Infantería

Todos saben lo que son momentos difíciles; todos saben que el miedo es connatural al ser humano y que lo importante es vencerlo

No podía dedicar hoy esta Tribuna  a otro tema. En todos los cuarteles de España, en el  Líbano y en Afganistán, en Strasburgo o en Itzmir, donde haya un soldado de Infantería español,  celebra el día de su Patrona, la Inmaculada Concepción.

Es interesante constatar como las distintas  armas y  cuerpos que forman las Fuerzas Armadas –exceptuemos a los Ingenieros– han elegido a vírgenes o  santas como patronas. Es como si un oficio de raigambre masculina, que entraña riesgos  peligros y miedos, necesitase el arropo de una figura femenina, el seno cálido de una madre  a quien encomendarse en momentos difíciles. La tienen los marinos en la Virgen del Carmen, los pilotos en la de Loreto y los artilleros en Santa Bárbara. Todos saben lo que son momentos difíciles; todos saben que el miedo es connatural al ser humano y que lo importante es vencerlo.

A los Infantes  el patronazgo les viene de lejos, de la conquista  de Flandes. Unos soldados del Tercio de Francisco de Bobadilla asumían en 1585  en la Isla  de Bommel una situación insostenible. Los flamencos  habían abierto los diques de los ríos cercanos y los españoles se hacinaban en  un montículo llamado Empel.  Les esperaba una difícil suerte al estar  rodeados por una  superior escuadra enemiga del almirante  Holak, aunque les quedasen fuerzas para gritar «ya hablaremos de capitulación, después de muertos».  El encontrar una tabla flamenca con la imagen de   la Inmaculada entre el barro de las trincheras que excavaban, les dio fuerza para resistir  y una   helada milagrosa de las aguas del río Maas, les permitió salir, contraatacar y vencer.  Del hecho,  nació la relación que aún hoy perdura.

Si pudiera  extraer la principal virtud que los Infantes encuentran en su Patrona, yo diría que es la humildad. Para ellos es ejemplar  la madre de Belén que acepta las duras condiciones del lugar del parto; es la que ve cómo su hijo se emancipa  porque su misión en este mundo es diferente a  la de otros jóvenes; es la que sufre en silencio, callada, digna, todo un Calvario. Recuerdo  una magnífica reflexión escrita hace unos años por el entonces Coronel José María Sanchez de Toca, denominada «La Infantería es como su Patrona». Sánchez de Toca une a su estirpe de raza una sensibilidad intelectual poco común. Le recuerdo de cadete de la Academia de Toledo, discutiendo sobre el Ulises de  Joyce con veinte y muy pocos años.

Recojo   parte de sus acertadísimas palabras: «Infantería es el soldado febril que exige un puesto en primera línea, le pegan tres tiros, pierde una mano y aun le quedan ganas de escribir el Quijote. Se llama Cervantes pero también podrían contestar a lista Alonso de Ercilla, Lope o Calderón; es el sargento legionario que muere en el asalto y viene a saberse en sus papeles que es Grande  de España. Pero esta es –añade– la Infantería excepcional. Porque hay  otra  del día a día en la que «lo normal es la fatiga, el frío, la mojadura, el sudor». Es la que «trata de hacer bien lo que hay que hacer, aceptando de entrada que puede salir mal; es la del  esfuerzo sin pedir nada a cambio: si acaso un poco de vidilla, porque la Infantería es humilde hasta para pedir». Y lo remata con un ejemplo: «como aquel gobernador de Filipinas que solicitaba razonablemente una compañía de Infantería española para conquistar China y no se la dieron, sencillamente porque no la había. Si no, quién sabe cuál sería hoy la mayor nación de habla hispana».

Quisiera hoy recordar a los que andan humildes y callados en los puestos más peligrosos de la ruta Lithiun allá por Afganistán . Son los de Ludina y Darrah i Bum, que tildan a los de Qala i Naw de vivir en el «Palace».

También ha sido característico de los Infantes este buen sentido del humor. Como  muestra  de un pasado inmediato el «Diccionario para un macuto» de Rafael Garcia Serrano; para muestra actual el irrepetible sentido del humor y la sabiduría de un infante de categoría como es el coronel  Antonio Mingote, flamante Marqués de Daroca. Nunca podré olvidar unas  irrepetibles sobremesas con él y Alfonso Ussía, otro sabio del buen humor que sólo  alcanzó el grado de cabo Primero de Artillería en Campo Soto. Se mezclaban grados, diferencias generacionales, méritos y ascensos.  Siempre se llegaba a  la anécdota, al detalle humano, al  mote, a  las manías. Se   extraía  lo positivo de nuestro  andar por la vida.

Hoy, mejor que yo, el poeta  dedicaría a los infantes  estas estrofas:

«No hay a su duro pie, risco vedado. / Sueño no ha menester, quejas no quiere, / Donde le llevan va, jamás cansado. / Ni el bien le asombra, ni el desdén le hiere, / Sumiso, valeroso y abnegado, / Obedece, pelea , triunfa y muere». Eduardo Marquina.

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 8 de diciembre de 2011

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