Archive for febrero, 2012

Barcos en Norfolk

viernes, febrero 24th, 2012

De esta gran base naval, una de las mayores del mundo, acaban de rescatar los norteamericanos a un veterano barco de asalto anfibio con 40 años de antigüedad en sus cuadernas, para dedicarlo como «base flotante desde la que llevar a a cabo apoyos de operaciones de retirada de minas y patrulla costera» en el estrecho de Ormuz.

Se trata del «USS PONCE», nombre que nos recuerda con nostalgia no sólo a la bella ciudad portorriqueña, sino al español que le dio nombre, el vallisoletano Juan Ponce de León.
Hace pocos años,  otra reliquia naval, el portaaviones «Kitty Hawk», sirvió de plataforma desde la que se acometió la invasión de Iraq en 2001.

Norfolk, estado de Virginia, despliega su enorme base desde 1910  en la  ensenada natural que forma la Bahía de Chesapeake en la costa atlántica americana.

Los «yankees» sólo conocieron dos guerras internas, la de Independencia y  la de Secesión. Con la primera mandaron a los ingleses a sus islas, tras la segunda iniciaron su expansión. Al grito de Monroe «América para los americanos»  le arrebataron medio millón de kilómetros cuadrados a México, a nosotros Cuba y Puerto Rico y como la consigna de Monroe era flexible, de paso las Filipinas, las Marianas, las Joló y un largo etcétera de islas del Pacífico. Luego  supieron librar  a su territorio de los dos grandes conflictos del siglo XX, y con indiscutible esfuerzo y sacrificio  hicieron de  su  poderío naval –luego aeronaval– la base de su expansión. No en balde sus tierras están bañadas por dos océanos. El 11-S se revolvió contra ellos con sus propios medios y volvieron a salir buscando un «eje del mal» de muy difícil localización y neutralización.

Pero, cuando terminaba determinado período de expansión naval que coincidía con alguna guerra –especialmente la Segunda Mundial– ponían a buen recaudo y cuidado los barcos que no necesitaban. Podían aparecer nuevos conflictos –Corea–, podían venderse a un buen cliente o simplemente se podían ceder a un país amigo.

De Norfolk salieron para puertos españoles, tras los Acuerdos de Cooperación firmados en 1953, numerosos barcos para nuestra Armada. Sirvan de muestra aquellos «cinco latinos» –Lepanto,  Ferrándiz,  Valdés, Alcalá Galiano y Jorge Juan– destructores de la clase «Fletcher» de los que EEUU había construido 175 unidades durante la Segunda Guerra Mundial. Formaron, hasta final de los ochenta, primero la 21 Escuadrilla de Destructores con base en Cartagena y luego fueron redistribuidos por Ferrol, Canarias y la propia Cartagena. México mantuvo hasta 2002 un destructor de esta clase –«Cuitlahuac»– que revendió a su vecino del norte como pieza de museo. ¡Qué pena que nos falte en casa esta sensibilidad! Mandamos al desguace sin más, trozos importantes de nuestra historia –ver el final del «Azor»– impregnados de una iconoclasta  inconsciencia, quizás teñida también  de cobardía.

En las páginas de la «Revista de Historia Naval» son frecuentes los testimonios de hombres de nuestra Armada que llegaban a Norfolk para hacerse cargo de un barco y con él, atravesar  el Atlántico rumbo a alguno de  nuestros puertos militares para que Bazán lo remodelase y rebautizase

Esta larga introducción está motivada por una razón, por una sencilla y humilde reflexión.
La crisis económica azota a nuestra Patria y exige recortes presupuestarios extraordinarios. Las Fuerzas Armadas son «fácil presa política» en estos casos. Gente disciplinada, callada, acatan las órdenes del Gobierno de turno aún sin comprender ni compartir sus decisiones. Y siempre hay un  buen eco en la prensa  y en la opinión pública cuando se reduce su presupuesto, se suprimen unidades y cuando –sobre todo– se eliminan generales y almirantes. Para la Administración económica  estos no son más que un nivel 30 que no se consolida cuando pasan a la reserva o al retiro. Niveles 30, y además  consolidados, bullen por los pasillos de muchos ministerios sin que nadie se fije en ellos. La tesis de que se reducen unidades para que las que resten sean mejores es bien conocida. Por supuesto todos queremos unidades eficaces.

Pero son tiempos de prudencia, de ponderación ¡Cuánto se arrepintió Atenas de destruir  sus murallas! Nuestra propia Santa Teresa, que además de santa era un general con mando en plaza, invitaba a no cambiar los  muebles en época de tribulaciones.

