Archive for octubre, 2011

Entre San Sebastián y Oviedo

domingo, octubre 30th, 2011

“Nunca los cobardes consiguieron victorias; nunca quienes no se sacrifican ni arriesgan triunfan”

Con la habitual y esperpéntica liturgia etarra –capucha, blusón, boina, emblemas, banderas y puño en alto– tres enmascarados abrían, vía «Gara», su especial  «semana grande  donostiarra» que culminaría con la puesta en escena de una muy programada «Conferencia de Paz».

Aún tapados, aún sin dar la cara, son bien conocidas sus identidades. Sus fotos decoran comisarías y cuarteles, sólo a la espera de ser tachados con una cruz a  consecuencia de su detención.

Pocos días después,  en Oviedo, el coronel japonés Toyohiko Tomioka, junto a otros cinco bomberos, policías y militares «héroes de Fukushima», recibían el Premio Príncipe de Asturias en representación de aquellos  más de 200 compañeros que arriesgaron sus vidas, entrando en una zona de altísima radiación de plutonio, con el fin de intentar solucionar una crisis nuclear que tuvo en vilo al mundo entero. Todos, a cara descubierta, cuando de ellos sólo teníamos una imagen  difusa, vestidos de blanco, protegidos  por máscaras protectoras de radiación. Incluso desconocíamos sus nombres.

Es decir, en pocos días veíamos tapados a quienes han destruido, extorsionado y asesinado, y  a cara descubierta a quienes habían arriesgado su propia vida, pensando en la vida de los otros.

Los que se consideraban con el derecho a  matar, contra los que sentían el deber de salvar.

¡Qué mundos tan diferentes y qué coincidencia tan trágica!

Podría cerrar aquí esta tribuna. El lector ya sabe  adónde quiero llegar.

Los tapados, sin la menor mención a la entrega de armas –condición que ha sido estrictamente  exigida  al  comienzo de cualquier proceso de paz  y que Kofi Annan conoce muy bien– sin la mirada franca y directa del que pide perdón, sin un atisbo de arrepentimiento, sin la menor autocrítica incluso, ¿qué esperan?

¿Qué queda de aquel primer componente religioso sobre el que se edificó  ETA extraído de determinados seminarios del País Vasco? ¿No les hablaron del propósito de enmienda y del dolor de los pecados? Bien sé que no los asimilaron nunca, porque para asesinar hay que haber cruzado muchas  de las líneas rojas dibujadas en las aulas de un seminario.

No fue difícil unir a este componente religioso el complemento nacionalista. Quizás sea más difícil explicar la integración del tercer elemento explosivo, el  social , teñido de odio. El extraído de las ostentaciones de riqueza, de barrios marginales, de –¿porqué negarlo?– injusticias.

Y al igual que carbón, azufre y potasa individualmente no son dañinos, unidos  forman una mezcla altamente explosiva. La fusión  de los componentes religioso, nacionalista y de odio social conforma –en mi opinión– la esencia asesina de ETA.

Parte de la sociedad que creó diferencias sociales ha cedido al chantaje del impuesto revolucionario o ha esgrimido como única defensa el silencio cómplice. No debe gustar demasiado, y se obvia citarlo en lo posible, el que los etarras en sus  manifiestos  se presenten  como «organización socialista revolucionaria».

Ahora, los tibios y vergonzantes, pretenden asomar su voz, diciendo que la declaración de San Sebastián ha sido su gran triunfo. Yo les digo: nunca los cobardes consiguieron victorias; nunca quienes no se sacrifican ni arriesgan triunfan.

El éxito será fruto de la política antiterrorista seguida por sucesivos gobiernos, de la complicidad interesada de Francia, de unos tiempos de acercamiento a la política antiterrorista norteamericana, del  trabajo callado y sacrificado de ciertos jueces y fiscales, de gentes del CNI, de la Policía y de la Guardia Civil, a los que hay que añadir el incalculable sacrificio de sus familias.

