Archive for febrero, 2013

La nueva “Grandeur”

sábado, febrero 23rd, 2013

Lo resumía recientemente en estas mismas páginas Luis del Val con su habitual maestría, bajo el título «defender la civilización». Reflexionaba, fija su mirada, sobre la fotografía de una militar francesa –digna, bella, labios fruncidos– a su llegada al aeropuerto de Bamako la capital de Mali: «Menos mal que a la angustia de esta chica con su macuto y su agitación a la espalda, le acompaña la dignidad de su país, Francia, que sabe que la decadencia comienza cuando el miedo y la irresolución sustituyen al temple y la valentía».

François Hollande prometió en su campaña electoral un «no a la guerra», pero en su momento ha sabido reaccionar como responsable hombre de estado. Y si destaco en él una virtud, es que ha sabido rodearse de gente valiosa. Conozco a algunos de sus generales, sé de su formación y experiencia. Aprendieron de sus mayores los fracasos de Indochina y de Argelia. Conservan un amplio conocimiento y respeto por el África francófona.

De ahí, que cuando estalló el conflicto en Mali, el pulso de Hollande –para sorpresa de muchos– no temblase. Vino a decir, «sé que no cumplo con lo prometido, pero hago lo que tengo que hacer». La frase nos suena.

Constato esta nueva etapa de «grandeur» francesa y me alegro. No es la imperialista de Napoleón I que nos invadió, ni siquiera la remanente de su sobrino Napoleón III que a cambio de un diploma honorífico de «gran potencia» nos embarcó en aventuras como la de Cochinchina o la de México.

Tampoco es la Francia que junto a Inglaterra se repartió el continente africano, dejándonos a nosotros un quebrado y levantisco rincón que nos dio no pocos problemas.

Tampoco es la virtual «grandeur» con que De Gaulle intentó reanimar la maltrecha alma francesa herida por la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Sabía de sobra el general que no había tanto resistente como afloró en 1945, pero lo consiguió aun a costa de enfrentarse con sus libertadores norteamericanos, de echar el Cuartel General de la OTAN de Saint-Germain-en-Laye, desde entonces en Bruselas. Aun a costa de su enorme esfuerzo nuclear que certificaba con la «force de frappe», su autonomía disuasoria.

No deja de ser curioso, repasando esta evolución, que hoy en Tarfaya, nuestra antigua Villa Bens, bautizada así en homenaje al capitán Francisco Bens, Mohamed VI y Hollande se asocien para montar el mayor parque eólico de África, capaz de producir 350 megavatios. Como también no deja de ser curioso que Siemens monte los enormes autogeneradores en las playas de El Aaiun. Es decir, que las zonas desérticas y ventosas que nos concedieron las grandes potencias como resto en el reparto de Africa, son hoy potenciales focos de riqueza.

Hollande gobierna una República en la que los programas de la izquierda y los de la derecha se confunden, muy al estilo norteamericano y, me atrevo a decir, muy al estilo inglés. Vemos a una izquierda menos dogmática alejada de los viejos planteamientos doctrinarios del Partido Comunista francés e incluso de las utopías del mayo de 1968. Esta República tiene fundamentos sólidos apoyados en una amplia clase media, pero sobre todo en una base cultural y en una educación no fragmentada en taifas como aquí. Así conservan referentes claros como el patriotismo, su himno nacional, su bandera –«les couloirs»–,su herencia histórica resumida en tres palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Por supuesto es inconcebible que silben en un estadio a su Marsellesa, cuando aquí sí sucede, cuando no nos atrevemos siquiera a ponerle letra a nuestra Marcha Real.

Todo este bagaje lo han exportado y lo siguen transmitiendo.

En Mali han dado un ejemplo valiente de liderazgo y de responsabilidad. Han demostrado habilidad diplomática en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en la Unión Africana y en la propia Europea. Y no digamos cómo ha reaccionado su opinión pública. Aquí hubiéramos montado otro festival goyesco con pegatinas y pancartas pregonando el «no a la guerra». Menos mal que no se han enterado de que tenemos un Hércules por aquellos andurriales. El apellido del C-130 lleva a alguna confusión y despiste.

