Archive for enero, 2012

Unidad

sábado, enero 28th, 2012

El Congreso Nacional que celebrará el Partido Popular en Sevilla a mediados de febrero, abordará entre otros temas –entiendo que prioritariamente el final de ETA y las inmediatas elecciones autonómicas andaluzas– el fortalecimiento del concepto de nación española en el año en que conmemoramos los 200 de la promulgación de la Constitución de Cádiz, que, tras el fallido intento del Estatuto de Bayona, constituye el punto de arranque de nuestro ordenamiento constitucional.

Se trata en el fondo de recordar o de releer en clave actual que nuestra Constitución de 1978 se «fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles»,  que completa en el mismo artículo segundo  con: «y reconoce y garantiza el derecho de autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Es decir, habla de indisoluble unidad, reconoce las autonomías pero las condiciona a otro aspecto de la unidad: la solidaridad.

Este concepto de unidad es para mí  fundamental. Entraña mucho más que grupo, partido, federación o conjunto. Bien lo entendieron quienes crearon los modernos Estados Unidos, partiendo de una confederación, o las potencias que fundaron las Naciones Unidas, que sucedieron a una fracasada Sociedad de Naciones. Nuestra  propia UE es un intento aún no completado de integración, debido esencialmente a la insolidaridad.

Las gentes de armas llamamos desde hace siglos «unidad» a toda formación que entrañe mismo mando, conjunción de esfuerzos, sinergias entre sus componentes, mismos conceptos doctrinarios tácticos o estratégicos, misma asunción de  espíritu de sacrificio, mismo orden de valores. Es bien conocido el espíritu de sacrificio máximo con que han operado a lo largo de la Historia las tropas del Arma de Caballería, o el que esgrimen ante el riesgo y la fatiga las de la Legión. Es porque llevan en sus genes el concepto de  unidad.

Quien dio este nombre a la variadísima organización de formaciones militares, era consciente de que el concepto  era fundamental para alcanzar cualquier victoria. Y difícilmente se ha podido batir a un grupo –Iglesia de Baler en Filipinas, Alcázar en Toledo– cuando el espíritu del grupo se ha mantenido firme y  unido.

La Iglesia no es ajena a este concepto. En el Credo repetimos  «creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica». Prioriza la unidad a la santidad, a la universalidad, a la difusión del mensaje. No puedo por menos que recurrir al símil deportivo que,  gracias a una serie encadenada de victorias, ha contribuido de manera notable a reforzar el sentimiento nacional. ¡Bienvenido sea! Pero me ciño al ejemplo de un equipo de futbol: el Barcelona. Es un ejemplo claro de unidad, que comienza en la formación y educación de sus cadetes en la Masía, crea una misma cultura capaz de absorber y contagiar a cualquier fichaje que llegue de lejos, e impregna a sus jugadores de un sentimiento que los hace difíciles de batir. Que incluso aceptan la derrota como un aspecto más de su formación, como la «lección aprendida» con  la que afrontamos los militares nuestros errores y fracasos. De ahí nace el coraje imparable de un Puyol o el pundonor sin límites de un Iniesta. Por supuesto también se obtienen triunfos con otro tipo de formaciones. Una  buena gestión económica puede posibilitar grandes fichajes. Pero necesitarán tiempo para conseguir la unidad, para integrarse, comprenderse, «jugar de memoria».

Porque unidad entraña no solo aptitud, sino actitud. Y volviendo a nuestra Constitución, la actitud entraña solidaridad. Ésta es la asignatura pendiente de nuestra democracia. Creo que parte importante de nuestra crisis procede de la insolidaridad entre nosotros mismos. Cada comunidad autónoma ha barrido para casa buscando su beneficio sin importar a quién menguaba. Se recurría a  cualquier añagaza política para conseguir líneas y estaciones del AVE o nuevos aeropuertos, aunque supiesen que no podían rentabilizar un tren o que no había  compañías aéreas dispuestas a utilizar, sin subvenciones, sus pistas. ¿A costa de quién se han producido estos despilfarros? ¿Quiénes pagamos las manipulaciones perversas de ciertas  cajas de ahorro, muchas de ellas hoy en bancarrota? ¿Paliaría la crisis el contar con tanto dinero insolidario camuflado en paraísos fiscales?

