Juegos de guerra

En septiembre de 1911, en plena guerra entre Italia y el Imperio otomano, un monoplaza «Taube» bombardeaba por primera vez desde el aire un objetivo militar en Trípoli. Comenzaba una era que caracterizaría  las guerras modernas. Entonces Italia aparecía como libertadora del yugo turco. Han pasado cien años. La Historia es terca.

Al final la OTAN, que es tanto como decir los Estados Unidos, se hace cargo hoy de la «odisea» Libia. Siguiendo su línea de bajo perfil, han maquillado el liderazgo nombrando a Charles Bouchard como responsable de las operaciones. El general canadiense es el segundo del almirante norteamericano Samuel Lockeear, Mando Supremo Aliado del sur de Europa.

Todo se va ordenando. Francia y Alemania ceden en sus respectivas  posiciones una vez corroborado que en las cantorales francesas  se afianzaba el nuevo Frente Nacional de Marina Le Pen y que Angela Merkel, a pesar de sus guiños pacifistas, sufría una histórica derrota en sus feudos de Baden-Württemberg y Renania-Palatinado. Sarkozy vio una ocasión de oro para relanzar su popularidad a lo De Gaulle. Me temo que se la hayan arrebatado por la amura de estribor. No es el único que la ha buscado. Veremos pronto en casa, «acercamientos canadienses». ¡Faltaría más!

Londres tuvo su protagonismo anteayer, concentrando a representantes de 36 estados y de todas las organizaciones involucradas. En nueve concisos puntos despachó un claro «chair’s statement» y le pasó la pelota a Qatar.

Turquía, aún escocida por aquella desmembración de su Imperio tras la Primera Guerra Mundial, no podía olvidar la Guerra con Italia de 1911-1912, que le arrebató precisamente Trípoli, Benghasi, Rodas y el Dodecaneso. Pero creo que la OTAN ha  jugado bien con la actitud turca. Diría incluso, si tuviese fe en la inteligencia de ciertos analistas, que  fue  incentivada y  aprovechada. Ahora  aparece como un posible mediador utilizando vías no estrictamente militares. Siempre es bueno dejar un resquicio, tener un fusible a mano, incluso un teléfono de emergencia o un discreto aeropuerto de acogida.

Los norteamericanos ya han acercado a Rota y Morón tres Awacs, otros tantos aviones  espía y 30 KC-10 de abastecimiento en vuelo. Aportan enormes capacidades de abastecimiento –lo que hace pensar en que adivinan que va para largo–, inteligencia y rescate, cubriendo carencias de  la Alianza.

Se va pensando, haciendo buena aquella descripción que hizo Tucídides de la Guerra del Peloponeso: «Cuando la gente inicia una guerra comete una enorme cantidad de  errores; la acción es lo primero, y sólo cuando se ha sufrido en demasía, es cuando se comienza a pensar».

Aquí deberíamos interpretar como «gente» a una clase política que por una parte sentía la necesidad de proteger, inyectada a presión en vena por la opinión pública y por otro a sus propios  intereses  nacionales,  personales o de partido.

Esto explica la redacción inacabada de una resolución  que se presta a múltiples interpretaciones, pero que lleva soterrada la decisión de acabar con el régimen de Gadafi como se vio en Londres el martes. De aquella  salieron unas Reglas de Enfrentamiento (ROE,s) redactadas por políticos, que sirvieron para «hacer volar» a los aviones y presentarlos victoriosos en los telediarios. Los tres elementos esenciales para el éxito de una operación militar son la misión, la cadena de mando y un plan de actuación. Tengo mis dudas de que estuviesen activados. Esta precipitación también nos afectó. Hubo más prisa en decir todo lo que mandábamos –aunque un barco estuviese en el «mar próximo» de Ferrol– que en justificar para qué.

Volviendo a  la Alianza, se hace cargo ahora de la exclusión aérea, del embargo por mar de armas y mercenarios que ya controlaba, y de la «dirección de los ataques contra objetivos terrestres», asumiendo el mandato del Artº 4 de la Resolución  de «tomar todas las medidas necesarias» para proteger a la población civil. Y vista la sincronía entre los bombardeos aéreos y el avance de las partidas rebeldes, tenemos claro a qué civiles protegemos y cuál es el fin último de la operación. ¿Por qué los habitantes de la Cirenaica oriental tienen más derecho a ser protegidos que los occidentales de Trípoli? ¿Cuántos comandos norteamericanos, ingleses y franceses andan infiltrados entre las fuerzas rebeldes? ¿Cómo se conducen desde tierra los bombardeos? ¿Quién controla a Al Qaeda?

Mientras en Londres se analizaron salidas diplomáticas,  en Nueva York se cruzan borradores de nuevas resoluciones y en Bruselas, Stuttgart y  Nápoles andan otra vez metidos en harina, coordinando órdenes, acumulando munición, repuestos y carburantes para un conflicto sin fecha de caducidad. Cuidado, que en la otra Odisea, la de Homero, Ulises tardó diez años en poder regresar a  casa.

Mientras unos soldados y marineros bien preparados ponen lo mejor de sí mismos para que todo acabe de la mejor forma posible, sigo preguntándome si la guerra es la continuación de la política por otros medios o es consecuencia de los malos medios utilizados por la política.
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Artículo publicado en “La Razón” el 31/03/2011

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