Archive for marzo, 2013

Oscuridad e indiferencia

miércoles, marzo 27th, 2013

«No nos mata sólo la oscuridad, sino también la indiferencia» (Miguel de Unamuno).

Escribí unas reflexiones la pasada semana con motivo de recordar la trágica jornada del 11 de marzo de 2004 en el que asesinaron a 191 inocentes e hirieron a otros tantos, algunos de ellos aún hospitalizados o arrastrando secuelas tras nueve años de dolor. Fue un día que cambió nuestro destino como pueblo. Pasamos de ser un país solvente y respetado, a ser hoy una sociedad que a duras penas sale de una quiebra económica pero sobre todo moral.

Y lo malo es que aún desconocemos el porqué de aquella masacre: si era una venganza por la foto de las Azores y por el compromiso con los Estados Unidos en Iraq; si fue consecuencia de las maniobras de Carod-Rovira en Perpiñán pactando con ETA, o si se encadenaron sucesivos fallos de los servicios de inteligencia. Quizás fue la conjunción de todo, con algo más que no alcanzo a concebir. Recuerde el lector cómo el asesinato de Kennedy o el de nuestro general Prim siguen sumidos aún en la oscuridad. Claro crimen de Estado, desencadenado con trágica contundencia en un momento clave, que paralizó los resortes del Estado de Derecho que no reaccionaron, o reaccionaron mal ante lo imprevisible. Ello permitió la usurpación inmediata de la voluntad popular, valiéndose de una serie de maniobras bien urdidas por desleales y bien explotadas en determinados medios de comunicación.

Rompe el alma comprobar cómo se han diluido responsabilidades , esquivado la búsqueda de la verdad ante un crimen cometido contra el tramo más débil de nuestra sociedad, como es el que está obligado a viajar en trenes de cercanías a las siete de la mañana. El riesgo formaba parte de la vida de Kennedy , de Prim o de cuantos dirigentes han asumido a lo largo de la historia responsabilidades de gobierno. Pero para nada debía incluir a aquellas gentes sencillas que habían salido de Alcalá o de El Pozo.

Rompí lo escrito, porque al dolor respondía con indignada acritud, algo que procuro no transmitir a mis lectores. Necesitaba enfriar juicios de valor, esperando que los actos que conmemorarían la masacre el mismo 11-M, transmitirían un mensaje de unidad y de respeto. Y no fue así. Un merecido reconocimiento a todos cuantos se dejaron la piel en cuidar a los heridos y dar digno trato a los fallecidos celebrado en la Puerta del Sol sólo contó con representaciones oficiales y con la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Su valiente presidenta se preguntaba aquel día: «¿acaso es normal que no estemos todos unidos?». Y no lo estaban. Otros andaban con sindicatos y oposición por otros lares, como si las víctimas hubieran sido seleccionadas y distribuidas por sus inclinaciones sindicales o partidistas.

Pero si triste es la oscuridad, no lo es menos la indiferencia. Durante estos días se discute sobre la «doctrina Parot» y su influencia en la condena impuesta a una cincuentena larga de presos etarras y a otros condenados por graves delitos que acumulaban largas penas y años de prisión. Pues en determinados sectores de nuestra sociedad contaminados durante largos años, prevalece un concepto de buenismo y justificación, cuando ETA –que utiliza interesadamente a sus presos como baza– ni ha entregado sus armas, ni ha renunciado abiertamente a utilizar el terrorismo como instrumento de acción política.

Y nuestra opinión pública, que en 2004 consideraba en un 74% al terrorismo como una de sus preocupaciones, hoy debido a la angustia de las nuevas prioridades, sólo lo considera en un 1,3%. ¡Demasiado olvido, cuando hay tantas personas que aún llevan el dolor a flor de piel y sólo piden que se respete con dignidad a los sacrificados por el terrorismo, ya fuesen uniformados, ya fuesen concejales o simples militantes de una opción política, ya fuesen simples ciudadanos! Porque ETA sembró el dolor por toda España.

