En busca de un ministro

La atalaya de mis años y el amor a mi profesión me permiten –creo– pensar con mesura sobre la persona que deberá ocupar desde noviembre –si se cumplen los pronósticos– la cartera de Defensa. Estoy seguro de que le sobran propuestas sobre la mesa a un prudente Rajoy. También sé que sabrá elegir. «Decidir es seleccionar; seleccionar es renunciar» dice una vieja máxima nuestra.

Diría que las Fuerzas Armadas, tan bien valoradas por la sociedad, no han merecido a la mayoría de ministros que han sufrido, especialmente porque no llegaban para servir, sino para encorsetar, para un «prefiero tenerlo cerca y que se entretenga jugando a los soldados» o un «que se vaya curtiendo y haciendo carrera».

Por supuesto ha habido excepciones. A ellos me referiré al intentar definir el perfil del candidato. Porque hemos tenido a personas cercanas, buenos servidores del Estado, sencillos, amantes de las tradiciones, que hacían compatible con una moderna visión de futuro. Me refiero a Eduardo Serra y a Julián García Vargas, ambos reconocidos y respetados, aun hoy, por un amplio sector de uniformados.

Fundidos y actualizados los dos, extraería a una persona de 52-58 años, no excesivamente ligada al partido ni a sus órganos de dirección, con mentalidad de servidor de Estado, dotado de un buen inglés –estará rodeado de generales que dominan varios idiomas–, mejor con conocimiento del mundo norteamericano, bien relacionado con los Ministerios de Industria y Hacienda, no obsesionado con dejar leyes que lleven su nombre, ni con llenar portadas de revistas profesionales. No importa si es fumador y viste sólo de gris, si a la vez es capaz de incentivar el trabajo en equipo y saber transmitir ilusión y confianza. Con estos mimbres alcanzará plusvalías humanas muy superiores al 1,66 del PIB con que cuenta como presupuesto.

Encontrará dos tipos de problemas: deberá, en primer lugar, reformular  Ordenanzas y Leyes Orgánicas desde la óptica del consenso, de la ausencia de rencores, demagogias y revanchas históricas, atendiendo lo que esperan de ellas los miembros de las Fuerzas Armadas. No se puede convivir con una ley que ha sido recurrida por 17.000 cuadros de mando. No se puede mantener un sistema de enseñanza que acarree, bajo la ofuscación de un plan Bolonia, un 22% de bajas en el primer curso de la Academia General Militar y una media de 40% de suspendidos en una pseudo carrera de ingeniería, contestada por los propios colegios profesionales. Todo por la obsesión de borrar nuestras señas de identidad, de desterrar el carácter vocacional de nuestra profesión, temerosos de un supuesto corporativismo endogámico.

En segundo lugar, debe acometer el tema del agujero financiero que le legan sus predecesores y que asciende a 26.000 millones de euros. Esta cantidad debe poder desglosarse en lo que realmente es I+D (Investigación y Desarrollo), en los acuerdos internacionales y en los acuerdos con empresas. Pongo un ejemplo. El coste de una moderna Fragata F-100 puede verse como excesivo, pero debe analizarse, sopesarse y explicar si gracias a ello se han vendido cuatro a Noruega o a Australia y si el mantener una actividad económica constante en astilleros evita altos costes sociales derivados de la falta de trabajo. Ha habido huelgas de costes semejantes al de una fragata.

Esta lectura ponderada debe transmitirse a la sociedad en clave también de formación de especialistas –el F-18 trajo consigo una mejora sustancial de ellos– de retornos industriales o de exportación de bienes y equipos de doble versión civil y militar.

Siguiendo el ejemplo norteamericano no debe cambiar la cúpula inmediatamente. Hay que desligarla de los vaivenes políticos y de sus correspondientes etiquetas.

Debe reducir la estructura del Órgano Central dando ejemplo. Luego por contagio vendrán otras reducciones. Debe seguir reforzando el papel del Estado Mayor de la Defensa, compatible con las características bien diferentes de los Ejércitos de Tierra y del Aire y de la Armada.

Debe situar en Exteriores a un peso pesado de su estructura. Encontrará un gran desequilibrio en funciones, incluso en remuneraciones y modelo de carrera.

Deberá estar próximo a la Guardia Civil, que necesita mas afecto que nunca. Por supuesto respetando también sus características, pero revalorizando su carácter vocacional.

Debe respetar los órganos colegiados como los Consejos Superiores. Siempre es mas ponderado un órgano colegiado que una sola persona en la toma de ciertas difíciles decisiones como son los ascensos.

Por supuesto deberá decir el «qué». Verá que nadie se lo discute. Pero dejará que el «cómo» lo rellenen profesionales. El Ministro no está para dar órdenes a un capitán desplegado en Afganistán.

Podría extenderme .El nuevo ministro encontrará a gente leal que se lo explicará mejor. He dicho leales. ¡Ahí está su gran reto! Saberse rodear de ellos, aunque no digan «sí, ministro» a todo.

Artículo publicado en “La Razón” el 22 de septiembre de 2011

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