Archive for septiembre, 2011

En busca de un ministro (y II)

viernes, septiembre 30th, 2011

Asumo el riesgo que entrañan las segundas partes, que, según el dicho popular, nunca fueron buenas.

Pero recojo una amplia e inesperada respuesta de miembros de las Fuerzas Armadas, de la Guardia Civil y de un sector importante de nuestra sociedad. Hay demanda, hay necesidad de que alguien hable de patria, de valores, de deberes, de servicio. Hay fe, cuando es posible apelar a la esperanza. Y las próximas elecciones del 20 de noviembre son cuanto menos, un voto a la esperanza.

Una buena revista profesional dedicada a temas de seguridad –«Atenea»– me ha pedido una reflexión ante estos próximos comicios. Me ha costado aventurar pronósticos. ¿Cómo puedo hablar de sacrificios sin apreciar irónicas muecas ? ¿Cómo puedo hablar de patriotismo a un pueblo al que se le ha confundido reiteradamente con guerras de banderas, con desacatos,  con revanchas históricas incrustadas en su propia memoria?

¿Qué le puede importar a un joven universitario el nombre y el perfil de un Ministro de Defensa? Pensará que es uno más, que quizás le dé lo mismo estar en Agricultura o en Trabajo y que sólo procurará estar bien situado en las periódicas  encuestas  de opinión.

Pero para los miembros de las Fuerzas Armadas, este nombre y este perfil sí es importante. Porque, dueño del BOE y de los presupuestos, encumbrado por una legislación claramente dirigida a concentrar el poder en él, podrá ser arbitro o arbitrario, juez o justiciero, impulsor o detractor, servidor o servil.

Me dan envidia las sociedades donde lo colegiado está por encima de lo individual. En frecuentes conferencias ante universitarios suelo utilizar la argucia de preguntar el nombre del presidente o de la presidenta  de la Confederación Helvética. Y añado: se trata de un país moderno, sin grandes crisis estructurales, con una democracia bien consolidada. ¡Y no necesitamos saber  el nombre de su presidente!

Aventuré unos rasgos personales sobre el nuevo ministro, sobre los que me ratifico. Por supuesto, si además de inglés  habla francés o alemán, mejor que mejor. Si rebajé la edad a 52 años es porque sé que le esperan horarios de sol a sol, siete días a la semana. Deberá saber escuchar y atender a una comisión de Suboficiales Mayores, para estar presente a continuación en la Embajada de Francia, mientras en el coche decide los temas para la Comisión de Subsecretarios o para el Consejo de Ministros del viernes. Y en dos horas deberá estar dispuesto a volar a Kabul o a Herat o a una soporífera sesión del Consejo Atlántico en Bruselas. Mientras, de Hacienda o de Industria  le emplazan para hablar de la deuda o de los presupuestos de I+D, desde el Tribunal de Cuentas le mandan un rapapolvo,  un Jefe de Estado Mayor le pedirá por quinta vez audiencia urgente, el Asesor Jurídico necesitará  la firma de un recurso que terminó ayer o el Director de Armamento otra para un contrato de miles de euros que reclama la Intervención General. No. No lo tiene fácil el candidato, como no tenga un buen estómago, como no sea capaz de arrancarle diez minutos al sueño en su despacho, en su coche o en la cabina de un ruidoso Hércules.

Todo esto se valida y se lleva si tras el nombramiento hay voluntad de servicio. Si el bien general forma parte de sus esquemas mentales. Si tiene claro que mandar es servir. Si admite al leal cercano que le recuerda que va desnudo y no sucumbe al halago sistemático de los que le enmarañan repitiéndole que es el más alto o el más guapo. Si sabe renunciar a las fotos retocadas. Si cuando recibe  un premio institucional,  sabe repartirlo entre sus verdaderos  protagonistas, los que constituyen la base de la pirámide. Si no le importa pronunciar la palabra «España» y apela al buen patriotismo cuando  sea necesario hablar de sacrificio, de lucha, de tesón, de orgullo, o de genio.