Hoy el eje Madrid-París nos parece más próximo y en mi opinión es fundamental y no sólo para acabar con los rescoldos ensangrentados de ETA. Entre la Europa rigurosa –en muchos sentidos con razón– y la Europa que necesita una reactivación económica con tintes sociales, estar junto a esta Francia es positivo para nosotros.

Es otra «grandeur», pero más cercana. Yo me atrevo a decir que más sana que las históricas. Ellos han sabido aprender de sus errores. Ellos viven con mayor intensidad la confluencia de culturas diferentes. Ellos saben que hoy, sin esfuerzos comunes no se llega a ningún sitio y que sólo una fuerte base cultural y social puede sostener al Estado de Derecho contra las agresiones. ¡Es su «grandeur»!

Publicado en “La Razón” el 20 de febrero de 2013


Papeles pintados

viernes, febrero 15th, 2013

Al buen coronel agregado militar de la Embajada de Nicaragua en Madrid le conocíamos como «chino» Quant. Habíamos coincidido en su país en 1990, él como comandante de una región militar cuya cabecera estaba en Nueva Guinea, yo como responsable de la desmovilización de 6.000 efectivos de la «contra nicaragüense» concentrados en un pueblo de su jurisdicción, El Almendro, en el marco de la Misión de Naciones Unidas para Centroamérica (Onuca). De allí nació una leal amistad.

Antes de dejar su destino diplomático en Madrid, me hizo llegar una bella tela representando un árbol típico de su país –el Palo de Maliche– plasmado a espátula en un paisaje de Estelí, ciudad del norte nicaragüense. El donante y autor era Byron González, pintor reconocido en Holanda y en Alemania , que quería «lavar» una trama de falsificación de documentos que nos dio serios problemas a quienes servíamos tres años después en El Salvador, en otra misión de Naciones Unidas (Onusal).

¿Qué había pasado? Cuando el proceso de reinserción del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) salvadoreño, se daba por resuelto, estalló –Mayo 1993– en el barrio de Santa Rosa de Managua todo un arsenal de armas y pertrechos que el FMLN –o gentes de uno de sus grupos– había ocultado, en lo que en dura carta del secretario general de la ONU calificó de atentado contra su propia honorabilidad y contra la de la propia organización. En el entramado de aquel «drugstore» terrorista no podían faltar etarras, que sin más preámbulos, la presidenta nicaragüense Violeta Chamorro pasaportó para España en avión militar. No me detendré en el inventario de armas que quedaron al descubierto tras la explosión. Representó casi el 20% del total del arsenal que entregó el FMLN en cumplimiento de los acuerdos de paz. La embajada norteamericana estaba obsesionada con 19 misiles tierra aire y con la procedencia de pasaportes vírgenes supuestamente sustraídos de sus oficinas federales. Los 269 pasaportes usados –muchos españoles– procedían de robos a turistas en La Habana; pero respecto a los otros 40 vírgenes –USA, Gran Bretaña, Alemania Italia y EL Salvador– no había forma de determinar su procedencia. Naciones Unidas no tenía medios para hacerlo y sufrió no pocas críticas que soportamos estoicamente. No podíamos imaginar que eran documentos tan bien falsificados. Byron –mi amigo del cuadro del Palo de Maliche– junto a otros nicaragüenses con indiscutibles capacidades pictóricas, había sido formado en la Alemania comunista para desempeñar estos menesteres. Plena Guerra Fría en la que Cuba y Nicaragua representaban la punta de lanza contra el imperialismo norteamericano. Byron realmente era un artista. Y demostró ser buena gente al reconocer que nos había «puteado».

La historia esta llena de otros ejemplos de falsificaciones que han provocado verdaderas crisis cuando no, guerras.

