Archive for abril, 2011

Raíces

viernes, abril 22nd, 2011

Hoy, Jueves Santo, resplandecerán una vez más por toda España  las  profundas raíces de nuestra cultura cristiana. Se mezclarán con ellas las nuevas costumbres viajeras, las relacionadas con el necesario descanso, más las surgidas de  la convivencia respetuosa con otras culturas  llegadas voluntariamente de otras latitudes.

En el fondo hablamos de principios de cultura y de  libertad. Y en libertad salen a la calle en procesión miles de españoles para manifestar su fe. Asumen antiguas  liturgias transmitidas de padres a hijos, dando a las manifestaciones religiosas un tinte de tradición y  cultura de variadas y ricas formas. Son nuestras raíces. Y sobre su vigencia, no me preocupan las influencias externas recién llegadas o en tránsito de consolidación entre nosotros. Me preocupan más las presiones ideológicas internas, soterradas bajo manto  político,  empeñadas  en hacernos a  imagen y semejanza de una clase  dispuesta a romper cohesiones, tradiciones y costumbres en nombre de no se qué concepto de progreso. Son los  que esgrimen como bandera los sueños de Azaña o las idealizadas y frustradas conquistas sociales de la Segunda  República, en  tiempos en que en lugar de libertades dominaron   la retórica y el enfrentamiento, cuando no la violenta represión o la eliminación de una clase por la otra. No sólo se quemaron en días de ira conventos e iglesias, sino que ninguna autoridad hizo nada por sofocarlos. Santa María del Mar en Barcelona  aún mostraba no hace demasiados años sus bóvedas ennegrecidas. Durante quince días se consumieron imágenes, pinturas, ornamentos y archivos de incalculable valor. «Todos los conventos de España, no valen la uña de un republicano» diría el político alcalaíno al que nos hemos referido, en una triste apoteosis de la retórica. «La polarización social y política se manifestaba en la alta frecuencia con que aparecía el prefijo anti en el lenguaje público» nos dice Amando de Miguel. Para hoy, programaron hijos de aquel espíritu, una antiprocesión. Más de lo mismo.

La mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas –trozo claro de nuestra sociedad– no son ajenos a  las conmemoraciones de estos días. Cada uno de ellos vive su religiosidad con plena libertad, pero como colectivo siente estas raíces y tradiciones. Lo sienten a pesar del  continuado acoso a que son sometidos por personajes que con una mano se rompen en público los botones de la pechera a golpes de «mea culpa, mea máxima culpa» y con la otra firman decretos quitando a Dios de nuestras Ordenanzas  y de la fórmula de Juramento a la Bandera. Son los que dejaron la semilla para que un nuevo Reglamento de Honores priorizase a representantes de nuestras autonomías, sobre los históricos signos religiosos de nuestra identidad cristiana. La presión de la  calle y la salida alternativa apoyada en las tradiciones han flexibilizado su aplicación. ¡Suerte tienen que el Corpus de Toledo se celebre este año un mes después de las elecciones del 22 de mayo! Fue patético ver el pasado año a la música de la Academia de Infantería inamovible y muda, mientras la Banda Municipal interpretaba el Himno Nacional al paso de  la majestuosa custodia de Arce saliendo de la catedral toledana. Muchos de nosotros tenemos claro, que la referencia y la confianza en Dios aparece en lo más profundo del ser humano, especialmente en momentos de riesgo y de dolor.

Sin remontarnos a la Edad Media, aquellos bravos y arriesgados paracaidistas de los años cincuenta del pasado siglo  que fueron  nuestros maestros ya nos enseñaron una oración que marcaba  toda una  mística. Comenzaba diciendo: «Señor Dios y jefe nuestro, ante el puesto difícil que elegimos voluntariamente, venimos a Ti».

Y  años más tarde, las duras Unidades de Montaña acuarteladas en Navarra que mandaba un  extraordinario general  Sáez de Tejada, nos transmitieron una canción compuesta por el sacerdote vasco Cesáreo Garabaín que hoy repetimos emocionados,  cada vez que despedimos a un compañero de armas: «Cuando el adiós dolorido busca en la Fe su esperanza, en tu palabra confiamos, con la certeza que Tú, ya le has devuelto a la vida, ya le has llevado a la luz».

