Archive for febrero, 2011

Treinta años y un día

viernes, febrero 25th, 2011

Lógicamente, publicamos hoy lo que pensamos y escribimos ayer. Y ayer, y hace una semana, el tema del triste episodio del 23 de febrero de 1981 encuentra amplio eco en nuestra vida política y en todos los medios de comunicación.

Han ido reapareciendo algunos protagonistas que, directa o indirectamente, tuvieron que ver con el fallido golpe. Conociendo el alma humana, las posiciones son claras: hay quienes arriesgaron y dieron la cara; quienes arriesgaron y no la dieron; quienes tiraron piedras y escondieron la mano; quienes ofrecieron ésta y la retiraron a tiempo; quienes hacían de la Patria un coto privado y quienes han vivido del cuento desde aquel día, que para ellos constituyó la mejor página de su currículo. Porque a la sombra de lo sucedido se han consolidado fecundas carreras políticas y buenas fortunas económicas.

Faltan hoy, por ley de vida, dos testimonios clave: el del presidente Suárez y el del general Gutiérrez Mellado.

Alejado por destino de lo que sucedía en Madrid y en Valencia aquel día, sí he ido madurando mi opinión durante estos años. Sostengo -y puedo equivocarme, por supuesto- que el general reaccionó, sorprendido y justamente indignado. No opino lo mismo respecto a la actitud de Adolfo Suárez que aún controlaba los servicios de inteligencia del momento. El concepto de «contragolpe» o «vacuna», al más puro estilo Maquiavelo o Curzio Malaparte, es claro. No deben extrañar por tanto, las aseveraciones actuales de «no era esto lo convenido», que nos recuerda a los entonces jóvenes oficiales, lo que escuchamos de la sensata mayoría de nuestros generales: «Esto no es lo que nos comprometimos a apoyar; no estamos en el siglo XIX».

Pero nadie dudaba entonces -ahora es fácil pregonar lo contrario- que hacía falta un Gobierno de concentración fuerte para acabar la Legislatura y contraatacar la sangrienta ofensiva de ETA. Los que ahora dicen lo contrario mienten, como mienten los que dicen hoy «yo ya lo advertí». O los que hacen profesión de fe al declararse «demócratas de toda la vida».

Faltan a lista los que crearon un mito en el País Vasco en la persona de un Teniente Coronel de la Guardia Civil, que defendía a muerte a sus guardias, a los que diezmaban con órdenes y contraórdenes, pasteleos políticos, concesiones, miedos. Faltan a lista quienes prohibían honrar incluso a estos muertos ordenando sacarlos de los cuarteles por las puertas traseras o se negaban a abrir las de sus iglesias para celebrar funerales cristianos.

Faltan a lista quienes socavaban desde dentro el proyecto de la UCD de Suárez; los que ya habían vendido su piel ocupando aún poltronas de poder, los que huían, como las ratas del barco en llamas. Faltan a lista los que pactaron «operaciones De Gaulle» y salieron silbando de la vía mirando para otro lado.

Luego, unos uniformados fueron procesados y condenados.

Pero otros uniformados que nada tuvimos que ver ni con el tardofranquismo, ni con la UCD y las luchas de sus barones, ni con los partidos de izquierda prestos a ocupar el poder, otros, que también seguíamos pagando con sangre la ofensiva de ETA, fuimos tratados como los primeros, incluidos en un común pecado original.

Hace una semana, en una enésima sesión dedicada a la Ley de Derechos y Deberes de los Militares celebrada en el Congreso de los Diputados, un general dijo que «en Defensa se legislaba mirando más al 23-F que al Líbano o a Afganistán». Por encima de la oportunidad del momento y del lugar, el mando recogía un sentimiento arraigado en las gentes de armas. Con honradísimas excepciones -y ellos bien saben que les respetamos y queremos- el Ministerio ha sido interventor más que constructor, ha sido restricción más que impulso; ha sido interés de partido por encima de servicio de Estado; ha sido fiscal más que apaciguador de conflictos; ha sido claro promotor de turbias lealtades políticas que ha bien pagado con ascensos o con presidencias de  empresas estatales. Ha sido banco de prueba para carreras políticas, cuando no para absorber a personas de difícil acomodación en otros ministerios. Hoy, un alto porcentaje de su estructura de altos cargos, incluidos los puramente técnicos, está ocupada por civiles al servicio del partido de turno.

