Las frágiles transiciones

Quizá sea pronto para conocer exactamente cómo y por qué se produjeron a mediados de septiembre  los asaltos a las embajadas norteamericanas  en El Cairo y en Bengasi entre otras muchas algaradas. Si, como dijo el presidente Obama, repudiable es la falta de respeto a una fe religiosa plasmada en un film como el de Sam Basile, tampoco son justificables ciertas reacciones. Si alguien no merecía morir en el difícil tránsito de Libia hacia la democracia, era el embajador Cristopher Steven. Es fácil hablar de situaciones «fuera de control» o de echarle la culpa a «simpatizantes del antiguo régimen». También el grupo de fuerzas especiales que rescató a  los miembros de la legación norteamericana en Libia tuvo dos muertos y una decena de heridos.  En resumen, con la prudencia del corto alcance y con la constatación de que cada transición  será diferente, la  «primavera árabe» nacida a finales de otoño del 2010 se aproxima hoy a un preocupante otoño.

El norte de África, y más concretamente el  Magreb, constituyen para España, y por tanto también para Europa, una vecindad clave en términos geopolíticos. No necesito extenderme. Norte continental, que es a la vez orilla sur del  Mare Nostrum que ha conocido múltiples invasiones, imperios, culturas, civilizaciones  y lenguas. Y parece condenado a continuar. Los movimientos de la «primavera»  preocuparon lógicamente  a Occidente. Por una parte surgía una sana corriente democratizadora, por otra se producían  desestabilizaciones de imprevisible control. No podían esconderse viejas corrientes colonizadoras, ni vigentes acuerdos comerciales especialmente en materia energética. Francia apoyaba al presidente tunecino Ben Alí hasta su salida del país en enero de 2011 en que –con hábil cambio– ratificó su fe en la democracia surgida en las «bastillas» tunecinas.

Difícil lo han tenido cancillerías y servicios estatales en archivar o destruir comprometidas fotografías. De esto somos expertos  también nosotros. Y aunque nos parezca imposible, algo se nos ha contagiado de aquellas grandes manifestaciones, como si volvamos a creer que el poder está en unas masas  inducidas y movidas por sentimientos,  más que en el trabajo serio y responsable de unas élites dirigentes democráticamente  elegidas.

La Fundación Olof Palme, de la mano de una incansable Anna Balletbó, reunió recientemente en un viejo monasterio desamortizado a  la Orden de los  Jerónimos  –La Murtra, allá por las alturas que dominan Badalona– a un grupo de testigos de la «primavera», pero bajo la óptica de cómo la viven las mujeres. Se pretendía analizar su estatuto personal y la evolución del derecho de familia y relacionarlo con los sistemas electorales y de representación política. Es decir, reconociendo el valor de la mujer en los cambios sociales, ver en qué forma se materializaba en unas sociedades marcadas por el papel preponderante del varón. Algo así como detectar la salud de los procesos, buscando un diagnóstico  en la situación de la mujer. Junto a diplomáticos, profesores de universidad, periodistas y especialistas y ante un centenar de alumnos de diversas universidades catalanas, se fue desgranando uno a uno cada proceso por parte de invitados –especialmente mujeres– de los países en transición. No es sencillo resumir todo lo expuesto. Pero, constatada la diferente realidad de cada país, sí se llegó a la conclusión de que hablamos de un proceso lento, a medio o largo plazo. Yo creo que los españoles presentes asentíamos. Tras los acontecimientos de las últimas semanas y cuando habíamos sido aplaudidos como ejemplo de transición, éramos conscientes de la dificultad de asentar la democracia cuando no están  bien firmes los cimientos de la economía, de la ética política y del orden de valores de una sociedad. ¡Y llevamos más de cuarenta años!

Se habló del «largo invierno» que precedió a esta  primavera, y  que no quisimos  percibir. Se pusieron ejemplos de la legislación española en los que se  dejó constancia de la «armonía coherente» de la normativa  estatal y autonómica en materia de la mujer, lo que no dejó de sorprenderme  agradablemente, cuando día a día constato  desajustes, pulsos y  desencuentros en otras materias.

«No hay democracia sin igualdad entre  hombre  y mujer» sentenció una contundente  Teresa Freixas, catedrática de Derecho Constitucional, matizando que sólo con las leyes no se cambia una sociedad.

Observador de mi tiempo, con la experiencia de haber estado cerca del sufrimiento de muchas mujeres en Centroamérica y en Bosnia, pensaba en lo que exponían aquellas bien preparadas  tunecinas o argelinas. En sus voces estaba la Francia colonial, también unificadora de cultura, estaba su religión, sus ancestros, padres, maridos, pero también estaban sus hijos. Estos que han tenido acceso a modernas redes sociales y que les han abierto un mundo que no tiene fronteras ni  más barreras ideológicas que las que imponga la sinrazón.

Pensaba en la fragilidad de los procesos, mientras contemplaba las colinas catalanas que  rodeaban «La Murtra».

Publicado en “La Razón” el 4 de octubre de 2012


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