Todo lo encontrará en lo que yo denominaba las «plusvalías humanas». Y no tendrá que leer largos manuales norteamericanos ni viejas filosofías chinas. Bastará que busque en nuestras Ordenanzas aquel artículo del cabo que  pide «hacerse querer y respetar»  precisamente por este orden y no por el contrario, que ha sido constante en muchos casos. Y se sentirá rodeado de gentes que hacen bastante más de lo «preciso de su obligación», que «adelantarán» constantemente iniciativas y esfuerzos.

Cierro estas reflexiones. Por supuesto, sin mas ambición que la de seguir sirviendo.  Pidiendo perdón si me falta objetividad. Pero con el deseo firme de que quien ocupe la cartera de Defensa a partir del 20 de noviembre no tenga otro objetivo que el de servir a su sociedad a través de su responsabilidad sobre las Fuerzas Armadas y sobre todo el sistema que las sostiene.

Artículo publicado en “La Razón” el 29 de septiembre de 2011



En busca de un ministro

jueves, septiembre 22nd, 2011

La atalaya de mis años y el amor a mi profesión me permiten –creo– pensar con mesura sobre la persona que deberá ocupar desde noviembre –si se cumplen los pronósticos– la cartera de Defensa. Estoy seguro de que le sobran propuestas sobre la mesa a un prudente Rajoy. También sé que sabrá elegir. «Decidir es seleccionar; seleccionar es renunciar» dice una vieja máxima nuestra.

Diría que las Fuerzas Armadas, tan bien valoradas por la sociedad, no han merecido a la mayoría de ministros que han sufrido, especialmente porque no llegaban para servir, sino para encorsetar, para un «prefiero tenerlo cerca y que se entretenga jugando a los soldados» o un «que se vaya curtiendo y haciendo carrera».

Por supuesto ha habido excepciones. A ellos me referiré al intentar definir el perfil del candidato. Porque hemos tenido a personas cercanas, buenos servidores del Estado, sencillos, amantes de las tradiciones, que hacían compatible con una moderna visión de futuro. Me refiero a Eduardo Serra y a Julián García Vargas, ambos reconocidos y respetados, aun hoy, por un amplio sector de uniformados.

Fundidos y actualizados los dos, extraería a una persona de 52-58 años, no excesivamente ligada al partido ni a sus órganos de dirección, con mentalidad de servidor de Estado, dotado de un buen inglés –estará rodeado de generales que dominan varios idiomas–, mejor con conocimiento del mundo norteamericano, bien relacionado con los Ministerios de Industria y Hacienda, no obsesionado con dejar leyes que lleven su nombre, ni con llenar portadas de revistas profesionales. No importa si es fumador y viste sólo de gris, si a la vez es capaz de incentivar el trabajo en equipo y saber transmitir ilusión y confianza. Con estos mimbres alcanzará plusvalías humanas muy superiores al 1,66 del PIB con que cuenta como presupuesto.

Encontrará dos tipos de problemas: deberá, en primer lugar, reformular  Ordenanzas y Leyes Orgánicas desde la óptica del consenso, de la ausencia de rencores, demagogias y revanchas históricas, atendiendo lo que esperan de ellas los miembros de las Fuerzas Armadas. No se puede convivir con una ley que ha sido recurrida por 17.000 cuadros de mando. No se puede mantener un sistema de enseñanza que acarree, bajo la ofuscación de un plan Bolonia, un 22% de bajas en el primer curso de la Academia General Militar y una media de 40% de suspendidos en una pseudo carrera de ingeniería, contestada por los propios colegios profesionales. Todo por la obsesión de borrar nuestras señas de identidad, de desterrar el carácter vocacional de nuestra profesión, temerosos de un supuesto corporativismo endogámico.

En segundo lugar, debe acometer el tema del agujero financiero que le legan sus predecesores y que asciende a 26.000 millones de euros. Esta cantidad debe poder desglosarse en lo que realmente es I+D (Investigación y Desarrollo), en los acuerdos internacionales y en los acuerdos con empresas. Pongo un ejemplo. El coste de una moderna Fragata F-100 puede verse como excesivo, pero debe analizarse, sopesarse y explicar si gracias a ello se han vendido cuatro a Noruega o a Australia y si el mantener una actividad económica constante en astilleros evita altos costes sociales derivados de la falta de trabajo. Ha habido huelgas de costes semejantes al de una fragata.