Pienso en la forma en que viven la Semana Santa nuestros soldados del exterior. En Centroamérica comprobamos como se mantenían –especialmente en Guatemala– las mismas tradiciónes españolas . En Líbano hoy, pueden sentir afinidades de comunidades cristianas cercanas. Más difícil lo tienen en Afganistán, tan lejos de nosotros por cultura, religión y tradiciones. Pero, algo conmemorarán estoy seguro, al igual que los  marinos y aviadores también en misión exterior. Se comprende mejor al Sacrificado cuando se está en contacto diario con el sacrificio; se valora mejor la confianza en Dios, cuando se vive en un ambiente de desconfianza que conlleva no pocas dosis de riesgo y de  peligro.

¡Con cuánta nostalgia recordarán los actos de sus pueblos!

¡Feliz Jueves Santo a todos!

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Artículo publicado en “La Razón” el 21/04/2011

Conflictos soterrados

lunes, abril 18th, 2011

No será que no estuviésemos advertidos. Pero la revolución esta ahí. El clásico concepto de que nuestra vida democrática se administraba votando cada cuatro o cinco años dando  nuestra confianza a una opción política y nos desentendíamos, ha caducado. Sigue quedando como remanente la asamblearia movilización en la calle en sus dos vertientes: la organizada, preparada y controlada que siempre se valora por la cantidad de asistentes más que por la causa que los moviliza  y la espontánea, la descontrolada,  la viva movilización nacida en la red. Ésta puede convocar desde una inocente reunión de fin de curso a un botellón hasta la concentración en Túnez o El Cairo de miles de manifestantes, que consiguen hacer tambalear un régimen. Y sin llegar a tanto, puede ser la denuncia contra unos eurodiputados más atados a sus derechos que  a sus deberes, a los que se obliga a cambiar sus reservas de vuelo, cuando parecen haber olvidado que en tiempos de crisis no sólo es necesario ser honrado, sino también  parecerlo. Con sus peligros, esta es la nueva democracia popular a la que nos van conduciendo las modernas tecnologías. No hay día en que una cadena de televisión o un programa de radio no encueste a su clientela. Nos encontramos ante un ejercicio permanente de participación popular que tiene sus aspectos positivos, pero que puede contener altos riesgos de manipulación o contaminación. Porque viviendo en un estado de opinión pública más que en un estado de derecho, pueden producirse en la sociedad fisuras insalvables en su tejido social.

Observemos dónde estamos, cuando hemos superado un tercio del año 2011. Interiormente, en un incontrolado camino de desmoronamiento donde a la crisis económica y social se une una grave crisis de valores y de instituciones que se reflejan en nuestra vida política. Da la impresión de que estamos constantemente en periodos electorales,  discutiendo o desacreditando opciones políticas, enfrascadas éstas en  primarias, sucesiones y relevos, que arrastran a su vez, descalificaciones, insultos y  denuncias. Y como una de las instituciones más destruidas es la de la Justicia, hemos perdido dramáticamente la fe en ella, cuando ya no se sabe si un fiscal anticorrupción ha entrado en campaña electoral, si un juez imputa por romper cohesiones de partido o si una sala  de nuestra mas alta representación jurídica como es el Tribunal Supremo se trocea de acuerdo con ideologías e intereses de partido. La separación de poderes de Montesquieu ha saltado por los aires en el Constitucional, en el Supremo y en el Consejo del Poder Judicial y  esto afecta a todo el sistema jurídico, que se sostiene día a día  gracias al callado trabajo de honrados, preparados y vocacionales jueces y fiscales. En el exterior observamos cómo la crisis económica tiene diferentes lecturas. Cómo nuestro vecino Portugal acaba de ser embargado y como  incluso en EEUU se somete al propio presidente a una dieta económica impensable hace unos años. A la vez vemos como Alemania–con una población bien educada en valores de responsabilidad, trabajo y esfuerzo– crece a un 4% y que emergen a oriente y occidente otras sociedades más vivas, en las que la demografía obliga a buscar caminos de desarrollo y de expansión. Y Europa sigue partida por intereses nacionales cuando no empresariales. Tras el comienzo de la aventura libia, mientras la Unión Africana busca in situ soluciones políticas, Francia sigue manejando sus hilos diplomáticos y  sus servicios de inteligencia para sacar partido de la situación. ¡No podían ser Italia y España los mejores clientes de Gadafi! Nosotros nos estamos jugando 7.300 millones de euros  de inversión en infraestructuras, 3.500 en petróleo y gas, 1.500 en armamento y otros 5.000 en conceptos varios. Alguien propondrá la «irreductible necesidad» de partir el país en dos: arena y camellos para unos, gas y petróleo para otros. En París  lo tienen calculado. Lean las declaraciones de Alain Juppe, su ministro de Asuntos Exteriores. No sería la primera vez que servimos a otros intereses. Alguien se frotó las manos cuando salimos de Iraq y perdimos el contrato de mantenimiento de la Sexta Flota por diez años en los astilleros de Cádiz, más la construcción de cuatro fragatas F-100 para Israel y seis submarinos para Tailandia.

