Pensar en crisis

Por supuesto las crisis –y la actual tiene un alcance negativo difícil de prever– estremecen a las sociedades. Pero si son bien analizadas y tratadas pueden servir de vacuna contra males mayores. Pero el día a día, la sorpresa sobre sorpresa y el escándalo sobre escándalo, no permiten analizarlas con perspectivas a medio y largo plazo.

El Centro de Estudios de la Defensa Nacional (Ceseden) viene trabajando desde hace años en el estudio de los conflictos y las guerras, en las causas que las provocaron y en sus consecuencias. Tiene el Centro la virtud de conjugar pensamiento e investigación –yo creo que es uno de los mejores «think tanks» de España– con la enseñanza que imparte en las Escuelas de Estado Mayor y de Altos Estudios de la Defensa, a los que recientemente ha incorporado acertadamente el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Todo cabe, todo se conjuga en el viejo caserón de Castellana 61 en Madrid, en cuya sede acaba de presentarse una monografía, la 132, bajo el título «Valores y Conflictos; aproximación a la crisis». En este estudio llevan trabajando desde hace dos años tres profesores universitarios –Amando de Miguel, Jesus Martínez Paricio y Benjamín García Sanz– junto a tres militares en activo Vicente Hueso, coronel del Ejército del Aire; Andres González Martín, teniente coronel del Ejército de Tierra y el capitán de fragata Federico Aznar de la Armada, a quienes tuve el honor de coordinar en esta última fase.

La novedad de esta publicación está en la celeridad del Servicio de Publicaciones de la Defensa y el cambio del formato de su portada para hacerlo más atractivo al gran público. Porque se pretende «abrir» la edición presentándola en ambientes universitarios y en ciudades inicialmente comprometidas como Barcelona, Cartagena o Mahón. Es precisamente uno de los ponentes –Benjamín García Sanz– quien más ha insistido en la necesidad de que la reflexión «salga del cuartel».

Desde el comienzo de nuestras reflexiones estuvieron presentes las consecuencias de otras crisis , especialmente la de 1929. No creíamos al principio que con el tiempo aparecerían tantos factores comunes, convencidos de que el Estado de Bienestar paliaría sus graves quiebras sociales. Y así ha sido, en general. Pero la corrupción es común en tiempos de crisis de valores, como también lo son las resoluciones suicidas adoptadas por problemas económicos, sin llegar a las estadísticas del 29. Pero debemos admitir que sobre el actual momento no pesan aquellos movimientos herederos insatisfechos del resultado de la Primera Guerra Mundial, que sin preocuparse de analizar sus «lecciones aprendidas» se lanzaron al abismo de otra Gran Guerra que arrancó con las civiles de España y Grecia a mediados de los 30 y no culminó hasta 1945. Constatamos que de ésta sí se obtuvieron experiencias, si bien no definitivas, sí suficientes para asegurar no caer en una tercera.

Sobre el fenómeno guerra –que queramos o no queramos existe– giran unos principios reflejados en dos máximas. La clásica del «si quieres la paz prepara la guerra» («si vis pacem para bellum»), sobre la que se articulan los conceptos de legítima defensa, de seguridad territorial, incluso el de disuasión. A mediados del siglo pasado Gaston Bouthoul y sus discípulos de la Escuela de Polemología propusieron otra, variando el texto y el concepto clásico por un «si quieres la paz, estudia la guerra». Era la aplicación de las ciencias sociales al mismo fenómeno. No obstante entre el «prepara» y el «estudia» no hay tanta distancia.

Sea lo que sea, lo que quiero decir es que el análisis de los conflictos –causas que los desencadenaron y sus consecuencias– merece el estudio y la reflexión sin necesidad de descuidar la preparación, fundamental para actuar oportunamente en tiempo y lugar.

No busca otra cosa el Ceseden juntando a oficiales expertos en preparar la guerra, con sociólogos que llevan años estudiando los conflictos humanos, contrastando con jóvenes alumnos sus puntos de vista, apoyados en estadísticas y encuestas, buceando vía ciencias sociales lo que hay en el interior del alma de una sociedad.

Todos sabemos cómo nos encontramos en España: crisis de instituciones, crisis en la ética, crisis de opinión. Generalizamos a destajo; extendemos manchas de corrupción a todo un cuerpo social, cuando hay una parte importante de nuestra sociedad, que Amando De Miguel llama estacionaria, que es abnegada, trabajadora y honesta. Y un trozo importante de ella que ha sufrido la herida viva del terrorismo sigue luchando por la dignidad de unos testimonios, viendo como la indiferencia –contra ella se rebela el trabajo del teniente coronel Andrés González Martín– invade lentamente nuestra olvidadiza opinión pública. Para nada pretende el trabajo militarizar a nuestra sociedad. Sólo apunta a que los hombres y mujeres de los ejércitos pueden aportar unos valores –responsabilidad, puntualidad, sobriedad, disponibilidad– que sin ser exclusivos, ayuden a su sociedad en difíciles momentos de falta de referentes, de falta de confianza, incluso de falta de ilusiones.

No pretendemos más.

Publicado en “La Razón” el 27 de febrero de 2013

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