Empotrados

La palabra parece sacada de un catálogo de armarios, pero en el argot castrense y periodístico se refiere a la integración prácticamente total de un corresponsal entre las filas de una unidad militar.

Cuando hace unos días celebrábamos los 20 años del comienzo de la Misión de Naciones Unidas para El Salvador (ONUSAL 1992-1994), los organizadores , con enorme acierto, pasaron sobre una gran pantalla, en el incomparable marco del Alcázar toledano, fotos retrospectivas, copias de documentos oficiales y reportajes de televisión que muchos –metidos en harina– desconocíamos. Destacó un documental de Antena 3 producido por el periodista Antonio Izquierdo. La sorpresa surgió cuando  supimos que el autor estaba en la propia sala y se dirigiría a nosotros, los «observadores observados». El aplauso final fue unánime, emocionante. Antonio ,que  había vivido empotrado entre un grupo de observadores destacados en el centro de verificación de «El Paisnal», describía la vida de los oficiales, sus relaciones con los de otros países, plasmaba en vivo los múltiples bichos que pueden vivir en una ducha, se ocupaba de la alimentación, de cómo vivían día a día, su misión.

El pasado miércoles 7 de marzo, en las proximidades de la Base Avanzada «Bernardo de Gálvez»  en Ludina (Afganistán), en un ataque talibán  fue herido en el cuello el legionario de 23 años, Iván Castro. Cuando su mando, Ramón Prieto, acudió a socorrerle, le pidió  «déjeme en mi puesto, mi Teniente; estoy bien», para  que siguiese dirigiendo la respuesta, a tiro limpio, de sus hombres. Al poco tiempo, el oficial pudo cortar la abundante hemorragia, lo que fue determinante para salvarle la vida. Nueve días después, en el Hospital Militar Gomez Ulla, ya en Madrid, se le extraía la bala, que tras entrarle por el cuello se había alojado cerca de su riñón izquierdo. Las unidades españolas llevan actualmente periodistas empotrados que completan el buen trabajo de los «Press Information Officers» (PIO,s), oficiales y suboficiales especialmente preparados para transmitir información a los medios. En este caso se pidió a los informadores que respetasen un tiempo de aviso a las familias, algo que se considera básico. Algún día conoceremos lo que filmaron los «empotrados» y qué impresiones dedujeron de los combates en aquella polvorienta carretera afgana bautizada con el rico nombre de Lithium.

La Orden del Día de la base almeriense «Álvarez de Sotomayor» que alberga a la Brigada de la Legión, describía días después los hechos, felicitando a los autores.

Al conocer la noticia, la reacción de Alfonso Ussía en este mismo medio fue inmediata  titulando con acierto su página «La discreción de los héroes». Shakespeare ya nos enseñó  que «la discreción es la mejor parte del valor».

Ussía lee y relee –dice– una crónica de Diego Mazón del día 20 y brota en él un solo sentimiento, el de  gratitud: «Eso, gratitud profunda y emocionada, es lo que hoy pretendo manifestar, como español y como ciudadano».

Parecen dos mundos contrapuestos, el de la información –PIO,s y «empotrados»– con el del silencio, la humildad  y la discreción de los héroes. No lo son. Baltasar Gracián nos lo advertía: «Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen; valer y saberlo mostrar, es valer dos veces; lo que no se ve, es como si no fuese».

Si nuestra sociedad no estuviese ebria de escándalos políticos y económicos, si nuestros medios no pusiesen altavoz a mediocres y amorales, si no aplaudiésemos  actitudes egoístas y excluyentes y en cambio hiciésemos «valer y saber mostrar» a quienes entregan su vida al servicio de los demás en un Hospital Vall d’Hebrón separando siamesas, o en otro de Valencia reconstruyendo un rostro,  en un simple comedor de Cáritas o apagando fuegos con riesgo y cansancio extremo, en un valle del Pirineo oscense o en Galicia, no tendría los problemas que tiene.

¿Cómo se llaman estos últimos? ¡Deme un sólo nombre, querido lector!
Por una parte, es buena la discreción. Pero por otra, es necesario que la opinión pública conozca a esta gente. Que se sepa –en el caso que hoy narramos– que existen jóvenes de 23 años dispuestos a servir hasta el límite de sus fuerzas. Que no se preguntan qué puede hacer España por ellos ,sino  que pueden hacer ellos por España. Y el ejemplo, el testimonio, en estos momentos de grave crisis de valores, es crucial.

En una habitación del Hospital Militar de Carabanchel, bien arropado por su familia y por sus compañeros, se recupera un legionario español llamado Iván, que impresionó por su actitud al propio Ministro de Defensa Morenés, y que entre la vida y la muerte que le acechaba en una polvorienta carretera de Afganistán, no dudó sobre cuál debía ser su actitud, no preguntó por qué estaba allí, no responsabilizó a nadie de lo que le pasaba. Ni siquiera pensó que podía ser un héroe.

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