Montjuïc

Todo cabe en Montjuïc. Todo, compatible con los espacios abiertos que quiere su Ayuntamiento, con cualquier iniciativa que enriquezca el proyecto.

Bien sé que tengo media batalla perdida. Pero mis mayores me enseñaron que una guerra se puede ganar en un último aliento. Incluso aprendí que se podía pedir fuego a la artillería propia contra nuestras posiciones, cuando  el enemigo  ya  estaba dentro.

Bien sé que las piedras de Mont­juïc han leído de páginas negras de nuestra historia. ¿Qué fortaleza no ha sido testigo de dramas similares? ¿La Torre de Londres? ¿Chateau Vincennes? ¿San Marco?

Bien sé que desde Montjuïc se bombardeó la  ciudad, o un trozo  de ella. Pero también sé que la protegió en otras ocasiones y ante  otros ataques. Y la zona de seguridad  de 300 metros que envolvía aquella instalación militar, la preservó de la construcción de edificios que hoy romperían el perfil de la montaña  promocionados por sus “inmejorables vistas sobre el Mediterráneo”.

Bien sé que el Museo Militar contenía la mejor colección de armas blancas de Europa y  parte del legado  más  valioso  del escultor Federico Marés. Todo se ha dispersado, cuando no expoliado y vendido en el río revuelto de la disolución del museo. Políticas revanchistas y oportunistas, cuando no cobardes, lo hicieron posible. Tres ministros de Defensa –Bono, Alonso y Chacón– pertenecientes al  mismo partido que gobernaba en Cataluña no quisieron o no pudieron salvarlo. Otro anterior, Narcís Serra, bien apoyado por un hombre que ha demostrado a lo largo de los años su enorme valía cultural, Luis Reverter, lo conservó y potenció.

Bien sé que un grupo de arquitectos, ingenieros, catedráticos y militares ha sacado a la luz el ingente trabajo de los ingenieros militares procedentes de aquel ilustrado Colegio de Matemáticas de Barcelona y merecen un lugar donde guardar tanto documento, tanta maqueta, tanta planimetría y cartografía.

Como también sé que en los fondos no expuestos del Museo del Ejército, ubicado en el Alcázar de Toledo, permanece mucho  material muy relacionado con la historia de Cataluña que podría reunirse en sus salas. Los museos militares de  Santa Cruz de Tenerife, Coruña y Valencia se están enriqueciendo con estos fondos. Porque Barcelona es “desperta ferro”, es  Lepanto, es Orán, es la expansión hacia el Mediterráneo. Es la capital de un Principado que dio un presidente de  Gobierno a  España, tras haberlo representado como diputado en varias ocasiones. El general Prim merece algo más que una estatua ecuestre en el Parque de la Ciudadela, ahora que estamos próximos a celebrar el bicentenario de su nacimiento, en Reus en 1814. En Montjuïc podría reagruparse parte importante del legado de su apasionante biografía.

No es cuestión de mirar atrás. Ya no recuperaremos  lo  expoliado o destruido, entre todo unas magníficas vitrinas que prefirieron destruir antes que aprovechar.

Miremos adelante aprovechando una crisis que nos obliga a poner los pies en el suelo. Seamos prácticos imbuidos de una sola idea-fuerza: “Barcelona, que cuenta con una de las mejores redes de museos del mundo, merece por su peso histórico tener uno que recoja su rica Historia Militar”.
Integremos en un consorcio al Ayuntamiento de Barcelona, Generalitat,  Diputación y la antigua e histórica Capitanía General. No discutamos  propiedades, porque el concepto “ayuntamiento” nos incluye a todos. Dejemos aparte si una orden ministerial pudo cambiar una ley, lo que no deja de ser una clara aberración jurídica. No discutamos sobre banderas. Sumemos, más que vetar.

Miremos más a nuestros hijos y nietos que a nuestros padres y abuelos. Conozco bien a los responsables de Cultura de las instituciones y  valoro sus sensibilidades, que han demostrado tanto en la Administración como en entidades privadas. Y,  por supuesto, quiero y respeto a un montón de ciudadanos catalanes, a los que debo una enorme  lealtad y amistad. Debo decir claramente que en ningún otro lugar de España encontré el arropo y el respeto con que se me trató durante mi paso por aquella Capitanía. Y sé cómo trabaja una Asociación de Amigos del Castillo, que han empeñado trabajos e intereses para que aquello se mantenga.

Y pienso en colectivos, aún vivos, que merecen nuestro respeto, como pueden ser los Aviadores de la República o los soldados que cumplieron su servicio militar en Ifni o Sahara.

Por supuesto, no se trata de intentar militarizar a una sociedad. Hemos dado  pruebas más que suficientes de que el Ejército de hoy es respetuoso con la legalidad vigente, que  se siente más que integrado en la sociedad a la que sirve y trabaja por la paz en distintos rincones del mundo. ¿Qué creen que hacen nuestros soldados en Afganistán o en el Líbano? Construyen con su esfuerzo y sacrificio las indispensables condiciones para que afganos y libaneses puedan vivir un día en paz.

Todo cabe en Montjuïc. Todo, compatible con los espacios abiertos que quiere su Ayuntamiento, con cualquier iniciativa que enriquezca el proyecto.

Todo es cuestión de “seny”.

Artículo publicado en “La Razón” el 19 de enero de 2012

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