Sir John Keegan

Para muchos oficiales españoles que pasaron por la Royal Military Academy de Sandhurst y para muchos estudiosos de la Historia, el reciente fallecimiento de John Keegan (1934-2012) es una mala noticia.

«Senior Lecturer» en el prestigioso centro militar, era una muestra más de la selección que hacen los anglosajones de los profesores universitarios que enriquecen sus cuadros de formación de mandos, sistema del que deberíamos aprender en lugar de inventar arriesgadas aventuras docentes más preocupadas por la titulación que por la propia formación de líderes militares.

Un –entonces–, joven capitán inglés, Paul Leslie ,agregado a la Academia de Infantería de Toledo durante el curso 1995-96, me dedicó un ejemplar de la obra de Keegan «The mask of the comand», que al preparar estas líneas tiene para mí un significado muy especial. Realmente a partir de entonces conocí al historiador que relacionaba el liderazgo con el heroísmo, analizando las personalidades de Alejandro Magno , Wellington , Ulises Grant –y Hitler–. En la obra analiza la capacidad de estos líderes para enardecer y arrastrar a sus tropas con una combinación de energía y tenacidad no exenta a veces de crueldad.
En 1976 publicó «El rostro de la batalla» donde explica la guerra desde el punto de vista de un grupo de soldados entre los que muchas veces reina el miedo más que cualquier otro sentimiento. En 1984 publicó «Seis Ejércitos en Normandía» considerada una de las mejores obras sobre el desembarco aliado en las playas de Francia. Dos años después tuvo su primer contacto con un conflicto, cuando «The Daily Telegraph» lo mandó bajo pseudónimo como corresponsal de guerra al conflicto civil que asolaba el Líbano.

En 1993 publicó su «Historia de la guerra» en la que se adentraba en el combate de las legiones romanas, en la guerras santas o de religión, hasta las dos trágicas mundiales del siglo XX. Su eje central de reflexión lo constituye su idea de que «la guerra siempre ha sido un rasgo inevitable de la cultura humana».

Lo curioso es que quien escribió estos tratados, no era soldado, ni tenía la menor experiencia bélica salvo la corresponsalía libanesa. Él mismo lo confiesa: «nunca he estado en una batalla, ni la he escuchado de lejos». De familia católica irlandesa, se trasladó durante la Segunda Guerra Mundial a la Inglaterra rural, donde su padre combatiente en la Primera, custodiaba y formaba a 300 niños evacuados de Londres. A los trece años Keegan contrajo una tuberculosis que le tuvo postrado cinco en un hospital. Ello marcó su vida a la vez que imposibilitó una carrera militar que seguramente habría elegido. Aprovechó para estudiar historia, latín, griego y francés. Con el tiempo aprendería el alemán suficiente para interpretar a Clausewitz, el clásico prusiano más conocido en Occidente, del que respetuosamente disintió en muchos aspectos Keegan, especialmente los que relacionan estrategia con diplomacia.

En el «Rostro de la Batalla», un libro que acertadamente publicó Editorial Ejército en 1990, se detendrá en tres combates muy especiales, Agincourt (1415) en plena Guerra de los 100 años, Waterloo (1815) que representó la derrota de Napoleón y en la de desgaste del Somme (1916) en la Primera Guerra Mundial. Los tres casos que circunscribe a un terreno –en táctica se denomina Teatro de Operaciones– que presenta características propias y particulares. Los críticos le acusarán de analizar sólo victorias inglesas. Pero lo que le preocupa al profesor es el ser humano, no por los grandes movimientos de tropas , sino por los «reducidos, sucios y ruidosos espacios en los que reina el miedo, aunque también pueda brotar el heroísmo». Analiza lo que significa caer herido en un combate y los cuidados que recibe el soldado. Estudia lo que significa caer prisionero de guerra; cómo repercute el liderazgo de los oficiales en el comportamiento de los soldados y cómo influye la psicología de estos líderes en la toma de decisiones. Extrae la idea de que «la historia militar puede enriquecer a las ciencias sociales y a las humanidades». Completamente de acuerdo.

Hay otro aspecto interesante en la obra de Keegan, que es el referido a los servicios de inteligencia militar. Extrae «lecciones aprendidas» del fracaso de la inteligencia inglesa que no evitó que Napoleón ocupase Egipto a comienzos del siglo XIX o que no intuyese el asalto aerotransportado alemán que conquistó Creta en la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario analiza el éxito de una buena inteligencia en la conquista de las Midway y a las acciones contra submarinos alemanes en el Atlántico durante la Segunda Gran Guerra y sorprende cuando relaciona el éxito inglés en las Malvinas «con las excelentes relaciones con los servicios de inteligencia chilenos».

No nos ha dejado un historiador. Nos ha dejado un trozo entrañable de la Historia de nuestro tiempo.

Publicado en “La Razón” el 16 de agosto de 2012


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