Cortinas de humo

De sobra conocemos su significado. De sobra sabemos que son de uso corriente. Y no son nuevas las intenciones, aunque sí lo sean los medios empleados. Desde que los hombres pueblan la Tierra –ya sean estrategas, políticos, invasores, defensores, policías o ladrones– han ocultado, han intentado engañar, han sabido difuminar la realidad. Y como nos enseñó Ortega, «cada realidad ignorada prepara su propia venganza». No lo duden, la realidad ignorada seguirá así, por los siglos de los siglos.

A media tarde del último día de febrero una prestigiosa y conocida cadena de radio ubicada en Barcelona me requirió con cierta urgencia para una entrevista. ¿El motivo? En el faldón de la portada de un periódico de tirada nacional aparecían las supuestas declaraciones de un general en la reserva y solicitaban mi opinión. Desconocía completamente el tema, pedí «munición» a la propia emisora y analicé el motivo del interés periodístico. Lo primero que aprecié es que las palabras habían sido expuestas el 8 de febrero –es decir, hacía 20 días– en un club gastronómico y social de Madrid.

Mi primera reflexión fue clara: cortina de humo. En tiempos en que las noticias circulan casi a la velocidad de la luz en las redes sociales, los 20 días me parecían una eternidad. Pero aquel día se había producido una importante escisión en un partido político nacional y se imponían multas a diputados acusados de indisciplina. Era más que necesario desviar la atención. Y las palabras de un general –aun alejado del mando de tropas– hablando del articulo 8.1 de la Constitución, interpretadas en la Cataluña actual, siempre son buenas sustitutas de los problemas reales. Ya lo decía Max Scheller: «el hombre es el único ser viviente capaz de decir “no” a la realidad».

Las cortinas de humo físicas han sido empleadas reiteradamente en la guerra. Recuerden aquellos campos del Marne o de Sedan en la Primera Guerra Mundial, donde densas masas de humo ocultaban despliegues, avances, asentamientos de armas. El objetivo era amagar, desconcertar, engañar al enemigo, porque la cortina de humo oculta, desfigura, opaca, diluye, crea miedo y desconfianza. No se sabe que hay detrás de ella. Sólo se dispersará cuando un buen viento sea propicio, pero se mantendrá densa cuando las condiciones de humedad la fijen cruelmente al terreno. Todo lo contrario de la transparencia.

¿A dónde quiero llegar?

Hoy los ejércitos son una de las instituciones más valoradas de España. Sin descartar problemas individuales –no dejan de ser un trozo vivo de la sociedad– no arrastran ningún escándalo financiero, ni asoma en ellas ningún brote de corrupción. Y si hay delitos o faltas son corregidas con contundencia y prontitud. No a los catorce años. Los militares retirados –y en parte los que se encuentran en la reserva sin mando directo sobre tropas– tienen sus propias opiniones y en un país en que cualquier zascandil se atreve a opinar sobre la cuadratura del círculo debe respetarse en ellos su libertad de expresión. Pero ciertamente hay un código ético que nos obliga a ser mas que prudentes. ¡Bastantes problemas tiene la sociedad para añadirles uno nuevo! Lo malo es que ésta no distingue entre los militares en activo, con responsabilidades y mando sobre tropas, de los que por edad estamos «cumplidos» o en fase de estarlo. Si nuestra sociedad estuviese bien asentada culturalmente, dueña de opiniones fuertemente basadas en principios y valores, interpretaría las declaraciones individuales, por discrepantes que fueren, como las de un señor con nombre y apellidos. Pero aquí se generaliza y se empaqueta todo con la etiqueta «El Ejército dice», cuando realmente el Ejército, prudente, responsable, disciplinado, no ha dicho nada.

No somos el único colectivo que debe hacer de la prudencia un arma. ¡Menuda se la montan a la Iglesia católica cuando un cura se equivoca! Me duelen estas posturas.

Sé que difícilmente tendrán eco mis palabras, cuando me viene a la cabeza aquel pensamiento del clásico: «Los esfuerzos inútiles lo único que producen es melancolía». Quizás adolezca de ella, cuando veo la realidad de España y compruebo la mínima falta de valores en muchas personas que influyen en la opinión pública, expertos en el insulto y en la descalificación, mercenarios a sueldo por cualquier cortina de humo que les paguen, aun a costa de romper cohesiones, universalizar y desvirtuar opiniones, inquietar a su sociedad y manosear la verdad.

William Blake decía respecto a ella: «Estad siempre dispuestos a hablar con franqueza, con la verdad por delante, y evitareis la compañía de hombres ruines». Y ruines los hay.

En lenguaje de la calle resumiría diciendo que cada palo aguante su vela. No metan a los ejércitos en los berenjenales políticos que han montado. Resuelvan sus corrupciones con transparencia y presteza.

¡No nos tiendan cortinas de humo!

Publicado en “La Razón” el 6 de marzo de 2013

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