Pero lo más peligroso puede ser  la «salida al Mediterráneo» de grupos radicales ubicados en Chad, Níger  o Sudán. Porque es muy difícil conocer las identidades e intenciones de los milicianos incorporados a la lucha contra Gadafi. Puede que Francia prevea y quiera controlar todo el teatro de operaciones. Ya lo intentó en la guerra que enfrentó a Libia con Chad en 1987 jugando con  cartas marcadas por Mitterrand. Pero temo que hoy lo hagan haciendo suya la conocida máxima de   Clausewitz , «la guerra es la continuación de la política por otros medios», camuflados estos de  Derechos Humanos pero, sospecho en este caso, claramente económicos.

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Artículo publicado en “La Razón” el 13/04/2011

Conflictos y opinión pública

martes, abril 12th, 2011

Me preocupan tanto las efervescencias como los apagones informativos. Imagino las incertidumbres de un lector formado y preocupado, al que un día le saturan con cientos de crónicas sobre Libia y a los pocos días parece que todo se desvanece. Otros acontecimientos –siempre aparecerán– desplazan el llamado «interés informativo» a Siria, Costa de Marfil o simplemente a problemas domésticos como el relevo en el liderazgo de un partido, las incongruencias judiciales con ETA y su entorno, o  los «atajos» políticos con la banda criminal.

Sé que leemos, escuchamos y vemos lo que nos es afín. Es decir, que somos corresponsables de lo que se nos informa  al asimilar unos criterios que hacemos nuestros. Como siempre, me preocupa cómo afecta esto a los miembros de las Fuerzas Armadas. Esta vez no han desplegado nuestros soldados en Libia entre pancartas de «no a la guerra» ni entre gritos de «gobierno asesino». Algo hemos avanzado. Sólo pretendemos que se nos deje trabajar tranquilos. Pero si analizan las entrevistas de estos días a los uniformados, observarán que las primeras preguntas siempre son iguales: ¿Estamos en guerra? ¿Es igual que Iraq? ¿Son semejantes las Resoluciones? Siempre nos someten a la prueba del algodón político intentando llevar nuestra agua a otros molinos. Y cada uno sale como puede. Un buen general se agarra a la Constitución, «aquí el único que declara la guerra es el Rey con aprobación previa de las Cortes». Otro dice «mire, las Resoluciones las interpreta el Gobierno y nosotros cumplimos: si hay que ir a Iraq vamos; si hay que regresar regresamos. No me lo cuente a mí». Pero ¿qué quieren?

