Santiago y cierra España

Hace unos días conmemorábamos la batalla de las Navas de Tolosa. Ayer celebrábamos el día de Santiago, patrón de España y a la vez del Arma de Caballería de nuestro Ejército. El grito de «cierra» equivale a trabar combate, embestir, acometer, luchar hasta la victoria. Con  el «Santiago y cierra, España»  vencieron los tres reyes cristianos –Castilla, Aragón y Navarra– a los almohades al sur de Despeñaperros en 1212. Luego utilizaron este  grito de guerra y autoafirmación tercios y legiones españolas por todo el mundo. El Arma de Caballería, fiel al estilo que simboliza, incluye la arenga  en su himno. La frase ha sido interpretada muchas veces como peyorativa, cambiando el lugar de la coma: Santiago, y cierra España. ¡Cierra, España!, porque en plena  crisis  institucional  necesitamos  un referente, un áncora a la que agarrarnos, cuando vemos que el barco navega a la deriva acercándose peligrosamente a los acantilados. Sólo nos queda el recurso de echar el ancla para intentar evitar el desastre. Y este referente sólo pueden aportarlo la legión de patriotas que está dispuesta a sacrificarse, a arriesgar todos los metros de cadena  de que disponen, a arañar con sus manos el fondo rocoso del mar buscando donde agarrarnos.

Y creo sinceramente que para este núcleo duro de gentes dispuestos a jugársela como en Las Navas, las Fuerzas Armadas son un referente. Han demostrado en estos difíciles años ser dignas, sacrificadas, claramente dedicadas a servir a su sociedad, sin crearle problemas  que bastantes tiene. No crean que el tránsito ha sido fácil, porque se ha intentado muchas veces influirnos y desunirnos, convertirnos en instrumento de partidos a  imagen y semejanza de ciertos políticos que sufrimos. No crean que todos  sus miembros callaron. Pero la prepotencia política, el sesgo de nuestras leyes que dan al poder político poder absoluto, los silenciaron por la práctica vía del BOE. Bien saben que todas estas prácticas políticas son de la misma calaña que las que llevaron a construir  aeropuertos  sin aviones y  vías de ferrocarril que no llevan a ningún lugar. Los que asaltaron algunas  cajas de ahorro,  antaño cercanas y benéficas –los montes de piedad de nuestros padres y abuelos– en  guarida de salteadores de caminos. Ahora, todos debemos pagar su rescate. Por supuesto no invoco, ni de lejos, a los «salvadores de la Patria» del siglo XIX. Nunca apoyaría la menor intentona. Nunca aumentaría las preocupaciones de mi sociedad a la que juré servir. Pero si puedo ofrecer el modelo, si convertir en referencia, el uso de unos valores que han sostenido la Institución, en la que incluyo a otras gentes de armas, como a nuestros hermanos de la Guardia Civil y en muchos sentidos a los miembros de la Policía Nacional y a otros cuerpos de Seguridad:  el sentido del honor, el respeto a la palabra dada, la confianza, la puntualidad y exactitud en el trabajo, la lealtad en su sentido más noble, el tesón, el espíritu de sacrificio, la valentía.

Cuando los egoísmos escisionistas predominan, cuando  ha desaparecido la solidaridad entre nuestros pueblos, cuando se depositan capitales y beneficios en paraísos fiscales alejados, cuando no nos inmutamos si  media Europa piensa que somos unos chorizos despilfarradores, sólo nos queda el áncora de quienes tienen fe, de quienes saben lo que es el sacrificio, de quienes no tienen otro objetivo que servir.

A un magnífico coronel de Infantería que mandaba un regimiento de la División Azul que luchaba en Rusia en plena Segunda Guerra Mundial, le mandaron del Ministerio una banda de música formada por medio centenar de  oficiales y suboficiales. El Coronel, falto de mandos intermedios, cambió trombones y trompetas por fusiles y los puso al frente de los pelotones que luchaban en el frente. Hizo bueno aquel viejo lema de «decidir es seleccionar; seleccionar es renunciar». Renunció a la música  y  tuvo que tomar una decisión difícil. Si para ganar la batalla de hoy hay que prescindir de ciertos «músicos», incluso de ciertos «cuerpos de élite» –léase Senado, Tribunal Constitucional, reformas constitucionales o  de leyes orgánicas, reducción de clases partidistas– hay que hacerlo. Como el coronel con los trombones. Y no hablo sólo de capacidad de sobrevivir a la crisis, y de superar la pérdida de confianza en nuestros dirigentes. Hablo de tener fe en la victoria como los tres reyes cristianos en  Las Navas. Porque sin esta fe no saldremos, y viviremos postrados al pie de unos llamados «mercados» que, con nombre y apellidos, en dos días pueden ganar en Bolsa o en primas de riesgo, más que todos los que leemos estas líneas en diez años. ¡Por supuesto no cerramos España, apóstol Santiago! Invocamos tu nombre y cerramos filas frente al enemigo de hoy, luchando en una nueva Reconquista: la de nuestros valores.

Publicado en “La Razón” el 26 de julio de 2012


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