¿Hasta cuándo, FARC?

Es aberrante que las FARC o ETA se crean que debemos perdonarles y aplaudirles por lo que han hecho en nombre de no sé qué concepto de libertad o de justicia.

Llevan cerca de cincuenta años, asesinando, secuestrando, extorsionando. Igual que nuestros etarras. Quiero pensar que, en su momento, pudieron tener cierta justificación, impulsados por aquella corriente comunista ortodoxa y  pro soviética  que invadió el cono sur americano.

En la madrugada del viernes 4 de este noviembre, el Ejército colombiano daba muerte a Alfonso Cano, máximo dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en un paraje llamado El Chirriadero, a 2.000 metros de altura, situado entre los pueblos de  Belalcázar y Suárez en el Departamento del Cauca . Viejo conocido en enésimas conversaciones de paz, desde las de Caracas en 1991 con Belisario hasta las de San Vicente de Caguán en 2001-2002 con Pastrana, es el cuarto dirigente de la organización que causa baja en menos de dos años. La residual estrategia que preconizaba  en un llamado «Plan renacer» consistía  en un repliegue a zonas marginales del país, renuncia a la ocupación de pueblos, mantenimiento de acciones aisladas, financiación por medio del secuestro y del narcotráfico. Pura estrategia de supervivencia.

Llevaba cuatro años el Ejército cercando una zona montañosa impenetrable –el Cañón de las Hermosas– en un paraje donde se bifurcan las cordilleras central y oriental de los Andes colombianos, zona en la que nacen sus más caudalosos ríos: Magdalena, Cauca, Caquetá y Patía. Una topografía «diseñada por el diablo para esconder bandidos» en frase de un general colombiano. Cuatro años de trabajos de inteligencia, de paciente espera, de sacrificios. En ella murieron en 2008, seis soldados de hipotermia, víctimas de las temperaturas gélidas de aquellos páramos. Ahora, 80 bajas entre muertos y heridos.

La región del  Cauca, suroeste colombiano con salida al Pacífico, –pasillo vital para el narcotráfico– fue en 1857 estado federal, para volver en 1886 a ser departamento, del que se desgajaron en el siglo XX otros, como los de Chocó, Caquetá y  Nariño así como el  de Valle del Cauca cuya capital es Cali. A la zona había llegado en un lejano 1566 el cordobés  Sebastián Belalcázar –impresionante su biografía–, procedente del Perú.

Del millón y medio de sus habitantes, doscientos mil son indígenas pertenecientes a una sorprendente variedad de grupos étnicos: nasas o páez, yanaconas, guambianos,  coconucos, totoros, ingas y kubeos.

La muerte de Alfonso  Cano, aunque sea pronto para analizar en profundidad sus consecuencias, tiene varias lecturas:

La primera es que refuerza el papel y sacrificio del Ejército colombiano y fortalece  a su Comandante en Jefe, el presidente Santos. Ambos han estado sometidos a presiones, tanto por no  alcanzar los éxitos esperados, como por sobrepasar los límites legales del uso de  la fuerza. Nunca es fácil la lucha contra  grupos irregulares que utilizan tácticas no ortodoxas, a las que hay que responder con las reglas del Estado de Derecho. No hacía demasiados días que el expresidente Uribe se había expresado en este sentido. Santos ha reaccionado con prudencia, nada triunfalista. Ha hablado de perseverar. Está en el buen camino. Tras tantas conversaciones de paz, tras tantas zonas de despeje, tras tantas negociaciones de Naciones Unidas, de Países Amigos y  de la OEA, tras tantos canjes y liberaciones, sólo cabe la perseverancia  policial,  militar y judicial, sin descartar –lo ha recordado el presidente– otras vías, pero con las condiciones que señale la sociedad colombiana, no las que dicten estas bandas marginales. Bandas, que por muy «fuerzas armadas» que quieran denominarse, no son más que un residuo de empecinados y engañados, sometidos a una disciplina de hierro y gatillo: a Cano siempre se le ha reprochado haber ordenado  liquidar a 40 correligionarios, por desviarse de la línea ideológica de la organización . No quieren comprender sus dirigentes que han envejecido, que han fracasado, que viven alejados del mundo real. Poco tienen que pintar en una Colombia con un crecimiento económico envidiable.

Pero «la serpiente agoniza descabezada , y   dará los últimos coletazos antes de morir». Ya los ha dado. Las FARC han demostrado una enorme capacidad de regeneración, no lo olvidemos. Pero creo que  no sobrepasarán el mandato de Santos. Por muy diseñada que esté su estrategia de «repliegue generalizado y ataques puntuales» en el fondo no es más  que una estrategia del «aguantar por aguantar», extorsionar y apoyarse en el narcotráfico para financiarse y mantener cierta actividad para no perder  esperanzas y bazas de una negociación política a ver venir.

Escrita desde España esta crónica de la muerte de un «poli-mili» como Alfonso Cano, con nuestros propios problemas en  mente, no deja de ser aberrante que  bandas  como las FARC o ETA, con cerca de cincuenta años de existencia, que han tenido cien oportunidades para reinsertarse, han conocido amnistías, canjes, liberaciones e  indultos,  se crean hoy que debemos perdonarles y aplaudirles por lo que han hecho en nombre de no sé qué concepto de libertad o de justicia social. Desde luego, erraron de estrategia.


Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 9 de noviembre de 2011


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