Archive for noviembre, 2011

El mando como servicio

martes, noviembre 29th, 2011

Si son tercos, que coloquen notas en sus agendas o calendarios que repitan : «De aquí te puedes ir en cuatro años o antes»

Asumo que sólo me legitiman, al relacionar  mando o  gobierno con  servicio, el paso del tiempo y las experiencias, no siempre gloriosas, de muchos años en el Ejército. Tomo a esta Institución, tal como se estudia en muchas escuelas, como ámbito de formación de cuadros dirigentes, de líderes, de personas responsables, que extraen del  error  lección aprendida, que convierten cualquier juicio en ponderación y análisis, que hacen suyo –en resumen–  el lema «mandar es servir» extraído de nuestras viejas Ordenanzas y de la esencia mas profunda del pensamiento de nuestros clásicos tales como  Calderón o Garcilaso.

En la campaña electoral que acaba de finalizar  ha vencido una máxima de Napoleón, siempre eficaz: «nunca distraigas a tu enemigo cuando esté cometiendo una equivocación».

En haber dejado que un candidato, insistiese en la misma letanía de hurgar en las propuestas del  otro  y no en asentar  y reforzar las propias , estriba el éxito . En el «no entrar al trapo», –no distraigas  cuando se equivoque– ha radicado parte importante del éxito del Partido Popular.

Y dentro de la incertidumbre, nos hemos apoyado en positivas  vías democráticas para renovar fuerzas, algo que deberíamos valorar positivamente todos los españoles. Mirando alrededor, Italia y Grecia han tenido que recurrir al forzado relevo de sus gobernantes , por unos tecnócratas no precisamente legitimados en las urnas. No dejan de ser súbditos –hoy no me atrevo a llamarles ciudadanos– de una democracia apuntalada que se sostiene gracias a su presidencia de la República, a un poder judicial más o menos serio, a un poder ejecutivo de circunstancias y  a los  imprevisibles  restos de su poder legislativo. Débil democracia.

Esta reflexión –no obstante– va dirigida a quienes en pocas semanas ostentarán el poder en España y  que tendrán que vencer dos tipos de dificultades: una, en  las gentes a las que relevarán; la otra en ellos mismos. Y ambas proceden de idéntico trauma: el de considerar la acción de gobierno como propiedad y no como servicio.
Vivo en  un entrañable rincón oriental de España, mimado, conocido y halagado en verano,  dejado de la mano de Dios en invierno. Sufrimos una doble insularidad en costes y frecuencias de transportes marítimos y aéreos y en atenciones médicas, porque nuestra propia  demanda no estimula el negocio aéreo o marítimo, que tanto oferta cuando puede hacer su agosto. Y vivo de cerca un relevo político marcado por una misma circunstancia: tras años de haber trabajado en política, y no dudo que han dedicado tiempos y saberes, algunas  personas  se consideran propietarios de lo hecho y creen que los que les  relevan son una especie de asaltantes de caminos que roban todo su esfuerzo . Han confundido el servicio –temporal, sujeto a cambios– con la propiedad del cargo.

Le llamo  el síndrome del «Puente sobre el Río Kwai». Aquellos soldados ingleses en plena   Segunda Guerra Mundial, representaron una arrolladora peripecia humana de superación y supervivencia, obligados como prisioneros de guerra, a tender una línea férrea de más de 400 kilómetros entre  Tailandia y Birmania .  Una de las grandes dificultades del tendido la ofrecía el cruce sobre el rio Kwae Yai, el que Pierre Boulle autor del libro y del guión de la película, bautizará como Kwai. Y lo que es una indiscutible apología del ejército británico, es a la vez una crítica encendida a ciertos orgullosos y empecinados oficiales ingleses, encarnados en la figura del coronel Nicholson.

Éste no sólo se enfrenta a su carcelero, el japonés Saito, imponiéndole criterios técnicos, que al final son decisivos,  sino que luego se opone a la orden de su propio Estado Mayor que ordena volar el puente, como decisión de alcance estratégico. El  «puente era suyo» tras tanto esfuerzo. Había olvidado en octubre de 1943, que servía al Imperio Británico en una guerra  aun no decidida.