¡Siguen siendo los beneficiados del 23-F!

Todo. Todo de libro, diría Nicolás Maquiavelo. ¿De qué se sorprende, general?

Pero ya hemos cumplido los treinta años y un día de condena, la pena máxima de nuestro Código Penal.

Dejen tranquilas a las Fuerzas Armadas. No las líen con sus planes de estudios, ni con sus códigos de conducta. No necesitan comisarios políticos que les digan cómo deben ser sus museos. Dejen de empeñarse en hacerlas a imagen y semejanza de una clase política o sindical determinada. ¿No saben la distancia en valoraciones que reflejan  las encuestas de opinión pública?

¡Dejen ya de sacarle réditos a una aciaga jornada que sufrimos todos, un 23-F hace treinta años y un día!

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Artículo publicado en “La Razón”

El caos como arma política

lunes, febrero 21st, 2011

Esta vez ha fracasado en Egipto. Representa todo un símbolo, el que los ocupantes de la plaza Tahrir se esfuercen estos días en limpiarla de cascotes y restos del improvisado campamento, empeñados en demostrar que hay orden en la capital, aspecto básico para recuperar una imagen y un turismo que le proporcionaba 13 millones de visitantes al año.

El régimen de Mubarak administró el caos durante treinta años, apoyado en una discutible ley de emergencia nacional. Estas leyes, están concebidas para momentos que lo requieren, pero esencialmente se promulgan con fecha de caducidad. Pero a los 80 millones de egipcios se les mantenía encorsetados por el miedo a derivas extremistas que pudieran romper su paz social o volver a los tiempos de las guerras con su vecino Israel. De hecho quienes dirigían el país eran los antiguos héroes del Yom Kipur.

Y cuando estalla la revuelta, desbordadas sus fuerzas policiales, el Gobierno utiliza los viejos métodos del caos. Tras las detenciones masivas y los internamientos, el Ministro del Interior utiliza a matones de paisano que se enfrentan con los manifestantes. Luego  retira a  la fuerza pública en calculada maniobra,  para propiciar los saqueos, certificar el vacío de poder: «Sin nosotros, el caos».

Un buen amigo, con el que compartí experiencias semejantes en la Nicaragua que recuperó democráticamente Violeta Chamorro, me escribía desde El Cairo el pasado día 9: «Hemos tenido unos cuantos días sin ningún policía en las calles; esto parecía una ciudad sin ley. Todos los vecinos nos tuvimos que constituir en grupos de defensa. Se oían infinidad de disparos. Se produjeron incendios –entre ellos la sede del NPD– y se difundían todo tipo de noticias  sobre asaltos, robos, violaciones e incluso asesinatos. Se hablaba –y creo es verdad– que esta sensación de inseguridad había sido orquestada por el Gobierno para crear la sensación  de caos y desasosiego, que serviría de excusa para que el pueblo pidiera o comprendiera la dura actuación  de las Fuerzas de Seguridad».

De libro. El resumen es más que clarificador.

Nada nuevo, respetado lector. Algunas veces el método  ha funcionado. Pero en este caso, no. Y el elemento clave de su fracaso ha sido la información y las redes sociales. El despliegue de corresponsales de Prensa y televisión ha sido enorme y la calidad de las crónicas excelente, con unanimidad casi del 100% en adoptar posturas cercanas a los levantados. La importancia de la red también ha sido vital. Por esto el Gobierno de Mubarak intentó colapsar internet y la telefonía móvil.

Si en la guerra de Argel los transistores fueron fundamentales para que aquellos soldados franceses supiesen lo que se decidía en París, si las televisiones a partir de los sesenta fueron esenciales para comprender lo que pasaba en Tiananmen o en el Muro de Berlín, en Egipto Facebook y Twitter han actuado de claros aceleradores del proceso.

Ahora hay que salvaguardar el nuevo orden. Ahora hay que saber juzgar con garantías a los inculpados. Ahora hay que evitar tribunales populares, juicios sumarísimos, hay que preservarse de las venganzas, de los odios locales o simplemente de barrio.

No todo ha sido negativo durante los 30 años de Mubarak. Hay que saber aprovechar lo positivo y a las personas que han servido con honestidad. Hay que huir de los héroes populacheros que surgirán por cada esquina, en cada barrio, en cada aldea. Si sumamos a todos los que dicen que estuvieron en Tahrir seguramente llegaremos a los 20 millones. Porque si la red tiene ventajas, también tiene sus inconvenientes.