El Círculo de Bellas Artes de Madrid presenta estos días una muestra del pintor húngaro Elmyr de Hory, otro «figura» que copió a un montón de clásicos como Modigliani y que incluso consiguió que Picasso autentificase como propio un cuadro pintado por él, lo que una vez descubierto revolucionó el mercado de obras de arte. Huído de la dictadura soviética se refugió en nuestra hermana Ibiza. Perseguido en Francia como falsificador, conoció repetidas veces la cárcel pitiusa. Pero, incluso encerrado en ella, montaba festivales con la «jet» del momento, Errol Flynn, Laurence Oliver y Orson Welles incluidos. Su final, digno de un último telón de ópera, correspondió a lo que había sido su vida . Simuló un suicidio para enternecer a las autoridades españolas que estaban a punto de extraditarle a Francia. O bien falló en su cálculo de dosis de pastillas o bien le falló alguien amante y cercano, que no puso todo su empeño en llevarlo a un hospital para un lavado de estómago. Quería falsificar su propia muerte y falló.

Yo no puedo saber si unas fotocopias de documentos contables que han salido a la luz recientemente son reales o son obras de un «artista» como Byron o como Elmyr. Vivimos tiempos en que parece imposible conocer la verdad, en que incluso dudamos de ella. Es el mayor daño moral que nos han hecho una panda de bribones: la pérdida de fe, la duda total, la pérdida de referentes. Es como si todas las brújulas del mundo hubiesen enloquecido por un fenómeno magnético y no supiésemos realmente dónde está el Norte. Porque realmente estamos desnortados, palabra que sabiamente recoge nuestro lenguaje popular.

Unos falsificaron en el marco de una «guerra fría» entre dos potencias –USA y URSS– y quizá obedecían a ciertos estímulos sociales o políticos. Otros falsificaron buscando claros beneficios económicos, sin descartar el morboso encanto de engañar a expertos y coleccionistas. Pero todos nos hicieron vivir en la mentira de unos pasaportes o de unos lienzos. Igual que ahora con unas cuentas. ¿Cuándo sabremos la verdad?

Publicado en “La Razón” el 13 de febrero de 2013

Guerras y ética

viernes, febrero 15th, 2013

Kimbolton es una ciudad del condado de Cambridgeshire situada al este de Inglaterra. Para los españoles, el nombre es significativo: en su castillo murió prisionera–todo coraje y resistencia ética– Catalina de Aragón, la repudiada esposa de Enrique VIII.

Un 20 de diciembre de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, despegaba de un aeródromo militar ubicado en esta ciudad un pesado cuatrimotor B-17 norteamericano. Su misión era bombardear una fábrica de aviones alemanes situada en Bremen. Componían la tripulación, entre pilotos, navegantes y artilleros, diez hombres mandados por un joven teniente, Charles L. Brown.

Consiguieron realizar su misión, pero las defensas antiaéreas alemanas les habían causado serios daños. Había muerto un artillero y seis de los otros tripulantes estaban heridos. Morro y fuselaje del avión estaban seriamente dañados, dos motores habían sido alcanzados y de los dos restantes sólo uno mantenía su potencia. Cuando superando estas dificultades ponían rumbo a la base inglesa más cercana, detectaron la presencia de un caza alemán en cola. Todos pensaron que había llegado su momento, cuando el aparato enemigo se situó en paralelo y no atacó. Se miraron los pilotos, el alemán hizo un gesto con la mano, viró y desapareció. El B-27 llegó como pudo a Norfolk, 250 millas más al noroeste. El teniente contó lo ocurrido a sus superiores, mas estos decidieron ocultar aquel acto de humanidad. Pero Charlie Brown no lo pudo olvidar. Tras años de búsqueda, a finales de los ochenta localizó al piloto alemán, Franz Stigler, viviendo en Vancouver, Canadá. Después de cruzarse cartas y llamadas telefónicas se reencontraron en 1990. El lector puede imaginar la emoción del momento.