A las personas que ahora llegarán  creo  puedo pedirles que, por mucho que se entreguen, por muchas horas de viajes y de preparación de documentos, por muchos esfuerzos de salud y familiares, incluso por los insultos que reciban, nunca se sientan propietarios de nada, sino servidores de todos. Si son tercos, que coloquen notas en sus agendas o calendarios que repitan : «De aquí te puedes ir en cuatro años o antes». Si son inteligentes, que no dejen definitivamente el trabajo del que proceden, que tengan siempre la retaguardia cubierta, que no piensen en perpetuarse.
No es cuestión de talante, ni de falsa modestia. Es cuestión de sentido común y de integración en la comunidad, bien porque ésta le haya votado, bien porque haya sido designado para ocupar un  cargo.

Piense como Napoleón, que su enemigo no le va a distraer cuando cometa la equivocación de pensar que es propietario del puesto que ocupa.

La mejor vacuna para evitarlo: dedíquese sólo a servir.

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 23 de noviembre de 2011


Más «primavera» mediterránea

martes, noviembre 22nd, 2011

Parecía que con el fin de los bombardeos sobre Libia, terminaban los conflictos mediterráneos. Esta nueva «primavera» llega por San  Martín, en pleno otoño, cuando creíamos que los alborotos políticos y sociales se quedarían en la ribera sur mediterránea. Comenzó en Túnez, siguió por Egipto y se cerró a martillazos en Libia, con un resultado que ahora medimos en barriles/día y en millones en inversiones de infraestructuras, las mismas que con nuestros aviones destrozamos. Tampoco hablamos de los más de 40.000 muertos, ni de una represión que viola un montón de artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Más mediterráneos que Grecia e Italia no encontraremos otros países. Los demás tenemos algún costado en otro mar, aunque este detalle geográfico no nos inmunice. No creo en los contagios porque las enfermedades son algo diferente, pero más vale tener los lazaretos a punto mirando con cautela lo que les pasa, que abandonarnos  y  bajar la guardia.
No es que podemos tirar la primera piedra. Pero nos ha pillado mejor que a helenos e italianos, porque en tres días podemos ver una luz al final del túnel, cuando ellos están entrando con pie incierto en él, confiando a ciegas en dos experimentados tecnócratas. Por supuesto les deseo suerte, no sólo pensando en ellos, sino, egoístamente, en nosotros.

Aún me cuesta creer cómo Italia ha resistido doce años a un frívolo donjuán de barriada, más propenso a la bravuconada que a  la reflexión.  Sus méritos políticos estaban más cercanos a la manipulación y a  la «cosa nostra» que a la  debida seriedad de un jefe de gobierno. El que le aplaudiese cierto sector de italianos, no significa que estuviese en el camino correcto. Y sus aspectos de «dolce vita» rozan el ridículo, teniendo en cuenta su edad y condición. El Dr. Marañón refleja bien el  estéreotipo tanto en su «Don Juan» como en «Amiel». Esta necesidad de contar, de fanfarronear, es enfermiza. Nuestro saber popular también lo define: «Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces» o «Perro ladrador, poco mordedor». Ahora acaparará todas las culpas, propias y ajenas,  en un país en el que dos de cada diez pensionistas inválidos está sano, un cuarto del censo de contribuyentes declara vivir con menos de dieciséis euros al día y hay un montón de  prejubilados con menos de treinta años.

Lo de Grecia, también viene de lejos. Unas familias políticas –Papandréu,  Karamanlis  y Mitsotakis entre otros– han venido usando el poder como territorio de caza en el que se repartían los cotos. Y pensaban que el sistema llegaría a ser vitalicio. No  concebían el poder como temporal servicio público  a su comunidad y este espíritu prostituido, falto de valores,  ha ido calando en la sociedad helena. Lo que hemos dicho de Italia se queda corto cuando hablamos de censos griegos. Quizás la diferencia radique en que el aparato del Estado italiano, cimentado en un buen  y seleccionado escalafón de técnicos, resista mejor. Éstos surten hasta el nivel  de Dirección General muchos  altos cargos del ejecutivo y le dan estabilidad.