¡Cuidado con desmantelar! Una orden ministerial es cuestión de días. Rehacer una Unidad, dotarla de espíritu,  conjunción  y eficacia es cuestión de años. Faltó poco para que unos iletrados suprimiesen de un plumazo a uno de los Regimientos más antiguos de Europa: el Soria 9. De su espíritu, de su solera, de su historia de sacrificios salen personas como el teniente Gras, el que tras perder una pierna en Afganistán, declaró  sentirse aliviado cuando supo que toda la tripulación de su vehículo estaba fuera de peligro.

«Metamos los barcos en Norfolk» y esperemos que escampe el temporal. No vayamos a arrepentirnos dentro de poco.

Artículo publicado en “La Razón” el 22 de febrero de 2012

Justicia y memoria

viernes, febrero 17th, 2012

Han pasado veinte años. Pero hay gente que ha respirado profundamente al leer la unánime sentencia del Tribunal Supremo inhabilitando al juez Garzón. Han entendido perfectamente los términos de la misma, porque sufrieron en sus carnes sus excesos.

Y no puedo dejar  de  dar público homenaje  a un teniente coronel de la Guardia Civil –Serafín Gómez Rodríguez– que hizo de la defensa del honor de un compañero, el comandante Pindado, su propia cruzada, al ser éste condenado y separado del Cuerpo por el ex juez estrella. Eran los tiempos de otra «estrella» mandando la Benemérita: Luis Roldán. Serafín hizo de su vida, de su tesis  doctoral en Derecho, de su propia y sencilla  hacienda, una denuncia pública de hasta dónde puede llegar la prepotencia y la soberbia de una persona a quien  la sociedad da plenas atribuciones para servirla, no para que se sirva de ellas.

En esta misma Tribuna –lo que honra a LA RAZÓN– el sábado 28 de mayo de 2008, ya escribía Serafín lo que hoy bien podría constituir una «pieza suelta» de la sentencia del Supremo. Se refería al desmantelamiento en 1992 de la Unidad Central Antidroga de la Guardia Civil (UCIFA), que acabó con la condena y  la expulsión del Cuerpo de un  Coronel, un Comandante y varios guardias. La sentencia condenaba «técnicas irregulares en la lucha antidroga» al pagar con parte de la decomisada a los confidentes. No se tuvo en cuenta que, un año antes, fueron los propios mandos de la Unidad quienes, comprobando el enriquecimiento personal de dos guardias y de un confidente, denunciaron los hechos y tomaron las debidas medidas disciplinarias. En manos de Garzón la denuncia se volvió contra ellos, cuando concedió beneficios penales a los culpables a cambio de la denuncia contra sus mandos, con especial énfasis contra el Comandante Pindado.

Los cuerpos policiales y los propios servicios de Inteligencia de todo el mundo muchas veces deben rozar las fronteras de lo legal, porque luchan contra organizaciones cada día mas sofisticadas y complejas. Pero volviendo al caso Pindado, Garzón, en su libro «El hombre que veía amanecer», páginas 320 y 321, pone en boca del Comandante frases insultantes contra sus guardias, acusa a la Benemérita de haberle concedido una pensión del 200% de su paga –algo que es claramente mentira– y sentencia: «Con este tipo de democracia para qué coño queremos libertades, si Franco no ha muerto, joder; es que no nos damos cuenta de que en la Guardia Civil hay más dictaduras que en toda América Central y del Sur».

Tanto él como Roldán pretendieron la autoinculpación del Comandante para que cargase con toda la responsabilidad. Ante la firmeza del mando, utilizó para amedrentarle todas las técnicas posibles: incomunicación, privación de visitas de su abogado, amenazas de echar a su mujer y a sus tres hijos del pabellón oficial que ocupaban. El Comandante se negaba a firmar documentos que contenían líneas en blanco entre párrafos, porque no se fiaba –estamos en 1992– de lo que podría añadir el juez. Éste ordenó sacarlo por la puerta.

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 16 de febrero de 2012

Mi teniente Gras

viernes, febrero 10th, 2012

No hacía un año que habías recibido tu despacho de teniente y ya te fuiste voluntario para Afganistán.

Cuando relatas el atentado que sufriste cerca de Ludina , en la que describes como «polvorienta ruta Lithium» describes que «mi vehículo era el cuarto de la columna; no recuerdo la explosión, posiblemente perdí el conocimiento por unos instantes y los gritos de mi conductora –Jenifer García López– me devolvieron a la realidad. Creo que en ningún momento fui consciente de las heridas que había sufrido». «Desperté dos días después en el hospital de Herat y al saber que todos los ocupantes del vehículo estaban fuera de peligro, me sentí aliviado».