«¿Por qué no nos derribaste?» El piloto alemán explicó que cuando se puso en su cola y los tenía en el punto de mira para disparar sólo vio un avión que a duras penas se mantenía en el aire, sin defensas y con la tripulación malherida. No era ningún honor derribarle; era como abatir a un paracaidista en el aire. Stigler tenía clara una máxima ética: «Para sobrevivir moralmente a una guerra, se debía combatir con honor y con humanidad; de no ser así, no serían capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días». Durante años, compartieron su experiencia. En 2008 con pocos meses de diferencia, fallecieron de sendos ataques al corazón. Franz Stigler tenía 92 años y Charlie Brown, 87.

Esta emocionante historia me la manda un amigo lector. Nunca podré pagar los apoyos en ejemplos e ideas que me facilitan mis lectores, en un intento de apoyar la línea de esta tribuna. Por supuesto también llegan críticas, que respeto y valoro. Constituyen mi «toma de tierra» con la realidad. A todos les debo el estímulo que necesito para seguir escribiendo, porque hay días en que uno preferiría esconderse bajo las alas y no ver, ni oir, ni sentir.

Utilizo este ejemplo cuando nuestra sociedad, sometida a presiones de guerras políticas y sociales, necesita que le hablen de confianza, de fe, de gestos positivos. Hoy, el que pilla un avión maltrecho sin discusión lo remata. Esto de combatir con honor y humanidad queda para los sermones dominicales, a pesar de que amplios sectores de nuestra sociedad dan ejemplo de humanidad cada día. ¿Serán capaces de vivir consigo mismos el resto de sus días los que han corrompido nuestro sistema político? Tristemente me temo que sí. Encontrarán buenos abogados y refugios en paraísos fiscales, cuando hablan sin pudor de millones de euros, olvidando que más de media España afortunada que tiene trabajo o está jubilada subsiste con sueldos inferiores a los mil euros.

Todos en la vida pilotamos alguna vez familias y proyectos; todos bombardeamos y sufrimos ataques; todos sabemos lo que son heridas físicas y morales; todos sabemos ponernos en cola del enemigo; todos sabemos disparar, tocar y hundir. Sólo un resorte moral, la ética, nos permitirá obrar bien en cada situación, tomar decisiones con dignidad de conciencia.

Hace unos días, con motivo de unas jornadas dedicadas a las enfermedades raras celebradas en Menorca, nos daba una lección de ética Xavi Torres, un conocido medallista paraolímpico nacido con discapacidades en nuestra hermana Mallorca. Nos contó las veces que ha tenido que decidir entre la inacción y la dejadez refugiado en sus limitaciones y el coraje y pundonor para sobreponerse a ellas.

Todos nos enfrentamos constantemente a disyuntivas. Y nuestras decisiones entrañan renuncias. Stigler renunció, a lo mejor, a una condecoración o a una barra más en su palmarés de aviones abatidos. ¿Cuántas horas dedicó metido en el agua Xavi Torres antes de ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92?

No hay otro camino, hoy, que el del coraje y la resistencia ética. Por mucho que los prostituyan, prevalecerán. Pero realmente estamos en guerra .Y las guerras hay que ganarlas.

Publicado en “La Razón” el 8 de febrero de 2013


Cien mil

lunes, febrero 4th, 2013

Podrían ser los euros distraídos en el último caso de corrupción política. Pero no. En nuestra historia reciente hablamos tristemente de cantidades muy superiores.

Nos suena más al número de franceses que al mando del Duque de Angulema nos hicieron la gracia de consolidar la monarquía de Fernando VII, pocos años después de que los ciudadanos de las Españas peninsular y americana, se dejasen la piel luchando contra Napoleón, en defensa de una patria en la que la monarquía seguía siendo considerada un pilar fundamental. Fueron los Cien Mil hijos de San Luis. No hay acuerdo sobre si eran más o eran menos. Da igual. El efecto disuasorio se consiguió, e iniciamos una década (1820-1830) que intentó borrar las libertades que recogía la Constitución de Cádiz de 1812, a la que no hubo más remedio que apellidar “ominosa”.