El éxito será de determinados periodistas y escritores que nunca han bajado la guardia.

El éxito se lo merecerán políticos de ámbito nacional, autonómico y local que han dado la cara, que han arriesgado vidas y haciendas en defensa de unos valores y de unos sentimientos.

Pero sobre todo, el éxito será de las asociaciones de víctimas. Las que llevan encima el dolor por la pérdida de sus seres queridos y que son consecuentes con los principios que ellos defendieron  y  que otros quisieron cercenar a golpe de pistola o de goma dos.

Por supuesto están vigilantes. Por supuesto no permitirán que nadie se apunte el éxito si no están aseguradas lógicas condiciones de arrepentimiento por  parte de los asesinos. Desarrolla perfectamente esta teoría, la filósofa Amelia Valcárcel en su obra «La memoria y el perdón». «Hace falta  arrepentimiento –nos recuerda– para llegar a un perdón reconciliador».

Ante las únicas referencias a los «amplios sectores de la sociedad vasca y de la sociedad internacional» del manifiesto etarra, todos sentimos como nuestro el problema. Hay una herida en un trozo de España, que es de todos. Y todos nos sentimos obligados  a  ser solidarios con quienes sufrieron y sufren más.

También es cuestión de justicia.

Artículo publicado en “La Razón” el 26 del 10 de 2011


Defensa y Ciudadanía

lunes, octubre 24th, 2011

Ante la falta de solidaridad, las Fuerzas Armadas aportan sacrificio; ante los movimientos nacionalistas centrífugos aportan unidad.

Con acierto, este medio convocó el pasado lunes a un grupo de expertos para hablar de Política de Defensa. El encuentro se inscribe en la línea reflexiva marcada por la dirección del mismo, que organiza  unos necesarios debates bajo el prisma de “Las razones del cambio”.

El editorial que correspondía a la reseña de lo debatido (ver “La Razón”, martes 11 de octubre) se tituló con estas dos palabras: Defensa y ciudadanía. Yo me había adentrado en tribunas anteriores en estos conceptos, íntimamente relacionados, y el foro, que no decepcionó, me da pie para volver a ellos. La celebración del Desfile en el día de nuestra Fiesta Nacional y el inminente periodo electoral invitan a esta reflexión.

Me referiré en primer lugar a los ponentes. No conozco a Dª Beatriz Salmones, la diputada que ha tenido que torear como oposición en la difícil plaza de la Comisión de Defensa del Congreso. Ha sabido de prepotencias, de faltas de consenso, de presiones, de quejas de miles de uniformados, en un período legislativo que no pasará a la historia como brillante y eficaz. Y tiene razón al decir que “las Fuerzas Armadas están altísimamente valoradas pero son altísimamente desconocidas”.

Pero si conozco bien a los uniformados, todos pertenecientes al Ejército. Por una parte me extraña la ausencia de marinos y aviadores. Pero por otra también sé que quien más ha sufrido los “caprichos de la política” ha sido el Ejército. Nadie se ha metido con el Museo Naval o con el Aeronáutico de Cuatro Vientos y sí con malévola pasión, en el del Ejército del Alcázar toledano o por el de Montjuïc en Barcelona; ninguna otra institución ha sufrido tantos recortes presupuestarios, cuando es la que pone mayoritariamente  la carne de cañón con disciplina y silencio. Con el debido respeto y asumiendo que todos formamos un todo necesario, no es lo mismo despegar desde una limpia base aérea italiana rumbo al despejado cielo de Libia, que fajarse seis meses en Qala-e-Naw allá perdidos por el norte de Afganistán.