Con indiferencia sabemos encontrar justificación a nuestras cómodas posturas: «son varias asociaciones de víctimas y no están unidas»; «ETA ya no mata»; «han aceptado una vía política»; «un grupo de mediadores –bien remunerados– conduce el proceso de paz».

Como aceptamos fríamente que un 11-M que cambió completamente nuestra vida y del que pagaremos sus consecuencias durante años, agazapados moralmente tras los 35.000 años de condena impuestos a Jamal Zougam y a Trashorras. Como si los miles de años permitan sofocar el dolor de tantas gentes, que hoy sólo saben que no se utilizó Goma-2 en la masacre, pero no conocen exactamente el porqué del suicidio colectivo de siete supuestos terroristas en un piso de Leganés, ni tienen confianza en una sentencia de la Audiencia Nacional, que contenía una fuerte carga de contaminación política y no poco protagonismo mediático de su principal responsable judicial.

Oscuridad e indiferencia. ¡No cambiamos, don Miguel!

Publicado en “La Razón” el 20 de marzo de 2013

Venezuela: Realidad y mito

sábado, marzo 16th, 2013

Mañana viernes los restos del difunto presidente venezolano Hugo Chávez serán retirados del Museo Histórico, adjunto a la Academia Militar en la que se formó como cadete. Días densos para el pueblo venezolano, continuación de unos meses de incertidumbre no exentos de ocultismo y que teóricamente se dilucidarán mirando al futuro, en las elecciones del próximo 14 de abril.

Mucho se ha escrito sobre la herencia política y social que deja Chávez, y no entraré en ella. Solo me detendré –preocupado– por el papel del Ejército, hoy y mañana.

He tenido muchos contactos con varias generaciones de militares venezolanos. Con tres de ellos compartí dos años en la Escuela de Estado Mayor de Madrid entre 1973 y 1975 y debo decir que eran unos oficiales vocacionales, muy bien preparados e inteligentes. Mi siguiente encuentro fue en Honduras en el marco de la Misión de Naciones Unidas para Centroamérica (Onuca), que mandaba el general español Agustín Quesada. La terquedad y sentido de la realidad de Quesada había conseguido que un batallón de paracaidistas venezolanos –por supuesto con armas– reforzasen al grupo de observadores que debíamos desmantelar a sandinistas y «contras» nicaragüenses que llevaban años en guerra, armados solo con una boina azul, una resolución del Consejo de Seguridad y una copia de los Acuerdos de Esquipulas cosidos con alfileres. El Venbat (Venezuela Batallón) dio la fuerza coercitiva que necesitaba la misión. Recuerdo la llegada a Toncontín, el aeropuerto de Tegucigalpa, en sucesivas oleadas de aviones Hércules C-130 a finales de abril de 1990. No olvidaremos los nombres de aquellos mandos –Barboza, Contreras, Héctor D’Armas, Jaime Puig, Raúl Torres…– En cuestión de días estaban distribuidos sus casi 500 efectivos. Custodiaban nuestros almacenes; destruían las armas confiscadas o entregadas, nos proporcionaban una indispensable seguridad. Soy testigo de su difícil trabajo en la Mosquitia Hondureña, y especialmente en El Almendro, una zona situada al sur de Nicaragua donde se desmovilizaron más de 6.000 «contras». Sin ellos nada se hubiera podido hacer.

