Decisión legionaria

La historia la contaría mejor que nadie  Rafael García Serrano en su «Diccionario para un macuto» o el coronel ceutí López Anglada, que le dedicaría su poema «En los brazos del mar» . Le habrá pasado desapercibida la noticia al coronel Mingote, porque hubiera reflejado en tres olas, un tricornio y un gorro legionario, lo que acaba de acontecer en la Comandancia General de Ceuta.

El relato es muy sencillo, pero fascinante: el pasado domingo día 9 de enero, la Guardia Civil ceutí detenía de noche en la mar a un hombre que intentaba cruzar a nado la frontera con Marruecos.

El sorprendido resultó ser un legionario del Tercio Duque de Alba, que superaba un problema sobrevenido –pérdida o robo de su pasaporte en Marruecos– con los bemoles propios del respetado y admirado Cuerpo al que pertenece. Deportista, amante de los ejercicios de riesgo, regresaba con unos compañeros de practicarlos en el  país vecino.

Sin pasaporte, en el paso fronterizo de El Tarajal, los gendarmes marroquíes fueron inflexibles: «No me cuentes historias, paisa, que ya tenemos bastantes problemas».
Llamó a su acuartelamiento y el oficial de guardia, seguramente con horas de vuelo en el oficio, le aconsejó: «Daniel, búscate la vida; mañana a diana, aquí».

Pasó por la cabeza del legionario llamar al consulado español de Tetuán. Desistió conociendo las costumbres y horarios de nuestros «exteriores» en fin de semana.

Decidido a cumplir, se dirigió a una tienda de deportes cercana a la costa de Fnideq –la  Castillejos del antiguo Protectorado– y compró un traje de neopreno, un par de aletas, tubo y gafas de buceo.

Lo demás ya pueden imaginarlo. Era cuestión de recorrer algo más de un kilómetro de costa, que truncó el chivatazo de una cámara térmica de la Guardia Civil. Ésta, comprobada su identidad, le abrió expediente, pero permitió que el legionario acudiese puntual a su lista de diana.

Se había buscado la vida.

El relato no es exclusivo de la vida castrense, pero sí es significativo, en tiempos en que hemos dado demasiados peces a nuestra juventud, sin exigirles el rigor y el sacrifico necesarios para  aprender a pescar. Intuyo que muchos no saben buscarse la vida, ni en su primera juventud, ni en su segunda ni en su tercera. Las generaciones cuajan y triunfan apoyadas en el esfuerzo y el sacrificio, no sobre consentimientos y condescendencias. Por supuesto, no abogo por implantar un régimen espartano ni en revivir las juventudes hitlerianas. Pero tampoco aplaudo el descrédito continuo y corrosivo a que son sometidos ciertos valores muy propios de la milicia, como la disciplina, la puntualidad, el orden, la convivencia en grupo formando un «cuerpo». El fin del Servicio Militar Obligatorio vino acompañado del insulto y mofa permanentes en  cine, televisión y prensa. Calaron en la opinion pública en forma de «historias de la puta mili» con consentimiento –o  estímulo– de las autoridades del momento, sin contrapesos ni ponderaciones. Vean en cambio cómo trata el cine americano a sus gentes de armas. Si hay que realzar el honor, encuentran a un Al Pacino de teniente coronel en «Esencia de mujer»; si hablan de valor y responsabilidad a un Jack Nicholson coronel en «Algunos hombres buenos»; si hace falta hablar de disciplina de hierro, a un buen sargento.¡Igual que aquí!

¡Bien se frotaban las manos los que hicieron su agosto –compañías de seguridad y de servicios– con el fin del Servicio.

Algún día sabremos a qué políticos, periodistas y cineastas «mojaron» para precipitar la decisión.

Y ahora resulta que muchos padres quisieran implantar estos valores en sus acomodados hijos. ¿Para qué? ¿Para enmendar en nueve meses el destrozo de la personalidad que le han causado los permanentes mimos del agua caliente,  la ropa planchada, el encontrar siempre comida en la nevera y tener asegurada una provisión de euros suficiente para ir tirando, sin hacer nada?

Otras culturas se anticipan a esta situación. En Corea del Sur proliferan los campos de entrenamiento militar para niños. Sus defensores dicen que fortalece su carácter, aunque de mayores no tienen por qué ser soldados. En Budapest, un avispado empresario húngaro organiza campamentos en fines de semana y periodos de vacaciones. Tiene lista de espera para dos años. En China, las Academias  Militares se reabren en  periodos vacacionales para dar cursos de endurecimiento y supervivencia a jóvenes universitarios.

Por supuesto todo exige ponderación. Y cada sociedad tiene su forma de ser. Pero no es malo que muchos de nuestros jóvenes sepan que las duchas frías son sanas, que hay vida alegre  entre las siete de la mañana y las diez de la noche, cuando ellos piensan que sólo se vive entre las doce de la noche y las nueve de la mañana. Que se pueden encontrar buenos amigos entre los que superan esfuerzos, sin necesidad de recurrir al alcohol o a las pastillas excitantes.

Vamos, que pueden aprender a superar problemas, como Daniel.

Porque la vida es una gran maestra y cuanto antes aprendamos sus lecciones, menos desgarros sufriremos a lo largo de nuestro devenir por ella.

Artículo publicado en “La Razón” el 20 de enero de 2011

Comments are closed.