Mientras tanto

Mientras  pensamos lo que queremos escribir, tenemos presente el momento, pero sobre todo  a quién nos dirigimos y con qué finalidad lo hacemos. La Razón me permite abrirme a un amplio sector de la sociedad que cree necesario en estos difíciles momentos reforzar una cultura de defensa que busca en el comportamiento de los ejércitos un necesario reflejo de valores, pero no dejo de pensar, como viejo soldado, en quienes sirven hoy en los puestos de mayor riesgo y fatiga. En concreto, en nuestros soldados de Afganistán.

En una Tribuna anterior, analizando la obra del historiador militar inglés John Keegan, citaba al  entonces capitán inglés Paul Leslie, agregado a la Academia de Infantería de Toledo que yo dirigía.  Desde Kabul me ha llegado el eco de mi cita, a través de uno de sus compañeros, un oficial español. Este, destinado  en el  International Joint Commander (IJC) dice estar «muy bien, pero los que están en Qala i Naw llevan días muy duros». Diego Mazón, en este mismo medio, va dando cuenta esta semana del recrudecimiento de las acciones, una vez acabado el Ramadán. Ni el Coronel Cebrián, jefe del contingente, formado en su mayoría por unidades  de la Brigada Paracaidista, se libró de un tiroteo en el valle de Dar-e-Bum.

Y continúa mi corresponsal: «Frente a mi oficina está  la zona de aparcamiento de aviones y helicópteros que traen los heridos y muertos. Americanos vienen a morir una media de quince al mes y entre ejército y policía afganos otros cuarenta; así que el desfile de féretros y ambulancias viene a ser constante, porque también está próximo el hospital ROLE 3». Le honra a mi interlocutor preocuparse por sus compañeros de la provincia de Badghis, pero  Kabul nunca estará exenta de atentados y peligros hasta dentro de un década. Y cuando refiere que «los belgas se están replegando, los noruegos, los italianos… espero que –aunque nos hayan suprimido los permisos de  mitad de misión–, no nos dejen solos con los talibanes, por lo menos hasta febrero de 2013 que espero volver a España».  Es decir que con buen sentido del humor acepta otros seis meses de misión en Kabul, con lo que conlleva de sacrificio familiar y de esfuerzo personal físico y psíquico. Me pareció dura una misión más corta en la Moskitia hondureña allá por los noventa. En tres meses sólo pude mandar a mi familia un telegrama –de los de antes, papel azul y letras impresas en cinta de  telex– dando señales de vida. Hoy tienen otros medios de comunicación. Pero seis meses exigen una fortaleza especial en ellos mismos y especialmente en sus familias.

Mientras tanto, en España unos se pierden entre el calor y las playas, otros se dedican al asalto y al pillaje bandolero, otros medran lascivos socavando el Estado de Derecho prestos al insolidario juego de la escisión egoísta o al macabro pulso de utilizar la enfermedad como palanca  mediática que pueda romper la cohesión de aquél. Poco le importa a la inmensa mayoría lo que les pasa a sus soldados en el exterior. Hace unos años, con el apoyo de una joven comandante piloto de helicópteros –Pardo–, comenzamos un guión para una serie de televisión sobre  la vida de nuestros soldados en Afganistán. Aquello fracasó –imagino– por «falta de interés televisivo». Alguien en un elegante despacho descartó invertir en aquel proyecto. La gente prefiere un guión sobre escándalos relacionados con el sexo o con las drogas antes que meterse en la piel de un soldado que lucha hoy por un asunto que nos puede repercutir mañana y que se resume en dos palabras: «Exportar libertad».

¿Qué compensa? «Lo que sí puedo destacar con orgullo –termina  mi interlocutor– es que todos los ejércitos nos miran con respeto, por nuestra educación, disciplina y buen hacer. Recuerdo cuando era pequeño que todo lo que venía de fuera me parecía mejor; ya de mayor me he dado cuenta de que lo mejor que tenemos somos nosotros, nuestra forma de ser, nuestra cultura que nos empuja a ser mejores que muchos y más responsables».

Algunos hechos  nos duelen. Otros nos animan y ensanchan el corazón, especialmente cuando proceden de una generación que nos ha relevado. Un brillante capitán de fragata destinado en el CESEDEN –Aznar– ha escrito que «considera normal este proceso en el Ejército, donde se produce un aprendizaje parcialmente consciente y parcialmente inconsciente a través del cual la generación de más edad incita, induce y obliga a la generación más joven a adoptar  modos de comportamiento tradicionales, dándole  estabilidad a la institución».

Mientras tanto, ¿qué podemos ofrecerles a los soldados de la ruta Lithium?
Creo pensar avergonzado que en algunos solo desánimo, desconfianza y deslealtad.
Pero en muchos otros, entre los que me sumo, encontrarán siempre respeto, estímulo, agradecimiento  y ánimo.

Mientras tanto, ¡gracias!

Publicado en “La Razón” el 30 de agosto de 2012

Leave a Reply