Guerras contrapuestas

Anteayer martes, el Congreso ratificó con mayoría absoluta, la decisión del Gobierno de intervenir en Libia. Gesto positivo para las Fuerzas Armadas, especialmente para quienes desde barcos o aviones arriesgan sus esfuerzos y su disponibilidad. Nunca ha sido cómodo emprender acciones de este tipo entre pancartas de «no a la guerra» y «gobierno asesino», entre broncas parlamentarias o entre incendiarias soflamas de medios de comunicación escritos o televisivos. A evitar a toda costa la palabra «guerra» –pobres «negros» que preparan los discursos– ya estamos acostumbrados. Nos la quitaron incluso de nuestras Ordenanzas Militares. ¡Siempre somos humanitarios! Elegante la oposición, evitando revanchas. Alguno de sus diputados había sacado 150 copias de la Resolución 14/83 de 22 de Mayo de 2003 sobre Irak y, según me dicen, el buen embajador Chencho Arias tenía otras tantas de la 15/11 también de 2003 que le costó su puesto de representante de España ante NN.UU. a los tres días del cambio de Gobierno en mayo de 2004. No les dejaron.

Pero hay otras guerras contrapuestas. Son las que obligaron a declarar al almirante Mike Mullen, el Jefe de Estado Mayor norteamericano, cuando fue interrogado sobre el futuro de la operación bajo el punto de vista político: «Simplemente, no lo sé». No seré yo quien sepa más que él. Incertidumbre sobre el papel de la OTAN. Sobre la presión de Turquía, que por una parte rompe el consenso y por otra justifica un deseable segundo plano. Como el norteamericano, que si ha buscado un teórico bajo perfil, pero sabe que tiene que poner los «Tomahawks», unos misiles que España no pudo pagar para sus fragatas F-100. Incertidumbres electorales en Alemania que ya le obligaron a abstenerse en el Consejo de Seguridad en la votación de la Resolución 1973. Pero no olviden las circunstancias francesas, donde Sarkozy teme ser desbordado por la derecha de Marie Le Pen. De ahí que haya optado por la opción «grandeur» del general De Gaulle. ¡El primer avión que vuele sobre cielo libanés será francés! «¡Voilà!» (La costosa munición, que la pongan los sajones, como siempre) Incertidumbre sobre Rusia y sobre el silencio chino. Ahora habla Putin de «cruzadas».¿Por qué se abstuvo su representante en la votación del Consejo de Seguridad? Quien se abstiene teniendo el poder del veto, acepta. ¿A qué vienen estos discursos después? Me impactó una reciente y enriquecedora reflexión de Victoria Prego. Resulta que quienes legitiman nuestra intervención en Libia, quienes nos «permiten» intervenir en apoyo de una población masacrada, son dos países como Rusia y China, que no se distinguen precisamente por sus excesos democráticos. Con el veto de Rusia, no obstante, y sin Resolución de NN.UU.  se actuó en Kosovo. Ahora parece que nadie se acuerda.

Guerras contrapuestas dentro de casa. Temo que la carrera sucesoria en el partido del Gobierno, nos arrastre. En conflictos anteriores –ya se me ha contagiado el «no» a la guerra– Defensa transparentaba la información preparando unos equipos de uniformados que sin salirse del guión oficial, se abrían e informaban a todos los medios. El veto actual, imagino que por miedo a que alguien meta la pata y estropee una valoración en la  opinión publica, es negativo y obliga a cuatro viejos generales o almirantes a dar la cara. ¡Y suerte que los F-18 y los «Tomahawks» son de nuestra época! Ya no podríamos hablar de los Eurofighters, por ejemplo. Pero, ¿qué miedo tienen? ¡Dejen que los aspectos técnicos los expliquen los uniformados! ¡Pero si nunca habíamos tenido tan buenos especialistas en Moncloa, en Vitruvio, en Nápoles o en Bruselas! Sirva un ejemplo: Atentado en el metro de Londres. Informa, serio, responsable,  técnico, el jefe de Policía: «No les puedo decir más; después de atender a los heridos, debo detener prioritariamente a los asesinos». Todo se asume. Atentado en Madrid el 11-M. Informa un político, el ministro Ángel Acebes. Se desata enseguida la guerra electoral. Como es honesto, pierde la partida jugando con  los de las cartas marcadas. Aún buscamos a los asesinos.

Segundo efecto negativo. A falta de presencia de uniformados, la titular de Defensa aparece bien flanqueada por sus incondicionales políticos. Como tiene indiscutible atractivo informativo, a su alrededor, formando una corona, figuran una serie de rostros a modo de ángeles alrededor de la Virgen de Fátima. Temo por alguno de ellos, porque ya no puede alargar mas el cuello y esto puede provocarle una distensión grave. Sería otro de los daños colaterales que inexorablemente acarreará el conflicto libio. Ahora habrá que esperar cómo reacciona la opinión pública. Qué guerra de fotografías y reportajes se cruzarán. Cuántos niños  heridos en sus colegios. Cómo interpretarán ambas partes, la caída del F-15 norteamericano. Cuál es el papel y dónde está el «enviado especial» del secretario general de NN.UU, Abdel-Elah  Al-Khatib.  y de dónde sacarán los ocho expertos  previstos en la Resolución 1973.

Cuando sigo preguntándome por qué la prensa escrita no ha reproducido en su totalidad esta Resolución –ya tenemos una opinión adulta y es bueno que cada uno saque sus conclusiones– sigo pensando en la eterna esencia de la guerra: ¡siempre fuerzas contrapuestas!

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Artículo publicado en “La Razón” el 24/03/2011

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