El caos como arma política

Esta vez ha fracasado en Egipto. Representa todo un símbolo, el que los ocupantes de la plaza Tahrir se esfuercen estos días en limpiarla de cascotes y restos del improvisado campamento, empeñados en demostrar que hay orden en la capital, aspecto básico para recuperar una imagen y un turismo que le proporcionaba 13 millones de visitantes al año.

El régimen de Mubarak administró el caos durante treinta años, apoyado en una discutible ley de emergencia nacional. Estas leyes, están concebidas para momentos que lo requieren, pero esencialmente se promulgan con fecha de caducidad. Pero a los 80 millones de egipcios se les mantenía encorsetados por el miedo a derivas extremistas que pudieran romper su paz social o volver a los tiempos de las guerras con su vecino Israel. De hecho quienes dirigían el país eran los antiguos héroes del Yom Kipur.

Y cuando estalla la revuelta, desbordadas sus fuerzas policiales, el Gobierno utiliza los viejos métodos del caos. Tras las detenciones masivas y los internamientos, el Ministro del Interior utiliza a matones de paisano que se enfrentan con los manifestantes. Luego  retira a  la fuerza pública en calculada maniobra,  para propiciar los saqueos, certificar el vacío de poder: «Sin nosotros, el caos».

Un buen amigo, con el que compartí experiencias semejantes en la Nicaragua que recuperó democráticamente Violeta Chamorro, me escribía desde El Cairo el pasado día 9: «Hemos tenido unos cuantos días sin ningún policía en las calles; esto parecía una ciudad sin ley. Todos los vecinos nos tuvimos que constituir en grupos de defensa. Se oían infinidad de disparos. Se produjeron incendios –entre ellos la sede del NPD– y se difundían todo tipo de noticias  sobre asaltos, robos, violaciones e incluso asesinatos. Se hablaba –y creo es verdad– que esta sensación de inseguridad había sido orquestada por el Gobierno para crear la sensación  de caos y desasosiego, que serviría de excusa para que el pueblo pidiera o comprendiera la dura actuación  de las Fuerzas de Seguridad».

De libro. El resumen es más que clarificador.

Nada nuevo, respetado lector. Algunas veces el método  ha funcionado. Pero en este caso, no. Y el elemento clave de su fracaso ha sido la información y las redes sociales. El despliegue de corresponsales de Prensa y televisión ha sido enorme y la calidad de las crónicas excelente, con unanimidad casi del 100% en adoptar posturas cercanas a los levantados. La importancia de la red también ha sido vital. Por esto el Gobierno de Mubarak intentó colapsar internet y la telefonía móvil.

Si en la guerra de Argel los transistores fueron fundamentales para que aquellos soldados franceses supiesen lo que se decidía en París, si las televisiones a partir de los sesenta fueron esenciales para comprender lo que pasaba en Tiananmen o en el Muro de Berlín, en Egipto Facebook y Twitter han actuado de claros aceleradores del proceso.

Ahora hay que salvaguardar el nuevo orden. Ahora hay que saber juzgar con garantías a los inculpados. Ahora hay que evitar tribunales populares, juicios sumarísimos, hay que preservarse de las venganzas, de los odios locales o simplemente de barrio.

No todo ha sido negativo durante los 30 años de Mubarak. Hay que saber aprovechar lo positivo y a las personas que han servido con honestidad. Hay que huir de los héroes populacheros que surgirán por cada esquina, en cada barrio, en cada aldea. Si sumamos a todos los que dicen que estuvieron en Tahrir seguramente llegaremos a los 20 millones. Porque si la red tiene ventajas, también tiene sus inconvenientes.

Brotan los sentimientos y las opiniones, más que se meditan; cuesta menos atribuirse heroicidades más o menos noveladas. Hay que saber desbrozar delitos de fantasías, lo real de lo relatado. Hay que templar, conociendo cómo es el alma humana.

Aquí tenemos buenos ejemplos. No nos faltan buenos especialistas en crear fangales políticos o judiciales de  los que  emergen como ángeles exterminadores o como  salvadores universales.

Sin llegar a tanto, acuérdense de las palabras de nuestro presidente, susurradas aquel 17 de marzo de 2008 a Iñaki Gabilondo en  Cuatro Televisión: «Nos conviene que haya tensión». ¡Cuidado! De la tensión al caos hay un paso.

La revuelta egipcia ha conseguido incluso, unir a la trascendental opinion pública norteamericana. Es curiosa la coincidencia de los «neocon» con un  Noam Chomsky, el referente de las izquierdas alternativas y crítico virulento de la política exterior USA. Este, incluye en sus «estrategias de la manipulación»  la que llama «problema-reacción-solución» es decir, se crea un problema para conseguir una reacción del súbdito, a fin de que  sea éste el  demandante de  medidas duras, aun a costa de sus libertades. Pone como ejemplos, intensificar la violencia urbana, organizar atentados sangrientos,  intoxicar sobre inseguridad, robos, saqueos, violaciones, asesinatos.

Mi amigo de El Cairo acababa escribiéndome: «El egipcio es un pueblo bueno, generoso y dispuesto al sacrificio cuando la situación lo requiere. Hay mucha gente preparada y dispuesta a sacar  adelante a su país. Si lo dejan tranquilo, Egipto puede volver a su época gloriosa».

¡No deseamos otra cosa!

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Artículo publicado en “La Razón”

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