Ahora que hablamos de reformas constitucionales, creo necesario pensar en el futuro papel del Senado. Seguro que ya se hace. Debería ser el crisol de esta solidaridad. Podría desprenderse de cualquier control que ya ejerciese el Congreso para dedicarse íntegramente al servicio de la unidad nacional. Cualquier asignación extraordinaria  o beneficio concedidos a una Comunidad debería superar  con luz y taquígrafos los votos  de  la Cámara Alta. Sería una forma palpable de «garantizar la igualdad en el acceso de bienes y servicios públicos, especialmente la Educación y la Sanidad» como reza el proyecto del  Congreso de Sevilla.

Nación es unidad. Unidad es solidaridad. Nos dimos una Constitución que nos lo recuerda.

Artículo publicado en “La Razón” el 25 de enero de 2012


Montjuïc

jueves, enero 19th, 2012

Todo cabe en Montjuïc. Todo, compatible con los espacios abiertos que quiere su Ayuntamiento, con cualquier iniciativa que enriquezca el proyecto.

Bien sé que tengo media batalla perdida. Pero mis mayores me enseñaron que una guerra se puede ganar en un último aliento. Incluso aprendí que se podía pedir fuego a la artillería propia contra nuestras posiciones, cuando  el enemigo  ya  estaba dentro.

Bien sé que las piedras de Mont­juïc han leído de páginas negras de nuestra historia. ¿Qué fortaleza no ha sido testigo de dramas similares? ¿La Torre de Londres? ¿Chateau Vincennes? ¿San Marco?

Bien sé que desde Montjuïc se bombardeó la  ciudad, o un trozo  de ella. Pero también sé que la protegió en otras ocasiones y ante  otros ataques. Y la zona de seguridad  de 300 metros que envolvía aquella instalación militar, la preservó de la construcción de edificios que hoy romperían el perfil de la montaña  promocionados por sus “inmejorables vistas sobre el Mediterráneo”.

Bien sé que el Museo Militar contenía la mejor colección de armas blancas de Europa y  parte del legado  más  valioso  del escultor Federico Marés. Todo se ha dispersado, cuando no expoliado y vendido en el río revuelto de la disolución del museo. Políticas revanchistas y oportunistas, cuando no cobardes, lo hicieron posible. Tres ministros de Defensa –Bono, Alonso y Chacón– pertenecientes al  mismo partido que gobernaba en Cataluña no quisieron o no pudieron salvarlo. Otro anterior, Narcís Serra, bien apoyado por un hombre que ha demostrado a lo largo de los años su enorme valía cultural, Luis Reverter, lo conservó y potenció.

Bien sé que un grupo de arquitectos, ingenieros, catedráticos y militares ha sacado a la luz el ingente trabajo de los ingenieros militares procedentes de aquel ilustrado Colegio de Matemáticas de Barcelona y merecen un lugar donde guardar tanto documento, tanta maqueta, tanta planimetría y cartografía.

Como también sé que en los fondos no expuestos del Museo del Ejército, ubicado en el Alcázar de Toledo, permanece mucho  material muy relacionado con la historia de Cataluña que podría reunirse en sus salas. Los museos militares de  Santa Cruz de Tenerife, Coruña y Valencia se están enriqueciendo con estos fondos. Porque Barcelona es “desperta ferro”, es  Lepanto, es Orán, es la expansión hacia el Mediterráneo. Es la capital de un Principado que dio un presidente de  Gobierno a  España, tras haberlo representado como diputado en varias ocasiones. El general Prim merece algo más que una estatua ecuestre en el Parque de la Ciudadela, ahora que estamos próximos a celebrar el bicentenario de su nacimiento, en Reus en 1814. En Montjuïc podría reagruparse parte importante del legado de su apasionante biografía.

No es cuestión de mirar atrás. Ya no recuperaremos  lo  expoliado o destruido, entre todo unas magníficas vitrinas que prefirieron destruir antes que aprovechar.

