatura. Constaté la oferta de la oficial vía soberanista: el «Manual per a la Independencia», de Dolors Feliu, hasta el «Camí sense retorn», de Tian Riba, pasando por «Quatre vies per a la independència», del corresponsal de TV3 Martí Anglada, comparando los modelos de Estonia, Letonia, Eslovaquia y Eslovenia, obviando sabiamente referirse a Bosnia, país que bien conoció durante sus dos guerras civiles. No entro en las valoraciones de estos ensayos. Pero en otro ámbito si llegó a mis manos un documento más cercano a mi condición de soldado. Se trata de un amplio informe elaborado a primeros de este mes por el CEEC, Centro de Estudios Estratégicos de Cataluña, denominado «La futura Força de Defensa de Catalunya». El análisis del documento merecería un seminario en el que interviniesen politólogos, militares, economistas y psicólogos. No me atrevo a citar a otros, porque tras la lógica de algunas aseveraciones –«La política de defensa no es una cuestión accesoria para un Estado, sino que es capital para su existencia»– le endosa a su sociedad el gasto de un 1,5% de su PIB a fin de garantizar desde las corrientes de suministro de productos energéticos hasta la custodia de infraestructuras de puertos, aeropuertos, transportes terrestres y ferroviarios, AVE (sic), autopistas y fronteras. Preocupan al ponente o a los ponentes la proliferación de armas de destrucción masiva, el terrorismo internacional, los conflictos regionales de Cachemira, Corea o Grandes Lagos, los estados fallidos como Somalia o Liberia, la delincuencia organizada y un largo etcétera.

Trata del artículo 42.3 del Tratado de la Unión Europea –«Todos los estados miembros pondrán a disposición sus capacidades militares»– dando su integración como un hecho. Luego sistematiza la forma de acogerse al artículo 5º del Tratado del Atlántico Norte, el que les garantizaría el paraguas de la defensa colectiva. Denuncia «por motivos estrictamente políticos» el que Cataluña carezca de industrias de defensa –cita a Navantia, Indra, Airbus, y Santa Bárbara– confiando la formación y desarrollo de sus estructuras a programas norteamericanos –Joint Commander Program Team– o de Reino Unido –British Military Advisory Training Team–. Termina cuantificando unas Fuerzas Terrestres, Navales y Aéreas de 25.000 efectivos entre fuerzas profesionales y reservistas voluntarios, dotadas de una «gran capacidad de proyección e interoperatividad». «No adoptar un modelo de defensa propia –concluye– sería traicionar la larga lucha por la libertad; una vez conseguida ésta, no podemos dejar en manos de otros nuestra defensa, que no es otra cosa que la garantía de nuestra existencia».

Regresaba a mi mar y a mi isla con sabor agridulce. ¡Siempre hay algo que falla en las citas! Por una parte no sólo respeto la libertad de expresar ideas, sino que valoro el ensayo sea cual sea su punto de vista. Pero tampoco estaba seguro de si me encontraba frente a unos magníficos comerciales que saben vender como nadie sus productos en el lugar y momento oportunos, o si como muy bien describía en estas mismas páginas Pedro Alberto Cruz, bajo este soberanismo, latía todo un sentimiento de inseguridad. O, incluso, si esta cultura oficial escondía un totalitarismo selectivo y discriminatorio. Mi avión aterrizaba. Con él, mis confundidos sentimientos.

Publicado en “La Razón” el 25 de abril de 2013

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