Navas de Tolosa (1212-2012

Con la prudencia que exige el manejar fechas en temas históricos, estos días conmemoramos los ocho siglos de una batalla que ha pasado –entre la realidad y el mito– a ser un referente en nuestra historiografía: la de las Navas de Tolosa librada el  16 de julio de 1212. Es importante no sólo por el resultado de una victoria de coaligadas tropas cristianas sobre las almohades, sino por su repercusión y sus consecuencias. Los reinos cristianos  andaban aún organizando cruzadas –entre la Cuarta y la Albigense– impulsadas por el Papa  Inocencio III,  que utilizaba como armas  para conseguir adhesiones desde el premio de «la condonación de todos los pecados» hasta  la amenaza  de la excomunión. Hablamos de comienzos del siglo XIII, dividido nuestro territorio en no siempre avenidos reinos –Castilla, Aragón, Navarra, León y Portugal– luchando contra  el califato almohade que, desde mediados del siglo anterior, integró  unas debilitadas taifas. Este imperio almohade, tras consolidarse en una muy extensa zona del norte de África, –de Marrakech a Trípoli–, dominaba  media Península desde el sur de  Lisboa hasta Valencia, Islas Baleares  incluidas. El movimiento religioso y político nacido en el Atlas marroquí a comienzos del siglo XII proclamaba el dogma de la unidad divina y  sus miembros seguían estrictamente prescripciones coránicas. Las fronteras  con los reinos cristianos, especialmente la castellana, fluctuaban  al sur del Tajo. La defensa de estas líneas se encomendaron a los Templarios y posteriormente a las Ordenes Militares: Calatrava y Santiago en Castilla, Alcántara en León. En una de estas fluctuaciones, Alfonso VIII era derrotado en Alarcos en 1195 viéndose obligado a solicitar una tregua y al pago de vasallaje.  Un año después, tras tres meses de duro asedio, caía en poder  de los almohades el castillo de Salvatierra, sede central de la Orden de Calatrava. Peligraba Toledo. Éste fue el detonante que obligó a unir fuerzas. Inocencio III llamó a la guerra santa . Parte de la cristiandad europea se movilizó; en la Península, Aragón  y Navarra se comprometieron a apoyar a Castilla, algo que no hicieron León y Portugal. En mayo de 1212 se concentraban en Toledo  los contingentes, sus tres reyes al frente: Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra. La unión de fuerzas permitió  iniciar la  contraofensiva. Se recuperó  Malagón,  Calatrava, Alarcos, Caracuel, Benavente y  Piedrabuena. Pero llegados a las primeras estribaciones de Sierra Morena, el Paso de Losa ocupado por los almohades, cerraba Despeñaperros, al sur del cual , en la actual Santa Elena, acampaba el ejército califal. En una situación de difícil y encajonado repliegue, un pastor se ofreció para guiar a los fuerzas cristianas por una ruta alternativa que les llevaría al contacto con el enemigo y  permitirían lo que tácticamente se llama fijarlo. La sorpresa, la acción de conjunto y  el ímpetu, les  llevaron a la victoria. En pocas semanas, «explotando el éxito», conquistaban Vilches, Ferral, Baños, Tolosa, Baeza y la misma Úbeda.

De la necesidad de glorificar la gesta nació el mito. El pastor llegó a ser confundido con un ángel  o con el mismo Santiago, hoy desprendido de su ancestral apellido «matamoros». Y se magnificaron las  bajas enemigas –entre setenta y cien mil muertos según  las cartas de la época, recogidas por algunos historiadores– cuando contendían como mucho, diez o  doce mil combatientes por bando. Al contrario, las bien tratadas y victoriosas huestes de los tres  reyes católicos y sus obispos adjuntos, no pasarían de doscientos muertos en ningún caso. Todos sabemos que las guerras las describen  los victoriosos, pero  es tiempo de ser objetivos. Lo cierto es que la ciudad de Toledo quedó protegida; que Castilla ganó una posición dominante ante el papado y los demás  reinos cristianos; que se aceleró la caída de los almohades; que se controlaba, por último, Despeñaperros  y el acceso al valle del Guadalquivir.

La liturgia romana dedicó desde entonces la fecha del 17 de julio a la conmemoración de la festividad del Triunfo de la Cruz, en memoria de Las Navas. Alfonso VIII, que moriría dos años después, demostró no sólo ser un hombre de acción, sino también un hábil diplomático. Dejaba sentadas las bases que conducirían al final de la Reconquista, aunque quedaban cerca de tres siglos de dura lucha. Del palenque  que protegía a  Al-Nasir, el «miramamolín» almohade, se llevó  Sancho VII  las cadenas que desde entonces constituyen  el escudo de Navarra. La batalla de las Navas de Tolosa constituye indiscutiblemente el mejor  ejemplo de que de  la unión hace  la fuerza y de que los valores –en este caso prioritariamente los cristianos– aportan un  importante plus al esfuerzo común. Reflexionar hoy sobre lo que significó esta victoria –fe,  unidad , esfuerzo,  liderazgo– es, en mi opinión, más que necesario.

Publicado en “La Razón” el 11 de julio de 2012

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