Brotan los sentimientos y las opiniones, más que se meditan; cuesta menos atribuirse heroicidades más o menos noveladas. Hay que saber desbrozar delitos de fantasías, lo real de lo relatado. Hay que templar, conociendo cómo es el alma humana.

Aquí tenemos buenos ejemplos. No nos faltan buenos especialistas en crear fangales políticos o judiciales de  los que  emergen como ángeles exterminadores o como  salvadores universales.

Sin llegar a tanto, acuérdense de las palabras de nuestro presidente, susurradas aquel 17 de marzo de 2008 a Iñaki Gabilondo en  Cuatro Televisión: «Nos conviene que haya tensión». ¡Cuidado! De la tensión al caos hay un paso.

La revuelta egipcia ha conseguido incluso, unir a la trascendental opinion pública norteamericana. Es curiosa la coincidencia de los «neocon» con un  Noam Chomsky, el referente de las izquierdas alternativas y crítico virulento de la política exterior USA. Este, incluye en sus «estrategias de la manipulación»  la que llama «problema-reacción-solución» es decir, se crea un problema para conseguir una reacción del súbdito, a fin de que  sea éste el  demandante de  medidas duras, aun a costa de sus libertades. Pone como ejemplos, intensificar la violencia urbana, organizar atentados sangrientos,  intoxicar sobre inseguridad, robos, saqueos, violaciones, asesinatos.

Mi amigo de El Cairo acababa escribiéndome: «El egipcio es un pueblo bueno, generoso y dispuesto al sacrificio cuando la situación lo requiere. Hay mucha gente preparada y dispuesta a sacar  adelante a su país. Si lo dejan tranquilo, Egipto puede volver a su época gloriosa».

¡No deseamos otra cosa!

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Artículo publicado en “La Razón”

Unidad del ejército en Egipto

domingo, febrero 13th, 2011

No sería la primera vez que Egipto encuentra en sus «coroneles» los ejecutores de una revolución interna
La situación no es nueva. Ante una conmoción social como la que viven Túnez o Egipto, las Fuerzas Armadas aparecen como elemento estabilizador y en cierto sentido decisivo. En el caso de Túnez su opción fue clara y sirvió para pasaportar al presidente Ben Ali al dorado exilio de Arabia Saudí.

En el caso egipcio, la situación es más compleja. Aquí se mezclan intereses estratégicos, ayudas militares, miedos a vacíos de poder, un complejo proceso de paz en  Oriente Medio, un Canal de Suez vital para el comercio mundial, intereses turísticos, antecedentes históricos y un largo etcétera.

A nivel interno no hay que olvidar que Mubarak,  Ahmed Shafik, el primer ministro héroe de la Guerra del Yom Kipur, y Sami Enam, Jefe del  Estado Mayor de la Defensa, son generales procedentes de la Fuerza Aérea, un arma en proceso de modernización con F-16 norteamericanos, que aún conserva los Mig 21 soviéticos y  los Mirage franceses.

Es difícil predecir cómo piensan los mandos del Ejército, de la Guardia Nacional y de la de Fronteras, más cercanos a lo que se siente la calle y que suman, entre todos, cerca de 700.000 efectivos. Muy significativas las presencias de los generales Husein Tantaui, ministro de Defensa, y Hasan el Rueini, curando a un herido en plena plaza Tahrir.

Podemos imaginar que hay opiniones para todos los gustos: quienes idolatran y quienes odian, quienes aspiran y conspiran, quienes se sacrifican y templan, quienes aguardan la trepa, quienes respetan, quienes temen.

Pero dos hechos son hoy evidentes. El primero es  la constatación de  las distancias generacionales. El general  Suleiman  un hombre formado en la Academia Frunze de aquel Moscú, capital de la URSS, veterano del Yemen(1962), de la Guerra de los Seis Dias(1967) y del Yom Kipur(1973), el vicepresidente que ha aparecido en escena como  renovador y como integrador, nació en 1936. Hablo de un país en el que un 60% del censo tiene treinta años o menos. No sería la primera vez que Egipto encuentra en sus «coroneles» los ejecutores de una revolución interna. Recuerde el lector la llegada al poder en 1972 del «padre de la patria»,  coronel Nasser.

