Arbitrar

Aunque no nos conozcamos personalmente, entre quienes nos asomamos semanalmente a esta Tribuna hay cierto reconocimiento y complicidad. No nos ceñimos a la noticia del día, sino que intentamos extraer de ciertos hechos en apariencia sencillos, algunas reflexiones. Anteayer, el magistrado José Luis Requero analizaba desde su privilegiado observatorio unos modelos  de jueces empeñados en  ser diferentes a la gran mayoría de buenos y bien preparados profesionales que forman la carrera judicial. La Justicia –al igual que los ejércitos– también ha sufrido los embates de modelos políticos partidistas, más proclives al control del poder judicial para extender su influencia o para archivar sus debilidades, que al servicio general a la sociedad que es lo que les asigna todo un Título VI de la Constitución.

Habla Requero de «jueces arguiñano» –explican paso a paso cómo cocinan sus sentencias–, de «jueces concursantes» empeñados especialmente no en juzgar, sino en «dar respuesta a» y de quienes se apropian indebidamente de la toga en claro abuso del cargo para hacer patente su ideología, de la mano de sentencias estilo «cartas al director», «sentencias manifiesto» o «sentencias twiteras». Ataca el magistrado especialmente este último modelo, sometido a la prisa, al juicio del telediario o a la inmediatez de las redes sociales. Todo produce en nosotros una situación de permanente guardia, de juicio acelerado, más sustentado por vísceras  que por la  inteligencia. Y este efecto tiene el gran inconveniente de que puede ser manipulado. Y nos acostumbramos a vivir en la precipitación, en la noticia mal digerida, en la saturación de información. Algún día alguien sabrá explicar qué efectos tiene este sistema en el progresivo pesimismo en el que vive nuestra sociedad.

Bajando de nivel, con los pies en el suelo –en este caso en el césped– me referiré a otro tipo de juez, el árbitro de fútbol, que también asume responsabilidades porque una decisión suya puede tener efectos incontrolables en las decenas de miles de personas que asisten a un partido, cuyos gritos contagiosos o inducidos le presionan desde horas antes del encuentro. Pensaba en todo esto, cuando el colegiado vasco Delgado Ferreiro dirigía el último Barça-Madrid. Intuí una clara toma de conciencia de la situación, cuando a punto de sortear los campos le saludó Iker Casillas, en tanto aguardaban la llegada del otro capitán, el copremiado Príncipe de Asturias, Xavi Hernández. Árbitro y portero se dieron la mano y se miraron como diciendo, ¡Menuda hay armada aquí! Pero a lo largo del vibrante encuentro Delgado Ferreiro dio ejemplo de lo que debe hacer un buen juez. Cuando parecía que nos jugábamos la esencia de España y ante las dramatizaciones escenificadas por chilenos, portugueses, alemanes, argentinos, franceses y algunos españoles, el juez no entraba al trapo, contagiado por la supuesta violencia dirigiéndose al lugar de autos, sin pose de justiciero ni de  juez estrella. Silbaba, acudía tranquilo, escuchaba a sus auxiliares, mientras procesaba su decisión. Y señalaba la falta, juzgaba. Imagino que las escuelas de árbitros harán de su «faena» clase práctica.

Son muchas las acepciones de la palabra arbitrar: mediar, decidir, interceder, intermediar, conciliar, terciar en un grupo. Pero también, intervenir, resolver, fallar, sentenciar, dictaminar. Todo se engloba en el trabajo de un juez o de un árbitro. Cada uno en su difícil terreno. Porque del arbitrar puede nacer lo arbitrario, acepción negativa recogida incluso por nuestra Constitución en uno de sus primeros artículos, el 9.3, que garantiza el principio de legalidad y proscribe «la arbitrariedad de los poderes públicos» restrictivos de derechos individuales y de seguridad jurídica de los ciudadanos. Sólo en otro artículo –el 56–  aparecerá arbitrar, cuando señala que «el Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes».

Difícil mundo el de juzgar, el de arbitrar. Porque no sólo exige condiciones técnicas especiales, sino también una madurez y un saber estar poco comunes. Pero vivimos un mundo en el que la precipitación, la última hora, el juicio gratuito, la fama aunque sea efímera, la teatralidad y el cinismo nos llevan lejos de lo que es ponderación, sensatez, profundidad, responsabilidad. Y me temo que sea difícil recuperarlo. Cuando damos más importancia a la metida de pata de un juez que a las miles de horas de trabajo responsable de muchos jueces; cuando nos compungimos por la tristeza de un joven jugador de fútbol que gana en un año más de lo que ganamos todos los que leemos esta  Tribuna, es que algo falla. Acababa el partido, como acaba esta reflexión. Más de uno que bramaba en el segundo 14 del minuto 17 –¡también son complicados algunos ideólogos de hoy!– anhelaba que Delgado Ferreira pitase el minuto 90. ¡También los tiempos juegan… a favor y en contra!

Publicado en “La Razón” el 11 de octubre de 2012

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