Archive for noviembre, 2012

Memorias vivas

lunes, noviembre 26th, 2012

Con todo el respeto que me merecen tanto la libertad de expresión como las iniciativas de un buen grupo editorial, la proliferación de memorias vivas me produce un sabor agridulce. Por una parte me alegro enormemente de que un ex presidente del Gobierno «esté para contarlo», oportunidad que no le dimos –pueblo de iconoclastas–  a Prim, a Dato, a  Canalejas, ni a Carrero Blanco, porque poco faltó para que ETA  aumentase la nómina de presidentes asesinados.

Pero por otra parte me preocupa su fondo y trascendencia. Creo que los servidores públicos –estuve en nómina muchos años como tal– no somos dueños personales de informaciones que hemos recibido, ni de las  decisiones que hemos tomado en el ejercicio de nuestro temporal ejercicio del poder. Estoy seguro de que se cumplirán, en el caso del presidente Aznar, persona con enorme sentido de la responsabilidad, normas de confidencialidad o secreto. Pero si las cumple como espero, dejarán de ser completas.
Tampoco se pueden utilizar las memorias transcribiendo conversaciones confidenciales o simplemente informales obtenidas de interlocutores que no saben que serán publicadas a pronto o medio plazo. ¿Hasta qué punto tenemos derechos de autor sobre  las sinceridades o comentarios de otros?

Un último punto se refiere a la objetividad. Poca gente escribe sobre sus errores y sus fracasos, más bien sobre sus éxitos y méritos. Lógica condición humana.

Porque en resumen, una vez superado el primer hervor de las listas de ventas, ¿qué nos queda? La Historia dice que siempre aportan algo bueno, pero su rastro carece de rigor.
César Vidal, con su habitual maestría, entraba recientemente en el tema, en estas mismas páginas. Repetía con frecuencia una palabra: «justificación».

Jenofonte en su «Annabasis» quiere justificar sus servicios como mercenario a Ciro el Joven, Julio Cesar en su «Guerra de las Galias» y «La  guerra civil» manipula y oculta y «aunque siguen siendo un monumento literario, se trata de escritos de propaganda política difícilmente superables», dice nuestro actual Cesar de las letras.

El «Napoleón explicado por sí mismo» en el Memorial de Santa Elena redactado por el Conde de Les Cases es otro ejemplo de subjetividad y justificación. No digamos como lo hacen tanto Trotsky –«Mi vida»– como Hitler –«Mi lucha»– respecto a sus revoluciones. De Gaulle desde la brillantez de su pluma no deja de escribir para una Francia conmocionada a la que se ha mentido desde la firma del Armisticio de Compiegne al final de la Primera Guerra Mundial, hasta bien entrado el siglo XX, en el que comprende que no todos los franceses habían sido resistentes, ni todas las declaraciones de guerra procedían de Alemania. No se puede negar a De Gaulle, parte importante de este espejismo histórico.

Kissinger es otro ejemplo de ocultismo interesado. ¿Creen que habla de Pinochet en sus memorias?

No es frecuente que entre militares modernos proliferen memorias. En cualquier caso son memorias parciales referidas a alguna campaña. Yo destacaría las honestas del coronel Carlos Palanca referidas, engañados por Napoleón III, a la expedición franco-española que conquistó el Tonkín, la más tarde Indochina francesa. También son honestas y completas las del general de la Gándara referidas a la fracasada anexión de la Dominicana a España en 1861. Pero son de muy difícil digestión las del general Fernando Fernández de Córdova sobre la expedición española a los Estados Pontificios cuando protegimos a Pío IX en Gaeta y a punto estuvimos de traerlo a Palma de Mallorca.