Las palabras que pronunció recientemente el teniente Agustín Gras Baeza en Melilla son toda una lección: «De lo que no tengo ninguna duda es de que fue solamente la pierna, no la cabeza ni la ilusión lo que perdí en Afganistán. Mi vocación sigue intacta». Todo un mensaje, que estoy seguro será bien recibido por las actuales  autoridades de Defensa. Porque –por supuesto y desgraciadamente– no es el único caso. Pero la normativa vigente no contempla su recuperación para el servicio y cubre solamente indemnizaciones y pensiones. Una Ley de 1984 extinguió el Benemérito Cuerpo de Mutilados y la Ley 17/89 de Personal Militar, ratificaba definitivamente  su extinción. «Separaba de forma traumática –dice acertadamente el coronel Alberto Pérez Jiménez en  la Revista «Atenea»– a un colectivo que durante siglos fue objeto de atención preferente dentro de las Fuerzas Armadas».

La Medalla de Sufrimientos por la Patria, la segunda condecoración más antigua de España, instituida  en 1814 para honrar los sufrimientos de  los soldados que fueron hechos prisioneros por Napoleón, también fue suprimida y sustituida por el distintivo amarillo de las homogeneizadas Medallas del Mérito Militar. Lo de «patria» chirriaba  en los oídos de los responsables de Defensa del momento, que estaban a años luz del esfuerzo y sacrificio que representó para muchos soldados de quinta y para muchos mandos el servir en Ifni o en el Sáhara y para otros ya profesionales hacerlo en Bosnia, en Iraq, en Líbano o en Afganistán.

Por supuesto, la reciente y contestada Ley de Derechos y Deberes tampoco se hizo eco. De ningún modo se tenía que dar la sensación de que nuestros soldados estaban en una guerra, aunque gentes de armas como el teniente Gras, sintieran  sus «deberes» de servir,  de acudir a los lugares de mayor riesgo y fatiga y  de obedecer muy por encima de sus priorizados «derechos».

Ni una recriminación en sus palabras pronunciadas en una ciudad heroica como Melilla: ni del material, ni de sus mandos, ni de las órdenes recibidas, ni de los sistemas de protección o de información, ni de los médicos.

Conozco bien la sensibilidad del ministro Morenés, que ya adelantó recientemente que «mantener a nuestros heridos próximos a sus compañeros les hará mas útiles y reconocidos» abundando en las palabras de S.M. El Rey pronunciadas en la Pascua Militar de «haber constatado el espíritu de sacrificio, entereza y ganas de volver a sus puestos de los heridos».

¡Por supuesto, podeis servir, mi teniente! Encontraríamos muchos ejemplos. El joven teniente Eric Shinseki perdió un pie en Vietnam en 1999 y mandó más tarde como general, la Junta de Jefes de Estado Mayor norteamericana.

Repito: el mensaje está pasado y en buenas manos. El momento invita a la reflexión y a la rectificación, especialmente cuando la sociedad valora vuestro trabajo. Es el momento, teniente  Gras y tus palabras son más que oportunas.

El ingreso en un nuevo cuerpo de mutilados sería voluntario y las salidas resueltas, caso por caso, bien reincorporándolos  a la unidad de procedencia, bien mediante cambio de especialidad o  situándolos en trabajos relacionados con la defensa, y en otros casos impulsándolos a estudiar y programar una nueva actividad. Todo cabe si hay voluntad de hacerlo. Jenifer, la conductora del teniente que también perdió una pierna, antigua campeona de Europa en una especialidad de artes marciales, lo está haciendo montando un gimnasio en su tierra de adopción, Tenerife. Podría ser –¿por qué no?– una magnífica instructora de la Escuela Central de Educación Física del Ejército, ubicada en  Toledo.

Mi enhorabuena a la revista «Atenea», que prepara un Foro sobre el tema, el próximo 7 de marzo . También el momento es oportuno. De esta publicación extraigo una magnífica interpretación de Jose Luis Bazán sobre el porqué al que  hemos llegado: «El silencio social y legislativo ante estos militares, son certero indicador de la inconsciencia moral de una sociedad colonizada por la lógica del interés particular, que parece haber desterrado el sentido del deber, la vocación y el servicio, que son pilares de su propia existencia y salubridad ética».

¡Muchos os entendemos y valoramos, mi teniente Gras! Pero, gracias por sacudirnos la conciencia.