Les queda a ambos –y a nosotros– largo y duro trecho. No es fácil decir que no, sea con o sin tijera. Han tenido más que tiempo para percibir que Europa no era un saco sin fondo y que las políticas presupuestarias miraban a más frentes, desde su ampliación. Ahora ponen en manos de tecnócratas la posible solución. No deja de ser injusta la jugada por muy consensuada que esté. Es decir, una clase política –«berlusconis y karamanlis»– lleva el país a la ruina y se quitan de en medio cuando hay que poner soluciones drásticas que llevarán a enfrentamientos y problemas sociales graves.

Tampoco deja de ser significativa la «purga» que sufrió la cúpula militar griega el pasado día 5. No se ha querido hablar demasiado de ello, ni en cancillerías ni en medios de prensa. Tampoco se divulgó un manifiesto firmado por 2.000 militares el pasado octubre y el «asalto» de 300 de ellos a la propia sede del Ministerio de Defensa.  Todo se presentó como un normal  cambio rutinario, cuando no hay que ser un napoleón para intuir otros problemas.  Incluso podría pensarse que se provocó adrede, para que Europa no se arriesgase al brote de otro «golpe de los coroneles»  como el ocurrido en Abril de 1967.

Nadie se atreve a hablar de «economías de guerra» cuando no estamos tan lejos de ellas. Nuestros abuelos ya tuvieron que dar oro para fundir, en un intento  altruista aunque desesperado, de salvar las arcas públicas. Aquí ya hay colectivos de médicos que se ofrecen a operar sin cobrar. Y cientos de nuestros conciudadanos confeccionan y sirven comidas a necesitados , algo que no veíamos mas que en  fotos de las postguerras. Es el oro de hoy.
¡Estamos en otoño y suspiramos primaveras!

Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 16 de noviembre de 2011


¿Hasta cuándo, FARC?

viernes, noviembre 11th, 2011

Es aberrante que las FARC o ETA se crean que debemos perdonarles y aplaudirles por lo que han hecho en nombre de no sé qué concepto de libertad o de justicia.

Llevan cerca de cincuenta años, asesinando, secuestrando, extorsionando. Igual que nuestros etarras. Quiero pensar que, en su momento, pudieron tener cierta justificación, impulsados por aquella corriente comunista ortodoxa y  pro soviética  que invadió el cono sur americano.

En la madrugada del viernes 4 de este noviembre, el Ejército colombiano daba muerte a Alfonso Cano, máximo dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en un paraje llamado El Chirriadero, a 2.000 metros de altura, situado entre los pueblos de  Belalcázar y Suárez en el Departamento del Cauca . Viejo conocido en enésimas conversaciones de paz, desde las de Caracas en 1991 con Belisario hasta las de San Vicente de Caguán en 2001-2002 con Pastrana, es el cuarto dirigente de la organización que causa baja en menos de dos años. La residual estrategia que preconizaba  en un llamado «Plan renacer» consistía  en un repliegue a zonas marginales del país, renuncia a la ocupación de pueblos, mantenimiento de acciones aisladas, financiación por medio del secuestro y del narcotráfico. Pura estrategia de supervivencia.

Llevaba cuatro años el Ejército cercando una zona montañosa impenetrable –el Cañón de las Hermosas– en un paraje donde se bifurcan las cordilleras central y oriental de los Andes colombianos, zona en la que nacen sus más caudalosos ríos: Magdalena, Cauca, Caquetá y Patía. Una topografía «diseñada por el diablo para esconder bandidos» en frase de un general colombiano. Cuatro años de trabajos de inteligencia, de paciente espera, de sacrificios. En ella murieron en 2008, seis soldados de hipotermia, víctimas de las temperaturas gélidas de aquellos páramos. Ahora, 80 bajas entre muertos y heridos.

La región del  Cauca, suroeste colombiano con salida al Pacífico, –pasillo vital para el narcotráfico– fue en 1857 estado federal, para volver en 1886 a ser departamento, del que se desgajaron en el siglo XX otros, como los de Chocó, Caquetá y  Nariño así como el  de Valle del Cauca cuya capital es Cali. A la zona había llegado en un lejano 1566 el cordobés  Sebastián Belalcázar –impresionante su biografía–, procedente del Perú.

