Balances y predicciones

Tiempo de balances y de predicciones cuando llega 2013 y parecemos incapaces de transmitir esperanzas e ilusiones. Quienes llevan sobre sus espaldas las difíciles responsabilidades de gobernar refieren objetivos a 2014. Es decir, que el año que se nos viene encima en cuatro días nos pilla desconcertados, miedosos y sin objetivos.

La antropóloga norteamericana Katherine Newman, autora de un libro de éxito, «The Acordion Family», predice que en España habrá una generación perdida como la hubo en EEUU tras la Gran Depresión. «Cuanto más tiempo esté la gente fuera del mercado laboral, mas difícil será que entre»; «el trabajo, el empleo, es el que hace a las personas sentirse ciudadanos; las gentes que sufrieron la Gran Depresión nunca llegaron a ganar lo que ganaron las que tenían cinco años menos, ni se casaron a la misma edad». Amando de Miguel, que ha dejado recientemente su huella en un magnífico trabajo que editará el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) sobre valores y conflictos, entiende que estamos en un momento de estancamiento –económico, demográfico, social– como si se tratase de una nueva Edad Media. Y Enrique Rojas nos dice que hacen falta líderes que transmitan «fortaleza, coherencia, autoridad, entusiasmo y sinceridad», lamentándose de que en la sociedad actual permisiva y relativista, la figura del guía ejemplar –el líder– esté en absoluta decadencia.

¿Qué hacer entonces? No me atrevo a aconsejar, querido lector. Creo saber dónde asirme, pero dudo de la firmeza de los enclaves y cimientos que sostienen mis referencias institucionales. Siento que el sistema democrático que nos dimos flaquea en varios frentes. Por un lado, se desvirtúa el papel del voto. Cuando se asienta una mayoría clara en el Gobierno, autonomías o ayuntamientos por libre decisión de los ciudadanos, constantemente se socava ésta, bien en forma de manifestaciones, de huelgas, de pulsos y retos, de amenazas, o incluso en recursos judiciales o inconstitucionales. Apelaciones ante una Justicia que alguna vez da pocas muestras del necesario equilibrio que le marca nuestro ordenamiento. Y se jura o promete «cumplir y hacer cumplir la Constitución», para –a reglón seguido– ningunearla, violarla o interpretarla a libre antojo o conveniencia. Se exige a las mayorías votadas consenso, responsabilidad, reparto de poder, cesión constante de sus obligaciones y responsabilidades. Y quien esto exige, olvida sus responsabilidades y la situación dejada en etapas anteriores. Como si una campaña electoral y unas promesas incumplidas –en lo de prometer todos los partidos son más que generosos– separasen completamente dos etapas de gobierno que deberían ser coordinadas y solapadas, si en ellas prevaleciese el bien común y el servicio a toda la sociedad, por encima del bien de los partidos.

Los momentos de crisis son difíciles para todos. Y máxime cuando hay desunión, que llega a alcanzar el corazón de las propias formaciones políticas, porque saltan los protagonismos, las procedencias, las afinidades, incluso los egoísmos. Porque de esta desunión –pienso en cualquier matrimonio nuestro– nacen los conatos de emancipación de los hijos, nacen las corrupciones y los escándalos, se envenena la Justicia, se trastoca el fin último de la Educación, que es la formación de las nuevas generaciones, y se utilizan los alumnos como escudos reivindicativos, lingüísticos, políticos o sindicales. Hay días en que parece que toda nuestra sociedad hierve: huelgas en los hospitales públicos, en la enseñanza, en la Justicia, en el metro y en los autobuses y trenes. Mientras, se producen errores judiciales graves, campan por sus respetos bandas de delincuentes por Girona o por los alrededores de Valencia y no sabemos si nos quedaremos durante seis horas rehenes en un vagón de metro a merced de no sé qué reivindicación laboral. Todo se mezcla y dificulta nuestra vida. Mata las ilusiones necesarias para pensar en un «feliz 2013» que repetimos estos días.

¿Cómo llenamos este vacío de un año? Con tesón, con sacrificio, con trabajo, con generosidad, pero también –sacando fuerzas de flaqueza– con ilusión, con optimismo, con fe. Para ello es fundamental que nuestra clase política se conjure para unir esfuerzos, para firmar una tregua de doce meses, que dé aliento a una sociedad que lo merece y necesita. El sistema de crítica sistemática, de la negación como método, del constante acoso parlamentario, del desgaste interesado, del agotamiento del adversario por la constante gota malaya de las interpelaciones, las mociones, las preguntas parlamentarias, las recriminaciones y descalificaciones públicas, no sirven en este tiempo. No lo necesita hoy nuestra sociedad. Dese la tregua, que tiempo habrá para iniciar campañas electorales. Es la única forma, entiendo, de poder pensar en 2014 como en un año de una lenta recuperación. Pero para ello hay que cimentar este año anterior que tenemos encima. Sólo así podremos pensar en salir de los riesgos y fatigas de nuestra particular edad media. Y desearnos realmente, un feliz año nuevo.

Publicado en “La Razón” el 26 de diciembre de 2012


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