El segundo hecho tiene más calado. Hasta ahora el Ejército se mantiene unido. Pase lo que pase, esto es fundamental. Desprestigiada la Policía, en arresto domiciliario el ministro del Interior, su papel es clave. Su división sólo llevaría a la guerra civil.

¿Dónde está, entonces, el fiel de la balanza? ¿Cómo hacer compatibles los impulsos de un movimiento ciudadano joven, asentado en legítimas aspiraciones democráticas y la necesaria estabilidad del país que asegura su ejército?

Cuando intento ponerme en la piel de los generales egipcios o de sus jóvenes oficiales y suboficiales me vienen a la memoria unas sabias reflexiones del general Martínez Eiroa, también aviador, un hombre cercano a S.M., querido por todos nosotros, que desde la atalaya de su retiro nos habla de fidelidad y de lealtad en el último número de la revista de la Hermandad de Veteranos, «Tierra Mar y Aire».

Apoyado en la  Real Academia de la Lengua busca definiciones: fiel, el que guarda la fe; leal el que guarda a personas la debida fidelidad.  Acude a las raíces latinas de las palabras –fidelis y legalis– para asociarlas a fe y a  ley,  la primera concepto relacionado con Dios, la segunda  con los hombres. Deduce  que debemos  ser fieles a los principios y leales a las personas. Y «puesto que los principios son inmutables y las personas somos inconstantes y mutables, unas más que  otras, la fidelidad como virtud  de mayor rango, debe anteponerse siempre a la lealtad, en caso de colisión entre ambas».

En resumen, opina que si las personas a las que debemos lealtad, traicionan los principios que ambos hemos jurado, ha de anteponerse la fidelidad a los principios, sobre la lealtad a dichas personas.

Extrapola preocupado, una frecuente situación que se produce en nuestro Congreso,  cuando eximida la disciplina de partido, se dice que «los diputados han votado en conciencia». Y se pregunta: «¿Es que no lo hacen siempre así? ¿Es que unos hombres libres y que se proclaman demócratas, votan alguna vez traicionando a su conciencia?».

¡Mi General! Todo esto se cuece en las mentes de muchos egipcios y no sólo en las de sus militares. Una corresponsal utiliza el moderno símil extraído de una letra de Alejandro Sanz: «Los militares –dice– viven con el corazón partido».

Dominó o diluvio. Incertidumbre que consume.

Frank Wisner, el decisivo plenipotenciario enviado por Obama, transmite calma y ponderación, porque teme los vacíos de poder y los efectos colaterales políticos y estratégicos. Europa como siempre irá a rastras. Cada uno de los veintisiete repasará su balanza comercial y sus inversiones y actuará por su cuenta. No ha servido siquiera, como «lección aprendida» la vergüenza de los Balcanes.

Mientras, cientos de corresponsales nos describirán lo que pasa en Suez, en Alejandría o en El Cairo. Mientras, millones de egipcios viven preocupados, alimentados por  salarios de hambre.

Ellos deben ser los  dueños de sus propias decisiones. No lo tienen fácil.

No siempre es sencillo ser fiel a unos principios y decidir prioridades.

Artículo publicado en “La Razón”


Presidencialísimos

viernes, febrero 4th, 2011

“Desgraciado el país que necesita héroes”. La frase de Bertolt Brecht, utilizada a conveniencia tantas veces, define una situación bien determinada, a caballo entre la política y la historia.
En mi opinión, no se refiere el dramaturgo alemán al héroe en el sentido griego, al sacrificado, al ejemplar, sino al salvapatrias, al que aparece como imprescindible  ante sus conciudadanos en momentos críticos y luego se lo cobra eternizándose en el poder.

En mis encuentros con universitarios, especialmente con los hispanoamericanos, suelo utilizar una dirigida pregunta ¿cómo se llama el oresidente de Suiza, que ahora no recuerdo? Nunca han sabido contestarme. Lo siento por Micheline Calmy-Rey, la actual presidenta de la Confederación Helvética, pero me alegro por el pueblo suizo. Un pueblo milenario, con una dura geografía y clima en los que ha sabido encontrar seguridad y riqueza, que ha  construido en un territorio con orografía compartimentada, una rica federación. Un estado que  admira a su héroe nacional, Guillermo Tell y que ha sabido mantenerse  neutral en las dos últimas guerras mundiales, esgrimiendo incluso  la fuerza de sus ciudadanos en armas ante un  prepotente Hitler. Un país que supera crisis económicas, que absorbe con orden una densa corriente migratoria y que esgrime altas cotas de nivel de enseñanza  y de sanidad.