Del millón y medio de sus habitantes, doscientos mil son indígenas pertenecientes a una sorprendente variedad de grupos étnicos: nasas o páez, yanaconas, guambianos,  coconucos, totoros, ingas y kubeos.

La muerte de Alfonso  Cano, aunque sea pronto para analizar en profundidad sus consecuencias, tiene varias lecturas:

La primera es que refuerza el papel y sacrificio del Ejército colombiano y fortalece  a su Comandante en Jefe, el presidente Santos. Ambos han estado sometidos a presiones, tanto por no  alcanzar los éxitos esperados, como por sobrepasar los límites legales del uso de  la fuerza. Nunca es fácil la lucha contra  grupos irregulares que utilizan tácticas no ortodoxas, a las que hay que responder con las reglas del Estado de Derecho. No hacía demasiados días que el expresidente Uribe se había expresado en este sentido. Santos ha reaccionado con prudencia, nada triunfalista. Ha hablado de perseverar. Está en el buen camino. Tras tantas conversaciones de paz, tras tantas zonas de despeje, tras tantas negociaciones de Naciones Unidas, de Países Amigos y  de la OEA, tras tantos canjes y liberaciones, sólo cabe la perseverancia  policial,  militar y judicial, sin descartar –lo ha recordado el presidente– otras vías, pero con las condiciones que señale la sociedad colombiana, no las que dicten estas bandas marginales. Bandas, que por muy «fuerzas armadas» que quieran denominarse, no son más que un residuo de empecinados y engañados, sometidos a una disciplina de hierro y gatillo: a Cano siempre se le ha reprochado haber ordenado  liquidar a 40 correligionarios, por desviarse de la línea ideológica de la organización . No quieren comprender sus dirigentes que han envejecido, que han fracasado, que viven alejados del mundo real. Poco tienen que pintar en una Colombia con un crecimiento económico envidiable.

Pero «la serpiente agoniza descabezada , y   dará los últimos coletazos antes de morir». Ya los ha dado. Las FARC han demostrado una enorme capacidad de regeneración, no lo olvidemos. Pero creo que  no sobrepasarán el mandato de Santos. Por muy diseñada que esté su estrategia de «repliegue generalizado y ataques puntuales» en el fondo no es más  que una estrategia del «aguantar por aguantar», extorsionar y apoyarse en el narcotráfico para financiarse y mantener cierta actividad para no perder  esperanzas y bazas de una negociación política a ver venir.

Escrita desde España esta crónica de la muerte de un «poli-mili» como Alfonso Cano, con nuestros propios problemas en  mente, no deja de ser aberrante que  bandas  como las FARC o ETA, con cerca de cincuenta años de existencia, que han tenido cien oportunidades para reinsertarse, han conocido amnistías, canjes, liberaciones e  indultos,  se crean hoy que debemos perdonarles y aplaudirles por lo que han hecho en nombre de no sé qué concepto de libertad o de justicia social. Desde luego, erraron de estrategia.


Artículo publicado en “La Razón” el miércoles 9 de noviembre de 2011


Confianza

jueves, noviembre 3rd, 2011

Miramos al próximo 20 de noviembre como el posible primer paso para recuperar, por encima de todo, la confianza.

No hay palabra más repetida, más deseada en estos trémulos tiempos de incertidumbre.

Deriva del verbo «confiar», del latín «confidere», que a su vez deviene de «fides», «lealtad». Significa, en suma, tener fe en alguien, ser leal a alguien. Los sociólogos la definen como la opinión favorable con que una persona o grupo es capaz y desea actuar de manera adecuada; que «es de confianza», diríamos los soldados de a pie.

En recientes declaraciones, el que fuera presidente extremeño Rodríguez Ibarra, comentando el manifiesto etarra del 20 de octubre, decía: «Un país funciona bien cuando la confianza es la norma por la que se rige la convivencia; y la confianza es lo que más nos falta a los españoles». Y es sintomático que la biografía de Mariano Rajoy lleve por título «En confianza» y que uno de los «best-seller» de nuestras librerías sea la obra de Stephen Covery titulada «El factor confianza».