Esta lectura ponderada debe transmitirse a la sociedad en clave también de formación de especialistas –el F-18 trajo consigo una mejora sustancial de ellos– de retornos industriales o de exportación de bienes y equipos de doble versión civil y militar.

Siguiendo el ejemplo norteamericano no debe cambiar la cúpula inmediatamente. Hay que desligarla de los vaivenes políticos y de sus correspondientes etiquetas.

Debe reducir la estructura del Órgano Central dando ejemplo. Luego por contagio vendrán otras reducciones. Debe seguir reforzando el papel del Estado Mayor de la Defensa, compatible con las características bien diferentes de los Ejércitos de Tierra y del Aire y de la Armada.

Debe situar en Exteriores a un peso pesado de su estructura. Encontrará un gran desequilibrio en funciones, incluso en remuneraciones y modelo de carrera.

Deberá estar próximo a la Guardia Civil, que necesita mas afecto que nunca. Por supuesto respetando también sus características, pero revalorizando su carácter vocacional.

Debe respetar los órganos colegiados como los Consejos Superiores. Siempre es mas ponderado un órgano colegiado que una sola persona en la toma de ciertas difíciles decisiones como son los ascensos.

Por supuesto deberá decir el «qué». Verá que nadie se lo discute. Pero dejará que el «cómo» lo rellenen profesionales. El Ministro no está para dar órdenes a un capitán desplegado en Afganistán.

Podría extenderme .El nuevo ministro encontrará a gente leal que se lo explicará mejor. He dicho leales. ¡Ahí está su gran reto! Saberse rodear de ellos, aunque no digan «sí, ministro» a todo.

Artículo publicado en “La Razón” el 22 de septiembre de 2011

El valor de un premio

viernes, septiembre 16th, 2011

Pocas veces había estado tan de acuerdo con un jurado como lo estoy con el que ha concedido el Príncipe de Asturias a los –para nosotros anónimos– «héroes de Fukushima». A los seis meses de aquel terrible terremoto que asoló las costas niponas, se han resaltado «los valores elevados de la condición humana» de quienes expusieron sus vidas a plazo inmediato y las siguen exponiendo en  incierto futuro, para evitar una catástrofe medioambiental y humana de alcance mundial. Aquellos primeros 50 voluntarios fueron reforzados posteriormente con más de 1.300 procedentes de parques de bomberos, de tripulaciones de helicópteros, de técnicos venidos de otras centrales. No es numérico el premio, es general,  se concede  a un pueblo que hace del sentido del deber, del  sacrificio personal y familiar, de la dignidad ante la adversidad y de la generosidad y  la valentía dogmas de fe.

¡Siento hacia ellos sana envidia! La siento  hacia un pueblo que prioriza los deberes sobre los derechos, en los que el bien común está muy por encima de los intereses particulares. Claramente, siento envidia de quienes hacen del patriotismo –cuesta  encontrar  hoy en día esta palabra, incluso en el acta del jurado– ley de vida.

Mi enhorabuena por el reconocimiento al pueblo japonés, aunque sé que la modestia forma también parte de su alma. Del budismo extraen la humildad, el anonimato y el silencio como bienaventuranzas. Es conocida su máxima: «Al clavo que sobresale, se le remacha con un golpe de martillo». También para ellos el mantenimiento del orden es prioritario. Aquellos héroes pensaban que contribuían a restablecer un orden. Y los 300.000 desplazados también apelaban al orden, formando en silencio y durante  horas  largas  colas para recibir ayuda. Y sin romper el orden con un solo caso de pillaje, devolviendo las cantidades de dinero –su Gobierno refiere el equivalente a 55 millones de euros recuperados– o bienes que iban encontrando entre los destrozos. Para ellos es lo normal, no tan sólo por abnegación, sino por coherencia con su sentido del orden y la obediencia.

Nos recuerdan el relato que hace Spengler en su «El hombre y la técnica» de aquel soldado romano cuyo esqueleto apareció, firme, frente a la puerta de Pompeya. Murió en su puesto porque al estallar el Vesubio nadie se acordó, o no tuvo tiempo,  de relevarlo. Igual que los hombres de Fukushima.

