En busca del ciudadano

Dediqué mis dos últimas reflexiones en esta tribuna «a la búsqueda de un Ministro» refiriéndome al próximo/a que pudiera ser nombrado para la cartera de Defensa. El tono de ambas era exigente con el perfil deseado, crítico con experiencias que hemos vivido, pero esencialmente esperanzador. La crítica a la clase política es fácil. Pero estamos obligados a reconocer que en ciertos casos la opinión pública es injusta, porque somos extremadamente críticos con los demás, especialmente si ocupan cargos de responsabilidad y no lo somos tanto con nosotros mismos. Por esto pedía disculpas. Por si mi viejo compromiso y afecto por las Fuerzas Armadas me impedía ser totalmente objetivo.

Porque, ¿qué ciudadanos formamos esta opinión pública?

Quiero hoy reflexionar acerca de este exigente compatriota, bien pertrechado para la crítica generalizada –la paja en ojo ajeno–, muy poco dispuesto y educado para ver la viga en el propio. Es este producto que hemos fabricado entre todos, hijo de la globalización, de la pérdida de valores, de intentos de destrucción de la familia, del corrosivo ataque a la historia, a la educación y al respeto a los mayores, repelente al esfuerzo y al sacrificio personal en bien de la comunidad.

Es el ciudadano que exhibe por doquier su tabla de derechos y la esgrime en sus relaciones laborales y sociales y obvia –consciente o inconscientemente– el más elemental artículo del código de sus deberes.
Es el mismo que no se involucra en nada, que no aporta nada, que critica todo, pero que amparado en la masa tiene suficiente fuerza para reclamar un aeropuerto en su propio pueblo, el tren más rápido aunque circule vacío, el ambulatorio en la esquina de su bloque que le atienda en cuanto estornude o que le suministre metadona a barra libre o anticonceptivos a priori y posteriori.

Y cuando algo de esto le falta, recurre a una violencia social o familiar que hasta hace poco tiempo desconocíamos.

Enrique Rojas, este magnífico «perforador de superficies humanas» como se define, se refería en estas mismas páginas (1 de octubre) a esta sociedad «psicológicamente desorientada, enferma, muy perdida en lo fundamental», añadiendo que la tragedia de estos tiempos se encuentra en el abismo que forman por un lado la perfección de los medios y por otro la confusión de los fines.

En tono mas sociológico Rosa María Calaf que ha cubierto como corresponsal más de medio mundo, sentenciaba recientemente desde la atalaya de su experiencia y de sus años, que «vivimos una España desconcertada y miedosa».

Fundidas las dos opiniones, hablamos por tanto en este comienzo de la segunda década del siglo, de un ciudadano desorientado, enfermo psicológicamente, perdido en lo fundamental, confundido, desconcertado y miedoso.

Podríamos añadir más adjetivos. Pero me detendré en el último porque aunque no lo parezca, vivimos impregnados de miedo. Hay miedos legítimos como el de la seguridad personal o a la pérdida del trabajo. No me refiero a estos.

Me refiero por ejemplo , al miedo a dar la cara, a la forma con que se extiende el anonimato o el seudónimo en los medios y especialmente en la red. Antes, cuando cierta ética presidía la comunicación, se exigía nombre apellidos y DNI para poder expresar una opinión. Hoy se puede insultar, herir, murmurar impunemente. La mentira se ha institucionalizado. Y de mil mentiras se construye una falsa verdad por destructiva que sea.
Miedo es el que tienen los cientos o miles de ciudadanos que evaden capitales a paraísos fiscales y contribuyen a agravar la crisis que sufrimos.

La segunda consecuencia del miedo es la violencia. El asesino de Estocolmo tenía miedo a la multiculturalidad. El asesino de dos mujeres en una iglesia de Madrid, miedo al vacío que se le presentaba por haber perdido a su pareja y su trabajo. Ambos lo descargaron contra personas que no tenían nada que ver con su problema.

Bien saben los miles de ciudadanos cumplidores, sacrificados y honestos, que no me refiero a ellos. Pero deben estar vigilantes para que no les ocurra a sus hijos o a sus nietos, porque también se ha querido quebrar la cadena familiar que es la que hoy soporta realmente la crisis, muchas veces sobre las espaldas de jubilados que ceden parte de su esfuerzo, de su pensión, de sus ahorros o de su patrimonio, para que sobrevivan los mas jóvenes.

Porque también convivimos con malos ciudadanos que, perdidos otros miedos, se repartirán en plena crisis beneficios arrancados del río revuelto. El propio Gobernador del Banco de España tendrá que referirse a la CAM alicantina como «lo peor de lo peor», recordándonos la sentencia de Confucio: «En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza; en un país mal gobernado, debe inspirar vergüenza la riqueza».
¡Tampoco lo tiene fácil el futuro Ministro de Defensa con estos ciudadanos!

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 6 de octubre de 2011

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