Los ponentes militares del debate, sabían de todo esto. Luis Feliu, siendo Teniente General, no pestañeó cuando se le “invitó” a montar en el difícil y peligroso Bagdad de 2003 una representación de nuestro Gobierno y de nuestras Fuerzas Armadas, junto a la prepotente administración norteamericana que montaron los interesados súbditos de Rumsfeld. Pedro Galán, una de las mejores cabezas de nuestro Ejército, certificada su valía en el difícil proceso de paz de El Salvador, reincidente no sé cuántas veces en Bosnia, lleva sobre sus espaldas el complejo mundo del personal en el Ejército. Jesús Argumosa es uno de nuestros mejores estrategas, autor de un ingente trabajo de difusión que plasmó en publicaciones del Ceseden, que ahora continúa en Atenea. Por último el Intendente Paco Pérez Muinelo, fogueado en Estados Unidos, que conoce como nadie los presupuestos de  Defensa, los retornos industriales en la materia, las compensaciones por tratados de bases, las indemnizaciones y compromisos financieros a medio y largo plazo.

¡Buen equipo! Eché de menos a representantes de las nuevas generaciones. Pero aún falta fluidez comunicativa. Nos mantenemos encorsetados: “La actitud política no ha ayudado a incrementar el peso específico de los militares ante la sociedad civil”; “se necesita un sistema de personal transparente, de acuerdo con principios de mérito y capacidad”; “no se ha querido reconocer que nuestras FAS acuden a escenarios de guerra”.

Se habló de los constantes cambios de leyes, que ni siquiera permiten analizar los efectos que han producido las derogadas. Lo que yo llamo mucha veces “no dejar reposar el modelo”. No. El coche aún está en rodaje y ya le cambiamos el motor o la transmisión. El perfil del mando que sale de nuestras academias es bueno, pues vamos a probar otro.

Diría que no se dijo nada nuevo, pero se dijo en buen tiempo y lugar. No se cambia la opinión de un pueblo en dos telediarios. Y en estos momentos de crisis, las Fuerzas Armadas tienen mucho que decir. Porque ante la falta de solidaridad, aportan sacrificio; ante los movimientos nacionalistas centrífugos, aportan unidad; ante las reivindicaciones abusivas de derechos, se apuntan voluntariamente a deberes. Además, siguen representando la “ultima ratio”. Ya conocen lo que le pasó a la Atenas de Pericles cuando consideró –prepotente e insensata– innecesarias sus murallas. No estamos exentos de amenazas y riesgos ni dentro de casa, ni fuera de nuestro suelo patrio. Por supuesto alguien intentará el debilitarnos, expulsarnos de nuestro propio territorio, sea en San Sebastián o sea en Tremp. Y utilizarán medios “políticamente correctos”, para hacerlo. Utilizarán pactos electorales o leyes de acompañamiento para deslizarse sutilmente.

Romper el esquema de Estado, económica, social o políticamente, es su meta. Ahora todos pagamos sus excesos. Pero no teman. Los cimientos vocacionales son firmes. ¡Tengan confianza en sus Fuerzas Armadas!

Artículo publicado en “La Razón” el 13 del 10 de 2011

En busca del ciudadano

viernes, octubre 7th, 2011

Dediqué mis dos últimas reflexiones en esta tribuna «a la búsqueda de un Ministro» refiriéndome al próximo/a que pudiera ser nombrado para la cartera de Defensa. El tono de ambas era exigente con el perfil deseado, crítico con experiencias que hemos vivido, pero esencialmente esperanzador. La crítica a la clase política es fácil. Pero estamos obligados a reconocer que en ciertos casos la opinión pública es injusta, porque somos extremadamente críticos con los demás, especialmente si ocupan cargos de responsabilidad y no lo somos tanto con nosotros mismos. Por esto pedía disculpas. Por si mi viejo compromiso y afecto por las Fuerzas Armadas me impedía ser totalmente objetivo.

Porque, ¿qué ciudadanos formamos esta opinión pública?