Les quedan 4 o 6 meses de trabajo. Contemplan determinado ambiente de contestación social sobre las energías nucleares.  También saben que ninguno de los manifestantes se acercará a menos de 200 kilómetros de la central. Conocen su Historia y saben lo que pasó al final de la Segunda Guerra Mundial en Hiroshima y Nagasaki. También saben que forman parte de un país superpoblado sin excesivas materias primas y sin fuentes naturales de energía. Saben que todo deben ir a buscarlo, todo deben producirlo y casi todo deben exportarlo. En cierto modo entraron en la Gran Guerra porque se les habían cerrado todos los canales que aseguraban su supervivencia. Y estallaron. Pero luego, con los mismos mimbres de Fukushima, recrearon un imperio económico. Un pueblo no es lo que es, sino lo que sus ciudadanos  quieren que sea.

Mientras releo las actas del jurado, me sumerjo en la realidad de mi propio pueblo, este que ha proscrito la palabra «patria» y olvidado el patriotismo. Quiero imaginar que el jurado ha dirigido sus votos pensando también  en el pueblo español. El  japonés  no necesita reconocimientos para seguir siendo como es. Aquí se castiga al único alcalde catalán que coloca la bandera de España donde marca la Ley y se aplaude a los cientos que no la cumplen. Aquí se acatan sentencias en tanto nos vengan bien y hasta toda una ministra de Defensa se coloca, en clave de  futuro, respaldando  a  los insumisos. Durante un tiempo ha mantenido discretamente oculta y hábilmente borrada la imagen del «todos somos Rubianes» impresa junto a su corazón. Las hemerotecas difícilmente engañan. Y  ahora ha vuelto a dejar huella el lobo que vestía piel de cordero pasando revista a las tropas.

¡Ya me gustaría que un año el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia se diese al pueblo español! Que se premiase la abnegación, el sacrificio, el coraje ante la adversidad y el patriotismo de nuestra gente.

No sería tan difícil encontrarlo en muchos padres que trabajan de sol a sol, muchas madres que hacen milagros en la cocina o ante una vieja máquina de coser. De tantas personas que en Cáritas, en Cruz Roja, en las propias Fuerzas Armadas, en la Sanidad Pública o como simples funcionarios hacen del servicio a los demás el objetivo de su vida.

Dejémoslo para otra ocasión. ¡Enhorabuena por el premio concedido a los «héroes de Fukushima»!

Artículo publicado en “La Razón” el 14 Septiembre 2011

Un general especial

sábado, septiembre 10th, 2011

La noticia de la muerte de D. Prudencio Mur era recogida recientemente  por la edición aragonesa de un diario nacional, con el titular «El primer barbero de Juan Carlos I». Tratándose de una persona de cumplidos noventa años, su muerte entraba en la lógica de nuestra existencia terrenal. Pero había algo más y el título ya lo anunciaba. Pronto encontró amplio eco en las redes de la oficialidad del Ejército de Tierra y de la Guardia Civil, donde era conocido como «el general Mur». Más de cincuenta promociones de la Academia General Militar de Zaragoza habían pasado por los útiles y las manos de aquel querido peluquero, ejemplo de servicio, de disponibilidad, de educación y de respeto. Bien podría decirse hoy que formaba parte del plan de estudios de la General porque contribuía a completar la formación humana de aquellos cuadros con su ejemplo. No solo de trigonometría y de táctica se forma un oficial.

S.M el Rey en 1955 y treinta años después el Príncipe D. Felipe son testigos de su lealtad y hombría de bien, que no se circunscribía solo a su labor profesional. Don Juan Carlos, que al parecer fue afeitado a navaja por él por primera vez, le confiaba incluso su correspondencia privada para depositarla en correos. ¡Que importante es ganarse la confianza plena de una persona!  El propio Monarca le impondría personalmente una sencilla Cruz del Mérito Militar de tercera clase en 1978.