De los militares recientes, conozco  la existencia de unas interesantes memorias del general José Faura, un excelente profesional y persona, al que tuve de Jefe de Estado Mayor y el cual me honró con su amistad. Faura que describe su primera etapa en el Protectorado español en Marruecos, prestó a lo largo de su vida importantes servicios no sólo en el Ejército sino en la presidencia del Gobierno en la que se iniciaban unos modestos pero eficaces servicios de inteligencia. Describe, por ejemplo, las gestiones para acompañar a Tarradellas a Barcelona, sin descubrir muchas de las claves que envolvieron aquella buena decisión del presidente Suárez en pleno comienzo de nuestra Transición. El texto no ha encontrado editor, en parte por el escaso valor que se ha dado a la opinión de los militares durante muchos años, en parte porque debido al respeto que tenemos a la confidencialidad de la que hablaba al principio, no ponemos quizás  el morbo suficiente para hacer atractivo un texto al gran público.

Un amigo socarrón que comenta regularmente mis tribunas, alguna vez con sana pero agresiva crítica, añadirá seguramente: «Estás en contra de las memorias, porque nadie te ha ofrecido 800.000 euros, como le ofrecieron a otro político». Y le contestaré: tampoco me lo creo. ¡Hasta en los contratos y listas de ventas pueden ser subjetivas –justificativas– las memorias vivas!

Publicado en “La Razón” el 22 de noviembre de 2012

Retrovisores y camas

viernes, noviembre 16th, 2012

Hoy jueves  15 de noviembre debía comparecer el general David  Petraeus ante el Comité de Asuntos Exteriores del Congreso para informar sobre la muerte del embajador americano en Libia, Chris Stevens, y cuatro de sus hombres, ocurrida en una fecha muy significativa, el pasado 11 de septiembre. No comparecerá, como sabe el  lector. No pudieron con él en Irak ni en Afganistán, bien que lo intentó Al Qaeda. Pero no ha podido resistir el  asalto más sutil y traicionero urdido contra sus  trincheras de Virginia  desde donde dirigía   la Central de Inteligencia (CIA). Una carta anónima en el «New York Times» de julio, un reciente reportaje en «Newsweek» una información de Fox News y una supuesta información del FBI de abril desvelando unos correos electrónicos han envuelto con su manto mediático el cese/dimisión del general. Aparentemente, las causantes tienen nombre y apellido. Una de ellas, veinte años más joven que el General,  atractiva, con una excitante carrera  mitad misterio, mitad ambición. Graduada en West Point, oficial de inteligencia experta en operaciones antiterroristas, en situación de reserva del Ejército,  habría conseguido asomarse como investigadora al  mundo del liderazgo y de la contrainsurgencia, del que el general  era  un reconocido experto. La otra podría ser otra amiga, cristiana maronita de origen libanés, relacionada con el  Comando Central Norteamericano ubicado en Tampa,  que también  mandó  Petraeus.  No descarten que si continúa la serie aparecerá en un barrio de Kabul alguna menor afgana –lo de menor es importante para  aumentar el morbo– seducida por el poder  del virrey americano.

