Vivir en otro mundo

Los 150 miembros del Ejército del Aire que acudieron a las torres de mando y control de nuestro sistema de navegación aérea para hacer cumplir un Real Decreto del Gobierno, lo han hecho con cumplida discreción, sin protagonismos, sin entrar en la fecunda gama de discusiones políticas y jurídicas que se han vertido a consecuencia de la militarización de los servicios de los controladores. Alguno de estos ha dicho incluso: “el trato es exquisito; casi prefiero que se queden los militares”.

Quizás no opinen ellos lo mismo, que ya han visto trastocadas sus vacaciones de Navidad. Pero, no tengan duda, lo harán con el mismo respeto, con la misma puntualidad, con la misma eficacia.

Pero a pesar de esta discreción,  la prensa balear recogió unas iniciales declaraciones del  coronel jefe de la Comandancia Aérea de Baleares, saliendo al paso de unas informaciones que aseguraban, con maligno error, que habían entrado a punta de pistola en  Son San Juan: “No hemos tenido problemas –aseguró– pero esta gente vive en otro mundo”.

Creo que no hay frase que defina mejor la situación, provocada por la mayoría de un colectivo que realiza un trabajo importante, pero que se ha ido creyendo año tras año, que  era el exponente de la más depurada técnica, el nivel máximo de agotamiento psíquico y físico, el lugar en España de mayor riesgo y fatiga. Y se lo fueron creyendo porque recibían unas altas remuneraciones, tres veces lo que gana el presidente del Gobierno y cuatro lo que cobra el President de nuestra Comunidad Autónoma de Baleares.

Y en un mundo en el que prevalece desgraciadamente el “tanto tienes, tanto vales” ellos eran más que considerados por la exclusividad de las viviendas que ocupaban, por la cilindrada de sus vehículos o por los viajes de descanso a los más exóticos rincones de la tierra. Recibían la consideración que sus ricos emolumentos representaban. Claro, defendían con uñas y dientes un estatus. Acabaron creyéndoselo. Habían construido su “otro mundo”.

Para nada tuvieron en cuenta que un médico de Valencia y treinta colaboradores realizaron la hazaña de cambiar el rostro de un hombre en cuarenta horas de trabajo continuado fruto de un constante esfuerzo de años en los que las horas de quirófano pueden  ser seis o siete diarias. Para nada pensaron en  los miles de funcionarios y trabajadores que se levantan a las seis de la mañana para dejar la casa lista y desplazarse al trabajo, día a día, mes a mes, por algo más de mil euros. O a las miles de familias que no saben cómo saldrán adelante, ante la noticia de que perderán los únicos 426 euros que recibían. ¿Por qué proliferan en nuestras ciudades los comercios que compran oro? Porque sencillamente muchas familias se van desprendiendo por necesidad de recuerdos de familia. Y Dios quiera que no esté saliendo nuestro oro de los sótanos del Banco de España. No sería desgraciadamente la primera vez.

Nuestra sociedad, yerma de valores, ha creado estos otros mundos. Yo reflexiono sobre ello cuando en nuestro irrepetible Puerto de Mahón atraca un lujoso yate, servido por amplia tripulación uniformada, brillantes sus bronces o sus aceros inoxidables al primer sol de la mañana. Mientras todos adoramos  aquella riqueza, me pregunto: ¿Sobre cuántas espaldas sudorosas ha conseguido este venerado ciudadano tanta riqueza?, ¿cómo ha podido obtener tanto rendimiento en el mercado de Ámsterdam por unos diamantes pagados a peso en una mina africana?, ¿a cuántos pequeños ahorradores ha arruinado en una jugada de bolsa?, ¿sabe este hombre a cuánto pagamos  el litro de carburante, y cuántos litros consumen los potentes motores de su barco en un minuto? Por supuesto no quiero ni debo generalizar. No todo el que surca este Mediterráneo utiliza los mismos mimbres. Gente hay que merece lo que tiene, sudado gota a gota.

Quiero pensar que lo controladores durante estas, sus “semanas de pasión”, han conectado a tierra. Las horas de convivencia con las gentes del Ejército del Aire deben permitirles saber que hay otros mundos en los que la disciplina y el espíritu de servicio no están reñidos con la eficacia, y que las altas retribuciones, son importantes, pero no representan el todo de nuestra vida.

Pero intuyo otra consecuencia. Napoleón decía: “No pongas a tus tropas en contacto con los revolucionarios, porque acaban pasándose a ellos”. Quiero imaginar lo que comenta un Oficial  al llegar a casa, tras una jornada de “control de controladores” en la torre del Prat: “Conocen bien su oficio; tienen mejor inglés que yo, pero en dos meses yo puedo hacer lo mismo”. Imagínense lo que contestan la mujer y los hijos conocedores de las diferencias de retribuciones que rondan el 13 a 1.

Roto el secreto que encerraban las torres de control –siempre las torres han custodiado celosamente algo, prisioneros reales en la de Londres o en la Bastilla, tesoros de Ultramar en la del Oro sevillana–, es posible que se acaben prerrogativas acumuladas durante años. Todo sea en bien del equilibrio en que debe vivir una sociedad. Pero ésta debe saber valorar lo que realmente lo merece.

¡Aquí radica realmente el fondo del problema!

Artículo publicado en “La Razón”

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