Amarga letra impresa

Reconozco mi adicción a la letra impresa, como imagino le ocurre a buena parte de mi generación. Se lo debo a mis padres y a una serie de buenos profesores, entre ellos uno de literatura que jamás nos  prohibió la lectura de ningún libro a pesar de nuestras jóvenes edades. Si me perdiese en Madrid, me encontrarían en la Cuesta de Moyano o en una caseta de Recoletos. Y si pudiese,  compraría todos los «beatos» que se reeditan y mi casa ideal estaría forrada de estanterías con libros, incluso en los baños.

Pero la letra impresa también me da disgustos. Unos  inmediatos, furtivos e imagino que con parte de razón, procedentes de críticas a lo que pienso y expongo, que supero recordando aquella frase que me enseñó un viejo maestro de periodistas: «Las hojas del  periódico sirven para que mañana no resbalemos al llegar a la oficina, cuando la señora de la limpieza haya  fregado».

Pero el pozo de podredumbre descubierto en el imperio de Rupert Murdoch supera todo lo concebible. Por mucho que comprenda los problemas de la prensa de papel que lucha por sobrevivir ante la influencia de  las televisiones y de  una imparable tecnología en red, por mucho que piense que la masa de población necesita falsas emociones y espejos de discutible moral para justificar sus propias carencias, jamás concebí que se podía utilizar el dolor ajeno para vender papel. La otrora brillante y seductora Rebekah Brooks no reparaba en sobornar a quien fuese con tal de injerir en lo más intimo y profundo del alma humana y venderlo con sensacionalismo.

Mas, esta sensación de frustración y engaño se queda corta cuando veo que ha arrastrado a la propia Scotland Yard cuyos dos principales responsables, Paul Stephenson y John Yates, han presentado, forzados por el escándalo, su dimisión.

Siempre que he comparado la conducción de una crisis provocada por graves atentados terroristas como fueron los de los trenes de Atocha en Madrid o el del Metro de Londres, resaltaba la forma, en mi opinión acertada, con que la llevaron los ingleses. En tanto aquí los portavoces eran personajes políticos no sólo afectados por la gravedad del momento sino también por inmediatas circunstancias electorales, en Londres aparecía uniformado su jefe de Policía explicando las circunstancias, valorando el grave daño infringido, asegurando que los miembros de una prestigiosa Scotland Yard  harían todo lo posible por detener a los culpables. Hablaba a una opinión pública consternada, pero confiada. Aquí se mezcló todo, se hizo de una jornada de reflexión, jornada de denuncias, se utilizó la palabra mentira como arma electoral, mientras se competía en dar pistas suficientes para la destrucción de pruebas o para facilitar la huida de los responsables. Un incierto triángulo del partido en el poder formado por Moncloa, donde ejercía, aún indiscutible poder, el presidente saliente, Génova, sede del candidato, y Castellana 3, donde un honesto ministro del Interior, Ángel Acebes no sabía de quién se podía fiar, no supo o no pudo contra las concentradas decisiones o manipulaciones de Ferraz, que les llevaron a la victoria electoral. Siempre he mantenido que si hubiese comparecido ante la opinión pública, uniformado, el jefe  Superior de Policía de Madrid, dando  los datos precisos de la tragedia, obviando otros para facilitar sus investigaciones, apelando a la colaboración ciudadana y prometiendo perseguir a los autores materiales y morales de la masacre, el resultado electoral de aquel 14 de marzo hubiera sido diferente.

Pero hasta el modelo de Scotland Yard se me desmonta, porque albergaba toda una red de escuchas que vendían buzones de voz y conversaciones privadas. ¡Si hasta se alimentaban del dolor de las familias  que conocían la muerte de uno de sus seres queridos en Afganistán luchando como soldado por la libertad de todos, hurgando en los rincones mas íntimos, y que deberían ser los más protegidos, del alma humana!

Reconozco que me quedo sin argumentos. Vienen a mi cabeza en una madrugada transparente de mi refugio en Menorca las pilas de libros quemados en  plaza pública por la Inquisición, o los mas recientes, por los nazis. No ha habido revolución que se precie que no haya integrado entre sus ritos la quema de letra impresa, la no acorde con sus principios. Es como si destruyendo lo material, si quemando una cuarta edición, se destruyese el pensamiento de un Miguel Servet, un Bodino, un Marx o un Engel.

La pila crematoria de los Murdoch parece preparada. Los ayer prepotentes, piden un perdón a conveniencia y consejo de sus bien pagados abogados. Los uniformados de Scotland Yard ya sufren su propia crisis. La clase política no desaprovechará la ocasión para atacarse en el Parlamento, mas seguirá igual.

Con los pies en el suelo, el resto de los mortales intentaremos recomponer nuestro sistema de confianzas. Esta vez, no nos lo han puesto fácil.

Artículo publicado en “La Razón” el 20/07/2011


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