Diferente es el cómo se transmite. Yo aquí sí fui crítico. Porque entre quienes en primerísima comparecencia hablaron de Libia no había ningún uniformado, y repasando las biografías de los presentes tenían más peso específico los procedentes de la insumisión, del «nunca mais» y de otras posiciones que no vienen a cuento, que los que hacían constar en sus currículos largos y constatados servicios al Estado. A uno de ellos siempre le agradeceremos las pintadas con que nos embadurnaban nuestros vehículos en la Galicia del «chapapote» o aquellos «inocentes» sabotajes en que nos vaciaban de noche los aljibes de agua o nos quemaban un vehículo táctico. También tenemos memoria. ¡Simplemente cumplimos órdenes, querido amigo, igual que ahora!

Insto a la ponderación. A que el lector pueda leer completas las Resoluciones de Naciones Unidas, algo a lo que la prensa escrita es remisa. Que cada uno pueda comparar la 1441 y 1483 de 2003 con la 1973 de 2011; que interprete los nueve «chair’s statements» acordados en Londres el pasado 29 de marzo. Tampoco sería malo presentarlos en inglés, porque ciertas traducciones no siempre reflejan lo acordado. Nunca hemos tenido tantos y tan buenos informadores. Sólo es cuestión de buscar la objetividad, el análisis, huir de ciertas pasiones subjetivas. ¿Cuántas fotos de nuestra Guerra Civil son ahora reconocidas como montajes? ¿Qué fue sino un montaje aquel asalto a una maternidad en Bagdad en la que se desconectaban  incubadoras llevando supuestamente a la muerte a aquellos inocentes?
Creo que la opinión pública anda desconcertada. Lo demuestran los estados de opinión. El mayor tanto por ciento referido a respuestas de los encuestados suele ser el del «no sabe, no contesta».

Son los que un día ven a un Presidente del Gobierno –español, francés, italiano– abrazándose a un Gadafi; a los pocos meses atacándole con «tomahawk» y no sabemos si mañana volviéndole a escuchar en la sede de Naciones Unidas. Son los que ven como se mezclan intereses nacionales con intereses de partido, sin saber a qué obedecen determinadas y precipitadas decisiones.

A día de hoy, estamos en un complejo punto muerto. No sabemos si los ex gadafistas llegados a Londres son nuevos Ribbentrop o Rudolf Hess, desertores o enviados especiales,cuando sigo creyendo en el papel mediador de Turquía. También pienso en  lo que diría Churchill: «orden antes que caos».

Una última constatación. Es el del papel del Ejército en toda esta conmoción norteafricana. Donde existía como institución y se ha mantenido unido –Túnez y Egipto– las revueltas se han canalizado. En el caso libio su vacío se ha llenado con milicias y con mercenarios. Hoy están en plena guerra civil.

Sólo los cauces de la reconciliación pueden llevar la calma que todos deseamos al Mediterráneo. Pero alguien tiene que hacer de Churchill.

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Artículo publicado en “La Razón” el 6 de abril de 2011

Juegos de guerra

viernes, abril 1st, 2011

En septiembre de 1911, en plena guerra entre Italia y el Imperio otomano, un monoplaza «Taube» bombardeaba por primera vez desde el aire un objetivo militar en Trípoli. Comenzaba una era que caracterizaría  las guerras modernas. Entonces Italia aparecía como libertadora del yugo turco. Han pasado cien años. La Historia es terca.

Al final la OTAN, que es tanto como decir los Estados Unidos, se hace cargo hoy de la «odisea» Libia. Siguiendo su línea de bajo perfil, han maquillado el liderazgo nombrando a Charles Bouchard como responsable de las operaciones. El general canadiense es el segundo del almirante norteamericano Samuel Lockeear, Mando Supremo Aliado del sur de Europa.

Todo se va ordenando. Francia y Alemania ceden en sus respectivas  posiciones una vez corroborado que en las cantorales francesas  se afianzaba el nuevo Frente Nacional de Marina Le Pen y que Angela Merkel, a pesar de sus guiños pacifistas, sufría una histórica derrota en sus feudos de Baden-Württemberg y Renania-Palatinado. Sarkozy vio una ocasión de oro para relanzar su popularidad a lo De Gaulle. Me temo que se la hayan arrebatado por la amura de estribor. No es el único que la ha buscado. Veremos pronto en casa, «acercamientos canadienses». ¡Faltaría más!

