El aplauso

La palabra procede del latín «applaudere» y se define como «expresión de aprobación mediante palmadas, para crear ruido». Es una forma no verbal de comunicación de masas, indicadora de la opinión media del grupo. En Roma se contrataba a personas para aplaudir en algunos actos. Y todos sabemos lo que significa la palabra francesa «claque», hoy muy empleada en programas televisivos.

Del aplauso se hace hoy abuso. Se aplaude hasta en ciertos entierros. Los teatros de Berlín prohíben los aplausos durante el espectáculo y antes de la bajada del telón. ¡Serios estos alemanes!

Interesada y demagógicamente ciertos medios y redes sociales han difundido la imagen del actual Capitán General de Barcelona –hoy rebautizado por un ministro vergonzante como Inspector General– presente en el acto de toma de posesión de Artur Mas como president de la Generalitat. La fotografía corresponde al final del acto y recoge en primer plano al Ministro Montoro y al ex President Montilla aplaudiendo sin convicción, de oficio, mirando cada uno a un horizonte indeterminado. Detrás de ellos, digno, mirada penetrante, aparentemente relajado, el General se mantiene inmóvil. No aplaude.

Imagino todo lo que pasaba por su cabeza. Conozco lo que es cruzar entre una muchedumbre vocinglera y amenazante atrincherada en el anonimato. Lo he conocido en Barcelona y en un pueblo del Magdalena Medio colombiano. Pero otros generales lo han conocido en Granada o en Palma de Mallorca. Y se han plantado.

Desconozco en cambio lo que es llegar a un acto institucional en el que la imagen de S.M el Rey, que lo es constitucionalmente de todos los españoles y además Jefe de las Fuerzas Armadas, esté tapada con una cortina negra. Tampoco sé lo que es escuchar, cara a cara, de frente, frases disolventes y/o excluyentes. ¡La palabra y el incierto e imprevisible eco de sus interpretaciones, mi General!

Siempre he repetido que los miles de españoles que ayudaron a pacificar la ex Yugoslavia regresaron vacunados de nacionalismo excluyente. Muchos recordamos que unas palabras pronunciadas por el líder político de los serbios en Bosnia-Herzegovina Radovan Karadzic, fueron interpretadas por Ratko Mladic en una macabra operación de «limpieza étnica» que asesinó en Srebrenica a más de seis mil bosnio-musulmanes. No hablamos de las Cruzadas. Hablamos del año 1995 y de un pueblo situado al este de Sarajevo, supuestamente protegido por tropas holandesas de Naciones Unidas. Eso si, se mataba, se quemaba en fosas comunes, porque redimían lo que Mitchael Ignatief denomina «el honor del guerrero» de sus antepasados.¡ Sus antepasados de la Primera Guerra Mundial! Es decir salvaban honores a ochenta años vista! ¡Ya es memoria histórica!

¡Cuidado con las palabras que las carga el diablo!

¿Y pretenden que un General aplauda en estas circunstancias, como las que vive la Generalitat?

He defendido a Cataluña y a muchas de sus gentes por tierra, mar y aire. Tengo allí a entrañables amigos. Si tuviese que priorizar lealtades, sé bien donde las señalaría. He trabajado con empresas serias, con ONG,s responsables, puntuales y sacrificadas; he conocido altos niveles de cultura y generosidad en donaciones.

Ellos sí merecen el aplauso.

Pero reconozco que hoy, manoseada a sabiendas la Historia, convertida la política en finca privada de unos pocos, el panorama general es distinto. Me hiere ver que quienes mienten, saben que mienten y lo hacen y transmiten sólo en provecho propio. ¡Es tan fácil decirle a la gente que mejorará su nivel de vida cuando se libren del yugo expoliador de los demás españoles!

Espero que esta tribuna no anime a iniciativas que ya actuaron en otros casos. Por supuesto yo –que como jubilado no represento ni al Ministerio ni a las Fuerzas Armadas– asumo los cariñosos insultos que me llegarán de un muy buen construido fanatismo. También aparecerán los mismos rasgadores de vestiduras que exigirán al Ministro el cese o arresto del General. Son los mismos que pidieron –y consiguieron– la cabeza del General Mena cuando en una Pascua Militar celebrada en la Capitanía de Sevilla, predijo preocupado lo que vive hoy su compañero de Barcelona. La puso complacido sobre bandeja de plata el ministro de turno, cuando todos conocíamos la catadura moral del denunciante, personaje de doble discurso, famoso en Barcelona por la persecución inmisericorde a la que ha sometido a sus inmediatos círculos laborales femeninos. Porque la corrupción en Cataluña no ha sido sólo económica.

Un último apunte debo precisar. Los militares habitualmente no aplaudimos. Si es ante superiores menos, porque sería considerado un acto de sumisión. Y si aplaudimos, es porque nos consideramos ciudadanos libres y en uso de esta libertad lo hacemos cuando queremos. No hay reglamento que diga lo contrario.

La Historia dice que se esconden más deslealtades y traiciones tras un falso aplauso, que tras un leal y respetuoso silencio. El que hizo suyo el Capitán General de Barcelona.

Publicado en “La Razón” el 2 de enero de 2013

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