Miremos adelante aprovechando una crisis que nos obliga a poner los pies en el suelo. Seamos prácticos imbuidos de una sola idea-fuerza: “Barcelona, que cuenta con una de las mejores redes de museos del mundo, merece por su peso histórico tener uno que recoja su rica Historia Militar”.
Integremos en un consorcio al Ayuntamiento de Barcelona, Generalitat,  Diputación y la antigua e histórica Capitanía General. No discutamos  propiedades, porque el concepto “ayuntamiento” nos incluye a todos. Dejemos aparte si una orden ministerial pudo cambiar una ley, lo que no deja de ser una clara aberración jurídica. No discutamos sobre banderas. Sumemos, más que vetar.

Miremos más a nuestros hijos y nietos que a nuestros padres y abuelos. Conozco bien a los responsables de Cultura de las instituciones y  valoro sus sensibilidades, que han demostrado tanto en la Administración como en entidades privadas. Y,  por supuesto, quiero y respeto a un montón de ciudadanos catalanes, a los que debo una enorme  lealtad y amistad. Debo decir claramente que en ningún otro lugar de España encontré el arropo y el respeto con que se me trató durante mi paso por aquella Capitanía. Y sé cómo trabaja una Asociación de Amigos del Castillo, que han empeñado trabajos e intereses para que aquello se mantenga.

Y pienso en colectivos, aún vivos, que merecen nuestro respeto, como pueden ser los Aviadores de la República o los soldados que cumplieron su servicio militar en Ifni o Sahara.

Por supuesto, no se trata de intentar militarizar a una sociedad. Hemos dado  pruebas más que suficientes de que el Ejército de hoy es respetuoso con la legalidad vigente, que  se siente más que integrado en la sociedad a la que sirve y trabaja por la paz en distintos rincones del mundo. ¿Qué creen que hacen nuestros soldados en Afganistán o en el Líbano? Construyen con su esfuerzo y sacrificio las indispensables condiciones para que afganos y libaneses puedan vivir un día en paz.

Todo cabe en Montjuïc. Todo, compatible con los espacios abiertos que quiere su Ayuntamiento, con cualquier iniciativa que enriquezca el proyecto.

Todo es cuestión de “seny”.

Artículo publicado en “La Razón” el 19 de enero de 2012

Silencio en Libia

viernes, enero 13th, 2012

Libia no interesa, no sé si debido a nuestra mala conciencia o porque no quieren las grandes multinacionales

Muchas veces ciertos silencios esconden gritos de dolor. Temo que parte del pueblo libio se estremezca y que nosotros no queramos escuchar. Tantos años de régimen de Gadafi no permiten distinguir a quienes colaboraron con el Coronel, de quienes se rebelaron contra él. Surgirán ajustes de cuentas personales, odios tribales, «honores del guerrero» heridos hace décadas.

Todo silencio. Todo dramático silencio.

Y no es fácil construir un Estado de Derecho, cuando ha faltado una  estructura de Estado y cuando se viola el Derecho.

Ya Fernando el Católico, valiéndose de los Caballeros de la Orden de Malta, había tomado Trípoli en 1510. El dominio duraría 43 años, tiempo en el que no pudo constituir lo que sí pudo formar en nuestra Patria.

También quiso vertebrar el territorio el Imperio Otomano que tuvo que desistir ante la presión de las grandes potencias que decidieron asignar a Italia el dominio del territorio a principios del siglo XX y cuando también se le emanciparon Serbia, Montenegro, Grecia y Bulgaria.

Un octubre de 1911, desembarcaba el general italiano Carlo Caneva con 20.000 hombres. En Tobruk les asestó una dolorosa derrota un joven oficial turco llamado Mustafá Kemal. Y entre los  que resistieron hasta 1931, se encontraba el líder libio Omar Mujtar. En septiembre de este año fue hecho prisionero y ahorcado cinco días después. Había nacido el mito. No debe sorprendernos que la calle principal de Gaza lleve su nombre y que estén grabadas en bronce sus últimas palabras: “A Al’hah pertenecemos y a Él regresaremos”.

