Defensa y Ciudadanía

Ante la falta de solidaridad, las Fuerzas Armadas aportan sacrificio; ante los movimientos nacionalistas centrífugos aportan unidad.

Con acierto, este medio convocó el pasado lunes a un grupo de expertos para hablar de Política de Defensa. El encuentro se inscribe en la línea reflexiva marcada por la dirección del mismo, que organiza  unos necesarios debates bajo el prisma de “Las razones del cambio”.

El editorial que correspondía a la reseña de lo debatido (ver “La Razón”, martes 11 de octubre) se tituló con estas dos palabras: Defensa y ciudadanía. Yo me había adentrado en tribunas anteriores en estos conceptos, íntimamente relacionados, y el foro, que no decepcionó, me da pie para volver a ellos. La celebración del Desfile en el día de nuestra Fiesta Nacional y el inminente periodo electoral invitan a esta reflexión.

Me referiré en primer lugar a los ponentes. No conozco a Dª Beatriz Salmones, la diputada que ha tenido que torear como oposición en la difícil plaza de la Comisión de Defensa del Congreso. Ha sabido de prepotencias, de faltas de consenso, de presiones, de quejas de miles de uniformados, en un período legislativo que no pasará a la historia como brillante y eficaz. Y tiene razón al decir que “las Fuerzas Armadas están altísimamente valoradas pero son altísimamente desconocidas”.

Pero si conozco bien a los uniformados, todos pertenecientes al Ejército. Por una parte me extraña la ausencia de marinos y aviadores. Pero por otra también sé que quien más ha sufrido los “caprichos de la política” ha sido el Ejército. Nadie se ha metido con el Museo Naval o con el Aeronáutico de Cuatro Vientos y sí con malévola pasión, en el del Ejército del Alcázar toledano o por el de Montjuïc en Barcelona; ninguna otra institución ha sufrido tantos recortes presupuestarios, cuando es la que pone mayoritariamente  la carne de cañón con disciplina y silencio. Con el debido respeto y asumiendo que todos formamos un todo necesario, no es lo mismo despegar desde una limpia base aérea italiana rumbo al despejado cielo de Libia, que fajarse seis meses en Qala-e-Naw allá perdidos por el norte de Afganistán.

Los ponentes militares del debate, sabían de todo esto. Luis Feliu, siendo Teniente General, no pestañeó cuando se le “invitó” a montar en el difícil y peligroso Bagdad de 2003 una representación de nuestro Gobierno y de nuestras Fuerzas Armadas, junto a la prepotente administración norteamericana que montaron los interesados súbditos de Rumsfeld. Pedro Galán, una de las mejores cabezas de nuestro Ejército, certificada su valía en el difícil proceso de paz de El Salvador, reincidente no sé cuántas veces en Bosnia, lleva sobre sus espaldas el complejo mundo del personal en el Ejército. Jesús Argumosa es uno de nuestros mejores estrategas, autor de un ingente trabajo de difusión que plasmó en publicaciones del Ceseden, que ahora continúa en Atenea. Por último el Intendente Paco Pérez Muinelo, fogueado en Estados Unidos, que conoce como nadie los presupuestos de  Defensa, los retornos industriales en la materia, las compensaciones por tratados de bases, las indemnizaciones y compromisos financieros a medio y largo plazo.

¡Buen equipo! Eché de menos a representantes de las nuevas generaciones. Pero aún falta fluidez comunicativa. Nos mantenemos encorsetados: “La actitud política no ha ayudado a incrementar el peso específico de los militares ante la sociedad civil”; “se necesita un sistema de personal transparente, de acuerdo con principios de mérito y capacidad”; “no se ha querido reconocer que nuestras FAS acuden a escenarios de guerra”.

Se habló de los constantes cambios de leyes, que ni siquiera permiten analizar los efectos que han producido las derogadas. Lo que yo llamo mucha veces “no dejar reposar el modelo”. No. El coche aún está en rodaje y ya le cambiamos el motor o la transmisión. El perfil del mando que sale de nuestras academias es bueno, pues vamos a probar otro.

Diría que no se dijo nada nuevo, pero se dijo en buen tiempo y lugar. No se cambia la opinión de un pueblo en dos telediarios. Y en estos momentos de crisis, las Fuerzas Armadas tienen mucho que decir. Porque ante la falta de solidaridad, aportan sacrificio; ante los movimientos nacionalistas centrífugos, aportan unidad; ante las reivindicaciones abusivas de derechos, se apuntan voluntariamente a deberes. Además, siguen representando la “ultima ratio”. Ya conocen lo que le pasó a la Atenas de Pericles cuando consideró –prepotente e insensata– innecesarias sus murallas. No estamos exentos de amenazas y riesgos ni dentro de casa, ni fuera de nuestro suelo patrio. Por supuesto alguien intentará el debilitarnos, expulsarnos de nuestro propio territorio, sea en San Sebastián o sea en Tremp. Y utilizarán medios “políticamente correctos”, para hacerlo. Utilizarán pactos electorales o leyes de acompañamiento para deslizarse sutilmente.

Romper el esquema de Estado, económica, social o políticamente, es su meta. Ahora todos pagamos sus excesos. Pero no teman. Los cimientos vocacionales son firmes. ¡Tengan confianza en sus Fuerzas Armadas!

Artículo publicado en “La Razón” el 13 del 10 de 2011

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