Londres tuvo su protagonismo anteayer, concentrando a representantes de 36 estados y de todas las organizaciones involucradas. En nueve concisos puntos despachó un claro «chair’s statement» y le pasó la pelota a Qatar.

Turquía, aún escocida por aquella desmembración de su Imperio tras la Primera Guerra Mundial, no podía olvidar la Guerra con Italia de 1911-1912, que le arrebató precisamente Trípoli, Benghasi, Rodas y el Dodecaneso. Pero creo que la OTAN ha  jugado bien con la actitud turca. Diría incluso, si tuviese fe en la inteligencia de ciertos analistas, que  fue  incentivada y  aprovechada. Ahora  aparece como un posible mediador utilizando vías no estrictamente militares. Siempre es bueno dejar un resquicio, tener un fusible a mano, incluso un teléfono de emergencia o un discreto aeropuerto de acogida.

Los norteamericanos ya han acercado a Rota y Morón tres Awacs, otros tantos aviones  espía y 30 KC-10 de abastecimiento en vuelo. Aportan enormes capacidades de abastecimiento –lo que hace pensar en que adivinan que va para largo–, inteligencia y rescate, cubriendo carencias de  la Alianza.

Se va pensando, haciendo buena aquella descripción que hizo Tucídides de la Guerra del Peloponeso: «Cuando la gente inicia una guerra comete una enorme cantidad de  errores; la acción es lo primero, y sólo cuando se ha sufrido en demasía, es cuando se comienza a pensar».

Aquí deberíamos interpretar como «gente» a una clase política que por una parte sentía la necesidad de proteger, inyectada a presión en vena por la opinión pública y por otro a sus propios  intereses  nacionales,  personales o de partido.

Esto explica la redacción inacabada de una resolución  que se presta a múltiples interpretaciones, pero que lleva soterrada la decisión de acabar con el régimen de Gadafi como se vio en Londres el martes. De aquella  salieron unas Reglas de Enfrentamiento (ROE,s) redactadas por políticos, que sirvieron para «hacer volar» a los aviones y presentarlos victoriosos en los telediarios. Los tres elementos esenciales para el éxito de una operación militar son la misión, la cadena de mando y un plan de actuación. Tengo mis dudas de que estuviesen activados. Esta precipitación también nos afectó. Hubo más prisa en decir todo lo que mandábamos –aunque un barco estuviese en el «mar próximo» de Ferrol– que en justificar para qué.

Volviendo a  la Alianza, se hace cargo ahora de la exclusión aérea, del embargo por mar de armas y mercenarios que ya controlaba, y de la «dirección de los ataques contra objetivos terrestres», asumiendo el mandato del Artº 4 de la Resolución  de «tomar todas las medidas necesarias» para proteger a la población civil. Y vista la sincronía entre los bombardeos aéreos y el avance de las partidas rebeldes, tenemos claro a qué civiles protegemos y cuál es el fin último de la operación. ¿Por qué los habitantes de la Cirenaica oriental tienen más derecho a ser protegidos que los occidentales de Trípoli? ¿Cuántos comandos norteamericanos, ingleses y franceses andan infiltrados entre las fuerzas rebeldes? ¿Cómo se conducen desde tierra los bombardeos? ¿Quién controla a Al Qaeda?

Mientras en Londres se analizaron salidas diplomáticas,  en Nueva York se cruzan borradores de nuevas resoluciones y en Bruselas, Stuttgart y  Nápoles andan otra vez metidos en harina, coordinando órdenes, acumulando munición, repuestos y carburantes para un conflicto sin fecha de caducidad. Cuidado, que en la otra Odisea, la de Homero, Ulises tardó diez años en poder regresar a  casa.

Mientras unos soldados y marineros bien preparados ponen lo mejor de sí mismos para que todo acabe de la mejor forma posible, sigo preguntándome si la guerra es la continuación de la política por otros medios o es consecuencia de los malos medios utilizados por la política.
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Artículo publicado en “La Razón” el 31/03/2011