Tampoco pudieron vertebrarlo los países vencedores de la Segunda Guerra Mundial –especialmente Inglaterra y Francia– que oficialmente constituyeron el Reino Unido de Libia en 1951, entronizando al rey Idris I como monarca constitucional. Entonces ya debían intuir ingleses y norteamericanos las enormes reservas de hidrocarburos existentes bajo las tierras libias y apoyaron aquella monarquía, mal vista, en consecuencia, por los nacionalistas panárabes.

No la vertebró Gadafi a partir del golpe de estado que derrotó a Idris en 1969, tanto al constituir aquella inicial República Árabe, como más adelante (1977) con la Yamahiriya Árabe Libia Popular Socialista, considerada ésta como un «Estado de masas» donde teóricamente el pueblo protagonizaba la toma de decisiones en un congreso general sobre el que Gadafi ejercía de «hermano líder y guía de la revolución». Todo un montaje, pero invertebrado, mezclados, cuando no sometidos, los poderes del Estado.

No debe extrañarnos, por tanto, que  el nuevo gobierno nacido de la «revolución asistida» a finales de 2011, que derrotó y asesinó a Gadafi y que preside Abdurrahim el-Keib,  haya  celebrado el día de su nueva fiesta nacional –24 de diciembre– conmemorando la forzada salida italiana del país. «Hoy comenzamos –ha dicho el primer ministro– la construcción de Libia como lo hicieron nuestros antepasados. Exhortamos a nuestros hijos a que construyan el país tras su destrucción».

Pero no lo tienen fácil para vertebrar una sociedad tribal, convaleciente de heridas graves de guerra. Nuestras sociedades prefieren no hablar de ello. ¿Qué ha sido de aquella puesta en escena de 24 dirigentes mundiales –nuestro presidente del Gobierno entre ellos– que sonrientes posaban en la foto oficial  del «Sommet de Paris pour le soutien au peubple Libyen» un  19 de marzo de 2011? ¿A nadie le recuerda a la cuestionada foto de las Azores?

¿Qué ha sido del enviado especial del secretario general de NN.UU Abdel-Elah Al-Khatib, «acogido con beneplácito» por la resolución 1973 del Consejo de Seguridad?

¿Ciertamente se ha protegido a la población libia? ¿Alguien se atreve a cuantificar el número de muertos causados por la aviación de la Alianza Atlántica y cuántos libios han muerto represaliados desde entonces?

Ya no están los corresponsales de guerra en el país. Libia no interesa, no sé si debido a nuestra mala conciencia o porque no quieren las grandes multinacionales. Se han expoliado más de 8.000 objetos de la época de Alejandro Magno en Bengasi  y sólo  Dios sabe en qué manos han terminado.

Este  silencio sólo lo interrumpen las perforadoras de Repsol, Total, Eni , Exxon  o  BP  –todas pertenecientes a países que apoyaron sin fisuras la intervención militar– o las de Tatneft  o Gazprom rusas, que no quieren perder su parte del botín. Rusia, que se abstuvo en la votación de la Resolución 1973, con una mano denuncia la intervención y con la otra firma acuerdos preferenciales.

Mientras, las milicias exigen su parte  y sus hombres se resisten a deponer las armas: «actualmente el rebelde y su arma, son uno». Las milicias de Zintan controlan el aeropuerto internacional de Trípoli; las de Misurata exigen que se valore su sacrificio de guerra; las de Bengasi aseguran que su «chispa» fue la que prendió la llama de la revolución. No hay una mano central que controle este rompecabezas de guerrillas.

Todo bulle, mientras constatamos el dramático silencio libio.

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 11 de enero de 2012

Honrada ambición

viernes, enero 6th, 2012

Imagino que en estos tiempos que vivimos, muchos se preguntan si la ambición puede realmente ser honrada. Nuestra Academia de la Lengua la define como “deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”.

Este deseo ardiente parece más propio de la literatura amorosa, pero el concepto está claro, forma parte de nuestra vida y debería tener –claros y definidos– sus límites.

