Coronel Cubí

A punto de cumplir noventa años, nos ha dejado. Ley de vida. Muchos le hemos despedido “siguiendo la costumbre cristiana” en la parroquia de Santa Maria.
Juan Miguel Sastre , que ha oficiado la ceremonia, nos ha recordado que “completó el peregrinaje por esta tierra y dejó testimonio de sus profundas raíces cristianas”.

Unida, le acompañaba su extensa familia, dignos como les enseñó a ser, sin dramatismos, aceptando la voluntad de Dios. Por supuesto, tristes. Faltaban algunos de sus compañeros de armas que peregrinaron antes: Baldomero y Juan Hernández, Quevedo, Luis Barca, Servando Magdaleno…

Fue una generación endurecida por la posguerra y que nunca nos transmitió a quienes les seguíamos ni revanchismos ni odios y que sí supo encaminarnos a asumir responsabilidades, a ser sobrios, a servir a España como patria -tierra de nuestros padres- por encima de muchas cosas. En Menorca tuvieron mucho que ver con preservar el “Camí de Cavalls”, hoy dedicado a menesteres no militares, y en contener con concienzudos estudios técnicos las alturas de las urbanizaciones, aplicando aquella antigua Ley de Zonas Polémicas.

Comprometido con su sociedad, el coronel Cubí fue Hermano Mayor de la Cofradía de la Piedad de la Parroquia del Carmen, y en otro momento presidente del Club de Baloncesto La Salle, en tiempos heroicos. Me lo recordaba hace un momento José Barber: “Se preocupaba hasta por el estado de las pensiones -obligatoriamente baratas- en las que nos alojábamos en Barcelona”.

Los que le conocieron, los que le mandaron y obedecieron, los que le quisieron, no necesitan que diga mucho más. Sobran las palabras cuando su testimonio está muy presente.

Solo debo añadir una lección que nunca olvidaré.

No puedo recordar el año. Creo que yo estaba en Menorca realizando las prácticas de la Escuela de Estado Mayor. Asistí a un ejercicio de tiro de la batería de Llucalari. Una de aquellas piezas del 38,1 había sufrido un grave accidente años antes. Semblantes responsables, pero tensos, cuando Cubí dirigiéndose a mi dijo: “Comandante, venga conmigo”. Y le seguí por el interior de la pieza, que al ser un montaje naval entraña acceder a los distintos niveles por escaleras verticales de hierro. La presencia del jefe del Grupo ante los reclutas, ante aquellos excelentes profesionales del Parque de Artillería, actuaría de sedante. No fue necesario decir nada. Solo el testimonio. Hizo buena la frase del general De Gaulle: “Nada realza tanto la autoridad, como el silencio”. Lección aprendida, mi coronel, de la que hoy -obligatoriamente- debo dejar testimonio.

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