El mando como servicio

Si son tercos, que coloquen notas en sus agendas o calendarios que repitan : «De aquí te puedes ir en cuatro años o antes»

Asumo que sólo me legitiman, al relacionar  mando o  gobierno con  servicio, el paso del tiempo y las experiencias, no siempre gloriosas, de muchos años en el Ejército. Tomo a esta Institución, tal como se estudia en muchas escuelas, como ámbito de formación de cuadros dirigentes, de líderes, de personas responsables, que extraen del  error  lección aprendida, que convierten cualquier juicio en ponderación y análisis, que hacen suyo –en resumen–  el lema «mandar es servir» extraído de nuestras viejas Ordenanzas y de la esencia mas profunda del pensamiento de nuestros clásicos tales como  Calderón o Garcilaso.

En la campaña electoral que acaba de finalizar  ha vencido una máxima de Napoleón, siempre eficaz: «nunca distraigas a tu enemigo cuando esté cometiendo una equivocación».

En haber dejado que un candidato, insistiese en la misma letanía de hurgar en las propuestas del  otro  y no en asentar  y reforzar las propias , estriba el éxito . En el «no entrar al trapo», –no distraigas  cuando se equivoque– ha radicado parte importante del éxito del Partido Popular.

Y dentro de la incertidumbre, nos hemos apoyado en positivas  vías democráticas para renovar fuerzas, algo que deberíamos valorar positivamente todos los españoles. Mirando alrededor, Italia y Grecia han tenido que recurrir al forzado relevo de sus gobernantes , por unos tecnócratas no precisamente legitimados en las urnas. No dejan de ser súbditos –hoy no me atrevo a llamarles ciudadanos– de una democracia apuntalada que se sostiene gracias a su presidencia de la República, a un poder judicial más o menos serio, a un poder ejecutivo de circunstancias y  a los  imprevisibles  restos de su poder legislativo. Débil democracia.

Esta reflexión –no obstante– va dirigida a quienes en pocas semanas ostentarán el poder en España y  que tendrán que vencer dos tipos de dificultades: una, en  las gentes a las que relevarán; la otra en ellos mismos. Y ambas proceden de idéntico trauma: el de considerar la acción de gobierno como propiedad y no como servicio.
Vivo en  un entrañable rincón oriental de España, mimado, conocido y halagado en verano,  dejado de la mano de Dios en invierno. Sufrimos una doble insularidad en costes y frecuencias de transportes marítimos y aéreos y en atenciones médicas, porque nuestra propia  demanda no estimula el negocio aéreo o marítimo, que tanto oferta cuando puede hacer su agosto. Y vivo de cerca un relevo político marcado por una misma circunstancia: tras años de haber trabajado en política, y no dudo que han dedicado tiempos y saberes, algunas  personas  se consideran propietarios de lo hecho y creen que los que les  relevan son una especie de asaltantes de caminos que roban todo su esfuerzo . Han confundido el servicio –temporal, sujeto a cambios– con la propiedad del cargo.

Le llamo  el síndrome del «Puente sobre el Río Kwai». Aquellos soldados ingleses en plena   Segunda Guerra Mundial, representaron una arrolladora peripecia humana de superación y supervivencia, obligados como prisioneros de guerra, a tender una línea férrea de más de 400 kilómetros entre  Tailandia y Birmania .  Una de las grandes dificultades del tendido la ofrecía el cruce sobre el rio Kwae Yai, el que Pierre Boulle autor del libro y del guión de la película, bautizará como Kwai. Y lo que es una indiscutible apología del ejército británico, es a la vez una crítica encendida a ciertos orgullosos y empecinados oficiales ingleses, encarnados en la figura del coronel Nicholson.

Éste no sólo se enfrenta a su carcelero, el japonés Saito, imponiéndole criterios técnicos, que al final son decisivos,  sino que luego se opone a la orden de su propio Estado Mayor que ordena volar el puente, como decisión de alcance estratégico. El  «puente era suyo» tras tanto esfuerzo. Había olvidado en octubre de 1943, que servía al Imperio Británico en una guerra  aun no decidida.

A las personas que ahora llegarán  creo  puedo pedirles que, por mucho que se entreguen, por muchas horas de viajes y de preparación de documentos, por muchos esfuerzos de salud y familiares, incluso por los insultos que reciban, nunca se sientan propietarios de nada, sino servidores de todos. Si son tercos, que coloquen notas en sus agendas o calendarios que repitan : «De aquí te puedes ir en cuatro años o antes». Si son inteligentes, que no dejen definitivamente el trabajo del que proceden, que tengan siempre la retaguardia cubierta, que no piensen en perpetuarse.
No es cuestión de talante, ni de falsa modestia. Es cuestión de sentido común y de integración en la comunidad, bien porque ésta le haya votado, bien porque haya sido designado para ocupar un  cargo.

Piense como Napoleón, que su enemigo no le va a distraer cuando cometa la equivocación de pensar que es propietario del puesto que ocupa.

La mejor vacuna para evitarlo: dedíquese sólo a servir.

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 23 de noviembre de 2011


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