¿Qué puede esconder este lío de faldas? Dejando aparte la doble moral de una sociedad en la que no pocos presidentes y señalados próceres se han distinguido por su promiscuidad, la clave puede estar en ciertas aproximaciones del general con la candidatura republicana –que ha perdido las elecciones y puede haberlo arrastrado en su derrota–, pero sobre todo, en los trágicos acontecimientos ocurridos en Bengasi, en los que perdió la vida el embajador  Stevens. La versión oficial habló de la  incontrolada furia  de unas turbas  indignadas por la difusión de un vídeo blasfemo contra el profeta. En plena campaña electoral, fue considerada como  la versión oficial políticamente más correcta. Pero  toma cada día mas fuerza la hipótesis  de que el ataque fue perpetrado en  fecha tan señalada por un fuerte comando de Al Qaeda en represalia por la muerte de Bin Laden en tierras pakistaníes. Las turbas que se mostraron en imágenes tomadas por teléfonos móviles se presentaron en las ruinas del consulado después del ataque de Al Qaeda y de que un grupo de agentes de la CIA hubiera conseguido evacuar a los empleados a una finca que  el embajador había alquilado previamente para una contingencia similar y que también fue atacada posteriormente  por el comando de Al Qaeda. Una petición urgente de cobertura militar solicitada desde que se escucharon los primeros disparos de los asaltantes sobre las 21:40 fue, al parecer, denegada. Petraeus declaró  rotundo que no fue la CIA  la que negó ayuda en Bengasi. La orden tuvo que venir de alguien superior. Y este alguien superior no podía ser otro que el  presidente en funciones y candidato a  la reelección. Alguien le convenció, o él mismo tomó la decisión de que no era «políticamente correcto» mezclar Al Qaeda en  un momento electoral  aún incierto. Por supuesto, con la información que tenemos, no es fácil saber exactamente lo que pasó. Ni tampoco asegurar que podría haberse evitado la muerte del embajador y de cuatro de sus colaboradores. Pero algo no encaja. Lo que sí auguro es que el tema no ha tocado fondo. Que la mayoría republicana en la Cámara de Representantes no va a aceptar que sólo sea un problema de faldas. Lo que me duele es la posible manipulación. Lo que me duele es que en una campaña electoral sirva todo y que la política devore  a  gente de experiencia y valía. No será  Petraeus  el único general «arrastrado» por la derrota republicana. No gusta al «stablishment» político americano actual ver a uniformados merodeando la casa Blanca. Me duele que, para justificar decisiones y conductas, se recurra al barro de las debilidades humanas, aunque estuviesen archivadas desde abril. La cuestión es ganar unas elecciones «caiga quien caiga» porque, una vez consolidado el poder, todo es más manejable. ¡Nada nuevo bajo la capa del Señor!

Petraeus había escrito  doce reglas sobre el liderazgo que eran todo un referente para los expertos e interesados en el tema. La quinta dice textualmente: «Todos cometemos errores; la clave es reconocerlos y admitirlos, aprender de ellos ; desmontar el espejo retrovisor; seguir adelante y no volver a caer en ellos». Mientras el general desmontaba el retrovisor, alguien decidió  y supo lo que en nuestro lenguaje popular llamamos «hacerle la cama».

Publicado en “La Razón” el 15 de noviembre de 2012

Prim en el Círculo

viernes, noviembre 16th, 2012

Acudía anteayer al Círculo Ecuestre de Barcelona  para hablar del general Prim, «de voluntario liberal a Ministro de la Guerra».

La conferencia, que formaba parte de un ciclo organizado por la Sociedad  creada para conmemorar el bicentenario de su nacimiento (1814-2014), había sido programada hace unos meses. Bien intuía que el análisis de la Hoja de Servicios que comprende 37 de los 56 años de la vida del General de Reus pasaría a segundo término y que tanto las preguntas de la Prensa presente, como las  de los asistentes,  girarían en torno a la situación actual que se vive en el Principado. No lo habíamos previsto. Siempre me acuerdo de la frase del  premio Nobel  Ivo Andric, el hombre que nos ayudó a comprender, allá por los noventa, lo que ocurría en una Yugoslavia que se desmoronaba. En su obra «Un puente sobre el Rio Drina», nos dijo: «la más deplorable y más trágica de todas las debilidades humanas reside indudablemente en una incapacidad total de prever, incapacidad que está en marcada contradicción con tantos dones, conocimientos y artes».

Sabía que las cuestiones girarían sobre posibles reformas de nuestra Constitución, sobre referendos, sobre quién instigó el magnicidio del General  y el interrogante de siempre:¿Qué hubiera sido de España si la monarquía de Amadeo de Saboya, apoyada en su prestigio, se hubiese consolidado? ¿Viviríamos hoy la misma situación? ¿En qué se distinguía Prim de otros generales de su tiempo como O´Donnell o Espartero?
Y surgían las contestaciones sobre lo incierto de quienes lo asesinaron, aunque las pistas sean claras. Se comparaba el magnicidio con el de Kennedy, a la vez que no podíamos dejar de recordar los que  le siguieron en España: Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero Blanco. Como si el asesinato de nuestros jefes de Gobierno fuese una macabra  hoja de ruta en nuestra historia.

