Archive for abril, 2012

Covadonga y Numancia

lunes, abril 23rd, 2012

Dos ejemplos de resistencia en el pasado, que nos permiten reflexionar sobre el presente. Porque deberíamos tener claro, en estos tiempos de incertidumbre y desencanto, que  sólo quien resista saldrá victorioso. Y hablo de una victoria que entraña riesgo, sacrificio, esperanza, superación de una profunda crisis, como la que afrontó aquel grupo de españoles desde  Covadonga, diferente por su proyección a la de los numantinos, que asediados a sangre y fuego durante trece meses  por las legiones romanas de Escipión «el africano», sólo encontraron, con enorme heroísmo, la destrucción y  la muerte.

A  partir de Covadonga, no sólo se  reconquista el territorio, sino que también se reconquistan  valores que estaban –hoy también están– pero que había que conjuntar. Reconquista en suma, del pundonor, del ejemplo, del sacrificio, de la unidad frente a  la dispersión.

Un amigo lector me subrayó  la frase con la que finalizaba mi tribuna del pasado jueves en estas mismas páginas: «Sólo todos podemos salvarnos a todos». La escribí pensando en la restaurada memoria del hundimiento del «Titanic»: no hubo diferencias entre los ahogados de primera clase y los de cubierta. Este era el concepto de «todos para salvarnos» al que hoy también quiero referirme.

No hace demasiado tiempo votamos mayoritariamente  a la esperanza, al gobierno de los mejores, a la eficacia, a la honestidad, esperando el milagro. Y parece que a los pocos meses ya nos entra la prisa, la congoja y el desaliento: las cuentas no cuadran, los insaciables mercados financieros siguen intentando saquear nuestras maltrechas arcas y para acabar de arreglarlo, a costa del río revuelto  de nuestra debilidad, una Argentina populista nos expulsa de los yacimientos que con eficacia y esfuerzo inversor hemos contribuido a potenciar. Es otra vez el «la tierra para el que la trabaja». Es otra vez una «marcha verde» programada desde  hace tiempo para desencadenar en  el momento   oportuno. Si en el caso del Sahara, el gran beneficiado del crimen fue el control del precio mundial de los fosfatos, coto cerrado del «lobby» de los Rothschild, alguien ya se estará frotando hoy  las manos en  Wall Street,  en Singapur o en Pekín, y no precisamente los acalorados diputados peronistas que se las rompían apoyando a su presidenta, con el mismo ardor con el que hace unos años aplaudían la invasión de las Malvinas . ¡Así les fue!

Bien sé que alguien ha pensado en  la decisión que tomó el Gobierno español del general Narváez, que en 1845 para proteger a españoles involucrados en una cruel guerra civil, que asolaba Argentina y Uruguay, apoyó al embajador Creus con dos buques de guerra e implantó en el Río de la Plata una  Estación Naval permanente para protegerlos. Eran los tiempos de la política de cañoneras,  de  creación de la Guardia Civil, de implantación de un buen Código Penal y de profunda transformación de la Hacienda Pública. En resumen, eran tiempos de firmeza. Tampoco sería hoy la solución. La estación duraría hasta 1899 coincidiendo con el final de la Guerra del 98. ¡Pero nos quejamos porque a los pocos meses las cosas no salen como deseábamos!  Los de Covadonga tardaron siglos en recomponer su patria –la tierra de sus padres– cristiana. También las luchas intestinas hicieron mella en su espíritu, igual que ahora  sigue pareciendo imposible alcanzar el consenso político entre las dos grandes formaciones  nacionales, que  quienes provocan incendios acusan a los  apagafuegos del Ejercito del Aire y quienes asesinaron con capuchas y puños crispados, insultan a sus víctimas. ¡Doce años han tardado las de nuestro más reciente terrorismo en ser arropadas por un valiente obispo y poder rezar por los seres queridos que perdieron  en la catedral del Buen Pastor donostiarra!

También rezaron a una virgen recoleta  las gentes de Covadonga. Hombres de armas  la convirtieron en su guía, en su brújula, porque representaba  la fe de sus mayores, la persistencia de sus valores, porque ya intuían que el miedo, las traiciones, la lucha entre hermanos y herederos surgirían. ¡Covadonga les unía!