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 9 de febrero de 2012

Donde quiera que estéis

viernes, febrero 3rd, 2012

El pasado sábado, en una emocionante ceremonia revestida de silenciosa  dignidad, el ministro del Interior imponía sobre el féretro del Policía Nacional D. Javier López la Medalla de Oro al Mérito Policial, la más alta condecoración que se concede a sus miembros. Junto a sus compañeros, Rodrigo Maseda y José Antonio Villamor, no dudó en lanzarse a la frías aguas de la playa de Orzán,  intentando socorrer a un joven estudiante eslovaco arrastrado por un golpe de mar. Los veteranos policías, lejos de ponerse a juzgar la imprudencia, lejos de seguir protocolos y cánones reglamentarios, no dudaron en hacer lo que el deber les imponía, conscientes del riesgo que asumían. Les empujó un irreductible sentimiento del  deber por encima de cualquier consideración o juicio. Me han recordado aquella decidida entrada de los bomberos de Nueva York en las Torres Gemelas, aquel aciago 11 de septiembre. Sabían de sobra  donde se metían. Formados  en la disciplina de grupo , siguiendo el ejemplo de sus jefes, unidos en un mismo sentimiento del deber , asumían el sacrificio en un supremo esfuerzo de ayudar a los encerrados entre las llamas  del  edificio.

Todas las gentes de armas y creo que toda la sociedad somos conscientes del valor de tener entre nosotros a ciudadanos de esta talla. Policías que han visto cómo se pedía su salida de trozos entrañables de nuestra geografía; que han sufrido atentados de ETA  y que se mantienen firmes en su lucha por extinguirla;  que ven cómo los miembros de  otros cuerpos policiales  locales o autonómicos, tienen mejores retribuciones , aun siendo menores sus responsabilidades;  servidores más insultados que aplaudidos cuando lo que hacen es cumplir órdenes judiciales o de otros poderes del Estado. Son los mismos que ante cualquier error de algunos de sus miembros sufren descalificaciones  generalizadas,  o justicieras  valoraciones de las que no pueden ni defenderse. De este  Cuerpo han salido estos tres héroes de Orzán: uno ,descansando en su tierra, los otros dos «donde Dios quiera que estén». Con indiscutible acierto, la revista «Atenea», especializada como saben en temas de seguridad, recogía el pasado  29 de enero una referencia al éxito alcanzado en Gran Bretaña por una canción de homenaje a sus soldados en el exterior, interpretada por un coro formado por esposas de militares. El «single» «Wherever you are» –«Donde quiera que estés»– se ha convertido en el más vendido de la semana en Gran Bretaña con 556.000 copias distribuidas, lo que ha servido además para establecer un nuevo récord de copias vendidas de un single en 2011 en su primera semana de circulación.

Desde luego, yo me descubro. No sólo por las esposas de estos soldados ingleses, y generalizo pensando en las nuestras, a las que bien conozco, que han sido nuestro respaldo y el eje de la vida de nuestras familias. Me descubro ante el autor de la canción, un joven músico, Gareth Malone (1975),  carismático y genial intérprete bien conocido en la televisión inglesa. Pero sobre todo me descubro por la sensibilidad de una sociedad como la inglesa, que asume orgullosa el esfuerzo y sacrificio de sus soldados, máxime cuando la larga permanencia en guerras como la de Irak  o la de Afganistán exigen esfuerzos continuados que pueden provocar no sólo un desgaste mental y físico, sino aspectos no deseables de recriminación o   desesperación ante la imposibilidad de alcanzar resultados palpables como podría ser ver como el ANA, el «Afghanistan National Army», se hace cargo con eficacia de la seguridad de su propio país. Francia está cayendo en el desánimo ante esta misma situación.
Los comentarios sobre la canción en la red son más que significativos. Si se repite una palabra en España es la de «envidia». También las de «respeto» y «admiración». «Son tantos años –dice alguien– de sembrar rencor hacia los militares que esto parece imposible en nuestro país».

No obstante, yo quisiera dar un toque de optimismo. No estamos hoy tan lejos, aunque  necesitamos tiempo para alcanzarlo. El trabajo de erosión ha sido tan profundo que exige un esfuerzo de recomposición  parejo. Porque no hay película, no hay serie de televisión en la que aparezca un militar o un policía  que no se estereotipe, que no se caricaturice, cuando no se insulte. Y hay muchas formas de insultar sin cambiar la letra del guión: en el porte, en el físico, en el lenguaje soez. ¡Díganme cuándo han visto en nuestras pantallas –grandes y pequeñas– a un uniformado  que represente el honor, como lo hace un Al Pacino en «Perfume de mujer»!

«Wherever you are my love will keep you safe». «Estés donde estés mi amor te mantendrá a salvo».

¡Estéis donde estéis héroes de Orzán, soldados de muchos países que lucháis por la libertad, nuestro respeto y cariño está con vosotros!


Artículo publicado en “La Razón” el 1 de febrero de 2012