Hablamos del Prim, que tras la muerte de Fernando VII vivió las sucesivas caídas de la Regente Maria Cristina (1840), del Regente Espartero (1843), de  la propia isabel II (1868) y que continuó tras su propia muerte, con Amadeo de Saboya, la Primera República,(1871), la segunda Regencia de Serrano, hasta la de Alfonso XIII en 1931. Y bien saben que no acabaron aquí nuestras tormentas políticas, que  Raymond Carr concreta, integra, relaciona, en el título de su obra «España,1808-1936».

Yo asistía como observador privilegiado a los comentarios de los asistentes. A mi lado un inteligente  Enric Juliana, director adjunto de «La Vanguardia», desviaba hábilmente el tema relacionando la fulgurante carrera del Prim , con la diferente pero no menos importante en otros ámbitos, como fue la del Balmes. Pronto se descubrieron  y distinguieron los asistentes de Reus y de Vich. ¿Qué hubiera pasado si siguiendo los consejos del autor del «Criterio»,  se hubieran unido en matrimonio la rama isabelina, con la rama carlista de los Borbones? ¿Hubiera hecho falta la espada de Prim en la Primera Guerra Carlista?

Entonces surgió  de la voz de varios asistentes una preocupante constatación : «En la familia, en el trabajo, hemos acordado no hablar de política; cada vez que surge el tema de la situación catalana, nos desunimos, nos acaloramos, acabamos mal».

Por supuesto me preocuparon  estas aseveraciones. ¿Hemos perdido la capacidad de dialogar, que en resumen es una falta de libertad? ¿No sabemos ya ponernos en la piel del otro? ¿Creemos realmente que nuestras verdades, son verdades absolutas? ¿Tenía razón Sófocles cuando nos decía «para quien tiene miedo, todo son ruidos»?

Recordaba las gestas de Prim desde su bautismo de fuego en agosto de 1834 en Triaxet hasta el gesto arrollador de Castillejos, enardeciendo,  arrastrando, liderando a sus hombres. Recordé que había sido herido en combate 8 veces en 35 acciones de guerra  cuando aún no había cumplido los 28 años. Pero también fue condenado una vez a cuatro años  y otra a seis de destierro en el archipiélago de  las Marianas del que se libró a punto de zarpar de Cádiz rumbo a Manila. Recordé que había vivido el exilio en Francia, en Portugal, en Alemania y en Inglaterra y que tras sus éxitos creaba un efecto de rechazo en sus superiores que «no veían mal» destinarlo a Ceuta, a Puerto Rico a México o a Crimea. ¿Sigue siendo actual que ciertos líderes políticos «no vean mal» mandar a gente valiosa que les pueda hacer sombra,  a  exilios mas o menos brillantes? ¿No seremos nosotros nuestros propios enemigos, como lo fue Prim despreciando  las heridas que le llevarían a la septicemia y a la muerte?

Caía la noche sobre la Diagonal barcelonesa, ésta sobre la que algunos pintan sombras de miedo. Una viva sociedad como el Círculo Ecuestre se abre  al diálogo, invita a reflexionar, consciente de que hay que regenerar un dañado tejido social. Mientras, otros duermen.  Otros, no podemos.

Publicado en “La Razón” el 8 de noviembre de 2012

Nacionalismo particularista

jueves, noviembre 1st, 2012

La expresión no es mía y recurro a ella con la misma  prudencia con la que entraría en un campo minado  en el que   los sentimientos actuasen como espoletas sobre razón.

La expuso D. José Ortega y Gasset en una memorable sesión de las Cortes de la República el 13 de mayo de 1932. Es –dijo– «un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir aparte de los demás pueblos o colectividades, mientras estos anhelan lo contrario, a saber adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, aquellos  sienten  por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos dentro de si mismos».