Hay días que invitan más a la deserción que a cubrir voluntariamente puestos de riesgo y fatiga en primera línea, porque cuesta distinguir la frontera entre amigos y enemigos. Pero, como dicen nuestras Ordenanzas: «El centinela que deba conservar su puesto, a toda costa lo hará». Tiempos de resistencia y de reconquista, en los que hay que marcar claramente las «villas francas» recuperadas, hay que ensalzar el trabajo de los nuevos héroes, valorar la entereza que alimenta a mentes lúcidas capaces  de dirigir nuestro rumbo y no hacer caso a los tristes malos agoreros.

Hoy no se si deberíamos encomendarnos  a la Virgen de Covadonga  a la de los Desamparados o a la del Perpetuo Socorro. Pero tenemos claros los dos ejemplos: o luchamos como en Covadonga o perecemos  sitiados por el desaliento y la indignación, como en Numancia.

Artículo publicado en “La Razón” el 18 de abril de 2012

Nuestra guerra de los 20 años

jueves, abril 12th, 2012

Quizás no nos damos cuenta, pero en España y en Europa estamos en pie de guerra. Tampoco eran conscientes  los bretones, irlandeses,  franceses y castellanos que luchaban en plena Guerra de los Cien Años (1337-1453), como tampoco lo eran los católicos y protestantes escoceses, sajones, daneses y hugonotes que estaban librando la de los Treinta(1618-1648).

¡Ojalá la nuestra se ciña sólo a dos décadas! Porque hemos entrado en un ciclo en el que estamos estancados con tendencia al retroceso  no sólo económico, sino en demografía y en valores. No somos conscientes de que debemos afrontar un nuevo modelo de «contrato social» que releve al surgido de la Segunda Guerra Mundial, que intentó poner límites al poder del capital basándose  en la economía social de mercado y en el Estado del Bienestar  como contrapuntos al sistema comunista. Mas hoy, no queremos entender que  perderemos  los derechos de este Estado del Bienestar  si no somos capaces de entender cuáles son nuestros deberes, lo que sí  asumen los países periféricos en desarrollo, a costa de trabajo y esfuerzo.

¿Creemos realmente que recuperaremos índices de crecimiento de hace dos décadas? ¿Creemos que hoy, por ejemplo, seríamos capaces de construir una red de pantanos como la que tenemos, la que palia  esta sequía que padecemos? Hoy, discutiríamos si la propiedad de las aguas embalsadas pertenece a una comunidad autónoma, si las orillas son de otras y si los vertidos, cauces  y cuencas son de terceras o cuartas en litigio.

Al precio que pagamos la gasolina, conscientes de que los carburantes fósiles se agotan, ponemos pegas a prospecciones al sur de Ibiza o al este de Canarias. ¿Es que creemos que Francia nos seguirá exportando kilovatios de producción nuclear toda la vida? ¿O que Argelia, no exenta de un rebrote político primaveral como los de Túnez y Egipto, puede suministrarnos eternamente gas de sus yacimientos saharianos?
Si la guerra ya es en sí una tragedia, más lo es  el que no seamos conscientes de que la vivimos. A pecho descubierto nos enfrentamos  a  las trincheras de la crisis, el caos y el paro, pensando que la bandera y las armas de nuestros derechos nos hacen imbatibles.

De seguir así, desunidos, egoístas,  viendo al Estado no como servidor y coordinador de todos sino como institución a someter, a chantajear , a estrujar al máximo, amenazándole con escisiones,  independencias y secesiones en lugar  de aportar esfuerzos y méritos comunes y  si –en resumen– hemos dejado el patriotismo como residual virtud de carcas y nostálgicos, ¡estamos listos!

No me extraña el éxito de la «Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano» de Edward Gibbon. Hay muchas similitudes comparando nuestros siglos XX y el reciente XXI con los III, IV y V romanos. Los dilemas  a los que nos enfrentamos hoy tienen muchos puntos en común con los que vivieron aquellas generaciones, obligadas a aceptar el nuevo orden que imponían los llamados bárbaros.También la geografía pierde significado. En otras palabras,  la geoeconomía sustituye a la geopolítica en lo que Amando de Miguel considera  el comienzo de una nueva Edad Media para Europa, en la  que mantendremos  índices –económicos y demográficos– prácticamente estancos.