De la estrategia disuasoria referida a multiplicar el número de combatientes hay muchos ejemplos en la historia militar. Queipo de Llano en la Sevilla de julio de 1936, hizo desfilar a unos mismos legionarios, primero a pie, cabra al frente; luego en camión cómodamente sentados; luego a caballo tras una rápida requisa en la zona. Poco faltó para hacerles desfilar de nazarenos, pero “la caló” y la fecha no lo aconsejaron. No obstante, el efecto disuasorio fue inmediato, como bien conoce el lector.

Cien mil. Nos referimos a la Ley de Unidad de Mercado que intenta poner fin a la metástasis legislativa que ha sufrido nuestro país desde la Transición. Con razón decía un magnífico editorial de este periódico: “mientras las leyes aprobadas por los “lander” alemanes durante los últimos 30 años –fusión de dos estados incluida– no superan las once mil, las dictadas en España en el mismo tiempo son cien mil. Es decir, que hemos legislado diez veces más que una república federal más extensa y con el doble de población. Pero hay otra consecuencia y no sólo cuantitativa. Con tanta ley, nunca habían proliferado tanto los escándalos económicos, nunca la sensación de corrosivo fraude generalizado se había impregnado en nuestra vida social. Yo creo que desconfiamos incluso de los honestos, que los hay y muchos. Una portada de periódico o dos minutos de telediario pueden presentarnos flujos y reflujos de escándalos sin fin. Tras uno que afecte a un partido, aparecerá otro del contrario; si se ataca a una conducta, siempre hay excusa para decir que es un ataque político. No se sabe si es revancha o desquite o es simplemente una información veraz y trabajada. Pero hasta de estas informaciones, también desconfiamos. La sociedad piensa que lo primero que hay que conseguir es que el ladrón de bienes públicos devuelva inmediatamente lo robado, no a los catorce o dieciséis años. Y más de uno piensa que habrá que acabar como en algún país oriental en que se asocia al ladrón con la mano amputada. Aquí no darían abasto las ortopedias.

Además, entre la maraña de las cien mil normas, vegetan jurisprudencias del Supremo y del Constitucional, disposiciones transitorias y adicionales, leyes de acompañamiento de los presupuestos, que constituyen verdaderos laberintos jurídicos. Se modifica y se vuelve a modificar de acuerdo con la opción política del momento y se abandona la buena práctica de refundir en un solo texto, cerrado a fecha concreta, porque sencillamente no se da abasto. Y el más listo , el que sabe extraer de una ley “porque la hicimos nosotros” lo que puede beneficiarle a él o a su partido, saca los réditos que quiere. Y, a poco que pueda, pasará del negocio público al privado.

El Derecho romano nos transmitió una sentencia sabia: “Plurimae leges, corruptíssima republica”. Es decir, “mucha ley, corrupción en la cosa pública”. Todos tenemos parte de responsabilidad en este Estado. Por supuesto unos más que otros. Otros, que no han hecho mas que trabajar, cumplir y servir a su sociedad, no a servirse de ella.

Ya que hemos citado a Alemania, recuerdo una de las claves de su estabilidad política y social sin llegar a la necesidad de cortar manos: la separación de poderes. Incluso su Tribunal Supremo está físicamente lejos de Berlín. Mientras en España el Poder Judicial esté claramente contaminado por los otros dos poderes –Ejecutivo y Legislativo–, las sentencias serán eternamente recurribles, los procesos largamente diluidos con la excusa de la seguridad jurídica. La pirámide judicial constituida por jueces y fiscales dependientes de quien les nombró, carece de la libertad necesaria para juzgar. ¡Es todo el sistema el que hay que reconstruir! Bien lo saben cientos de buenos jueces –no necesariamente con estrella– que trabajan día a día impartiendo justicia.

No es cuestión de llevarse el Supremo al Caminomorisco de Marañón. Es cuestión de tomarse en serio, cómo refundimos con eficacia, cien mil leyes.

Publicado en “La Razón” el 1 de febrero de 2013