Templanza

Por definición, su raíz latina –temperantia– parece referirse al tiempo meteorológico, a la benignidad del aire o del clima. Su interpretación cristiana nos lleva a una de las cuatro virtudes cardinales, la que invita a la moderación de los apetitos y uso de los sentidos, sujetándolos a la razón. Similares consideraciones encontramos en otras religiones monoteístas. Pero me interesa la templanza social, la de la ciudadanía, la de la opinión, la que nos orienta hacia la moderación, la sobriedad y la continencia, en definición de nuestra Real Academia de la Lengua. La templanza que estamos abandonando en manos del engaño, del egoísmo, del atesoramiento, de la ostentación, cuando no del “sálvese quien pueda”. Porque vivimos claramente tiempos de destemplanza. La corrupción política brota por los cuatro costados de nuestra vida; los conceptos de patria y patriotismo, que entrañan bien común, generosidad y sacrificio, se presentan como atributos de la extrema derecha; se prostituye el derecho de un reo a no declarar en juicio público, ofreciéndole a continuación las cámaras de una televisión privada, en las que sí declara, a cambio de dinero, por supuesto.

En estos tiempos de destemplanza, nos ha sorprendido un trascendente movimiento social que se está produciendo en la ribera sur de nuestro Mediterráneo y que nos preocupa por los flujos migratorios que pueda producir o por el alza de los productos petrolíferos que ya notamos. Hace tiempo que sabíamos como estaban. Conocíamos sus pirámides demográficas, sus PIB, sus índices culturales y sanitarios y el tiempo que llevaban sus dirigentes ostentando el poder. ¿De qué nos sorprendemos entonces?

Ahora abrimos informativos y periódicos con las crónicas de los enviados especiales, “este género inquieto que revolotea por los puntos problemáticos del mundo con su pluma y su cámara, que llevan la libertad de expresión en las entrañas, las protestas en masa les dan vida, subestiman sistemáticamente el deseo de ley y orden de la gente”, como los define Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores, profesor de la Universidad de Warwick. ¿Cómo explicamos, si no, la longevidad de estas dictaduras?¿O nos hemos olvidado del 44% de votos que obtuvo en 1990 Pinochet en Chile? Nos falta templar las opiniones. ¿Qué dicen nuestros embajadores “in situ”? ¿Qué opinan nuestros catedráticos? ¿Somos conscientes de que la combinación de libertad y orden de nuestras democracias occidentales son el producto de una larga trayectoria histórica que no puede reproducirse a corto plazo? Hace pocos meses  en el  parlamento marroquí de Rabat era testigo de una asamblea de la Unión Parlamentaria Mediterránea, que a partir de aquel día presidiría un diplomático egipcio. Hoy, me cuesta retener e interpretar lo que escuché allí. Si paso frente al Palacio de Pedralbes en Barcelona veo ondear decenas de banderas mediterráneas y me pregunto: ¿Es que tampoco se ha podido prever nada aquí? Y pienso en nuestra aireada –y costosa– Alianza de Civilizaciones o en aquella Unión para el Mediterráneo que Sarkozy y  Hosni Mubarak, fundadores y copresidentes, sellaron en un abrazo que todos aplaudimos.

¡Hoy se necesita una verdadera unión para el mediterráneo! Pero intuyo que los instrumentos existentes no sirven. Porque tenemos Mediterráneo no sólo en las ya famosas plazas de El Cairo o de Túnez –pronto seguramente en la de Trípoli–, tenemos Mediterráneo en las callejas del Raval barcelonés, en la del Tribulete de Madrid y en tantas y tantas de París, Bruselas, Roma, Milán, Atenas o Almería. Deberíamos ser capaces de transmitir templanza. De no remover más ríos revueltos, de recordar experiencias recientes como la de Irán, porque son tiempos de oportunidades y de ilusiones, pero también de peligros. Los que quieren comparar el momento con el 1989 de Berlín olvidan que los países del Este europeo tenían un referente próximo al otro lado del muro, que les estimulaba. Era entrar en la Europa comunitaria, y/o cobijarse bajo el manto de seguridad de la OTAN. ¿Qué tienen en Túnez como referente? ¿Y en Libia?

Deberíamos acordarnos de lo que los militares llamamos “lecciones aprendidas”: las trágicas consecuencias de la desmembración del Imperio Otomano tras la primera Gran Guerra o el derrocamiento de Faruk por parte de Nasser en 1952. Deberíamos pensar en lo que hicimos  en 1979 cuando el ayatollah Khomeini derrotó al Sha de Irán. Las dos guerras más recientes de Israel –contra Hezbolah en el Líbano en 2006 y contra Hamas en Gaza en 2009– se libraron contra grupos patrocinados, abastecidos y entrenados precisamente por aquel Irán.

Tiempos de destemplanza.

Acudo al poeta cuando me falta la contundencia necesaria para abordar el tema que me preocupa. Rudyar Kipling (1856-1936) nos dejaría escrito: “Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo. Si tropiezas con el triunfo, si llega tu derrota. Y a los dos impostores tratas de igual manera. Si puedes escuchar la verdad que has hablado. Hecha trampa de pícaros para engañar a incautos”. Sueños, trampas, derrotas, esclavos, impostores,  pícaros e incautos. ¡Todo, todo en estos levantamientos mediterráneos! ¡Todo debería ser tratado y considerado en el crisol de la templanza, cuando parece que solo estamos pendientes de los movimientos de la VI Flota norteamericana!

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Artículo publicado en  “La Razón”

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