Pero, dos años después, nos enteramos de que estas mismas fuerzas paracaidistas habían dado un golpe de Estado en su base de Maracay. Al frente, un desconocido teniente coronel, Hugo Chávez, se rebelaba contra el segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez. Al parecer éste había dado una orden clara: «Péguenle un tiro», que alguien no cumplió. Allí nació el mito de un ser mitad creyente, mitad iluminado, convencido de estar tocado por la fortuna. Tras dos años de cárcel, el siguiente Gobierno de Rafael Caldera lo indultó. Pero en este tiempo de condena, los oficiales que se habían levantado, sin responsabilidades directas, fueron pasaportados fuera del país a otra misión de Naciones Unidas, esta vez en El Salvador. Nuevo reencuentro con otras caras, bajo el mando de otro general español, Víctor Suanzes, que mandaba la División Militar y el testimonio de más de doscientos oficiales españoles que sirvieron junto a ellos en la misma. No cito nombres porque no sé cuál es su situación actual. Eran excelentes oficiales. Debo confesar que entre las fuerzas paracaidistas ha existido siempre, y creo sigue existiendo, una cierta confabulación. Esto de andar de vez en cuando por las alturas, sin más defensas que el propio valor (o la propia inconsciencia) y la confianza en una preparación dura, nos aleja de la realidad. De hecho, la oración del paracaidista español comienza con un tuteo casi de camarada cuando invoca al «Señor Dios y jefe nuestro, ante el puesto que elegimos voluntariamente, venimos a ti…». Y en lo que aquí queda como alegato místico, en Chávez alcanzó cotas elevadísimas. Llegó a sentirse no solo hijo predilecto de Fidel, sino que sintió cómo Simón Bolívar «quería hablarle», cuando lo exhumó intentando descubrir su envenenamiento. Ahora Maduro ha insinuado el mismo discurso del veneno, por supuesto norteamericano, e interpretado también sus deseos: «He hablado con él; me ha dicho lo que quiere que hagamos; no ha muerto, sino que vive en el alma de nuestro pueblo».

¿Qué será de este pueblo sin Chávez? ¿Cuál será la evolución del Ejército sin su presidente comandante? García Márquez cuenta que éste relacionaba su caudillismo con los benéficos de un escapulario que siempre portaba, herencia centenaria de su bisabuelo materno –el coronel Pedro Pérez Delgado–, otro de sus héroes tutelares.

Pero vuelvo al Ejército venezolano. No hemos visto a sus generales gimiendo como los norcoreanos, pero han adquirido compromisos muy fuertes con una ideología política. Son demasiada «columna vertebral», lo que nunca da a la larga buenos beneficios democráticos. Es la sociedad la que debe convertirse en protagonista. Sociedad que debe abandonar prácticas viscerales y milagreras para dirigirse resueltamente a reconstituir una clase media, a ahorrar pensando en el mañana, a reinvertir. Eva Perón, el Che, el propio Fidel ahora el comandante Chávez, ya son historia. Venezuela necesita presente y futuro. Su Ejército bien lo sabe.

Publicado en “La Razón” el 13 de marzo de 2013

Cortinas de humo

miércoles, marzo 13th, 2013

De sobra conocemos su significado. De sobra sabemos que son de uso corriente. Y no son nuevas las intenciones, aunque sí lo sean los medios empleados. Desde que los hombres pueblan la Tierra –ya sean estrategas, políticos, invasores, defensores, policías o ladrones– han ocultado, han intentado engañar, han sabido difuminar la realidad. Y como nos enseñó Ortega, «cada realidad ignorada prepara su propia venganza». No lo duden, la realidad ignorada seguirá así, por los siglos de los siglos.

A media tarde del último día de febrero una prestigiosa y conocida cadena de radio ubicada en Barcelona me requirió con cierta urgencia para una entrevista. ¿El motivo? En el faldón de la portada de un periódico de tirada nacional aparecían las supuestas declaraciones de un general en la reserva y solicitaban mi opinión. Desconocía completamente el tema, pedí «munición» a la propia emisora y analicé el motivo del interés periodístico. Lo primero que aprecié es que las palabras habían sido expuestas el 8 de febrero –es decir, hacía 20 días– en un club gastronómico y social de Madrid.

Mi primera reflexión fue clara: cortina de humo. En tiempos en que las noticias circulan casi a la velocidad de la luz en las redes sociales, los 20 días me parecían una eternidad. Pero aquel día se había producido una importante escisión en un partido político nacional y se imponían multas a diputados acusados de indisciplina. Era más que necesario desviar la atención. Y las palabras de un general –aun alejado del mando de tropas– hablando del articulo 8.1 de la Constitución, interpretadas en la Cataluña actual, siempre son buenas sustitutas de los problemas reales. Ya lo decía Max Scheller: «el hombre es el único ser viviente capaz de decir “no” a la realidad».