Por supuesto me uno al dolor de su familia y de todos mis compañeros de armas y me siento obligado a extraer una última lección del curso de su vida en el seno de las Fuerzas Armadas. Son muchos los «generales Mur» que cubren parcelas importantísimas en nuestras organizaciones. Sería injusto no asignarles su parte proporcional en esta buena valoración que tiene la sociedad de ellas, reflejada en frecuentes encuestas de opinión.

Al contrario de algunos políticos que se aproximan a nuestras filas y en dos semanas ya se sienten «napoleones» o que en un mes ya  se autoconceden grandes cruces o nos imponen sin consenso leyes que acarrean miles de recursos, Mur se sentía feliz con una de tercera clase concedida a los 38 años de servicio. En este tiempo, no en un mes, consiguen las grandes cruces  los «otros» generales y almirantes, siempre que no acarreen arrestos, siempre que hayan superado las constantes y duras pruebas a  que obliga el servicio de las armas.

Nuestros «generales/generalas  Mur» aportan humanidad, buen consejo, experiencia, sentido de la responsabilidad. Dan consistencia y estabilidad a muchos destinos en los que los cambios de oficiales y suboficiales  son frecuentes. Y se integran con los uniformados en cuerpo y alma: he visto llorar a más de uno en Alcalá de Henares, en Toledo o en San Clemente Sasebas, ante accidentes graves.

El cadete o alumno de Academia tiene un radar especial para asignar motes a sus profesores. En mis tiempos, pocos se libraban. Algunos eran sencillamente agudos, como el de llamar «tarugo» a un capitán de apellidos Manzano Seco, o de «engañalosas» al que andando en larga sala dedicada a biblioteca y estudio, cruzaba los pasos al estilo de nuestras más sofisticadas «top model». No repito otros motes más crudos porque no encajarían con el horario protegido en el que escribo estas notas. Pero sí les digo que el de «general» asignado a Prudencio Mur estaba más que bien elegido. Por algo sería.

Sirva esta reflexión como homenaje a la persona querida, pero sobre todo a cuantos funcionarios y laborales sirven en las Fuerzas Armadas. Un trozo muy importante de nuestros éxitos está en sus manos y en su actitud, cuando pienso en tantas  bases, parques, arsenales, secretaría y almacenes. ¡Aquellos sastres de la Brigada Paracaidista que sentían un roto  en un paracaídas que pudiese provocar un accidente, como un desgarro de su piel! ¡O los intérpretes que en Bosnia, en Kosovo,  en Irak o ahora en Afganistán siguen fielmente a sus mandos arriesgando con ellos todos los peligros de la guerra! ¡Incluso al personal de las empresas que modernamente se hacen cargo de servicios externalizados, que codo con codo con nuestros soldados viven lejanías familiares, miedos físicos, incomodidades e incertidumbres! Todos somos uno. Todos comparten alegrías y dolores. Todos somos un trozo vivo de la sociedad, llevemos la vestimenta que llevemos.

En tiempos de egoísmos, de radicalizaciones,–¿por qué no decirlo?– de traiciones, el ejemplo marcado por las personas sencillas y leales nos da el rumbo acertado, si queremos hacer de nuestra vida un servicio a la comunidad. Muchos tuvimos la suerte de ser formados en este sentido. Se nos enseñó a querer y respetar, se nos enseñaron deberes antes que derechos.

Algo de todo esto se lo debemos soldados y guardias civiles formados en la Academia de Zaragoza al «general Mur».

Artículo publicado en “La Razón” el 08/09/2011

Libia: “Rebus sic stantibus”

jueves, septiembre 1st, 2011

La locución latina «rebus sic stantibus», tratada por tantos clásicos –Santo Tomas, Grocio, entre ellos– se refiere con frecuencia a los contratos, en los que se sobreentiende que su subsistencia está supeditada a la permanencia de los motivos o circunstancias que originaron el pacto. Podría traducirse como «en tanto sigan así las cosas», es decir, en tanto se mantengan las mismas condiciones con las que se acordaron y firmaron. El principio es más que aplicable al Derecho Internacional  Público y tanto Truyol i Serra como Verdross le dedican completos comentarios. «Los tratados –nos enseñará el profesor vienés– valen en tanto en cuanto la situación en la que surgieron no se haya alterado».