Puede que este desbarajuste brutal de la economía europea desemboque en una economía de bloques como la que se formó en el período entreguerras (1918-1936) que condujo a la Segunda Guerra Mundial. No olvidemos el estallido de 1929 a mitad de este periodo. Dios quiera que no. Que seamos capaces de aprender de antiguos errores.

Lo importante será saber construir una forma de globalización en la que quepamos todos, sin privilegios para unos pocos y sacrificios para muchos, tal como reclaman miles de voces «indignadas» o del propio Tea Party norteamericano. Occidente puede aportar economía del conocimiento, inversiones tecnológicas, experiencias históricas y humanismo a este bloque, cuyo centro de gravedad  se desplaza hacia «zhongguo», nombre tradicional de China que significa «reino del centro». Pensemos que volverá a serlo, aunque hoy mantenga un vasto sector rural subdesarrollado, porque su rápido crecimiento económico ha alimentado –que no reducido– tensiones sociales y algún día deberá afrontar su particular revolución política interna  no  exenta de reivindicaciones periféricas procedentes de sus regiones más alejadas del centro de poder, porque la historia, tozudamente, se repite.

EE UU se mantiene y seguramente se mantendrá por su ejemplar cohesión interna, por el grado de satisfacción y patriotismo de sus ciudadanos, su confianza en el sistema político que les rige y por su capacidad de sacrificio. Su único problema consiste en convencerse de que no pueden actuar solos, que también tienen flancos descubiertos, como se manifestaron un 11 de septiembre de 2001.

Volvamos al punto de partida: sólo todos podemos salvarnos a todos, en esta «guerra de los 20 años» que –sin querer darnos cuenta– estamos librando.

Artículo publicado en “La Razón” el 11 de abril de 2012


A tus órdenes, mi coronel

miércoles, abril 4th, 2012

¡Tanto te debemos, mi coronel, que nos cuesta creer que puedas dejarnos! ¡Tantas cosas comunes con las gentes de armas, tanto ejemplo a lo largo de 93 años! Hiciste más con unas simples viñetas, siempre  impregnadas  de patriotismo, que cien decretos publicados en el BOE.

Pocos saben que eres catalán de nacimiento, con sangre maña por parte de padre  –de ahí tu marquesado de Daroca que oportunamente te concedió S.M.–  con  educación básica  en los Hermanos de la Salle de Teruel. Un joven a quien nuestra guerra pilló con 17 años y no dudaste en dar un paso al frente. Ya en la Academia de Transformación de Guadalajara enriquecías una publicación modestamente cuartelera, «La Cabra», paso previo a tu entrada en «La Codorniz» de la mano de Álvaro de la Iglesia. Estos días  en que nuestro Rey ha vuelto a Mostar, me acuerdo de una viñeta tuya  que dedicaste al general Carvajal  con tu «agradecimiento como español», que incluía una  crítica a nuestra sociedad y a los medios: «La ciudad de Mostar, agradecida y conmovida, nombra hijo adoptivo a un general español». «Bueno», decía un lector, sin levantar una ceja. Al lado referías: «Una marquesa, sorprendida en una marisquería con un delantero centro». Con una sonrisa abierta y ojos inquietos el  mismo lector decía: «¡Qué noticia!».

No ha habido cartel de los premios Ejército, no ha habido acontecimiento nuestro al que te hayas negado a prestar tu colaboración desinteresada. Te has sentido tan bien entre nosotros como nosotros orgullosos de tenerte en nuestro  entorno, en nuestra forma de ser, ésta que prioriza servidumbres sobre grandezas, servicio sobre derechos. De «amor patrio henchido el corazón», como reza el Himno de Infantería, hoy sólo quiero mandarte el  más agradecido de los abrazos y el mas respetuoso «a tus órdenes, mi coronel».

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 4 de abril de 2012