Las Reales Ordenanzas que nos legó el buen Rey Carlos III ya hablaban de la “honrada ambición”, concepto que fue recogido en las actualizadas por Ley en 1978 que la asociaban (Artº 31) con la “abnegación, el amor al servicio y el constante deseo de ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga”. Y señalaban –sabias– sus límites (Artº 36) al concretar que “subordinará la honrada ambición a la íntima satisfacción del deber cumplido, pues esta es la mayor recompensa a que puede aspirar un militar”. Alguien teñido de ególatra ambición se empeñó en romper estas Ordenanzas y bajarlas de rango, pensando que un decreto podría romper la fuerza de nuestra unidad y bajar de rango nuestro sistema de valores.

Tenemos claros ejemplos de honrada ambición en nuestra vida diaria. Desde el jugador de fútbol que a costa de sacrificios y esfuerzos consigue jugar en Primera, hasta el padre o madre de familia que a cambio de muchas horas de trabajo consigue que sus hijos tengan mejor porvenir que el que tuvieron ellos.

Hoy, día de la Pascua Militar, festividad instituida precisamente por Carlos III para conmemorar la recuperación de Menorca, (que había sido –junto a Gibraltar– el precio pagado a Inglaterra por su participación en la Guerra de Sucesión), recordaremos a quienes con honrada ambición patrullan las aguas de Somalia o se adentran en la compleja ruta Lithium al noroeste de Afganistán. Por supuesto hay muchos más, con o sin uniforme, que callados, sufridos, responsables y eficaces, trabajan día a día por España en el mundo de la Seguridad y la Defensa. También valoran las Ordenanzas la fatiga, el tesón, el esfuerzo. No sólo el riesgo.

Pero el ser humano olvida con frecuencia los límites de la ambición. No en balde algunos emperadores romanos se hacían seguir por un esclavo que les recordaba sus limitaciones y debilidades. Constatamos cómo políticos, empresarios o ciudadanos se ofuscan ante el éxito y el aplauso y caen en las redes de la ambición desmesurada, que es como decir que se apuntan, más pronto o más tarde, al fracaso. Fracaso, porque incluso no llegan a medir los riesgos que asumen, los círculos a los que involucran, la sencilla felicidad que desprecian. Cervantes nos lo recuerda en su castellano viejo: “Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición, que no sea con daño de tercero”.

No saben ni intuyen, en síntesis, que las sociedades que idolatran fácilmente, de la misma forma desprecian, abandonan y cruelmente se vuelven justicieras, que no justas. Envueltos, más que rodeados, de aduladores, llegan a perder el norte del sentido común fascinados por el rumbo incierto de los números de una cuenta corriente o por la vana gloria de una condecoración o un ascenso no merecido.

En el lenguaje corriente se define como “trepa” a quien no conoce los límites de su propia ambición. Y el modelo es peligrosamente dañino para toda sociedad, ya sea civil o militar. Porque el “trepa” intenta halagar a su superior o superiores y se arrima a la “camada” dirigente con más ardor con que lo hace mirando y preocupándose por sus inferiores. Aquí radica el verdadero peligro del ambicioso sin límites.

Yo apelo y espero que cuantos se reúnan hoy en el Palacio de Oriente en torno a S.M. el Rey conmemorando la Pascua Militar, tengan como norma de conducta la honrada ambición de servir mejor a la sociedad española, que en momentos más que difíciles necesita aferrarse a valores firmes, a claros ejemplos de sencillez, de afán de servicio y eficacia.

Y si tienen hoy algo que transmitir, que su discurso esté cercano a aquellas palabras que nos legó Alfredo de Vigny en su “Servidumbre y grandeza militar”, cuando describe a las gentes de armas como “esos hombres de carácter chapado a la antigua, que llevan el sentimiento del deber hasta sus últimas consecuencias, sin sentir remordimientos por la obediencia, ni vergüenza por la pobreza, sencillos de palabra y de costumbres, orgullosos de la gloria de su país e indiferentes de la suya propia”.

En una jornada marcada por la festividad, la democrática alternancia política, los balances, las lecciones aprendidas y los planes para el año que recién hemos empezado, creo es conveniente reforzar en torno a la figura del Rey, lazos de unidad, de respeto institucional, de ejemplo y de servicio. Todo, todo, cabe dentro de los honrados límites de la ambición.

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 4 de enero de 2012