Raíces

Hoy, Jueves Santo, resplandecerán una vez más por toda España  las  profundas raíces de nuestra cultura cristiana. Se mezclarán con ellas las nuevas costumbres viajeras, las relacionadas con el necesario descanso, más las surgidas de  la convivencia respetuosa con otras culturas  llegadas voluntariamente de otras latitudes.

En el fondo hablamos de principios de cultura y de  libertad. Y en libertad salen a la calle en procesión miles de españoles para manifestar su fe. Asumen antiguas  liturgias transmitidas de padres a hijos, dando a las manifestaciones religiosas un tinte de tradición y  cultura de variadas y ricas formas. Son nuestras raíces. Y sobre su vigencia, no me preocupan las influencias externas recién llegadas o en tránsito de consolidación entre nosotros. Me preocupan más las presiones ideológicas internas, soterradas bajo manto  político,  empeñadas  en hacernos a  imagen y semejanza de una clase  dispuesta a romper cohesiones, tradiciones y costumbres en nombre de no se qué concepto de progreso. Son los  que esgrimen como bandera los sueños de Azaña o las idealizadas y frustradas conquistas sociales de la Segunda  República, en  tiempos en que en lugar de libertades dominaron   la retórica y el enfrentamiento, cuando no la violenta represión o la eliminación de una clase por la otra. No sólo se quemaron en días de ira conventos e iglesias, sino que ninguna autoridad hizo nada por sofocarlos. Santa María del Mar en Barcelona  aún mostraba no hace demasiados años sus bóvedas ennegrecidas. Durante quince días se consumieron imágenes, pinturas, ornamentos y archivos de incalculable valor. «Todos los conventos de España, no valen la uña de un republicano» diría el político alcalaíno al que nos hemos referido, en una triste apoteosis de la retórica. «La polarización social y política se manifestaba en la alta frecuencia con que aparecía el prefijo anti en el lenguaje público» nos dice Amando de Miguel. Para hoy, programaron hijos de aquel espíritu, una antiprocesión. Más de lo mismo.

La mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas –trozo claro de nuestra sociedad– no son ajenos a  las conmemoraciones de estos días. Cada uno de ellos vive su religiosidad con plena libertad, pero como colectivo siente estas raíces y tradiciones. Lo sienten a pesar del  continuado acoso a que son sometidos por personajes que con una mano se rompen en público los botones de la pechera a golpes de «mea culpa, mea máxima culpa» y con la otra firman decretos quitando a Dios de nuestras Ordenanzas  y de la fórmula de Juramento a la Bandera. Son los que dejaron la semilla para que un nuevo Reglamento de Honores priorizase a representantes de nuestras autonomías, sobre los históricos signos religiosos de nuestra identidad cristiana. La presión de la  calle y la salida alternativa apoyada en las tradiciones han flexibilizado su aplicación. ¡Suerte tienen que el Corpus de Toledo se celebre este año un mes después de las elecciones del 22 de mayo! Fue patético ver el pasado año a la música de la Academia de Infantería inamovible y muda, mientras la Banda Municipal interpretaba el Himno Nacional al paso de  la majestuosa custodia de Arce saliendo de la catedral toledana. Muchos de nosotros tenemos claro, que la referencia y la confianza en Dios aparece en lo más profundo del ser humano, especialmente en momentos de riesgo y de dolor.

Sin remontarnos a la Edad Media, aquellos bravos y arriesgados paracaidistas de los años cincuenta del pasado siglo  que fueron  nuestros maestros ya nos enseñaron una oración que marcaba  toda una  mística. Comenzaba diciendo: «Señor Dios y jefe nuestro, ante el puesto difícil que elegimos voluntariamente, venimos a Ti».

Y  años más tarde, las duras Unidades de Montaña acuarteladas en Navarra que mandaba un  extraordinario general  Sáez de Tejada, nos transmitieron una canción compuesta por el sacerdote vasco Cesáreo Garabaín que hoy repetimos emocionados,  cada vez que despedimos a un compañero de armas: «Cuando el adiós dolorido busca en la Fe su esperanza, en tu palabra confiamos, con la certeza que Tú, ya le has devuelto a la vida, ya le has llevado a la luz».

Pienso en la forma en que viven la Semana Santa nuestros soldados del exterior. En Centroamérica comprobamos como se mantenían –especialmente en Guatemala– las mismas tradiciónes españolas . En Líbano hoy, pueden sentir afinidades de comunidades cristianas cercanas. Más difícil lo tienen en Afganistán, tan lejos de nosotros por cultura, religión y tradiciones. Pero, algo conmemorarán estoy seguro, al igual que los  marinos y aviadores también en misión exterior. Se comprende mejor al Sacrificado cuando se está en contacto diario con el sacrificio; se valora mejor la confianza en Dios, cuando se vive en un ambiente de desconfianza que conlleva no pocas dosis de riesgo y de  peligro.

¡Con cuánta nostalgia recordarán los actos de sus pueblos!

¡Feliz Jueves Santo a todos!

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Artículo publicado en “La Razón” el 21/04/2011

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