Silencio en Libia

Libia no interesa, no sé si debido a nuestra mala conciencia o porque no quieren las grandes multinacionales

Muchas veces ciertos silencios esconden gritos de dolor. Temo que parte del pueblo libio se estremezca y que nosotros no queramos escuchar. Tantos años de régimen de Gadafi no permiten distinguir a quienes colaboraron con el Coronel, de quienes se rebelaron contra él. Surgirán ajustes de cuentas personales, odios tribales, «honores del guerrero» heridos hace décadas.

Todo silencio. Todo dramático silencio.

Y no es fácil construir un Estado de Derecho, cuando ha faltado una  estructura de Estado y cuando se viola el Derecho.

Ya Fernando el Católico, valiéndose de los Caballeros de la Orden de Malta, había tomado Trípoli en 1510. El dominio duraría 43 años, tiempo en el que no pudo constituir lo que sí pudo formar en nuestra Patria.

También quiso vertebrar el territorio el Imperio Otomano que tuvo que desistir ante la presión de las grandes potencias que decidieron asignar a Italia el dominio del territorio a principios del siglo XX y cuando también se le emanciparon Serbia, Montenegro, Grecia y Bulgaria.

Un octubre de 1911, desembarcaba el general italiano Carlo Caneva con 20.000 hombres. En Tobruk les asestó una dolorosa derrota un joven oficial turco llamado Mustafá Kemal. Y entre los  que resistieron hasta 1931, se encontraba el líder libio Omar Mujtar. En septiembre de este año fue hecho prisionero y ahorcado cinco días después. Había nacido el mito. No debe sorprendernos que la calle principal de Gaza lleve su nombre y que estén grabadas en bronce sus últimas palabras: “A Al’hah pertenecemos y a Él regresaremos”.

Tampoco pudieron vertebrarlo los países vencedores de la Segunda Guerra Mundial –especialmente Inglaterra y Francia– que oficialmente constituyeron el Reino Unido de Libia en 1951, entronizando al rey Idris I como monarca constitucional. Entonces ya debían intuir ingleses y norteamericanos las enormes reservas de hidrocarburos existentes bajo las tierras libias y apoyaron aquella monarquía, mal vista, en consecuencia, por los nacionalistas panárabes.

No la vertebró Gadafi a partir del golpe de estado que derrotó a Idris en 1969, tanto al constituir aquella inicial República Árabe, como más adelante (1977) con la Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista, considerada ésta como un «Estado de masas» donde teóricamente el pueblo protagonizaba la toma de decisiones en un congreso general sobre el que Gadafi ejercía de «hermano líder y guía de la revolución». Todo un montaje, pero invertebrado, mezclados, cuando no sometidos, los poderes del Estado.

No debe extrañarnos, por tanto, que  el nuevo gobierno nacido de la «revolución asistida» a finales de 2011, que derrotó y asesinó a Gadafi y que preside Abdurrahim el-Keib,  haya  celebrado el día de su nueva fiesta nacional –24 de diciembre– conmemorando la forzada salida italiana del país. «Hoy comenzamos –ha dicho el primer ministro– la construcción de Libia como lo hicieron nuestros antepasados. Exhortamos a nuestros hijos a que construyan el país tras su destrucción».

Pero no lo tienen fácil para vertebrar una sociedad tribal, convaleciente de heridas graves de guerra. Nuestras sociedades prefieren no hablar de ello. ¿Qué ha sido de aquella puesta en escena de 24 dirigentes mundiales –nuestro presidente del Gobierno entre ellos– que sonrientes posaban en la foto oficial  del «Sommet de Paris pour le soutien au peubple Libyen» un  19 de marzo de 2011? ¿A nadie le recuerda a la cuestionada foto de las Azores?

¿Qué ha sido del enviado especial del secretario general de NN.UU Abdel-Elah Al-Khatib, «acogido con beneplácito» por la resolución 1973 del Consejo de Seguridad?

¿Ciertamente se ha protegido a la población libia? ¿Alguien se atreve a cuantificar el número de muertos causados por la aviación de la Alianza Atlántica y cuántos libios han muerto represaliados desde entonces?

Ya no están los corresponsales de guerra en el país. Libia no interesa, no sé si debido a nuestra mala conciencia o porque no quieren las grandes multinacionales. Se han expoliado más de 8.000 objetos de la época de Alejandro Magno en Bengasi  y sólo  Dios sabe en qué manos han terminado.

Este  silencio sólo lo interrumpen las perforadoras de Repsol, Total, Eni , Exxon  o  BP  –todas pertenecientes a países que apoyaron sin fisuras la intervención militar– o las de Tatneft  o Gazprom rusas, que no quieren perder su parte del botín. Rusia, que se abstuvo en la votación de la Resolución 1973, con una mano denuncia la intervención y con la otra firma acuerdos preferenciales.

Mientras, las milicias exigen su parte  y sus hombres se resisten a deponer las armas: «actualmente el rebelde y su arma, son uno». Las milicias de Zintan controlan el aeropuerto internacional de Trípoli; las de Misurata exigen que se valore su sacrificio de guerra; las de Bengasi aseguran que su «chispa» fue la que prendió la llama de la revolución. No hay una mano central que controle este rompecabezas de guerrillas.

Todo bulle, mientras constatamos el dramático silencio libio.

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 11 de enero de 2012

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