En busca de un ministro (y II)

Asumo el riesgo que entrañan las segundas partes, que, según el dicho popular, nunca fueron buenas.

Pero recojo una amplia e inesperada respuesta de miembros de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Civil y de un sector importante de nuestra sociedad. Hay demanda, hay necesidad de que alguien hable de patria, de valores, de deberes, de servicio. Hay fe, cuando es posible apelar a la esperanza. Y las próximas elecciones del 20 de noviembre son cuanto menos, un voto a la esperanza.

Una buena revista profesional dedicada a temas de seguridad –«Atenea»– me ha pedido una reflexión ante estos próximos comicios. Me ha costado aventurar pronósticos. ¿Cómo puedo hablar de sacrificios sin apreciar irónicas muecas ? ¿Cómo puedo hablar de patriotismo a un pueblo al que se le ha confundido reiteradamente con guerras de banderas, con desacatos,  con revanchas históricas incrustadas en su propia memoria?

¿Qué le puede importar a un joven universitario el nombre y el perfil de un Ministro de Defensa? Pensará que es uno más, que quizás le dé lo mismo estar en Agricultura o en Trabajo y que sólo procurará estar bien situado en las periódicas  encuestas  de opinión.

Pero para los miembros de las Fuerzas Armadas, este nombre y este perfil sí es importante. Porque, dueño del BOE y de los presupuestos, encumbrado por una legislación claramente dirigida a concentrar el poder en él, podrá ser arbitro o arbitrario, juez o justiciero, impulsor o detractor, servidor o servil.

Me dan envidia las sociedades donde lo colegiado está por encima de lo individual. En frecuentes conferencias ante universitarios suelo utilizar la argucia de preguntar el nombre del presidente o de la presidenta  de la Confederación Helvética. Y añado: se trata de un país moderno, sin grandes crisis estructurales, con una democracia bien consolidada. ¡Y no necesitamos saber  el nombre de su presidente!

Aventuré unos rasgos personales sobre el nuevo ministro, sobre los que me ratifico. Por supuesto, si además de inglés  habla francés o alemán, mejor que mejor. Si rebajé la edad a 52 años es porque sé que le esperan horarios de sol a sol, siete días a la semana. Deberá saber escuchar y atender a una comisión de Suboficiales Mayores, para estar presente a continuación en la Embajada de Francia, mientras en el coche decide los temas para la Comisión de Subsecretarios o para el Consejo de Ministros del viernes. Y en dos horas deberá estar dispuesto a volar a Kabul o a Herat o a una soporífera sesión del Consejo Atlántico en Bruselas. Mientras, de Hacienda o de Industria  le emplazan para hablar de la deuda o de los presupuestos de I+D, desde el Tribunal de Cuentas le mandan un rapapolvo,  un Jefe de Estado Mayor le pedirá por quinta vez audiencia urgente, el Asesor Jurídico necesitará  la firma de un recurso que terminó ayer o el Director de Armamento otra para un contrato de miles de euros que reclama la Intervención General. No. No lo tiene fácil el candidato, como no tenga un buen estómago, como no sea capaz de arrancarle diez minutos al sueño en su despacho, en su coche o en la cabina de un ruidoso Hércules.

Todo esto se valida y se lleva si tras el nombramiento hay voluntad de servicio. Si el bien general forma parte de sus esquemas mentales. Si tiene claro que mandar es servir. Si admite al leal cercano que le recuerda que va desnudo y no sucumbe al halago sistemático de los que le enmarañan repitiéndole que es el más alto o el más guapo. Si sabe renunciar a las fotos retocadas. Si cuando recibe  un premio institucional,  sabe repartirlo entre sus verdaderos  protagonistas, los que constituyen la base de la pirámide. Si no le importa pronunciar la palabra «España» y apela al buen patriotismo cuando  sea necesario hablar de sacrificio, de lucha, de tesón, de orgullo, o de genio.

Todo lo encontrará en lo que yo denominaba las «plusvalías humanas». Y no tendrá que leer largos manuales norteamericanos ni viejas filosofías chinas. Bastará que busque en nuestras Ordenanzas aquel artículo del cabo que  pide «hacerse querer y respetar»  precisamente por este orden y no por el contrario, que ha sido constante en muchos casos. Y se sentirá rodeado de gentes que hacen bastante más de lo «preciso de su obligación», que «adelantarán» constantemente iniciativas y esfuerzos.

Cierro estas reflexiones. Por supuesto, sin mas ambición que la de seguir sirviendo.  Pidiendo perdón si me falta objetividad. Pero con el deseo firme de que quien ocupe la cartera de Defensa a partir del 20 de noviembre no tenga otro objetivo que el de servir a su sociedad a través de su responsabilidad sobre las Fuerzas Armadas y sobre todo el sistema que las sostiene.

Artículo publicado en “La Razón” el 29 de septiembre de 2011



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