¡Y no recordamos como se llaman sus dirigentes políticos!

Intente el lector llevar estos parámetros a la Venezuela de Hugo Chávez, a la Cuba de los Castro, a la Bolivia de Evo Morales, a la Nicaragua de los Ortega, al Túnez de Ben Ali o al Egipto de Mubarak… Me reservo por prudencia el citar a la España actual, donde el culto a la personalidad ha alcanzado estos días fervorosas manifestaciones.

Hablamos de sociedades que en lugar de construir  sólidos edificios de administraciones públicas, levantan ídolos con pies de barro a los que encumbran con prensas compradas,  campañas de marketing  o  falsas imágenes y discursos. Toda la vida del país, se refiere  al presidente. El llena los telediarios, las inauguraciones, los congresos de fin de semana, las conferencias internacionales. La cuestión es hablar de el, meter en la retina del infantilizado pueblo, que es el único, que está en todo. Incluso cuando se equivoca, la culpa es de los otros: de la banca extranjera, del todopoderoso norteamericano, del lobby judío o de la prensa occidental. Lo fundamental es que el personaje pase ante su pueblo como la virgen  milagrera que se enfrentará vencedora a las fuerzas del infierno y liberará  a su pueblo. Entre esta creencia y una buena campaña en cada consulta popular, el interesado se perpetuará treinta o cuarenta años. Más tiempo no, porque le fallan las fuerzas, como al Comandante de  Sierra Maestra. Si falta hace, se cambian constituciones porque hay que dar sensación de legalidad internacional. Da lo mismo acallar de la manera que sea, a los disidentes. Siempre los poderosos aliados preferirán estabilidad, a la libertad de unos súbditos, africanos o hispanoamericanos, de escasa relevancia.

Pero ahora, muchos de estos súbditos exigen ser ciudadanos de pleno  derecho. Se manifiestan en Túnez o en El Cairo contra los «héroes» de Brecht. Masas unidas por determinada cultura, enlazadas en la red, dicen basta al maltrato policial, dicen basta al descontrol interesado de productos alimenticios vitales, dicen basta a la perpetuación del poder en una sola mano. Arriesgan estabilidad; arriesgan incluso la riqueza que les venía de un turismo que ahora dudará; arriesgan sus propios escasos bienes. Pero no se resignan a  seguir modelos de convivencia desmochados. Creen en la alternancia política; odian la corrupción que les ha descapitalizado y prostituido; necesitan esperanza, futuro, horizontes.

El modelo ya no puede apoyarse en una persona –el presidente– de carisma más o menos definido. Necesitan apoyar  y apoyarse en unas administraciones eficaces y honestas al servicio de la ciudadanía que representan. Poco debería importarles quien administrará este poder en nombre de todos. Quien les servirá y no se servirá de ellas, de  estas masas adormecidas hasta hace unas  semanas, que hoy gritan con cólera por las calles de Túnez , El Cairo o  Managua…

Y en estos momentos tan difíciles, les decimos: ¡cuidado con los vacíos de poder; no alborotaos demasiado! Incluso  ofrecemos apoyos –Francia, inicialmente, al Ben Ali de Túnez– e inmediatamente rectificamos, porque tememos  perder fuertes inversiones, o las repercusiones del alza del precio del barril de crudo. Tememos corrientes de desplazados.

Miramos hacia otro lado cuando nos piden asilo político. Y siempre, cautos, cínicos, nos acogeremos a la manoseada cláusula de Derecho Internacional del «rebus sic stantibus» para apoyar al insurrecto de ayer, o al político con más futuro de hoy. Recogeremos y guardaremos las fotos comprometidas; dedicaremos dos telediarios y dos dominicales a las autoridades sobrevenidas, endiosaremos al nuevo Presidente, y seguiremos vigilando nuestros intereses.

Las masas esperarán el milagro  que no vendrá,  si no son capaces de reconstruir todo entre todos.

Si no saben hacerlo, tendrán que soportar a otro «héroe de Brecht» hasta la próxima revolución. Mejor que no.

Artículo publicado en “La Razón”