Lección de ética militar

Me han llegado por muy diferentes conductos, unas  imágenes televisivas  del Jefe de Estado Mayor de la Defensa de los Países Bajos, el general  Petrus van Uhm. Habla sobre un escenario de pie, sin guión, con aplomo, ante un público concentrado por un programa de televisión –TED x Amsterdam–  en un amplio teatro. A poco de comenzar, una joven oficial le entregará un fusil reglamentario del Ejército holandés. Quitará el cargador y ambos verificarán que en la recámara no queda ningún proyectil. Es un gesto muy frecuente entre los ritos castrenses: verificar que no hay peligro en el uso de un arma. Es una medida no sólo de cautela sino de respeto hacia el otro. Los marinos siguen lanzando salvas de saludo al entrar en un puerto amigo, para demostrar que descargan sus cañones, que entran en son de paz.

No es la primera lección de ética que nos transmite el general de cuatro estrellas que sirvió entre otros destinos en 1983 en la UNIFIL del Líbano y en los noventa en Sarajevo,  donde le conocimos muchos españoles. En abril de 2008 una bomba apostada en un polvoriento camino de Uruzgán en Afganistán, segó la vida de su hijo, el primer teniente Dennis van Uhm. No cambió un ápice la conducta de su Ejército.

Para nada lo citó en el programa.

Les dirá a sus oyentes con el fusil en la mano: «Ustedes constituyen la razón de que esté hoy aquí». «Ustedes han elegido una profesión y unos medios para ejercitarla. Yo elegí esta arma. Quizás les incomode tenerla tan cerca, porque muchos de ustedes nunca la han visto ; porque no ven a nuestros soldados patrullar por nuestras calles. Pero tienen confianza en el soldado que les habla». «Pero en otros sitios no sucede lo mismo. Los señores de la guerra imponen su ley y ante ellos fracasan las misiones políticas y diplomáticas porque no entienden otro lenguaje que el de la fuerza».

Y refiere una historia  real. Nacido en Nijmegen una ciudad situada al este de Holanda, relata cómo su padre, un laborioso panadero, vio cómo invadían su país las tropas nazis. Recluta forzoso al comenzar la Segunda Guerra Mundial, presumía como hombre de campo y buen cazador de ser un tirador selecto. Su unidad estaba apostada defendiendo  una ribera del río Waal. «Disparaba contra los nazis y no ocurría nada, cuando la fuerza era nuestro único recurso, cuando las armas eran las únicas capaces de plantarse entre el bien y el mal». No ocurría nada porque les habían entregado unas armas viejas y ni el mejor tirador podía hacer nada con ellas.

También recuerda la entrada de los Aliados en su ciudad a los que dedica «enorme respeto y gratitud» por haberles liberado –precisamente– con las armas. «Dejaron la tranquilidad de sus países y vinieron a liberar nuestros pueblos». Por estas razones abracé, dirá el general, la carrera de las armas.

Luego se  refiere al descenso de la violencia en Europa en los últimos 500 años que no asocia sólo a cambios en la mente humana sino a la propagación del Estado de Derecho, que  atribuye el legítimo uso de la fuerza a un Gobierno elegido democráticamente, sometido a controles y a  un poder judicial que vela por el buen uso de esta fuerza. Es el monopolio estatal que mantiene a raya el uso de la violencia, que señala que la guerra ya no es la mejor opción.

Y pone como contrapunto lo que representan los estados fallidos donde falta la autoridad central que materialice el monopolio estatal de la fuerza legítima. ¿Qué hacemos, sino, en Afganistán más que ayudarles a salir del caos, a crear un sistema judicial, a formar fiscales y policías a reconstruir su Ejército nacional. Refiriéndose a sus soldados dirá que están allí para defender a los mas vulnerables, para construir un mundo mejor porque la paz y la estabilidad no son gratuitas.

«Siempre abrigo la esperanza, termina diciendo, de que un día  no será necesario el uso de las armas. Pero, en tanto llegue este día formaré a mis hombres con las mejores técnicas morales y materiales y les defenderé a toda costa. Espero que ustedes también les respeten cuando regresen a casa, cuando resulten heridos».

No me extraña que el mensaje se haya extendido en la red. Nuestra sociedad necesita que alguien les hable de esta forma. Y si además este «alguien» es un Petrus van Uhm, el hijo de un panadero  que  de niño sintió cómo los nazis invadían su pueblo y sufrió de mayor la pérdida de su hijo teniente en Afganistán, un hombre vocacional que habla con el apacible gesto de la madurez de «mis» soldados,  que no necesita guion ni ayudantes para expresar lo que siente, aun más.
¡Magnífica la lección de ética, mi general!


Artículo publicado en “La Razón” el 7 de marzo de 2012

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