Hoy, pasados más de 70 años, percibo el eco de sus palabras. Y es por lo menos un referente leer lo que dijo el entonces diputado por León, como lo es lo que respondió el presidente del Consejo de Ministros Manuel Azaña, en las sesiones parlamentarias que llevarían a la aprobación del Estatuto de Autonomía para Cataluña en septiembre del mismo año 1932, tras  arduas discusiones sobre la identidad de España y sobre el modelo de Estado que se quería configurar.

Ortega habla de la «disociación perdurable» que se produce cuando se desencadenan las contradicciones del pueblo particularista. Porque a una parte de él le arrastra un sentimiento y un impulso de vivir aparte; pero al resto, en parte también por sentimiento, pero sobre todo por la razón o por el hábito, le fuerza a convivir con  otros pueblos. Ahí radica la disociación de la vida catalana, dirá Ortega, que intenta dar respuesta a este choque de culturas. «La solución al problema del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un estatuto; requiere un alto tratamiento histórico. Los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse. Un estado en decadencia fomenta los nacionalismos; un estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe». Se podrá o no estar de acuerdo con Ortega, pero su palabra debe servir para serenar ánimos, para reflexionar, cuando menos. Pasa un mensaje a los líderes políticos cuando dice que «necesitan de una imaginación peculiar, el don de representarse en todo instante y con gran exactitud cual es el estado de las fuerzas que integran la total opinión y percibir con precisión cual es su resultante, huyendo de confundirla con la opinión de los próximos, de los afines».

Por supuesto la Cataluña de 2012 no es –gracias a Dios y al esfuerzo de mucha gente– la de 1932. Pero aparecen rescoldos  que no son nuevos. Como no son nuevos los desamores entre el PP y CiU, aunque los hayan provocado otros. No olvidemos lo sucedido  en el  año 2000 cuando los populares obtuvieron mayoría absoluta y se desmarcaron de  los convergentes que les habían dado soporte parlamentario durante la legislatura anterior. Un desfile del Día de las Fuerzas Armadas y las cristaleras de la  Capitanía General –entre otras medidas de presión– pagaron las costas del divorcio.

Lógicamente la sociedad es diferente. Al comienzo de nuestra Transición, de una burguesía dirigente clásica nació una corriente de izquierdas que se arropó  bajo las siglas del PSC y que se adueñó sin grandes dificultades del caladero de votos  procedente  de los flujos  migratorios de la postguerra. Pero poco tenían que ver sus dirigentes –Narcís Serra, Maragall– con los «obreros españoles» –Montilla, Chacón, Corbacho– que en un momento les desbordaron por el flanco del PSOE.

Ahora todo esto se entremezcla: desamores entre CiU y el PP, falta de objetivos cohesionados entre PSOE y PSC, crisis económica, social y de valores, desencanto, indignación, corrupción política, falta de liderazgo. Pura mezcla explosiva. Casi estado fallido. Disociación perdurable.

Por supuesto no debemos consentir que el momento degenere, como degeneró en la España del 32, ni como degeneró en tantas otras ocasiones en las que predominaron las vísceras sobre la razón y la inteligencia.

Es momento de enfriar, de escuchar, de ponerse en la piel del otro. Los medios –pagados o no pagados– tienen enormes responsabilidades. Y los ciudadanos las nuestras, especialmente a la hora de elegir a quienes nos representen. Y debemos saber distinguir entre la algarada callejera, a veces inducida, contagiosa, visceral, del meditado y secreto voto individual fruto del razonamiento y de la prudencia.

Si, comparándolo con la cuadratura del círculo, Ortega creía que el problema de Cataluña «no se puede resolver, sino tan sólo conllevar» arrimemos todos el hombro para «llevarlo con» mutuo respeto y con las soluciones   que nos hemos sabido dar a  lo largo de nuestra Historia.

Publicado en “La Razón” el 1 de noviembre de 2012