Guerras y ética

Kimbolton es una ciudad del condado de Cambridgeshire situada al este de Inglaterra. Para los españoles, el nombre es significativo: en su castillo murió prisionera–todo coraje y resistencia ética– Catalina de Aragón, la repudiada esposa de Enrique VIII.

Un 20 de diciembre de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, despegaba de un aeródromo militar ubicado en esta ciudad un pesado cuatrimotor B-17 norteamericano. Su misión era bombardear una fábrica de aviones alemanes situada en Bremen. Componían la tripulación, entre pilotos, navegantes y artilleros, diez hombres mandados por un joven teniente, Charles L. Brown.

Consiguieron realizar su misión, pero las defensas antiaéreas alemanas les habían causado serios daños. Había muerto un artillero y seis de los otros tripulantes estaban heridos. Morro y fuselaje del avión estaban seriamente dañados, dos motores habían sido alcanzados y de los dos restantes sólo uno mantenía su potencia. Cuando superando estas dificultades ponían rumbo a la base inglesa más cercana, detectaron la presencia de un caza alemán en cola. Todos pensaron que había llegado su momento, cuando el aparato enemigo se situó en paralelo y no atacó. Se miraron los pilotos, el alemán hizo un gesto con la mano, viró y desapareció. El B-27 llegó como pudo a Norfolk, 250 millas más al noroeste. El teniente contó lo ocurrido a sus superiores, mas estos decidieron ocultar aquel acto de humanidad. Pero Charlie Brown no lo pudo olvidar. Tras años de búsqueda, a finales de los ochenta localizó al piloto alemán, Franz Stigler, viviendo en Vancouver, Canadá. Después de cruzarse cartas y llamadas telefónicas se reencontraron en 1990. El lector puede imaginar la emoción del momento.

«¿Por qué no nos derribaste?» El piloto alemán explicó que cuando se puso en su cola y los tenía en el punto de mira para disparar sólo vio un avión que a duras penas se mantenía en el aire, sin defensas y con la tripulación malherida. No era ningún honor derribarle; era como abatir a un paracaidista en el aire. Stigler tenía clara una máxima ética: «Para sobrevivir moralmente a una guerra, se debía combatir con honor y con humanidad; de no ser así, no serían capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días». Durante años, compartieron su experiencia. En 2008 con pocos meses de diferencia, fallecieron de sendos ataques al corazón. Franz Stigler tenía 92 años y Charlie Brown, 87.

Esta emocionante historia me la manda un amigo lector. Nunca podré pagar los apoyos en ejemplos e ideas que me facilitan mis lectores, en un intento de apoyar la línea de esta tribuna. Por supuesto también llegan críticas, que respeto y valoro. Constituyen mi «toma de tierra» con la realidad. A todos les debo el estímulo que necesito para seguir escribiendo, porque hay días en que uno preferiría esconderse bajo las alas y no ver, ni oir, ni sentir.

Utilizo este ejemplo cuando nuestra sociedad, sometida a presiones de guerras políticas y sociales, necesita que le hablen de confianza, de fe, de gestos positivos. Hoy, el que pilla un avión maltrecho sin discusión lo remata. Esto de combatir con honor y humanidad queda para los sermones dominicales, a pesar de que amplios sectores de nuestra sociedad dan ejemplo de humanidad cada día. ¿Serán capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días los que han corrompido nuestro sistema político? Tristemente me temo que sí. Encontrarán buenos abogados y refugios en paraísos fiscales, cuando hablan sin pudor de millones de euros, olvidando que más de media España afortunada que tiene trabajo o está jubilada subsiste con sueldos inferiores a los mil euros.

Todos en la vida pilotamos alguna vez familias y proyectos; todos bombardeamos y sufrimos ataques; todos sabemos lo que son heridas físicas y morales; todos sabemos ponernos en cola del enemigo; todos sabemos disparar, tocar y hundir. Sólo un resorte moral, la ética, nos permitirá obrar bien en cada situación, tomar decisiones con dignidad de conciencia.

Hace unos días, con motivo de unas jornadas dedicadas a las enfermedades raras celebradas en Menorca, nos daba una lección de ética Xavi Torres, un conocido medallista paraolímpico nacido con discapacidades en nuestra hermana Mallorca. Nos contó las veces que ha tenido que decidir entre la inacción y la dejadez refugiado en sus limitaciones y el coraje y pundonor para sobreponerse a ellas.

Todos nos enfrentamos constantemente a disyuntivas. Y nuestras decisiones entrañan renuncias. Stigler renunció, a lo mejor, a una condecoración o a una barra más en su palmarés de aviones abatidos. ¿Cuántas horas dedicó metido en el agua Xavi Torres antes de ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92?

No hay otro camino, hoy, que el del coraje y la resistencia ética. Por mucho que los prostituyan, prevalecerán. Pero realmente estamos en guerra .Y las guerras hay que ganarlas.

Publicado en “La Razón” el 8 de febrero de 2013


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