Quiero hoy reflexionar acerca de este exigente compatriota, bien pertrechado para la crítica generalizada –la paja en ojo ajeno–, muy poco dispuesto y educado para ver la viga en el propio. Es este producto que hemos fabricado entre todos, hijo de la globalización, de la pérdida de valores, de intentos de destrucción de la familia, del corrosivo ataque a la historia, a la educación y al respeto a los mayores, repelente al esfuerzo y al sacrificio personal en bien de la comunidad.

Es el ciudadano que exhibe por doquier su tabla de derechos y la esgrime en sus relaciones laborales y sociales y obvia –consciente o inconscientemente– el más elemental artículo del código de sus deberes.
Es el mismo que no se involucra en nada, que no aporta nada, que critica todo, pero que amparado en la masa tiene suficiente fuerza para reclamar un aeropuerto en su propio pueblo, el tren más rápido aunque circule vacío, el ambulatorio en la esquina de su bloque que le atienda en cuanto estornude o que le suministre metadona a barra libre o anticonceptivos a priori y posteriori.

Y cuando algo de esto le falta, recurre a una violencia social o familiar que hasta hace poco tiempo desconocíamos.

Enrique Rojas, este magnífico «perforador de superficies humanas» como se define, se refería en estas mismas páginas (1 de octubre) a esta sociedad «psicológicamente desorientada, enferma, muy perdida en lo fundamental», añadiendo que la tragedia de estos tiempos se encuentra en el abismo que forman por un lado la perfección de los medios y por otro la confusión de los fines.

En tono mas sociológico Rosa María Calaf que ha cubierto como corresponsal más de medio mundo, sentenciaba recientemente desde la atalaya de su experiencia y de sus años, que «vivimos una España desconcertada y miedosa».

Fundidas las dos opiniones, hablamos por tanto en este comienzo de la segunda década del siglo, de un ciudadano desorientado, enfermo psicológicamente, perdido en lo fundamental, confundido, desconcertado y miedoso.

Podríamos añadir más adjetivos. Pero me detendré en el último porque aunque no lo parezca, vivimos impregnados de miedo. Hay miedos legítimos como el de la seguridad personal o a la pérdida del trabajo. No me refiero a estos.

Me refiero por ejemplo , al miedo a dar la cara, a la forma con que se extiende el anonimato o el seudónimo en los medios y especialmente en la red. Antes, cuando cierta ética presidía la comunicación, se exigía nombre apellidos y DNI para poder expresar una opinión. Hoy se puede insultar, herir, murmurar impunemente. La mentira se ha institucionalizado. Y de mil mentiras se construye una falsa verdad por destructiva que sea.
Miedo es el que tienen los cientos o miles de ciudadanos que evaden capitales a paraísos fiscales y contribuyen a agravar la crisis que sufrimos.

La segunda consecuencia del miedo es la violencia. El asesino de Estocolmo tenía miedo a la multiculturalidad. El asesino de dos mujeres en una iglesia de Madrid, miedo al vacío que se le presentaba por haber perdido a su pareja y su trabajo. Ambos lo descargaron contra personas que no tenían nada que ver con su problema.

Bien saben los miles de ciudadanos cumplidores, sacrificados y honestos, que no me refiero a ellos. Pero deben estar vigilantes para que no les ocurra a sus hijos o a sus nietos, porque también se ha querido quebrar la cadena familiar que es la que hoy soporta realmente la crisis, muchas veces sobre las espaldas de jubilados que ceden parte de su esfuerzo, de su pensión, de sus ahorros o de su patrimonio, para que sobrevivan los mas jóvenes.

Porque también convivimos con malos ciudadanos que, perdidos otros miedos, se repartirán en plena crisis beneficios arrancados del río revuelto. El propio Gobernador del Banco de España tendrá que referirse a la CAM alicantina como «lo peor de lo peor», recordándonos la sentencia de Confucio: «En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza; en un país mal gobernado, debe inspirar vergüenza la riqueza».
¡Tampoco lo tiene fácil el futuro Ministro de Defensa con estos ciudadanos!

Artículo publicado en “La Razón” el jueves 6 de octubre de 2011