Las cortinas de humo físicas han sido empleadas reiteradamente en la guerra. Recuerden aquellos campos del Marne o de Sedan en la Primera Guerra Mundial, donde densas masas de humo ocultaban despliegues, avances, asentamientos de armas. El objetivo era amagar, desconcertar, engañar al enemigo, porque la cortina de humo oculta, desfigura, opaca, diluye, crea miedo y desconfianza. No se sabe que hay detrás de ella. Sólo se dispersará cuando un buen viento sea propicio, pero se mantendrá densa cuando las condiciones de humedad la fijen cruelmente al terreno. Todo lo contrario de la transparencia.

¿A dónde quiero llegar?

Hoy los ejércitos son una de las instituciones más valoradas de España. Sin descartar problemas individuales –no dejan de ser un trozo vivo de la sociedad– no arrastran ningún escándalo financiero, ni asoma en ellas ningún brote de corrupción. Y si hay delitos o faltas son corregidas con contundencia y prontitud. No a los catorce años. Los militares retirados –y en parte los que se encuentran en la reserva sin mando directo sobre tropas– tienen sus propias opiniones y en un país en que cualquier zascandil se atreve a opinar sobre la cuadratura del círculo debe respetarse en ellos su libertad de expresión. Pero ciertamente hay un código ético que nos obliga a ser mas que prudentes. ¡Bastantes problemas tiene la sociedad para añadirles uno nuevo! Lo malo es que ésta no distingue entre los militares en activo, con responsabilidades y mando sobre tropas, de los que por edad estamos «cumplidos» o en fase de estarlo. Si nuestra sociedad estuviese bien asentada culturalmente, dueña de opiniones fuertemente basadas en principios y valores, interpretaría las declaraciones individuales, por discrepantes que fueren, como las de un señor con nombre y apellidos. Pero aquí se generaliza y se empaqueta todo con la etiqueta «El Ejército dice», cuando realmente el Ejército, prudente, responsable, disciplinado, no ha dicho nada.

No somos el único colectivo que debe hacer de la prudencia un arma. ¡Menuda se la montan a la Iglesia católica cuando un cura se equivoca! Me duelen estas posturas.

Sé que difícilmente tendrán eco mis palabras, cuando me viene a la cabeza aquel pensamiento del clásico: «Los esfuerzos inútiles lo único que producen es melancolía». Quizás adolezca de ella, cuando veo la realidad de España y compruebo la mínima falta de valores en muchas personas que influyen en la opinión pública, expertos en el insulto y en la descalificación, mercenarios a sueldo por cualquier cortina de humo que les paguen, aun a costa de romper cohesiones, universalizar y desvirtuar opiniones, inquietar a su sociedad y manosear la verdad.

William Blake decía respecto a ella: «Estad siempre dispuestos a hablar con franqueza, con la verdad por delante, y evitareis la compañía de hombres ruines». Y ruines los hay.

En lenguaje de la calle resumiría diciendo que cada palo aguante su vela. No metan a los ejércitos en los berenjenales políticos que han montado. Resuelvan sus corrupciones con transparencia y presteza.

¡No nos tiendan cortinas de humo!

Publicado en “La Razón” el 6 de marzo de 2013

Pensar en crisis

miércoles, marzo 13th, 2013

Por supuesto las crisis –y la actual tiene un alcance negativo difícil de prever– estremecen a las sociedades. Pero si son bien analizadas y tratadas pueden servir de vacuna contra males mayores. Pero el día a día, la sorpresa sobre sorpresa y el escándalo sobre escándalo, no permiten analizarlas con perspectivas a medio y largo plazo.

El Centro de Estudios de la Defensa Nacional (Ceseden) viene trabajando desde hace años en el estudio de los conflictos y las guerras, en las causas que las provocaron y en sus consecuencias. Tiene el Centro la virtud de conjugar pensamiento e investigación –yo creo que es uno de los mejores «think tanks» de España– con la enseñanza que imparte en las Escuelas de Estado Mayor y de Altos Estudios de la Defensa, a los que recientemente ha incorporado acertadamente el Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Todo cabe, todo se conjuga en el viejo caserón de Castellana 61 en Madrid, en cuya sede acaba de presentarse una monografía, la 132, bajo el título «Valores y Conflictos; aproximación a la crisis». En este estudio llevan trabajando desde hace dos años tres profesores universitarios –Amando de Miguel, Jesus Martínez Paricio y Benjamín García Sanz– junto a tres militares en activo Vicente Hueso, coronel del Ejército del Aire; Andres González Martín, teniente coronel del Ejército de Tierra y el capitán de fragata Federico Aznar de la Armada, a quienes tuve el honor de coordinar en esta última fase.