Con la Libia de Gadafi existían cientos de tratados y contratos. Uno de ellos, fundamental, está en la propia esencia de la Carta de Naciones Unidas: «Ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los  asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados, ni obligará a sus miembros a someter dichos asuntos a procedimientos de arreglo conforme a la presente Carta; pero este principio no se opone a la aplicación de las medidas coercitivas prescritas en el Capítulo VII»(Artº. 2. 7).

Si se lee sólo el primer párrafo, se está en lo definido en un punto anterior (Artº. 2.4): «Los Miembros de las Naciones Unidas se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza  contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado». Si se lee el segundo, se encontrará justificación a la Resolución 1973, que tras un penoso proceso de gestación y con claras abstenciones –Rusia y China entre ellas– legitimó la intervención de una coalición internacional contra el régimen de Gadafi. ¿Cuándo cambiaron los motivos o circunstancias que aconsejaban romper con el régimen del coronel? ¿Fueron los estallidos de Túnez y Egipto los que encendieron la mecha? ¿Fue la represión a los movimientos que se produjeron en Bengasi y en el propio Trípoli? ¿Por qué se intervino en Libia y no en Siria?

Por supuesto la Comunidad Internacional, agazapada tras la débil legitimidad de la 1973 quiere una nueva versión, cercana a aquella criticada Resolución 1472 de 28 de marzo de 2003 –¡no a la guerra!– referida a Irak, que instaba a la comunidad internacional a prestar asistencia humanitaria al pueblo iraquí. ¿Hay que prestar ahora asistencia al pueblo libanés, que ya contabiliza más de veinte mil muertos? ¿Es ésta la «protección de civiles» que preconiza el articulo 4º de la Resolución? ¿O hay que asegurar contratos de explotación de hidrocarburos ligeros o de reconstrucción de infraestructuras?

Leer con calma a día de hoy la Resolución 1973 es un castigo a la inteligencia. Pero queda la «rebus sic stantibus». Las cosas no son iguales. La Carta de Naciones Unidas  ha sido sobrepasada por la injerencia humanitaria que preconizaron Kouchner y Betatti –«ningún gobernante es dueño del dolor de su pueblo»– y por la moderna obligación de proteger. El individuo por encima del Estado. Por supuesto, con aspectos positivos derivados de la declaración de Derechos Humanos, pero también con aspectos negativos, cuando son interpretados en claves de poder o influencia.

Hay quien cree que el Derecho Internacional ha sido una vez más utilizado como instrumento de acción política y yo me pregunto: ¿cuándo no? Los mismos miembros del Consejo de Seguridad (EE UU, Gran Bretaña y Francia) que en febrero remitieron la situación de Libia a la Corte Penal Internacional, haciendo realidad la doctrina de la responsabilidad de proteger, habrían conducido o respaldado desde entonces  negociaciones  secretas paralelas con el dictador ante la exasperante lentitud del avance de las milicias rebeldes. Se trataba de garantizar una salida decorosa seguida de  inmunidad, frente a la persecución penal. Era o es un claro ejercicio de socavar el Derecho Internacional y de someter  la justicia a las decisiones políticas, por mucho que se justificase el evitar males mayores. Los atajos jurídicos son siempre peligrosos.

Ya han pasado más de cinco meses de la operación «Protector unificado», en la que participa España junto a otros 28 países y siete organizaciones internacionales, y  cuando se ve la luz al final del túnel. Imagino que ya está diseñada una operación EUFOR al estilo de la «Concordia» para Macedonia o la «Althea» para Bosnia Herzegovina. Francia ya tiene experiencias de intervención en la República Democrática del Congo, en Chad y en la República Centroafricana por encargo,y consecuente financiación, de la Unión Europea. Ahora se ha prestado Italia a proporcionar al almirante Claudio Gaudiosi con un potente cuartel general para mandarla. Sería la primera misión militar establecida en el marco de la Política de Seguridad y Defensa común de la Unión, para apoyar labores específicamente  humanitarias. Sobre el tablero, muchas opciones.

Espero y deseo que España no se quede fuera del reparto. ¡Ya me entienden!

Artículo publicado en “La Razón” el 01/09/2011