Benedicto XVI, hoy

Mitad perplejos, mitad celosos, me preguntaban mis amigos más vaticanistas a los que pedí  opinión cuando me comprometí a escribir estas líneas, ¿qué hace un soldado opinando sobre la  visita del Papa a España? Y yo les respondía, aceptando sus dudas: soldado, más pecador que santo, intentando ser consecuente con sus ideas y principios.

Me cobijé inicialmente en el reciente nombramiento de Monseñor José Manuel Estepa como Cardenal, lo que me parecía una acertadísima decisión de Benedicto XVI. Monseñor Estepa, un hombre nacido en Andújar, en tierras que recientemente conmemoraron la derrota de Napoleón en Bailén, fue durante años nuestro más que querido Vicario General Castrense, un «pater» siempre cercano en nuestras alegrías y conmemoraciones pero mucho más, en nuestros momentos difíciles, cuando ETA se cebaba provocadora contra militares, policías y guardias civiles, cuando la herida, la enfermedad o la muerte llegaba a alguien cercano con «zarpa de fiera», como cantan nuestros queridos legionarios. Una representación de las Fuerzas Armadas –matizo bien, de las Fuerzas Armadas– debería estar presente el próximo día 20 en Roma cuando se le eleve al cardenalato.

Pero había, por supuesto, un trasfondo más profundo. Era el de pertenecer a una institución –Ejército– formada en general por personas vocacionales como las que sirven  a la Iglesia, que defienden unos valores prácticamente comunes, aunque la ejecución de sus funciones sea bien diferente. Y son dos instituciones tan compactas  que, cuando alguno de sus miembros falla, arrastra al conjunto, a la opinión pública generalizada; determinados medios se ensañan y el descrédito se convierte en lacra «urbi et orbe».

Todos cometemos errores individuales y colectivos. Los miembros de la Iglesia no son ajenos. ¿Injustificables algunos casos? ¿Condenables? Por supuesto, pero en su verdadera dimensión, no generalizando. Porque junto al descrédito que provocan casos aislados, está la ingente labor callada y sacrificada de tantas y tantas personas. Han salido a la luz estos días los datos de Caritas en España –800.000 personas apoyadas, que tienen nombre y apellidos– y en Oviedo se premió justamente hace unas semanas el testimonio de Manos Unidas. Ambas, Iglesia viva. ¡Cuántos ejemplos se podrían añadir! Benedicto XVI, ante los problemas y ante las críticas, hubiera podido cerrar los ojos, encomendarse al Altísimo y encerrarse en los pasillos vaticanos. Pero no. Decidió dar la cara abiertamente en tiempos de imagen y de comunicación, apoyado en su indiscutible bagaje intelectual y en la profundidad de su pensamiento. Los soldados tenemos como máxima: «en el combate o te preparas para el ataque o mejoras tus defensas, nunca te quedes de brazos cruzados». La reciente visita a Inglaterra, asumida con riesgos y amenazas, ya fue el brillante testimonio de que no se cruzaba de brazos. «También Cristo asumía riesgos en sus visitas» dirá, quitando importancia a los negros augurios. Y el abrazo al Primado anglicano Rowan Williams se convirtió en uno de los símbolos más positivos de nuestros días, junto a la beatificación del Cardenal Newman(1801-1890) el mejor puente entre las dos iglesias cristianas, unidas hoy ante la grave crisis de identidad que sufrimos. Porque provocar la armonía entre las religiones es uno de los retos que asume Benedicto XVI.

El Papa Benedicto se suma a los miles de peregrinos que han acudido y acuden a Santiago siguiendo el «camino» en lo que es una reafirmación de las raíces cristianas de Europa y de España. Pero también visita Barcelona, con un significado para mí enorme y no sólo por inaugurar en el siglo XXI una catedral como la de la Sagrada Familia en la que convergen fe, arquitectura, técnica, cultura y arte, esencias profundas de un pueblo rico en virtudes y tradiciones cristianas como es el catalán. «Gaudí hace catequesis en lenguaje de piedra» dirá Joan Rigol, el hombre que dirige actualmente los destinos del inigualable templo.

Llega el Papa en un momento de desgaste muy fuerte del orden cristiano, cuando no de ataques sangrientos como el del pasado domingo en la iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Bagdad; deteriorado por muchos factores sociales, migratorios, políticos y económicos, cuando ha faltado en determinados casos una clara estrategia de la jerarquía eclesiástica,   que ha jugado con ambigüedades y con variadas opciones más políticas que sociales y religiosas.

«Cataluña será católica o no será» dejó escrito el obispo  Torras i Bages (1846-1916), frase que esculpió el pueblo catalán en la misma fachada de su Monasterio de Montserrat. Éste es el testimonio de reafirmación que se renovará estos días. Finalmente el Sumo Pontífice avala con su presencia un mensaje de primer orden al mundo de la cultura, mundo al que la Iglesia ha contribuido durante siglos. Nadie puede negar la relación entre arte y cristianismo. Como no la puede negar ante esta última ramificación del modernismo catalán que recoge Gaudí en su inigualable obra de la Sagrada Familia, continuada gracias al tesón, la fe, las capacidades de innovación arquitectónica y de organización de un pueblo como es el catalán.

Espero que todos sepamos valorar el testimonio de Benedicto XVI, presente estos días en nuestra tierra de todos.


Artículo publicado en “La Razón” el 4 de noviembre de 2010

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