La novedad de esta publicación está en la celeridad del Servicio de Publicaciones de la Defensa y el cambio del formato de su portada para hacerlo más atractivo al gran público. Porque se pretende «abrir» la edición presentándola en ambientes universitarios y en ciudades inicialmente comprometidas como Barcelona, Cartagena o Mahón. Es precisamente uno de los ponentes –Benjamín García Sanz– quien más ha insistido en la necesidad de que la reflexión «salga del cuartel».

Desde el comienzo de nuestras reflexiones estuvieron presentes las consecuencias de otras crisis , especialmente la de 1929. No creíamos al principio que con el tiempo aparecerían tantos factores comunes, convencidos de que el Estado de Bienestar paliaría sus graves quiebras sociales. Y así ha sido, en general. Pero la corrupción es común en tiempos de crisis de valores, como también lo son las resoluciones suicidas adoptadas por problemas económicos, sin llegar a las estadísticas del 29. Pero debemos admitir que sobre el actual momento no pesan aquellos movimientos herederos insatisfechos del resultado de la Primera Guerra Mundial, que sin preocuparse de analizar sus «lecciones aprendidas» se lanzaron al abismo de otra Gran Guerra que arrancó con las civiles de España y Grecia a mediados de los 30 y no culminó hasta 1945. Constatamos que de ésta sí se obtuvieron experiencias, si bien no definitivas, sí suficientes para asegurar no caer en una tercera.

Sobre el fenómeno guerra –que queramos o no queramos existe– giran unos principios reflejados en dos máximas. La clásica del «si quieres la paz prepara la guerra» («si vis pacem para bellum»), sobre la que se articulan los conceptos de legítima defensa, de seguridad territorial, incluso el de disuasión. A mediados del siglo pasado Gaston Bouthoul y sus discípulos de la Escuela de Polemología propusieron otra, variando el texto y el concepto clásico por un «si quieres la paz, estudia la guerra». Era la aplicación de las ciencias sociales al mismo fenómeno. No obstante entre el «prepara» y el «estudia» no hay tanta distancia.

Sea lo que sea, lo que quiero decir es que el análisis de los conflictos –causas que los desencadenaron y sus consecuencias– merece el estudio y la reflexión sin necesidad de descuidar la preparación, fundamental para actuar oportunamente en tiempo y lugar.

No busca otra cosa el Ceseden juntando a oficiales expertos en preparar la guerra, con sociólogos que llevan años estudiando los conflictos humanos, contrastando con jóvenes alumnos sus puntos de vista, apoyados en estadísticas y encuestas, buceando vía ciencias sociales lo que hay en el interior del alma de una sociedad.

Todos sabemos cómo nos encontramos en España: crisis de instituciones, crisis en la ética, crisis de opinión. Generalizamos a destajo; extendemos manchas de corrupción a todo un cuerpo social, cuando hay una parte importante de nuestra sociedad, que Amando De Miguel llama estacionaria, que es abnegada, trabajadora y honesta. Y un trozo importante de ella que ha sufrido la herida viva del terrorismo sigue luchando por la dignidad de unos testimonios, viendo como la indiferencia –contra ella se rebela el trabajo del teniente coronel Andrés González Martín– invade lentamente nuestra olvidadiza opinión pública. Para nada pretende el trabajo militarizar a nuestra sociedad. Sólo apunta a que los hombres y mujeres de los ejércitos pueden aportar unos valores –responsabilidad, puntualidad, sobriedad, disponibilidad– que sin ser exclusivos, ayuden a su sociedad en difíciles momentos de falta de referentes, de falta de confianza, incluso de falta de ilusiones.

No pretendemos más.

Publicado en “La Razón” el 27 de febrero de 2013