Nacionalismo particularista

La expresión no es mía y recurro a ella con la misma  prudencia con la que entraría en un campo minado  en el que   los sentimientos actuasen como espoletas sobre razón.

La expuso D. José Ortega y Gasset en una memorable sesión de las Cortes de la República el 13 de mayo de 1932. Es –dijo– «un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades, mientras estos anhelan lo contrario, a saber adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, aquellos  sienten  por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de si mismos».

Hoy, pasados más de 70 años, percibo el eco de sus palabras. Y es por lo menos un referente leer lo que dijo el entonces diputado por León, como lo es lo que respondió el presidente del Consejo de Ministros Manuel Azaña, en las sesiones parlamentarias que llevarían a la aprobación del Estatuto de Autonomía para Cataluña en septiembre del mismo año 1932, tras  arduas discusiones sobre la identidad de España y sobre el modelo de Estado que se quería configurar.

Ortega habla de la «disociación perdurable» que se produce cuando se desencadenan las contradicciones del pueblo particularista. Porque a una parte de él le arrastra un sentimiento y un impulso de vivir aparte; pero al resto, en parte también por sentimiento, pero sobre todo por la razón o por el hábito, le fuerza a convivir con  otros pueblos. Ahí radica la disociación de la vida catalana, dirá Ortega, que intenta dar respuesta a este choque de culturas. «La solución al problema del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un estatuto; requiere un alto tratamiento histórico. Los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse. Un estado en decadencia fomenta los nacionalismos; un estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe». Se podrá o no estar de acuerdo con Ortega, pero su palabra debe servir para serenar ánimos, para reflexionar, cuando menos. Pasa un mensaje a los líderes políticos cuando dice que «necesitan de una imaginación peculiar, el don de representarse en todo instante y con gran exactitud cual es el estado de las fuerzas que integran la total opinión y percibir con precisión cual es su resultante, huyendo de confundirla con la opinión de los próximos, de los afines».

Por supuesto la Cataluña de 2012 no es –gracias a Dios y al esfuerzo de mucha gente– la de 1932. Pero aparecen rescoldos  que no son nuevos. Como no son nuevos los desamores entre el PP y CiU, aunque los hayan provocado otros. No olvidemos lo sucedido  en el  año 2000 cuando los populares obtuvieron mayoría absoluta y se desmarcaron de  los convergentes que les habían dado soporte parlamentario durante la legislatura anterior. Un desfile del Día de las Fuerzas Armadas y las cristaleras de la  Capitanía General –entre otras medidas de presión– pagaron las costas del divorcio.

Lógicamente la sociedad es diferente. Al comienzo de nuestra Transición, de una burguesía dirigente clásica nació una corriente de izquierdas que se arropó  bajo las siglas del PSC y que se adueñó sin grandes dificultades del caladero de votos  procedente  de los flujos  migratorios de la postguerra. Pero poco tenían que ver sus dirigentes –Narcís Serra, Maragall– con los «obreros españoles» –Montilla, Chacón, Corbacho– que en un momento les desbordaron por el flanco del PSOE.

Ahora todo esto se entremezcla: desamores entre CiU y el PP, falta de objetivos cohesionados entre PSOE y PSC, crisis económica, social y de valores, desencanto, indignación, corrupción política, falta de liderazgo. Pura mezcla explosiva. Casi estado fallido. Disociación perdurable.

Por supuesto no debemos consentir que el momento degenere, como degeneró en la España del 32, ni como degeneró en tantas otras ocasiones en las que predominaron las vísceras sobre la razón y la inteligencia.

Es momento de enfriar, de escuchar, de ponerse en la piel del otro. Los medios –pagados o no pagados– tienen enormes responsabilidades. Y los ciudadanos las nuestras, especialmente a la hora de elegir a quienes nos representen. Y debemos saber distinguir entre la algarada callejera, a veces inducida, contagiosa, visceral, del meditado y secreto voto individual fruto del razonamiento y de la prudencia.

Si, comparándolo con la cuadratura del círculo, Ortega creía que el problema de Cataluña «no se puede resolver, sino tan sólo conllevar» arrimemos todos el hombro para «llevarlo con» mutuo respeto y con las soluciones   que nos hemos sabido dar a  lo largo de nuestra Historia.

Publicado en “La Razón” el 1 de noviembre de 2012

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