Al otro lado del Atlántico, en una semivacía Cumbre Americana, aquel antiguo y promiscuo cura metido hoy a presidente de una república hermana nos advertía: «España se hunde; miramos a China». Vamos, que había perdido la confianza en nosotros, igual que  la decena de mandatarios que excusaron su asistencia.

Por esto miramos al 20-N como el posible primer paso para recuperar, sobre todo, confianza.

Porque la hemos perdido en nuestras instituciones y en el buen gobierno. La deseable separación de poderes parece que ha quedado para los estudiantes de Ciencias Políticas.

Hay muy serias dudas sobre el funcionamiento de la Justicia, salpicada por compromisos con el poder ejecutivo, utilizando códigos  más  partidistas que de Estado. ¿Concebimos aquí los tres años de cárcel impuestos al ex gobernador del Banco de Italia por especulación abusiva y uso de información confidencial? ¿Quién responde del fracasado aeropuerto de Ciudad Real o de las indemnizaciones millonarias de la CAM?

Lo malo es que el mal gobierno ha arrastrado incluso a una institución tan querida y necesaria para  todos como es la Corona, vista hoy por cierto sector de la sociedad, demasiado cercana en actitudes y gestos a unos gobernantes que merecen más la mirada seca y adusta, que la complaciente sonrisa.

A la ciudadanía le cuesta comprender cómo dos de los compromisos más significativos del Gobierno -el intento de internalización del programado «proceso de paz» vasco y el compromiso con los EE.UU de compartir su escudo antimisiles desde nuestra base de Rota, que en otro sentido es una lógica aproximación al centro de gravedad de la incierta primavera norteafricana- se han producido cuando se había extinguido la legislatura en nuestras Cortes Generales. Es decir, que pudiendo programar otras fechas eligieron precisamente las del vacío de poder legislativo. Todos sabemos por qué se hizo.

Y subyace respecto a ETA y al complejo problema vasco la desconfianza. Parece olvidada la primera amnistía total firmada por el presidente Suárez; parecen olvidados los seis comunicados de este mismo año, y las decenas de años anteriores, quebrados unilateralmente -Barajas, Palma de Mallorca, etc.- por una banda de asesinos que ahora pretenden presentarse como demócratas de toda la vida.

Como también le cuesta comprender al ciudadano, como tras treinta años de analizar cómo se podía cambiar puntualmente nuestra Constitución, ésta se modificó  en una semana. Un rígido control de votos en Congreso y Senado, incluido el de la décima parte de sus miembros que hubieran podido pedir un referéndum, lo posibilitó. La lógica y estricta disciplina de contención del gasto que nos  exigía Alemania lo hizo posible. Es decir, que cuando nos aprietan, podemos.

Lo que no conseguimos es que los españoles que atesoran euros en paraísos fiscales, en cajas de seguridad o debajo de las baldosas reintegren sus fondos para facilitar la imprescindible fluidez monetaria, que sigue siendo vital para nuestras administraciones, empresas y hogares.

Nadie confía en su entidad bancaria, en la empresa asociada, en el verdadero papel de la Bolsa. Nadie puede confiar en la letra impresa ni en informativos, porque no sabe a qué intereses o a qué campos pagados obedecen lo que nos dicen o escriben. Y a nivel personal se  llega a desconfiar del compañero, del jefe, del subordinado. El «trepa» se ha constituido en figura universal, cotidiana, tristemente presente en nuestra vida política, económica y social.

Ya nadie confía en el acuerdo sellado con un simple apretón de manos, como hacían nuestros abuelos. Y no hablamos de la palabra de honor, porque éste es otro concepto que hemos desterrado de nuestro orden de valores.
Pero quedan gentes con honor, con fe, leales, buenos amigos. Quedan donantes de órganos, voluntarios que se van por nada a Somalia, misioneros que se pierden en el corazón de África, soldados que sin preguntar obedecen en Afganistán. Confiemos en todos ellos.

Como en las rogativas implorando la lluvia en tiempos de sequía, miremos al 20-N  buscando -sobre todo-  confianza.

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 3 de noviembre de 2011